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Opinión

31 de Mayo de 2025
Gabriel Boric y la Cuenta Pública
Gabriel Boric y la Cuenta Pública
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

Entre la épica perdida y la administración del desgaste: el legado que Boric busca instalar en su última Cuenta Pública

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

"En esta última Cuenta Pública, más que anuncios, lo que está en juego es la capacidad de Boric para cerrar su mandato con un relato que trascienda los vaivenes de la coyuntura. No debemos de perder de vista que al final del día la Cuenta Pública es tanto una escena de la política como un espejo del país", dice Marco Moreno en su columna de esta semana en la que analiza los desafíos del mandatario frente a su última rendición de cuentas ante la ciudadanía.

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Cada 1 de junio, el país asiste a un acto que ya forma parte del calendario político-institucional con ribetes de ceremonia: la Cuenta Pública presidencial. Una instancia que combina elementos del ritual republicano, la puesta en escena del poder y el inevitable juego de las interpretaciones políticas. Este año, sin embargo, la Cuenta Pública de Gabriel Boric será distinta. No solo por ser la última de su mandato, sino por el momento en que ocurre: a 165 días de la elección presidencial y en medio de un clima de creciente ansiedad política.

Por tradición, la última Cuenta Pública tiene un tono de balance. Es el momento en que el Presidente de la República busca construir el relato de su gestión, ordenar el legado y proyectar una imagen de cierre. Pero ese esfuerzo se ve tensionado por las múltiples expectativas —y exigencias— que convergen sobre el mensaje.

Desde el oficialismo, los partidos presionan para que el Mandatario aproveche esta vitrina para realizar anuncios concretos que marquen el último tramo del Gobierno y ofrezcan señales al electorado propio, especialmente al mundo progresista que ha resentido el giro hacia el orden y la seguridad. Para una coalición que ha vivido un ciclo complejo de desencuentros y retrocesos, la Cuenta Pública se convierte en una oportunidad —quizás la última— de alinear expectativas.

En el otro extremo, la oposición llega con el libreto aprendido: cuestionar el incumplimiento de promesas, denunciar el contraste entre el programa original y la realidad de la gestión, y acusar el uso electoral del espacio presidencial. Se trata de una crítica que ha acompañado a prácticamente todos los presidentes en su último mensaje, pero que este año adquiere mayor intensidad en un contexto de elecciones polarizadas y con una opinión pública más crítica e impaciente.

La disyuntiva es clara: ¿Debe el Presidente Boric aprovechar la instancia para reinstalar las banderas de su sector, apelando a la épica transformadora que animó su llegada a La Moneda? ¿O debe cuidar cada palabra para no ser acusado de intervencionismo electoral? Esta tensión se vuelve más evidente si se considera el escaso interés que están generando las primarias del oficialismo, con candidatos poco perfilados y una ciudadanía desmovilizada. En ese contexto, un discurso que recupere convicciones —y no solo administre contingencias— podría tener un efecto movilizador en sectores afines.

Sin embargo, ese mismo objetivo enfrenta obstáculos importantes. La Cuenta Pública estará inevitablemente marcada por la sombra de los casos ProCultura y el escándalo de las licencias médicas fraudulentas. Ambos episodios han dañado la credibilidad del aparato estatal y reactivado las críticas sobre el manejo político del oficialismo.

Aunque el Presidente decida no referirse explícitamente a estos temas, su sola omisión o el modo en que sean abordados será leído como señal política. La ciudadanía espera no solo balances, sino también respuestas.

A todo lo anterior, se suma la habitual sobreexpectativa mediática. Durante los días previos a la cuenta pública, los medios alimentan una atmósfera de suspenso y especulación: ¿Habrá anuncios relevantes?, ¿Decisiones en materia de política exterior, como se ha especulado, en relación a Israel? ¿Guiños electorales? Este clima termina distorsionando el carácter institucional del evento, transformándolo en una suerte de anticipo de campaña donde cada gesto, palabra o ausencia se analiza con lupa. En ese escenario, el mensaje corre el riesgo de ser juzgado más por lo que no dice que por lo que realmente comunica.

Ciertamente, la Cuenta Pública también es una oportunidad. No solo para ordenar el relato del Gobierno, sino para intentar —aunque sea brevemente— levantar el ánimo de un oficialismo que llega desgastado a las primarias del 29 junio.

Un mensaje bien calibrado podría no revertir las encuestas, pero sí contribuir a reactivar cierta base progresista, recuperar algo de iniciativa y disputar el tono del debate público. Porque en una democracia fatigada y polarizada, a veces la sobriedad —combinada con claridad política— puede ser más efectiva que la grandilocuencia.

Y en esta última Cuenta Pública, más que anuncios, lo que está en juego es la capacidad de Boric para cerrar su mandato con un relato que trascienda los vaivenes de la coyuntura. No debemos de perder de vista que al final del día la Cuenta Pública es tanto una escena de la política como un espejo del país. Lo que diga el Presidente será importante, pero igual de revelador será lo que escuchemos, cómo lo interpretemos y qué decidamos hacer con ese mensaje. Porque en una democracia madura, no solo importa quién habla, sino quién está dispuesto a escuchar.

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