Opinión
30 de Agosto de 2025
Los niños ya no juegan solos en la calle
Por Rita Cox F.
La columnista Rita Cox escribe sobre cómo en Chile los niños y niñas ya no salen solos a jugar a la calle, producto de barrios cada vez más violentos y del miedo que se ha apoderado de la ciudadanía. "Lamentablemente, hemos construido ciudades que expulsan sistemáticamente a la infancia puertas adentro con barrios que en algunas comunas son zonas de sacrificio de la infancia. Ciudades pensadas para la eficiencia del adulto trabajador, para el automóvil, para el consumo. Para protegerse del asalto, del robo, de la bala loca, del peligro real e imaginario. Pero qué más obvio: la presencia de niños en las calles es un indicador de calidad de los espacios urbanos.", analiza.
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Cuando era chica, unos 5, 6 o 7 años, y hasta que la timidez de la adolescencia me atrapó, mi rutina después del colegio y los fines de semana era pasármela callejeando. Con los vecinos de mi edad, en bicicleta, en patines. Con las amigas haciendo coreografías en la calle con la canción del programa Jappening con Ja (“Lo más importante…”), vendiendo helados que cuando se derretían los ofrecíamos como jugos, atrapando insectos para el insectario, peleando y abuenándome con esos mismos vecinos, yendo a buscar pelea con los de unas cuadras más allá. Las guerras de castañas en la plaza eran épicas. Lo mismo los amores platónicos. Años enamorada de los “mellizos” del pasaje, aunque el primer beso fue para Andresito, en la casa de muñecas. Las misiones encomendadas por los padres, como ir al quiosco a comprar los diarios o a la panadería, eran condecoraciones que se acumulaban junto al vuelto.
Horas y horas en la calle. Se oscurecía y no era problema alguno.
Sin celular —que no existían—, el lenguaje era el de la certeza de los padres o cuidadores de que estaríamos seguros, que nos cuidaríamos entre nosotros, y que el hambre de leche con plátano y pan con mermelada, o las tareas, nos harían volver a la casa. El único quiebre de esa tranquilidad, que asumo dada por un barrio tranquilo en Santiago, fue el secuestro de Rodrigo Anfruns. El pavor de ser raptada y asesinada se mantuvo enquistado por años. Los tambores de Cooperativa informando nunca más se apagaron. Esa monstruosidad, que marcó a una generación, hizo real la amenaza de que “el viejo del saco” sí existía. Costó mucho volver salir sin mirar hacia atrás, vigilante.
En esas tardes de tiempos infinitos en la calle, de manos engrasadas de tanto reinstalarle la cadena a la CIC, se generó una intimidad de niña, un diálogo interno. También el autocuidado. Contar las cuadras para no perderme. Quedar aterrada al, inocentemente, acercarme al llamado de un exhibicionista de pantalones abajo. Entender que no cumplir con el horario prometido, incluso sin reloj, podía significar un reto. Estar atenta al cuidado de mi hermano más chico.
Hoy vuelvo a ese barrio y no veo niños solos. Si los hay, son en edad preescolar acompañados de sus madres, padres o cuidadores, arriba de sus coches o encaramados en esos juegos infantiles de colores. En las calles tampoco veo niños callejeando. Vivo frente a un colegio y si no son adolescentes, todos se mueven acompañados en el barrio residencial.
La imagen contrasta brutalmente con un video disponible en redes sociales, de niños de 5, 6 años en las calles de Japón. Niños y niñas con sus uniformes escolares, con sus particulares modelos de mochilas japonesas (merecen una nota aparte), cruzando calles de cinco pistas para ir al mercado, tomando el metro, caminando por la ciudad como si fuera lo más natural del mundo. Y lo es, para ellos. Porque Japón ha construido una sociedad donde eso es posible.
No es que los japoneses sean más valientes o irresponsables o allá no se conozca la violencia. Sucede que han diseñado una cultura y ciudades que permite la autonomía infantil como vía para el desarrollo de un adulto con ciertas competencias. Muchas calles japonesas tienen velocidades bajas, cuadras pequeñas con muchas intersecciones que mantienen el tráfico lento, ausencia de estacionamientos en las veredas que mejora la visibilidad, y conductores educados para ceder el paso a peatones. La compra de automóviles requiere mostrar prueba de un espacio de estacionamiento fuera de la calle, lo que mantiene las calles despejadas y mejora la visibilidad.
Los niños japoneses realizan la mayoría de sus viajes de días de semana a pie, especialmente aquellos entre 7 y 12 años, quienes caminan en casi cuatro de cada cinco viajes. Las escuelas del barrio emplean “autobuses escolares caminando”, una especie de desfile matutino de niños donde los mayores ayudan a guiar a los menores. Tan importante aún: construyeron una red social donde los niños aprenden a saludar a las personas que se cruzan —parte de la cultura japonesa del Aisatsu—, donde los vecinos conocidos y desconocidos operan como un tercer ojo alerta en su cuidado y bienestar.
En una encuesta internacional realizada en 14 países, citada por el artículo “How Japan Built Cities Where You Could Send Your Toddler on an Errand”, los padres japoneses fueron los que más estuvieron de acuerdo con la idea de que los adultos del barrio cuidan a los hijos de otras personas. Es toda la sociedad la que actúa como una tribu al resguardo de su tesoro más valioso: sus niños. El resultado es que los menores japoneses de 10 y 11 años hacen solo el 15% de sus viajes de días de semana con un padre, comparado con el 65% de sus pares estadounidenses.
Las ciudades japonesas están construidas sobre el concepto de que cada barrio debe funcionar como un pueblo, con comercio y pequeños negocios en áreas residenciales, lo que significa que hay lugares a los que ir, lugares a los que estos niños pueden caminar.
El contraste con la situación en Chile es lamentable. El Observatorio de Niñez Colunga alerta que entre 2015 y 2022, el porcentaje de niñas y niños que viven en barrios con violencia crítica creció de 39% a 47%, impulsado principalmente por el aumento en la exposición a balaceras. Hoy, uno de cada cinco niñas y niños vive en barrios donde “siempre o casi siempre” se escuchan disparos. En esas condiciones, marginado queda el juego y la recreación. Se suma la falta de espacios públicos adecuados que permitan contrarrestar estos entornos adversos: muchas de las comunas con mayores niveles de violencia crítica, especialmente en la Región Metropolitana, coinciden con aquellas que presentan menor acceso a áreas verdes y oportunidades de esparcimiento.
La ciudad inhóspita dialoga con la violencia y la inseguridad y esto genera el círculo nefasto del encierro en espacios, a veces muchos más inhóspitos y/o frente a las pantallas.
En esa ecuación del miedo, algo se está perdiendo o se perdió. ¿Será recuperable? Y no es solo la libertad de los niños: es su derecho al desarrollo integral, su posibilidad de construir autonomía, de conocer su entorno, de desarrollar habilidades sociales y cognitivas que solo se aprenden en el contacto directo con el espacio público. No lo digo yo, lo dice la literatura especializada.
El problema es que cuando pensamos en niños y ciudad, solo se nos ocurren dos espacios: las plazas con juegos infantiles y los trayectos al colegio. Como si la infancia pudiera encapsularse en esos dos momentos, como si el resto de la ciudad fuera territorio vedado para ellos. Como señala la arquitecta Karen Seaman, fundadora junto a la fallecida Nicole Pumarino, de La Reconquista Peatonal, las políticas de “camino seguro a la escuela” han estado enfocadas “en la seguridad vial y social: se han diseñado estrategias para disminuir los accidentes de tránsito; se han organizado grupos de adultos que acompañen a niñas y niños en el recorrido a la escuela”. Iniciativas necesarias, agrega la investigadora, “sin embargo, todavía se plantean desde lógicas de eficiencia, sin indagar demasiado en la experiencia de lo cotidiano que tienen niñas y niños, ya sea de manera independiente o con quienes les cuidan”.
Una investigación liderada hace un par de años por La Reconquista Peatonal en Renca, y citada por la web de la Fundación Escala Común, reveló algo que deberíamos haber sabido siempre: los niños ven la ciudad de manera completamente distinta a los adultos. Y es precioso lo que ven. Por ejemplo, cuando se consultó a niñas entre 6 y 11 años por sus recorridos a la escuela y las caminatas en sus barrios, se descubrió que “la mirada sobre el espacio urbano de estas pequeñas protagonistas se focaliza en fragmentos detallados del paisaje que descubren mientras caminan. Sus relatos describen las flores de distintos colores que aparecen en el recorrido, los perros y gatos que están en la calle, la perfecta noción de dónde están los lugares de juego, el carrito de sopaipillas en donde se detienen a la salida del colegio, la panadería donde se abastecen, las casas que reconocen de memoria, los edificios altos que les llaman la atención y la constante presencia del Cerro Renca que las acompaña a donde quiera que vayan”.
Los resultados de la indagación de La Reconquista Peatonal suman que “con estos fragmentos de ciudad ellas van creando un mundo del que las personas adultas a veces ni nos enteramos. Muchas veces el camino se transforma en un viaje hacia un castillo en el que ellas son las princesas, el cruce de una calle es un gran lago por el que ellas avanzan saltando entre ‘troncos blancos'”. Pero también tienen una mirada crítica: “Así como aparece lo que les gusta y llama la atención, también tienen una mirada crítica sobre la basura en las calles y las personas que la botan, los lugares sucios y deteriorados, el abandono de personas y animales y los comportamientos inadecuados en un espacio que es de todos”.
Como concluye Seaman, “la mirada de la infancia, más que revelar pistas para un camino enfocado en prevenir accidentes de tránsito, nos entrega nociones de cómo podemos hacer caminos atractivos en los que niñas y niños sientan confianza e interés“.
Es tan evidente que esas horas de callejeo que muchos vivimos no fueron tiempo perdido. Todo lo contrario, forjaron parte de nuestro desarrollo. Las arquitectas y directoras de Escala Común, Carole Gurdon y Piera Medina, añaden otros matices en la revista especializada Planeo: “La espacialidad tiene una importancia crucial en el desarrollo de la niñez desde temprana edad. Los relatos de la cotidianeidad en los niños/as asientan un parámetro fundamental en la dimensión territorial de la infancia. Es a partir de su forma de relacionarse con los espacios urbanos que los niños/as activan habilidades tales como la capacidad de autonomía y movilidad, la elaboración de mapas cognitivos, la construcción de una memoria de los lugares, el sentido de integración social y de pertenencia, entre otras”.
Las autoras son categóricas al señalar que “al desarrollar sus habilidades cognitivas y espaciales, los niños/as comienzan a enlazar sus experiencias con su percepción del mundo que los rodea”. Pero van más allá: “la infancia abre espacios sociales que son totalmente distintos a los de otras etapas de vida, ya que a partir de sus vínculos espontáneos se convierten en motores de activación de la sociabilidad; los niños/as tienen la habilidad de abrirse a lo desconocido a través del juego, donde surgen vínculos sin juicios y con un gran sentido de equidad. Esto genera inclusión y entrega elementos que son necesarios para generar sociedad”.
Para Gurdon y Medina, “la cultura del juego tiene que ver con una de las principales cualidades de la ciudad: la exploración, el disfrute, y el encuentro, todas ellas necesarias para la condición urbana”. Y agregan algo fundamental: “a través del juego infantil los lugares se resignifican, adquieren distintos y nuevos sentidos e interpretaciones, no solo para los niños/as, sino que también para las comunidades que los habitan. No obstante, sin sistemas urbanos que permitan el despliegue de tales habilidades, la ciudad pierde su capacidad de acompañar el proceso de crianza y desarrollo infantil”.
Destacan, también, la importancia de la escala barrial. “Para la infancia, la dimensión de la proximidad cobra relevancia, y sitúa al barrio como espacio natural para el encuentro y la sostenibilidad del cuidado“. Como explican, “el barrio se configura entonces, como el espacio natural de la infancia, aquel lugar que ordena los espacios que ellos reconocen en un radio cercano a su casa y que les otorgan sentido de pertenencia desde una edad temprana: parques, plazas, calles, locales y vecinos; espacios en los que transcurren sus vidas, donde crecen, y adquieren hábitos y habilidades”.
Lamentablemente, hemos construido ciudades que expulsan sistemáticamente a la infancia puertas adentro con barrios que en algunas comunas son zonas de sacrificio de la infancia. Ciudades pensadas para la eficiencia del adulto trabajador, para el automóvil, para el consumo. Para protegerse del asalto, del robo, de la bala loca, del peligro real e imaginario. Pero qué más obvio: la presencia de niños en las calles es un indicador de calidad de los espacios urbanos.
Otra obviedad: una ciudad que no es segura para los niños no es segura para nadie. Y una ciudad sin niños en sus calles, porque cunde la desconfianza, es una ciudad que ha perdido algo esencial: la capacidad de abrazar, sorprender, jugar e reimaginar lo posible.



