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Opinión

26 de Julio de 2025
Ilustración Marco Moreno
Ilustración Marco Moreno
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

Insert coin: los empresarios entran al juego presidencial

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

"Publicar una carta abierta en prensa, firmada colectivamente por empresarios y exautoridades, llamando al orden a los candidatos presidenciales, resulta una práctica más propia de sistemas con baja densidad institucional y escasa separación entre intereses económicos y conducción política", dice Marco Moreno en su columna de esta semana, en la cual entrega su mirada sobre una reciente publicación en la que más de 160 empresarios, ejecutivos y exministros exhortaron a los abanderados presidencuales de la oposición a actuar en unidad. El texto suma más de 3 mil firmas en charge.org

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En las últimas semanas, la escena política chilena ha sido sacudida por un hecho que, pese a su aparente formalidad, revela dinámicas profundas y persistentes en el modo en que se ejerce el poder en la derecha: la publicación de una carta abierta, firmada por más de 160  empresarios, ejecutivos, exministros, y profesionales ligados históricamente al sector, dirigida a los tres presidenciables opositores —Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser— y a los candidatos al Congreso de la oposición. En los días siguientes a su publicación ha sumado nuevos adherentes. Abierta en charge.org ahora con el título “Una oposición unida para enfrentar a la izquierda”, suman varios cientos de firmas verificadas.

La misiva, aparecida como una inserción pagada en la prensa, no es un simple ejercicio epistolar ni un gesto de pluralismo. Es, en su forma y contenido, una intervención política directa que remite a una tradición histórica de la derecha chilena: la de los circuitos extrainstitucionales del poder.

La misiva, titulada originalmente “Carta abierta a José Antonio Kast, Evelyn Matthei, Johannes Kaiser y a los dirigentes y candidatos al Congreso de la oposición al gobierno”, puede leerse como una señal de alarma, una toma de posición y, también, como un acto de presión. A través de un lenguaje enfático, el grupo firmante llama a la unidad del sector, exige responsabilidad ante el riesgo de perder una oportunidad histórica y advierte sobre los costos de la fragmentación electoral. Sin embargo, lo más relevante no es el contenido explícito, sino lo que esta intervención revela sobre la forma en que se construyen las coordenadas de poder en la derecha chilena.

Los firmantes —muchos de ellos con vínculos reconocibles con el mundo empresarial, fundaciones ideológicas, exautoridades de gobiernos anteriores o think tanks conservadores— no ocupan cargos públicos ni son parte orgánica de los partidos políticos. Sin embargo, su voz se deja oír con fuerza, en una suerte de “llamado al orden” que interpela a los actores que hoy lideran las candidaturas del sector. Esta práctica se inscribe en lo que Antonio Cortés-Terzi denominó como “circuitos extrainstitucionales del poder”: esferas de influencia que, aunque ajenas a los mecanismos formales de la democracia, inciden con intensidad en la toma de decisiones, especialmente en sectores donde el capital económico y simbólico se traduce en capacidad de veto o conducción indirecta.

Y es en ese punto donde el título de esta columna cobra pleno sentido. Insert coin, expresión sacada del mundo de los videojuegos de arcade, alude a ese momento en que, al introducir una ficha, el jugador toma el control de la partida. En la política chilena —y particularmente en la derecha— ese “insert coin” es la señal de entrada de los recursos, el poder económico, los respaldos financieros y mediáticos que permiten no solo jugar, sino también alterar las reglas del juego. La carta es precisamente eso: una ficha introducida en el tablero presidencial para intervenir, orientar y condicionar el curso de la disputa opositora. No están jugando desde las graderías. Han bajado a la cancha.

Lo llamativo —y revelador— es que esta forma de intervención empresarial directa mediante inserciones pagadas en medios de comunicación no es común en democracias consolidadas, especialmente en aquellas con las que parte de la élite económica chilena suele compararse, como Estados Unidos, Alemania o Reino Unido. En esos contextos, si bien existen mecanismos formales e informales de lobby e influencia, la presión política empresarial se canaliza a través de instituciones intermedias, financiamiento abierto de campañas, think tanks o espacios de deliberación regulados.

Publicar una carta abierta en prensa, firmada colectivamente por empresarios y exautoridades, llamando al orden a los candidatos presidenciales, resulta una práctica más propia de sistemas con baja densidad institucional y escasa separación entre intereses económicos y conducción política.

En ese sentido, más que una muestra de vitalidad democrática, esta intervención parece una anomalía persistente del ecosistema político chileno, donde las élites siguen prefiriendo operar por fuera de los canales institucionales cuando sus intereses se ven amenazados.

Lo interesante del momento actual es que esta intervención no ocurre en el vacío, sino en medio de una fuerte y crispada competencia al interior de la derecha. La rivalidad entre Evelyn Matthei y José Antonio Kast ha dejado de ser sólo programática y se ha tornado estratégica, comunicacional y personal. La irrupción de Johannes Kaiser, con un estilo disruptivo que empuja los márgenes del debate hacia los extremos, ha añadido una cuota de desorden que inquieta a quienes, desde fuera, observan la posibilidad de que el sector llegue dividido a las próximas elecciones. En ese contexto, la carta opera como un intento de reencuadrar la disputa, marcando un límite, alineando expectativas y recordando —implícitamente— quienes detentan la voz del “interés superior” del sector.

Este tipo de acciones no es nuevo en la derecha chilena donde ya en los 90 se acuño la frase “los poderes facticos” para referirse a este tipo de influencia. A lo largo de su historia reciente, ha existido una constante interacción entre actores formales e informales del poder, donde las decisiones clave no siempre se toman en las instancias partidarias o en las urnas, sino en directorios, almuerzos de fundaciones, columnas de opinión o intervenciones como la que hoy vuelve a escena. La reemergencia de este estilo confirma que, a pesar de las transformaciones del sistema político, los viejos dispositivos de influencia siguen operando con eficacia.

La pregunta de fondo es cuánto espacio tienen hoy estos actores para moldear la política opositora sin enfrentar resistencia. Porque si bien la carta busca ordenar, también expone un riesgo: el de profundizar la desconexión entre las élites tradicionales del sector y un electorado que ha cambiado, que no responde necesariamente a los llamados del empresariado ni se alinea con facilidad detrás de una lógica vertical de conducción. En tiempos de fragmentación, desafección política y desintermediación, la eficacia de estos circuitos extrainstitucionales ya no es la que fue. Pero su persistencia sigue siendo una señal de cómo se configura el poder en Chile, especialmente en el mundo conservador.

Más allá del efecto inmediato que esta carta pueda tener en la estrategia de los presidenciables de la derecha, su sola existencia nos recuerda que la democracia no sólo se juega en la institucionalidad visible. También se negocia, se condiciona y se presiona desde las sombras, donde viejos y nuevos actores intentan preservar su influencia en un escenario cada vez más volátil. En ese tablero, lo que está en disputa no es sólo una candidatura, sino el modelo mismo de liderazgo y conducción que la derecha ofrecerá al país. Y en esa pugna, los circuitos extrainstitucionales vuelven a decir presente.

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