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Felipe Figueroa

Entrevistas

12 de Octubre de 2024

Carmen Castillo, el legado de Miguel Enríquez y la visita de Boric a la exposición en su memoria: “Le agradecí su visita que, insisto, nació de él”

A 50 años del asesinato de Miguel Enríquez, el Archivo Nacional expone por primera vez sus cuadernos, cartas y libros que la cineasta y última pareja del dirigente del MIR ocultó por décadas en la casa de sus padres. “Luché siete años para que el fondo se abriera al público. Muchos se opusieron. En la Biblioteca Nacional nunca lo logré”, cuenta. Próxima a cumplir 80 años y radicada entre París y Santiago, la directora de “Calle Santa Fe” reflexiona sobre la revalorización histórica del grupo, desclasifica su paso por la “primera línea” en las protestas del 2019. Anuncia también un nuevo documental sobre la muerte de su hijo recién nacido en el exilio: “Voy a iniciar una querella y lo traeré a Chile, donde está su padre”.

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Se había levantado hacía poco el toque de queda. Para fines de 1973, el régimen seguía de cerca los pasos de los principales dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), quienes además tenían prohibido salir del país. Consciente del peligro que corrían, el médico y secretario general del partido, Miguel Enríquez, de 30 años, llenó varios bolsos y maletas con documentos tecleados a máquina, cuadernos, cartas y algunos libros que lo habían acompañado desde la adolescencia y sus años de formación. 

Carmen Castillo (1945), quien era su pareja y compañera de filas, recibió los pesados bultos y la misión de encontrar un lugar seguro donde ocultarlos. Hizo varios viajes desde distintos puntos –el estacionamiento de un colegio, el garage de una casona de Ñuñoa– hasta la casa de sus padres (el arquitecto Fernando Castillo Velasco y la dramaturga Mónica Echeverría) en la quinta de Los Guindos, en la comuna de La Reina. 

“Yo no sabía qué había en esos bolsos. Solo los subía al auto de mi madre, un Fiat chiquito, y los trasladábamos hasta su casa”, cuenta la cineasta chilena–francesa de 79 años. 

“Mi madre fue un pilar de la resistencia clandestina todo ese año. Dio refugio a personas, ocultó objetos y ella se hizo cargo de echar todo lo que había en los bolsos en un baúl y lo escondió en una estructura de cemento con forma de sofá que había en el living. Permanecieron allí hasta septiembre de 2003, cuando me llamó para decirme que seguían ahí. Yo estaba en París, no les di importancia. Habían pasado 30 años sumergidos en ese lugar y en mi memoria. El olvido no es lo contrario a la memoria, es su reverso. Esa liviandad, ese olvido, me interpela”, agrega. 

Volvió a ver el baúl recién en 2019, en uno de sus constantes viajes a Chile. “Me produjo un choque emocional tocar los cuadernos”, recuerda Carmen Castillo en uno de los salones principales del Archivo Nacional, en el centro de Santiago. Allí se exhibe actualmente la muestra “Mi felicidad es la lucha”, que reúne por primera vez los documentos personales del dirigente y fundador del MIR en el marco de los 50 años de su muerte. 

El título de la exposición corresponde a una nota en uno de sus cuadernos, en la que el dirigente parafrasea a Marx. En otra de sus libretas, se lee: “Siempre escribo para dejar constancia, como documentos, de mis sentimientos a esta edad, para verlos los años próximos, gozar con ellos y recordar lo que he cambiado”.

Acompañados de fotografías, volantes, afiches y registros a color de sus discursos, los archivos personales de Miguel Enríquez esbozan una biografía política del personaje; su línea de pensamiento –alimentada por la lectura temprana de títulos como “La revolución permanente” de Trotsky, “El año 1 de la Revolución Rusa” de Víctor Serge y otros–, además de sus inquietudes, aspiraciones y sueños. 

“La decisión de Miguel de resguardar sus libros y documentos en un momento límite como ese fue fundamental y refleja la conciencia histórica que tenía. Él sabía lo importante que era dejar huellas y rastros para salvar el futuro”, opina la realizadora. 

“Para los militantes del MIR era obligación ir a ver una película a la semana, como leer a Marx y a Lenin. Vivíamos en una riqueza de pensamiento. Miguel vivía rodeado de libros y leía no solo filosofía o teoría política, sino también mucha novela, poesía. Estar en las unidades miristas exigía estudiar, estar a la escucha de las personas y tener compromiso político, y percibo ese espíritu en muchos de los jóvenes que recién lo están descubriendo”. 

La muestra desplegada en el primer piso del edificio en calle Miraflores traza también un recorrido por la trayectoria del partido a contar de su fundación en 1965, su periodo en clandestinidad y hasta su disolución a inicios de los 90. Su revalorización histórica ha sido tardía, opina la cineasta, y encontrar una institución que acogiera el archivo no fue sencillo. 

“Luché siete años para que el fondo de Miguel Enríquez y el MIR se abriera al público. Muchos se opusieron. En la Biblioteca Nacional nunca lo logré y me pone feliz poder hablar hoy desde aquí, donde finalmente se logró gracias a la gestión de Emma de Ramón (historiadora y directora del Archivo Nacional) y al equipo de investigadores y curadores, quienes descifraron la escritura de Miguel en sus cuadernos y me alertaron de su valor”. 

De todo lo que se ha escrito sobre Miguel Enríquez, ¿qué es lo menos se sabe aún de él?

–Por mucho tiempo circuló solo la imagen del hombre que resiste y combate, pero él era pura vida, puro pensamiento, puro sentido del humor y de la responsabilidad. Era un gran cocinero y siempre decía que habría sido parvulario si no hubiera tenido vocación de médico neurólogo. Era curioso, le gustaba estudiar y repensaba el marxismo heterodoxo no soviético que había heredado de Clotario Blest, de sus lecturas de Gramsci. 

“En mi generación no usábamos la palabra ‘humanista’, pero Miguel Enríquez era un humanista”, asegura su expareja.

“Su legado se hace cada vez más necesario para el ‘flujo de los de abajo’, como dicen los zapatistas, y para eso debemos recuperar las palabras que la ideología dominante nos arrebató, volver a significarlas y ponerlas nuevamente en circulación. Se apropiaron incluso de la palabra ‘revolución’ y la usan para hacer publicidad de cremas y productos de belleza”. 

Usted mencionaba que le costó abrir el archivo del MIR. ¿Por qué cree que la figura de Miguel Enríquez aún divide?

–La disputa por la memoria entre vencedores y vencidos es para siempre. No se gana nunca. Miguel Enríquez es un protagonista en la historia de Chile, ese es un hecho para el mundo entero salvo aquí y para un pequeño sector de la UDI y otros que no quieren por ningún motivo que ese relato forme parte del bagaje y el equipaje mental de los chilenos. Miguel Enríquez y el MIR son ‘memoria prohibida’ para los poderosos, al igual que los artistas, la cultura, los medios de comunicación y todo lo que pueda cuestionar la hegemonía de quienes imponen el terror, la crueldad y la injusticia.

El viernes pasado, mientras se desarrollaba un seminario al que asistieron académicos y exmilitantes del MIR, Carmen Castillo se enteró de que el Presidente Gabriel Boric acababa de llegar al Archivo Nacional y estaba recorriendo la exposición.

La visita causó polémica luego de que distintas figuras de la oposición cuestionaran al mandatario. Tras esto desde Presidencia comentaron a The Clinic que el Presidente si recibió una invitación de manera oficial, pero que el Mandatario “no asistió a la muestra”. Según explicaron, el Presidente sí fue las dependencias del Archivo Nacional, pero a eso de las 16:00 horas y no a las 18:30 como decía la invitación.

El Presidente fue a Miraflores 50 a “saludar a las y los funcionarios del Archivo Nacional, quienes les pidieron fotos”, la muestra estaba en ese lugar, pero “se sacó fotos con ellos y regresó a La Moneda”, explicaron desde La Moneda.

Sobre la visita Carmen Castillo cuenta que: “Vino en visita privada, nada oficial ni protocolar, y se quedó un largo rato”.

“Estuvimos conversando alrededor de los documentos expuestos y los audiovisuales. Le agradecí su visita, que, insisto, nació de él. Fue un gesto de los que no se habla porque hay un respeto mutuo, enorme, pero son gestos fundamentales. Lo conocí cuando él estaba en la Federación de Estudiantes y ha tenido siempre un respeto y un cariño por nuestra historia”, agrega. 

“Memorias de un olvido”

El sábado 5 de octubre de 1974, Miguel Enríquez fue asesinado en un operativo de la DINA en la casa donde se refugiaba, en la comuna de San Miguel. 

Embarazada de siete meses, Carmen Castillo resultó herida por una granada y fue detenida en el Hospital Militar. Gracias a la intervención del abogado Jaime Castillo Velasco y una campaña internacional liderada por Angela Davis, fue expulsada de Chile a fines de ese mismo año. Se reunió con sus padres en Cambridge, donde dio a luz a Miguel Ángel, quien falleció exactamente un mes después debido a sus heridas.  

Radicada posteriormente en Francia, se convirtió en una de las más renombradas documentalistas chilenas en el exilio al retratar a los grupos de la resistencia al capitalismo en América Latina y ajustar cuentas con su propia historia, en filmes como “El país de mi padre” (2004), “Calle Santa Fe”, estrenado en 2007 en Cannes, y “Aún estamos vivos” (2015), dedicado al militante trotskista francés Daniel Bensaid. A través de sus películas, Carmen Castillo logró aplacar el dolor y reencontrarse con Chile. 

Próxima a cumplir 80 años, y radicada entre Santiago y París, la directora está filmando su documental número 21 y que le seguirá a “La embajada” (2019). Lleva por título “Memorias de un olvido”, está trabajando junto a Macarena Aguiló en el guión y la producción, y abordará la muerte de su hijo recién nacido en el exilio. 

“La película toca la zona y el desastre más íntimo que el fascismo produce en las personas. Es aquella zona del dolor que uno nunca le cuenta ni a los hijos, y que al aproximarse la muerte mi responsabilidad como mujer, como madre y como abuela me lleva a desear dialogar a partir de ese hecho tan fuerte y tan íntimo que tuvo y tendrá siempre consecuencias. Mi hijo Miguel Ángel fue asesinado al igual que Miguel Enríquez, pero yo no di esa pelea, y ahora voy a iniciar una querella y lo traeré a Chile, donde está su padre”, comenta. 

“Muerta la madre, quedó el cuerpo. El cuerpo, un envoltorio sin alma al inicio, y luego, poco a poco, un personaje seguido de otro y de otro, múltiples rostros. Uno de ellos escribió este libro”, se lee en el prólogo de la nueva y tercera edición de “Un día de octubre en Santiago” (LOM), libro que la autora escribió sobre su periodo en la clandestinidad durante la dictadura y que fue publicado originalmente en francés, en 1979. Apareció recién en 1990 en Chile y desde fines de septiembre está de vuelta en librerías.

En 2018, el juez Mario Carroza condenó a Miguel Krassnoff y a otros dos agentes de la DINA por el asesinato de Miguel Enríquez. Además, estableció que el dirigente del MIR murió intentando defenderse y proteger a su pareja y al hijo que esperaban. Castillo valora la labor del magistrado, pero considera que aún falta mucho por avanzar: “La ausencia de verdad, justicia y derecho en Chile es una maldición que pesará por generaciones”, asegura. 

“Carroza hizo un excelente trabajo porque simplemente no había nada. No había ni una foto de Miguel muerto, no había huellas y estaba solo la versión de la DINA y los historiadores de derecha, que era inaceptable. Entonces, la justicia ha ido generando sus propios archivos y gracias a eso estamos aquí, poniendo a la luz y haciendo circular aquellos documentos que Miguel decidió preservar y que permanecieron por años en el olvido”. 

El sábado 5 de octubre pasado, día en que se cumplieron 50 años del combate que marcó su vida, Carmen Castillo asistió al estreno de “Miguel”, en el Museo de la Memoria, una cantata popular inspirada en la vida del político. El montaje dirigido por los hermanos Gopal y Visnú Ibarra está protagonizado por Ariel Mateluna y sube al escenario a 40 intérpretes del Coro Ciudadano, desde niñas y niños, hasta adultos mayores. Carmen Castillo participó activamente del proceso. 

“Lo maravilloso de ese trabajo es que lo sostiene una generación más joven que dialoga con otras generaciones. Tanto Ariel Mateluna, como los demás actores, no están buscando ser una encarnación de ficción de Miguel Enríquez sino que van a buscarlo y traer su espíritu de vuelta a través de pasajes de su vida y el sentir colectivo de esa época”, apunta la cineasta. 

El montaje volverá a presentarse el martes 15 de octubre en el Teatro Nacional Chileno, luego en el Centro Cultural Ex–Cárcel de Valparaíso (18 de octubre) y en Concepción (9 de noviembre).

¿Fue un 5 de octubre distinto para usted?

–Siempre lo son. La vivencia interior y la memoria se mueven, nunca son estáticas ni están archivadas. Cuando comencé a volver y a filmar en Chile, me di cuenta que ese país que yo rechazaba, el país de la impunidad y de la arrogancia a los vencedores que me rechazaba y que yo no podía tolerar, no era el único Chile que existía. Fui cambiando de parecer y dejé esa obstinación por el mal que era la máquina de matar, y me interesé más en los gestos de bien, en los actos genuinos de las personas. 

“Este 5 de octubre, en este presente apocalíptico que estamos viviendo; de guerras, genocidios y barbaries, de catástrofe ecológica y planetaria, nos preguntamos por qué nos quedamos inmóviles ante el capitalismo salvaje o si acaso no hemos sido lo suficientemente capaces de transmitir lo que es el fascismo y la brutalidad racista. El mundo se convirtió en un terreno antiderechos y llaman a todos ‘población vulnerable’, que es la gran parte de la clase media, una población totalmente oprimida y que a pesar de las brechas y desigualdades tiene la potencia y el deseo de ser feliz. Yo me muevo entre el pesimismo de la razón y un optimismo de la voluntad que me mantiene viva y siempre del lado de la emancipación”.

En la “primera línea”

A cinco años del estallido social de octubre de 2019, Carmen Castillo prefiere llamarlo una “revuelta histórica”, dice, tal como lo sugiere el filósofo francés Alain Badiou en su libro “Un tiempo de revueltas” (2013). 

Movida por el mismo espíritu de los jóvenes que repletaban las protestas en el centro de Santiago, la cineasta logró infiltrarse en la primera línea de las protestas. “Yo viví toda la revuelta en Santiago, trabajaba en la Escuela Popular de Cine, y quería estar y ver todo desde ahí”, recuerda. 

“En un momento se acercó el guanaco, nos roció y un grupo de personas nos acogió en una de las calles que da hacia el Parque Bustamante, por Vicuña Mackenna. Esa espontaneidad de querer proteger a otras personas que se reunían en Plaza Dignidad y los alrededores generó una conexión, una comunidad de los sin comunidad, un pueblo re-hablándose a sí mismo. Sentí que los muertos estaban vivos, sentí la potencia del pasado que se manifestaba a pesar de todas las embestidas de amnesia y los tiempos de reflujos en que estamos viviendo”. 

Ver a la gente participando en las asambleas, alrededor de las ollas comunes y haciendo salud pública desde sus barrios, le trajo destellos de un pasado que la cineasta añora.

“Volver a experimentar algo así a mi edad fue una maravilla. Volví a vivir la creatividad, las acciones de arte, a ver a mi hijo y mi madre (fallecida en enero de 2020) retratados en ‘Los Angelitos’ de Caiozzama en calle; a oír en todas partes la música de Víctor Jara, a presenciar todas esas acciones llevadas por el ímpetu de la juventud. Muchos sentimos esa felicidad, ese goce colectivo, ¿y qué tuvimos de vuelta? El golpe represivo del gobierno de Piñera”, dice Carmen Castillo.

“La represión que hubo en la revuelta de 2019 en Chile fue tan brutal como la que hubo en Francia con los chalecos amarillos, incluso más desmedida, por las más de 400 personas con daño ocular que hubo. Así y todo, no hubo experiencia democrática más importante y magnífica que la revuelta. Demostró que nuestra memoria está viva, que hay que vivirla y que no podemos dejar que esa loca esperanza se extinga. 

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