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Opinión

7 de Julio de 2024

Columna de Marco Moreno: Políticos “sintientes”

Ignacia Uribe

Marco Moreno escribe sobre el polémico fragmento que se viralizó de la comisión de Pesca, Acuicultura e Intereses Marítimos, donde se dijo que los peces eran sintientes y que no se les debía causar daño físico ni psicológico. "Las críticas hacia esta desconexión apuntan a que, si bien la protección de los animales es una causa noble, las prioridades de la mayoría de los chilenos están centradas en mejorar sus condiciones de vida básicas", escribe. Y luego agrega: "El gobierno fue sorprendido y desde el oficialismo tuvieron que salir a dar explicaciones. Este tipo de conductas de parlamentarios del bloque provocan muchas veces la pérdida del control de la agenda del gobierno".

Por Marco Moreno

Una nueva polémica se instaló por estos días en lo que parece ser la confirmación del estilo anestesiado de hacer política por parte de nuestra élite del poder. El diputado del Frente Amplio, Jorge Brito, generó un intenso debate al proponer una serie de indicaciones legislativas destinadas a proteger el estado físico y mental de los animales acuáticos.

Entre estas propuestas, destaca la definición de las especies marinas “sintientes” como aquellos animales capaces de tener experiencias y reaccionar a estímulos externos de manera consciente, reconociéndolos, así como sujetos de consideración moral y respeto. Si bien esta iniciativa puede dar cuenta de una discusión sobre la conciencia ética en relación con el trato hacia los animales, también ha suscitado críticas que acusan una desconexión entre las prioridades de la política y las urgencias sociales de la ciudadanía.

El enfoque en los derechos de los animales sintientes se inscribe en el llamado discurso de las causas que se asocia con la disputa identitaria adoptada por algunos sectores de la izquierda política, que buscan destacar valores de empatía y justicia hacia todas las formas de vida. Este discurso se alinea con movimientos globales que abogan por un mayor reconocimiento de los derechos animales y una ética más inclusiva. Sin embargo, en el contexto chileno, donde persisten graves problemas sociales y económicos, esta preocupación puede parecer secundaria o incluso irrelevante para una parte significativa de la población que enfrenta desafíos más inmediatos.

Chile atraviesa una etapa de profundas transformaciones y demandas sociales. La revuelta de 2019 puso sobre la mesa un conjunto de demandas que van desde la necesidad de una educación y salud de calidad hasta la demanda por pensiones dignas y una distribución más equitativa de la riqueza. En este escenario, la introducción de temas como la sintiencia animal en el debate político puede ser percibida como una distracción respecto a las necesidades más apremiantes de la ciudadanía que hace confirmar el desacompasamiento entre política y urgencias sociales.

Las críticas hacia esta desconexión apuntan a que, si bien la protección de los animales es una causa noble, las prioridades de la mayoría de los chilenos están centradas en mejorar sus condiciones de vida básicas. La percepción de que los políticos están más preocupados por los derechos de los “animales sintientes” que por resolver problemas como la desigualdad, el desempleo y la inseguridad social, solo continúan con el proceso de erosión de la confianza en las instituciones políticas, como los partidos y el parlamento.

El diputado Jorge Brito, junto a otros parlamentarios, en el Palacio de La Moneda para reunirse con el Subsecretario de Pesca. Foto: AgenciaUno.

El discurso identitario parece estar llevando a una desconexión con los problemas urgentes de la sociedad si se convierte en el único enfoque de la política. Iniciativas como la del diputado Brito o el rechazo de la Cámara de la idea de legislar el proyecto que buscaba declarar a los perros asilvestrados como especie exótica invasora y que permitía su control por parte de las autoridades sanitarias, son una muestra de temáticas que no logran conectar con las urgencias sociales de la gente.

El gobierno fue sorprendido y desde el oficialismo tuvieron que salir a dar explicaciones. Este tipo de conductas de parlamentarios del bloque provocan muchas veces la pérdida del control de la agenda del gobierno. Otro botón de muestra: el intento de los diputados Víctor Leiva y Leonardo Soto del PS que también vía indicación quisieron reponer de facto el voto voluntario para maximizar sus intereses electorales. 

Este tipo de discusiones parlamentarias de baja calidad y que en muchos casos (como en el de los peces sintientes) generan ridiculización (expresada en la altísima producción memética en redes y en la conversación cotidiana) tienen efectos perjudiciales sobre la democracia, especialmente en un contexto donde la confianza en las instituciones es crucial para la estabilidad y efectividad del sistema democrático. Por lo mismo, un debate superficial o ridiculizado puede llevar a una falta de discusión profunda sobre las implicancias y detalles de las leyes, resultando en políticas públicas menos informadas y potencialmente ineficaces.

Nuestros parlamentarios parecen no comprender que en política cada vez más las cosas no son lo que son sino lo que parecen. Los políticos parecen interesados en discutir sobre los problemas de la política (cupos, candidaturas o pactos y negociaciones) o cuestiones identitarias y menos sobre los problemas de la gente. La receta de los políticos es: dilación, atajos entre gallos y media noche (como la indicación para eliminar multas en las elecciones) o discusiones bizantinas sobre el respeto del estado físico y mental del animal sintiente. 

Estos efectos juntos pueden comprometer la calidad del debate público y la eficacia del sistema político, afectando no solo la percepción pública sino también la calidad de la democracia en Chile. Abordar estos problemas requiere de nuestra política y políticos fomentar un ambiente de respeto, seriedad y profundidad en los debates parlamentarios.

El riesgo es gobernar en el vacío lo que implica una desconexión creciente entre los gobernantes y los gobernados, lo que puede tener consecuencias negativas para la legitimidad de las instituciones democráticas y para la capacidad de los gobiernos para abordar eficazmente los desafíos del proceso de gobernar.

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