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Opinión

20 de Septiembre de 2025
Columna de Marco Moreno
Columna de Marco Moreno
Ilustración: Sandro Baeza / the Clinic

La campaña entra en tiempo de descuento (y en terreno desconocido)

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

"El telón de fondo de la recta final será una disputa por el control de las narrativas en medio de un campo minado de incertidumbre. A medida que se acerca la elección, el margen para introducir temas nuevos se reduce, y los comandos tenderán a priorizar mensajes simples y polarizantes que ordenen el campo político y movilicen emociones intensas", opina Marco Moreno en su nueva columna, en la cual aborda la recta final de la campaña de primera vuelta, que comenzará tras las Fiestas Patrias.

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Después de las Fiestas Patrias, Chile entra en la recta final de la campaña presidencial y parlamentaria. Quedarán poco más de 50 días para que los electores concurran a las urnas, esta vez bajo el régimen de voto obligatorio, lo que añade un factor de incertidumbre y obliga a las candidaturas a salir de su zona de confort. La irrupción de millones de votantes “obligados”, menos ideologizados y más volátiles, transforma el tablero electoral y presiona a los comandos a repensar sus estrategias de movilización, despliegue territorial y construcción de mensajes. Lo que está en juego no es solo ganar la elección: es asegurar el ingreso a la segunda vuelta presidencial, maximizar la representación parlamentaria y evitar que la ola de participación inesperada desdibuje las proyecciones previas.

El miércoles 17 de septiembre marca el inicio del periodo de propaganda electoral en medios de comunicación y plataformas digitales, así como en la vía pública mediante activistas y brigadistas. Desde entonces, la visibilidad será una carrera contrarreloj. La campaña se volverá más intensa y emocional, y el espacio público se saturará de estímulos simbólicos: carteles, videos, jingles, visitas en terreno y mensajes segmentados en redes. La capacidad de organizar y sostener un despliegue territorial disciplinado se vuelve un activo estratégico. Quien logre cubrir más territorio —no solo geográfico, sino también social— tendrá ventaja para convertir afinidades blandas en votos efectivos. Este es un momento en que la maquinaria organizativa importa tanto como las ideas.

Un mes después, el 17 de octubre, comenzará la emisión de la franja televisiva gratuita. Este espacio masivo y regulado será clave para llegar a los votantes menos politizados y menos expuestos a la conversación cotidiana sobre la campaña. La franja funciona como un ecualizador: permite que candidatos con menores recursos puedan instalar mensajes ante audiencias amplias y heterogéneas. Pero también actúa como un catalizador: puede consolidar tendencias ya en curso o amplificar errores fatales. En ese punto, lo decisivo será la capacidad de cada candidatura para articular un relato coherente, emocionalmente resonante y capaz de conectar con las preocupaciones inmediatas —inflación, seguridad, empleo— sin perder proyección de futuro.

En medio de estos hitos se desarrollarán varios debates televisivos y radiales. Estos espacios no suelen modificar drásticamente las preferencias, pero sí pueden alterar el clima de campaña. Más que convencer, los debates sirven para reafirmar identidades políticas y proyectar liderazgo. Una buena performance puede inyectar energía a un comando, fortalecer el encuadre mediático de “momentum” y movilizar apoyos. Una mala noche, en cambio, puede instalar dudas sobre la viabilidad de una candidatura y abrir la puerta a la lógica del “voto útil” entre quienes buscan asegurar presencia en segunda vuelta. En un escenario competitivo y fragmentado, cada error se magnifica.

Todo esto ocurre, además, en un entorno dominado por lo que podríamos llamar motores de la incertidumbre. Fragmentación partidaria, una brecha entre expectativas y resultados, la extendida desconfianza institucional y escándalos y shocks informativos. De este modo la elección de 2025 no es incierta solo porque las encuestas puedan fallar, sino porque el propio sistema político se ha vuelto difícil de predecir.

Se suma como motor decisivo de incertidumbre la introducción del voto obligatorio, que actúa como un verdadero game changer: incorporará millones de electores que no han participado en ciclos previos, menos ideologizados, con preferencias volátiles y escasa fidelidad partidaria, haciendo que los patrones históricos de votación resulten mucho menos predictivos y que cualquier escenario permanezca abierto hasta el final.

A lo anterior se agrega un fenómeno que marcará la recta final: la polarización afectiva. No se trata de una polarización ideológica —centrada en grandes proyectos de país— sino de una dinámica emocional en la que los electores definen sus preferencias más por el rechazo al adversario que por la adhesión a un programa. Esta lógica intensifica la confrontación, alimenta climas de miedo o desconfianza y empuja a los comandos a privilegiar mensajes cargados de emotividad por sobre propuestas de política pública. En un escenario de voto obligatorio, donde millones de electores menos politizados deben tomar partido, el peso de estas emociones negativas puede ser determinante.

El telón de fondo de la recta final será, por tanto, una disputa por el control de las narrativas en medio de un campo minado de incertidumbre. A medida que se acerca la elección, el margen para introducir temas nuevos se reduce, y los comandos tenderán a priorizar mensajes simples y polarizantes que ordenen el campo político y movilicen emociones intensas. Aquí se juega una batalla semántica: quién logra definir de qué trata la elección. Seguridad, economía, estabilidad, cambio, gobernabilidad: cada palabra es una invitación a leer el presente y proyectar el futuro desde un marco interpretativo específico. El riesgo para las candidaturas es que el adversario logre imponer su marco y obligue a responder dentro de sus coordenadas.

Lo antes señalado muestra que esta recta final de campaña estará dominada por tres pulsos simultáneos. Uno, organizativo: desplegar músculo territorial para convertir simpatía en votos. Dos, comunicacional: construir relatos persuasivos y consistentes que sobrevivan al ruido mediático. Y tres, estratégico: anticipar el comportamiento de los nuevos electores obligados en un contexto atravesado por motores de incertidumbre y marcado por la polarización afectiva. La elección no solo se decidirá en las urnas, sino también en la capacidad de cada candidatura para leer con precisión este complejo cierre de ciclo. Porque, en estos últimos días, más que nunca, la política se convierte en el arte de sincronizar el territorio, el mensaje y el momento.

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