Bar Flama: la historia de cómo sus pizzas devolvieron la vida a una esquina icónica y abandonada en Providencia y reaniman al barrio Lastarria
Max Cabezón y Clarissa Casciano unieron su experiencia en gastronomía y comunicación para crear Flama, una pizzería que se ha convertido en un referente de Providencia y Lastarria. Con un estilo urbano, precios accesibles y una propuesta que mezcla buena comida, cerveza artesanal y ambiente juvenil, sus dos locales se destacan por su éxito constante y su vínculo con la comunidad y la cultura local.
Por Felipe Betancour 5 de Octubre de 2025
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Antes de fundar Flama, Max Cabezón y Clarissa Casciano ya acumulaban experiencia en restaurantes. El finalista de MasterChef fundó Testardos Pizzería, con un sello propio que rápidamente se posicionó como una de las favoritas de Ñuñoa y Providencia. Por su parte, la nacida en Brasil tuvo durante 9 años Kook Bistró, restaurante ubicado en Vitacura que debió bajar la cortina durante la pandemia.
Pero no fue la cocina lo que los llevó a conocerse, sino sus actividades paralelas. Casciano maneja Magnolia Comunicaciones y Cabezón cuenta con una amplia comunidad de seguidores en redes sociales. Eso los llevó a trabajar juntos en una campaña publicitaria que nunca vio la luz, porque se grabó el mismo día del estallido social, lo que cambió los planes. Por esos días, Cabezón recién abría Testardos, algo que quedó grabado en la memoria de Clarissa cuando decidió volver a emprender con un restaurante.
El fallido comercial fue —sin que los socios fundadores lo supieran— el inicio de lo que hoy es Bar Flama, una de las pizzerías más taquilleras y cotizadas de Providencia y Santiago, con dos sucursales que se llenan especialmente en estas tardes previas al verano, cuando los 30 grados invitan a los clientes a buscar terrazas frescas y cerveza helada.
A las 18 horas de un jueves se forma la fila para sentarse en una mesa; después de las 19 horas es imposible no esperar. El flujo de gente se mantiene constante durante toda la tarde y noche, y los trabajadores del local calculan que al mes atienden a unas 6 mil personas. En la fila, el público es notoriamente joven, quizás por los precios de las pizzas (desde $8.900) o por el estilo urbano del local, que sus fundadores se han encargado de mantener.
El pequeño espacio, que tiene una barra con el horno a la vista, cuenta con exterior que da a las espaldas de una cuidada plaza de un centro de seguridad de la comuna de Providencia. Pero no siempre fue así: los socios encontraron este lugar después de la pandemia, cuando aún quedaban algunos locales por arrendar en la comuna, y este estaba vendiendo su derecho de llave.

“El local estaba en muy malas condiciones, así que tuvimos que hacerlo de cero. Además, la plaza donde estaba ubicado no tenía luz, había gente durmiendo en la calle; en general, era un sector bastante peligroso. Pensamos: podemos apostar por este espacio y, ya sea con la municipalidad o por nuestra cuenta, tratar de mejorar el entorno. Vimos que era un lugar con gran potencial, aunque estaba medio abandonado”, dice la socia.
En el Instagram de la pizzería, los artistas urbanos son protagonistas de las instantáneas. Pablo Chill-e, Paillita, Young Cister o Akrilla posan junto al local de Pizza Bar Flama. Casciano dice que los cantantes llegan de manera orgánica y que a varios los conoce por otras campañas publicitarias de su agencia, que ha trabajado con marcas como Nike o Tommy Hilfiger. Ese pasado fue clave para que Clarissa lograra dar visibilidad al nuevo local, ubicado en una esquina que históricamente ha sido oscura y ocupada por locales que nacen y mueren sin mayor suerte.
“Lo que hice fue, básicamente, aplicarle a mi local las mismas comunicaciones que utilizo para las marcas que manejo en mi agencia de comunicaciones. Son marcas que también tienen un look muy urbano, con las que hemos trabajado, y de algunas soy amiga; yo las he apoyado en su momento y todas se preocuparon también de apoyarme de vuelta”, dice la fundadora.
Ese sello urbano de Flama no queda solo en los posteos. Clarissa encontró un buen lugar para arrendar y, con su experiencia previa, este emprendimiento nació “desde el Excel”: si apostaba nuevamente por un local, debía maximizar las ganancias.

Con Max como chef especialista en pizzas, se lanzaron al proyecto aplicando también lo aprendido en el local anterior. Por ejemplo, evitar arrendar en Vitacura por los altos precios y, en cambio, apostar por aportar al barrio y a la ciudad, entregando un lugar de encuentro en un punto neurálgico de Santiago.
“Yo sentía que la gente joven necesitaba un lugar con el que se identificara y que además fuera más relajado, que no fuese caro, un espacio para volver una y otra vez, para que la gente también volviera un poco a la calle”, dice Casciano.
Antes de alcanzar el éxito en Providencia, los socios debieron enfrentar un problema que afecta a varios locatarios de la comuna y que se ha convertido en un dolor de cabeza constante: la patente de alcoholes. El negocio tuvo que esperar un año para poder abrir con patente. La fundadora dice que, por suerte, ambos tenían negocios paralelos que les permitieron sostenerse económicamente, porque seguir pagando arriendo sin poder abrir habría sido una verdadera tragedia gastronómica.
Ya con la patente, decidieron ofrecer cerveza local. Hicieron una alianza con Tamango y, sobre las mesas rojas, se pueden ver las variedades de esta cervecería, como Humboldt ($5.000), Cortacorreiente ($5.900) y Sunset ($5.200).
“Nos han llegado muchas ofertas de cervecerías mucho más grandes y de grupos importantes, que son muy atractivas económicamente. Es hasta difícil decir que no, pero nosotros hemos privilegiado la buena relación y la atención de una cervecería chica, apostando también por el país y ayudándolos a impulsar sus proyectos. Esto nos permite ser mucho más libres para mantener nuestra identidad y ofrecer el servicio que queremos, sin estar condicionados”, cuenta Casciano.
Además, la carta de cervezas y bebidas se completa con Frozen Sour Catedral ($6.500), copas de vino ($8.900) y cócteles que van desde los clásicos, como la piscola ($6.500) y el gin tonic ($7.000), hasta preparaciones de autor, como la Mezcalita Maracuyá ($8.900).
Abriendo en Lastarria
La apuesta funcionó y decidieron abrir un segundo local, esta vez en el barrio Lastarria en noviembre de 2024. La decisión también estuvo influenciada por la experiencia personal de la fundadora, quien durante el estallido social se fue a vivir a ese barrio.
“Yo fui acompañando día a día lo que pasaba en mi barrio y empecé a notar cómo todo renacía, cómo volvía, cómo se estaba reactivando. Llegó un momento en que dije: el barrio ya está, la gente sale, camina, hace vida de barrio; los extranjeros volvieron también y hay mucho turista”, reflexiona sobre el renacer de Lastarria luego del estallido y la pandemia.
Comparado con Vitacura, donde trabaja, los bares un martes o un miércoles estaban llenísimos. “Decidí apostar por mi barrio y, a los cuatro meses, lo que vendíamos en Providencia ya era exactamente lo mismo que estábamos vendiendo en Lastarria. Fue una súper buena apuesta”.

Al principio pensó que le costaría a la gente encontrar el local escondido en calle Merced 346. “Pensé que tendría que hacer aún más trabajo de marketing, pero desde el minuto en que colgamos un cartel de neón que decía Flama en Lastarria, la gente entendió que era Flama y lo aceptó”, comenta sobre este segundo restaurante.
En comparación con el local de Providencia, el local de Lastarria tiene la cocina más grande, lo que permite una carta un poco más extensa. La barra también es más completa, aunque en un 70% ofrecen lo mismo. Además, mantienen el mismo estilo juvenil que caracteriza al primer local.
Ese mismo espíritu se refleja en el compromiso de Flama de mantener los precios pese a la inflación. Para lograrlo, se preocupan de pagar lo justo y trabajar con productos de alta calidad, como harinas traídas de Italia.
“En cuanto a los tragos, tratamos de no agrandar demasiado la carta para poder mantener los precios. Si uno complica demasiado la carta, automáticamente los aumentos de costos se trasladan al cliente. Por eso, aunque siempre buscamos mejorar y lo hacemos constantemente en los detalles del restaurante, muchas veces nos frenamos con ciertos tragos más elaborados, porque eso haría que el lugar se volviera más caro”, explica la socia, añadiendo que esta filosofía busca que los clientes repitan visita varias veces por semana.
A pesar del buen momento que vive Flama, sus socios aún no quieren seguir expandiendo la marca. “Lo hemos pensado, pero no queremos ser el típico negocio de cadena. Sabemos que, más allá de tener buena pizza, buenos tragos y un local relajado con buena música, nuestra oferta también es la onda que le damos al local”, comenta.
Los socios no buscan abrir más locales para facturar más, sino concentrarse en que sus espacios no pierdan la esencia. “Creo que es muy peligroso cuando uno empieza a crecer tan rápido, así que estamos siendo súper cautos”, agrega la fundadora.
Además, mencionó que su próximo objetivo es incorporar un poco más de música: “El tema de las patentes y los vecinos con la música siempre es complicado. Es difícil mantener un DJ después de las nueve de la noche, así que la música tiene que estar siempre a un nivel agradable, y mi público está esperando un poco más en ese sentido”.



