Opinión
6 de Septiembre de 2025
Sentimentalización, polarización afectiva y campañas negativas: claves de la próxima contienda electoral
Por Marco Moreno
"El riesgo es evidente: que la campaña se reduzca a un plebiscito de emociones negativas, donde lo central no sea quién convence más, sino quién logra deslegitimar al otro con mayor eficacia", dice Marco Moreno en su columna semanal, en la que expone que los votantes, en las próximas elecciones, podrían verse expuestos a relatos que los hagan sentir antes que pensar.
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Las campañas electorales contemporáneas ya no se definen por el peso de los programas ni por la fortaleza de los partidos. Cada vez más, lo que organiza la competencia política es la capacidad de los candidatos y sus entornos para capturar emociones. Lo vemos con claridad en Argentina, donde la frase “alta coimera, Karina es una alta coimera” se viralizó en redes sociales, en estadios de fútbol y hasta en aeropuertos. El origen está en las denuncias por presuntos actos de corrupción que involucrarían a Karina Milei, hermana y mano derecha del presidente. Pero lo determinante no es la evidencia judicial, todavía en disputa, sino la potencia política de una consigna breve y cargada de indignación moral que se instaló como estribillo popular.
Este episodio es una muestra de lo que Jeffrey Green llamó “democracia ocular”: un tipo de democracia donde la ciudadanía se comporta más como espectadora que como participante activa, y donde la visibilidad —lo que los líderes hacen y lo que se dice de ellos bajo la mirada pública— se convierte en el núcleo de la política. En este esquema, importa menos el debate programático en el Congreso que el efecto de una frase en una red social, menos la consistencia ideológica que la capacidad de sobrevivir al escrutinio permanente de los ojos ciudadanos. Lo que se ve y se viraliza pesa más que lo que se argumenta.
En ese contexto, emerge con fuerza la sentimentalización de la política. Las campañas ya no apelan principalmente a la razón o al análisis racional de propuestas, sino a emociones inmediatas como el miedo, la rabia, la indignación o la esperanza. La comunicación política potencia este proceso, porque los algoritmos de redes sociales favorecen lo que genera interacción rápida, y pocas cosas producen más reacción que un contenido emocional. El “alta coimera” argentino no es un simple insulto: es una etiqueta emocional que concentra rechazo, desprecio y denuncia en tres palabras fáciles de repetir y cantar.
El efecto es amplificado por la polarización afectiva, fenómeno que describe cómo las divisiones políticas ya no se basan solo en diferencias de ideas, sino en sentimientos de simpatía hacia los propios y odio hacia los adversarios. En América Latina, donde los partidos están debilitados y las identidades colectivas fragmentadas, la polarización se expresa en liderazgos personalizados y en confrontaciones donde el adversario es visto más como enemigo que como competidor legítimo. Así, un cántico o un meme no solo desprestigia a un rival: moviliza a la propia base con la energía de la indignación compartida.
A ello se suma un dato alarmante revelado por un reciente reportaje de Chilevisión sobre campañas negativas: la existencia de verdaderos ejércitos digitales que manipulan, atacan y fabrican climas de opinión. No es solo ruido en redes, es un riesgo real para la democracia: erosiona la confianza pública y convierte la deliberación en un campo de batalla tóxico, donde la desinformación circula más rápido que los hechos y donde las campañas negativas encuentran un terreno fértil para instalar etiquetas que dañan reputaciones en cuestión de horas.
¿Qué lecciones ofrece este caso para Chile? Tras las Fiestas Patrias, la campaña presidencial y parlamentaria entrará en su fase más intensa rumbo a noviembre. Y todo indica que se desplegará bajo las mismas coordenadas: la política transformada en espectáculo emocional. La discusión sobre pensiones, seguridad o crecimiento económico será procesada menos como un debate de cifras y más como relatos emocionales: miedo frente al desorden, rabia ante los privilegios, esperanza en torno a la promesa de dignidad. El votante se enfrenta a relatos que lo hacen sentir antes que pensar.
En este escenario, no sería extraño que en las próximas semanas surja en Chile una consigna equivalente al “alta coimera”: un apodo, un cántico o una etiqueta viral que logre sintetizar en segundos la desconfianza o el rechazo hacia un candidato. Un lapsus en una entrevista, un video fuera de contexto o una denuncia judicial puede transformarse en materia prima de un relato emocional que eclipse propuestas enteras. Y si a esto se suma la acción de ejércitos digitales organizados, la velocidad y la toxicidad del ciclo político se multiplican.
El riesgo es evidente: que la campaña se reduzca a un plebiscito de emociones negativas, donde lo central no sea quién convence más, sino quién logra deslegitimar al otro con mayor eficacia. Pero también existe una oportunidad: aquellos candidatos que sepan articular emociones positivas —esperanza, orgullo, cuidado— pueden contrarrestar la negatividad, aunque siempre en un terreno donde la batalla se libra en el registro afectivo.
La experiencia argentina es un espejo cercano: el efecto de la espectacularización y sentimentalización de la política se medirá en las elecciones provinciales de septiembre y octubre. En noviembre, Chile enfrentará presidenciales y parlamentarias bajo la misma atmósfera. No será una contienda de programas ni de diagnósticos técnicos, sino un examen de emociones colectivas, amplificado ahora por la desinformación y las campañas negativas digitales. La política, atrapada entre la democracia ocular, la sentimentalización, la polarización afectiva y la manipulación en redes, se juega cada vez más en la superficie de lo que se ve y se siente.
La pregunta es si lograremos que, detrás del ruido de memes, ejércitos digitales y consignas virales, sobreviva un mínimo espacio para discutir en serio el rumbo del país. Porque sin ese espacio, la democracia corre el riesgo de convertirse en un coro de acusaciones que entretiene, moviliza y divide, pero que no resuelve los problemas que la originaron.



