Opinión
27 de Marzo de 2025
Tommy Rey, la alegría de la chilenidad: un legado de algarabía y nostalgia hecho a pulso y con honestidad
Por Felipe Rodríguez
Aprendiz del extraordinario líder de la Orquesta Huambaly, Humberto Lozán, el insustituible cantante de cumbias fallecido anoche fue un pedazo de felicidad nacional, siempre de bajo perfil, y que transmite un legado de algarabía y nostalgia hecho a pulso y con honestidad. En esta columna, el periodista Felipe Rodríguez escribe sobre el legado de Tommy Rey.
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Algunas leyendas musicales están teñidas de surrealismo. La piragua, por ejemplo, se masificó a nivel latinoamericano por azar. En 1969, la orquesta colombiana Los Black Stars realizaban un viaje desde su natal Medellín a Barranquilla cuando el avión fue secuestrado y desviado a Santiago de Cuba. En esa ciudad, la banda tocó el tema y a los revolucionarios les gustó tanto que las disqueras lo comenzaron a distribuir a mercados de América del Sur, y se transformó en un hit. La historia de Tommy Rey -el nombre de fantasía de Patricio Zúñiga- no es prosaica como la anterior. Más bien, es meritoria.
Había cantado desde niño en concursos escolares y, más tarde, en competencias radiales, pero trabajaba haciendo muebles junto a su padre para ayudar a la economía familiar. Hasta que a los 19 años, Silvio Ceballos, director de la Orquesta Los Peniques, lo descubrió en una radio y lo incorporó como voz principal.
Ese hecho fue significativo para el emergente cantante. Era aficionado al bolero y había crecido con la música de las orquestas que todos los fines de semanas de los 50 y 60 repletaban salones en Santiago y provincias: Los Peniques, Ritmo y Juventud y, especialmente, la Orquesta Huambaly.
El líder de esa extraordinaria banda, Humberto Lozán, era un maestro para Tommy Rey. No solo fue aprendiz de su interpretación pastosa y con incrustaciones románticas. También fue un referente político. Si Lozán hizo un tema para la campaña de 1970 de Salvador Allende -De ti depende- y siempre se manifestó a favor del presidente socialista, Tommy Rey realizó lo propio creando una canción en homenaje a Gladys Marín y participando activamente en la Fiesta de los Abrazos del PC.
En 1964, dos años después de su ingreso a Los Peniques, el cantante se incorporó a la Sonora Palacios. Aunque en un primer momento, la banda apostó por un eclecticismo estilístico para disputar el protagonismo musical de la Nueva Ola, un viaje a Buenos Aires de algunos músicos produjo el cambio. Conocieron a bandas influyentes como los Wawancó, adaptaron, primero, dos cumbias y, año siguiente, debutaron con un álbum, Explosión de Cumbias (1965), que incrementó su exposición radial, brindando giras por Europa y fueron el germen de nuevas bandas como Beat Combo, Giolito y su Combo y Los Viking’s 5.
La buena estrella decayó con el golpe de Estado de 1973. Con el país en permanente toque de queda, los ingresos de Tommy Rey se vieron mermados. En 1982, en el peor momento de la crisis económica, se distanció -junto a otros músicos- de la Sonora Palacios por motivos monetarios. El director de orquesta se llevaba un porcentaje mayor que sus compañeros y se separaron.
Fue un periodo duro y extremadamente laborioso para el músico. Con La Pachanga, un popular local bailable de calle San Pablo en Pudahuel como centro de operaciones, el vocalista fue aumentando sus presentaciones con horario de matiné. Podía estar en una parrillada o actuar después de una pelea de boxeo amateur. O tocar en un centro de madres o en eventos para militares. La aparición -a veces- diaria en el programa, El Festival de la Una, y, especialmente, en Sábados Gigantes, fue un salvavidas para el grupo. Como el fútbol en esa época, la cumbia representaba la sencillez y era uno de los pocos motivos de alegría de las clases populares chilenas, obligadas a divertirse puertas adentro. La sensación de festividad permanente logró que Tommy Rey fuera expandiendo su popularidad. Debutó con un single perfecto, Daniela (1983), apareció en comerciales televisivos y, en el exterior, reunía a exiliados que lloraban en sus presentaciones recordando a la patria perdida cada vez que hacía giras.
Esos shows para chilenos impedidos de regresar al país fueron su obstáculo para presentarse en el festival de Viña. Si Pachuco y la Cubanacán -que más de una vez actuaron para fiestas del dictador y manifestaban su adherencia al régimen autoritario- se presentaron en tres ocasiones en la segunda mitad de los 80 en la Quinta Vergara, Tommy Rey fue borrado por los militares.
La década del 90 fue su reivindicación absoluta. Un año más no solo se transformó en una de las canciones imperdibles ante la llegada de cada nuevo año, sino que también un himno que apela a la nostalgia, la memoria y el recuento personal de los chilenos. Aunque bandas como Chancho en Piedra, Chico Trujillo o Joe Vasconcellos acercaron a Tommy Rey a las audiencias juveniles, el cantante permaneció siempre en un bajo perfil. Era la voz de la fiesta eterna, el sinónimo de alegría. Pero fuera del escenario era introspectivo, retraído, de pocas palabras. Nunca se le conoció un exabrupto. Pese a trabajar más de sesenta años continuos de noche, no le gustaba beber. Cuando no trabajaba, prefería encerrarse en su casa y ver películas.
Recibió varios premios -Orden al Mérito Pablo Neruda el año pasado- por su contribución a la música chilena y, últimamente, declaraba estar cansado y con ganas de bajar el número de presentaciones. Su familia, incluso, decía que en los meses recientes tenía depresión. Así como Los Jaivas suenan como el alma de Chile, Tommy Rey simboliza la alegría de ser chileno. Era la voz de un 18 eterno. Con el cantante se va un pedazo de felicidad nacional. Pero también permanecerá un legado de algarabía y nostalgia hecho a pulso y con honestidad.



