Secciones

The Clinic
Buscar
Entender es todo
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad
Reportajes

Todos los caminos de Héctor Noguera: amigos, colegas y exalumnos retratan las múltiples facetas del actor y director 

¿Cómo se convierte un actor en el más querido por un país y por sus colegas? Héctor “Tito” Noguera –fallecido el martes, a los 88 años, de un cáncer fulminante– cruzó seis décadas de la escena cultural como un intérprete luminoso, un director audaz y un profesor y gestor convencido de que el teatro podía transformar comunidades. Antes de consagrarse masivamente en las teleseries de los 90, cuando ya era un referente entre sus pares, montó obras en barrios populares en plena dictadura y dejó su cargo en la Universidad Católica para fundar Teatro Camino, donde formó y trabajó junto a nuevas generaciones hasta sus últimos días. Colegas y amigos –Ramón Núñez, Alfredo Castro y Vicente Sabatini– junto a actrices y exalumnas como Claudia di Girolamo, Paulina García, Blanca Lewin y algunos de los jóvenes intérpretes que colaboraron con él en su tramo final, reconstruyen aquí la huella y su retrato personal del Premio Nacional, además del legado y el vacío que –para muchos– deja.

Por 1 de Noviembre de 2025
Héctor Noguera
Héctor Noguera
Sandro Baeza
Compartir

Ramón Núñez –actor, director y Premio Nacional 2009– y su amistad de más de 50 años con Héctor Noguera: “No era solo un colega para mí: Tito era como mi hermano”

“Vi a Tito Noguera por primera vez cuando yo estaba en cuarto año en el Internado Barros Arana. Nos llevaban al Teatro Experimental de la Universidad Chile o sala Antonio Varas, y al Camilo Henríquez, en la calle Monjitas. Él aún era alumno de la Academia de Arte Dramático del Teatro Ensayo de la Universidad Católica y hacía casi puros roles pequeños. 

Lo vi en obras como Nuestra señorita Trini (1958), el primer musical del teatro chileno, en El ángel que nos mira (1959) y El diálogo de las carmelitas (1959). Pero después hizo La pérgola de las flores (1960), donde interpretaba al Carlucho, y ya se notaba que ahí había algo en él: una luz distinta.

Ese mismo año di mi examen para entrar a la escuela y él estaba en la comisión. Así se convirtió en mi profesor de Historia del Arte durante el primer año. Nos mostraba libros enormes de pintura renacentista y hablábamos horas. Era un buen profesor, profundo, curioso. Nunca tuve clases de actuación con él, aunque todos –incluido mi hermano Rodrigo, que también estudió actuación en la Universidad Católica– decían que en los ramos más prácticos y de entrenamiento físico era aún mejor.

Luego me incorporé –me incorporaron, en realidad– al Teatro de Ensayo de la Universidad Católica. Ahí hicimos un primer Shakespeare juntos, Mucho ruido y pocas nueces (1960), El avaro (1961) y al año siguiente me tocó ser su ordenanza en Las travesuras del ordenanza Ortega, una adaptación que hizo Fernando Colina de otra obra de Molière. Tito era desde muy joven un actor muy ágil, amable y generoso. Un muy buen compañero de escena y en la vida. Ahí nació nuestra amistad. 

Llegamos a hacer veinticinco o veintiséis obras juntos, algunas en las que él me dirigió, otras en las que yo lo dirigí, y muchas en las que actuamos juntos. Cuando hicimos Theo y Vicente segados por el sol (1990), un montaje sobre los hermanos Van Gogh dirigido por Alfredo Castro –disponible en la plataforma Escenix–, usamos nuestras propias memorias emotivas el uno con el otro. Esa obra la recuerdo –y la recordábamos los dos– con un cariño enorme. Hubo largas conversaciones filosóficas, accidentes, risas, locura, cariño. 

Yo hacía a Theo y él a Vincent. Mi personaje era todavía más esquizofrénico que el pintor, pero ambos se tenían que aguantar porque Theo era vendedor de arte y fue el único que logró venderle un cuadro en vida a su hermano. Entonces, había una hermandad entre los personajes más allá del vínculo sanguíneo. Con Tito se sentía así: compartíamos camarín y hablábamos todo el día y absolutamente de todo. 

No era solo un colega para mí: Tito era como mi hermano. Y ahora lo recuerdo con mucha nostalgia. Hay una frase que le dice el bufón al rey Lear –obra de Shakespeare que también hicimos, en 1992– y que le recuerda que, al perder su poder, ha perdido también su verdadera compañía: “Ahora que ya no eres un rey, ¿qué harás sin un bufón?”. El bufón en la obra era yo, no se suponía que era así. ¡Qué ironía absurda la vida! 

Tito estuvo muchas veces en mi casa en Melipilla. Él conocía Melipilla: tenía gente conocida y cercana allá de apellido Bravo, la familia del pintor Claudio Bravo, de quien había sido compañero en el colegio. Nos íbamos a bañar al río Maipo empelota cuando todavía el agua era cristalina y se podía pescar. Ahora lo único que se podría pescar serían mojones. Pero en ese tiempo nos bañábamos y nos reíamos. 

Tito tenía un sentido del humor muy especial. Era un hombre fino, culto, honesto, justo, decente. Un hombre que sabía escuchar y dar su opinión, que no se irritaba ante quienes pensaban distinto a él. Al contrario, era muy pacífico. Pero también era capaz de hacer barbaridades de cabros chicos. 

En una gira que hicimos a Concepción con Ramón López –que era el director de la escuela y estaba a cargo de la gira–, nos dijo: “Mañana a las 10 de la mañana hay una entrevista en la radio de Concepción, no se vayan a olvidar”. Con el Tito planificamos no ir a la entrevista y tomamos una micro a Tomé. Ahí nos bañamos en la playa y después fuimos a comer pescado frito. De repente nos dimos cuenta de que se nos hacía tarde y no había buses. Tuvimos que hacer dedo hasta Talcahuano y llegamos atrasadísimos a vestirnos, pero logramos hacer la función.

Era esa amistad y complicidad la que nos unía. Y podíamos pasar dos o tres años sin vernos y retomábamos la conversación como si hubiese sido ayer, hablando de la vida y del teatro, que para él era lo mismo.

No fui a verlo cuando supe que estaba enfermo. Cristian Campos me ofreció ir juntos, pero no quise. Con los años he ido acumulando una especie de incontinencia emocional y sabía que me iba a quebrar al lado de él. El Flaco, mi amigo entrañable. Y no era justo: el que se estaba yendo era él, no quería poner mi pena delante de su partida. Además, para mí no hay nada más privado que la muerte. La muerte hay que respetarla, aunque como decía Juan Radrigán: uno debe acostumbrarse a vivir del brazo de la muerte, porque es la prima hermana de la vida”.

Proceso de ensayo de la obra Hamlet de William Shakespeare. En la imagen: El elenco completo de la obra. Dirección: Eugenio Dittborn. Teatro de la Universidad Católica de Chile. Año: 1979. Autor desconocido. Fuente: Archivo de la Facultad de Artes UC.

María Elena Duvauchelle, actriz e integrante histórica del grupo Ictus: “Tito vivió la dictadura desde el teatro”

“Lo primero que recuerdo del Tito Noguera es su sencillez. Una sencillez tan profunda que a mí me dejaba pensando: este es un ser muy especial. 

Lo conocí cuando él aún estaba en la Católica y yo ya estaba en el Ictus, con Julio Jung, Delfina Guzmán, Nissim Sharim y Jaime Celedón. Sus hijas, la Amparo y la Piedad, eran niñitas –de nueve, diez años– y fíjate cómo es la vida: años después terminé actuando con la Amparo recién salida de la escuela en Ardiente paciencia (1986), de Antonio Skármeta, cuando con Julio formamos el Teatro de Los Leones.

Tito me dirigió muchas veces, pero Ardiente paciencia fue una experiencia preciosa y que atesoro mucho. Él tenía justo lo que esa obra necesitaba, esa fineza para acompañarte, para llevarte de la mano. Él hablaba de “habitar” los personajes, no representarlos, y eso es algo muy difícil. Pero con Tito se podía, porque él te guiaba con una delicadeza enorme.

En plena dictadura, trabajamos dos obras del dramaturgo venezolano José Ignacio Cabrujas: Acto cultural (1978) y El día que me quieras (1979), que presentamos en la Sala Camilo Henríquez. Acto cultural era sobre un grupo de teatro amateur de un pueblo rural que está intentando montar una obra clásica cuando ellos son lo menos solemnes que hay. Un retrato del aspiracionismo y la mediocridad del país en que vivíamos, de alguna forma. 

Tito tenía una sensibilidad enorme para dirigir, para encontrar verdad en lo íntimo y darle espesor a lo popular. Eso no era casualidad. En esos años, él participaba en el Teatro Q –proyecto que la actriz María Cánepa y Juan Cuevas impulsaron entre 1983 y 1992– para llevar teatro a poblaciones, parroquias y espacios comunitarios. Era una escuela alternativa, política en el sentido más noble: querían democratizar el escenario y trabajar con adolescentes, con pobladores, con jóvenes que nunca habían pisado una sala. 

Tito también había tenido cercanía con el Teatro Aleph, donde Óscar “Cuervo” Castro inventó un lenguaje poético e irreverente y luego fue detenido, torturado y exiliado. Esa generación sabía que el teatro podía ser peligroso. Tito también lo sabía. Por eso su trabajo territorial fue tan importante: recorría poblaciones, iglesias, centros culturales pequeños, llevando funciones, talleres y dignidad. Para él el teatro era eso. 

Años después me tocó dirigirlo en El contrabajo, de Patrick Süskind, en 1990. Estrenamos en Rancagua, recuerdo, y estuvo diez años con esa obra, recorriendo todo Chile y también afuera. Tito era un actor del mundo, un hombre curioso que no paraba de moverse, de aprender.

Cuando decidió dejar la Universidad Católica para fundar Teatro Camino –sala que inauguró su teatro en la Comunidad Ecológica de Peñalolén en el año 2000–, también lo sentí como un acto de enorme convicción. No es fácil dejar la seguridad institucional para armar un proyecto propio, más aún en esa época. Pero Tito tenía esa claridad: sabía hacia dónde quería ir.

Y claro que vivió la dictadura desde el teatro. Estábamos todos juntos en ese tiempo, resistiendo. En el Ictus recibíamos amenazas, el sindicato quedaba chico, nos dividíamos entre la sala del Ictus y el Galpón de Los Leones para poder reunirnos. Era duro, pero siempre había humor. Una vez en plena reunión llamaron por teléfono –podían ser más amenazas– y contestó al Nissim: “Hello, I am Jane Fonda”, le dijeron. Y Nissim, verde del susto, dijo: “Oh yes, I am Naisim Sharim”. Nos reíamos porque si no, ¿qué hacíamos? Si no te ríes, te mueres. 

Tito siempre estuvo participando para denunciar a la dictadura. Todos los actores estábamos en la misma. Como cuando vino Christopher Reeve a Chile por las amenazas a los actores y se alojó donde (Jaime) Celedón. Todos estuvimos ahí. Me tocó estar desde SIDARTE, primero en la directiva y luego como presidenta con el retorno a la democracia. Hicimos mucho, todos juntos, y siempre he dicho que si todos los actores hubiésemos seguido unidos como lo fuimos en esa época, hoy día podríamos lograr muchas cosas. 

Que figuras como Tito y otras partan significa una tremenda pérdida y estamos yo creo que todos muy tristes. Pero es también una oportunidad para reencontrarnos alrededor de él, de su memoria y de lo que nos deja no solo al mundo de los actores sino también al país, que no es poco”. 

Ensayo de esgrima de Hector Noguera para la obra Hamlet de William Shakespeare. Dirección: Eugenio Dittborn. Teatro de la Universidad Católica de Chile. Año: 1979. Autor: Ramón López. Fuente: Archivo de la Facultad de Artes UC.

Paly García y el gesto de Noguera como profesor que nunca olvidó: “En plena dictadura, cuando la gente desaparecía por nada, él llegó a darnos su apoyo”

“Tito fue profesor mío en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica en primero, segundo y tercer año. Lo tuve en movimiento, en trabajo corporal, en pantomima –que en esos años se hacía– y después como profesor de actuación. Lo tuvimos muchas veces y era un profesor fundamental y por el que había que pasar. 

Me acuerdo que en primer año nos hacía caminar dos horas y media con un compañero por todo el campus. Hoy no sé si se podrían hacer esas cosas. Él era un profesor muy exigente y sus montajes tenían una precisión y una limpieza que requerían ese nivel de prolijidad. Pero a la vez era sumamente respetuoso, cercano y en medio de lo ominoso que era todo, él ponía luz y apertura en esa escuela. 

Fue una enorme fortuna tener grandes maestros ahí: Ramón Núñez, Ramón López, Raúl Osorio –que hoy está más alejado, pero con su luz y su sombra fue un maestro, y lo sigue siendo en mi corazón–, Jaime Vadell. Más allá de si eran así o no, ese grupo de profesores que ellos conformaron proyectaba hacia nosotros una escuela sólida en principios y en consecuencia. Pero fue Tito, en particular, el que más me iluminó artística y humanamente hablando. 

En segundo año, el 82, nos echaron a toda la escuela porque nos fuimos a paro cuando secuestraron e hicieron desaparecer a Marcela Palma Salamanca, estudiante de Filosofía. La escuela completa quedó afuera. Yo me había demorado un montón de tiempo en contarle a mi familia que estudiaba teatro; imagina decirles ahora que me habían echado. Éramos Horacio Videla, Manuel Peña, Solange Lackington, Juan Carlos Zagal, Jaime Lorca, Inés Stranger… muchísimos que hoy siguen creando.

No sé quién lo gestionó, pero conseguimos seguir las clases en la Academia de Humanismo Cristiano. Y Tito fue el primero en llegar. Después llegaron casi todos los profes, pero él fue el primero. En plena dictadura, cuando la gente desaparecía por nada, él llegó a darnos su apoyo, su mano, y a decirnos: continuemos trabajando. No fue solo a ver cómo estábamos, sino a que siguiéramos construyendo, haciendo. Y eso fue profundamente conmovedor, un acto ético, artístico y humano.

La Católica –a diferencia de la Universidad de Chile– no fue intervenida y el Campus Oriente era un lugar de encuentro de toda oposición a la dictadura. Participábamos activamente, manifestándonos de muchísimas maneras, siempre clandestas, por supuesto, y Tito se movía ahí con una valentía enorme. Era un hombre bueno y –como dijo Amparo– un hombre con un profundo sentido de justicia. 

Tito parecía vivir en otra temporalidad. Tenía el tiempo suspendido y podía quedarse conversando, escuchando, pero al mismo tiempo era muy activo y consciente de lo que estaba pasando. Estuvo en los cabildos culturales que armó Claudio di Girolamo a comienzos de los 90, en reuniones políticas, en las campañas presidenciales de Lagos y Boric. Lo vi ahí siempre involucrado, opinando, pensando, ofreciéndose.

Nunca trabajé con él en escena, pero nos vimos muchos años en la Fundación Teatro a Mil, donde compartimos el consejo asesor por más de una década. Era un hombre con una opinión enorme, crítica, rigurosa, afectuosa.

Tengo el corazón aporreado. Con Tito se va una época, creo que hablo por muchos de nosotros. Él nos formó y nos enseñó que esto era un arte, el sentido del arte y que nada debía impedirnos ser los actores que queríamos ser. Y sigue siendo así: si era difícil antes, ahora lo es más. Y él lo sabía”. 

Rodrigo Bastidas, de alumno y ayudante al último que lo dirigió en escena: “Quedó pendiente una película”

“No le gustaba que le dijeran maestro. Él había hecho Hamlet (1979) poco antes, una versión larguísima, de cuatro horas, y ya era un actor muy famoso para la gente de teatro, un referente absoluto, y aun así era muy cercano. Jamás ponía por delante su trayectoria. Muy por el contrario: se ponía a tu nivel para conversar contigo. Lo vi desde el primer día que tuve clases con él en primer año. Lo tuve de profesor entre 1980 y 1984 en el ramo de Actuación y, además, fui su ayudante.

Escuchaba muchísimo. Era muy inteligente. Para él, las relaciones humanas eran fundamentales en el teatro. Yo nunca lo escuché retar o humillar a alguien. Siempre trabajaba desde la amabilidad, desde la precisión, desde la palabra justa. Se preocupaba de conseguir lo que quería de ti como actor, pero siempre con respeto.

Lo que más aprendí de Tito es que un director no tiene que ser un tirano. No hay que sabérselas todas. No hay que ejercer poder desde el miedo. Hay directores que creen que con el látigo se llega más lejos; Tito era todo lo contrario. Dirigía desde la calma, desde la colaboración. Cuando yo era su ayudante, conversábamos todo. Si yo tenía una idea que funcionaba, la tomaba feliz. Jamás dijo: “No opines delante de los alumnos”. Tampoco tenía ego para dirigir. Era seguro, era armónico. Y nunca se le perdió el respeto. Al revés: lo venerábamos.

En Machos (2003) volví a trabajar con él después de varios años y fue un papá de verdad. El 50% del éxito de la teleserie es de él. El resto queda para los demás. Tenía siete cabros echándole tallas por los lados y siempre hubo humor, cariño, disciplina. A los más jóvenes les daba consejos sin imponerse. Era puntual, llegaba con el texto aprendido, era generoso en escena: capaz de darte una indicación que te favoreciera más a ti que a él. Eso no lo hace cualquiera.

Era muy querido y muy cómico también. Lo molestaban por lo “volado” que era. A veces iba en auto al ensayo y se devolvía en micro a la casa. Una vez fuimos a poner notas a los alumnos a su casa y me dice que no tenía llaves. “Sáltate la reja, entra por la ventana y abre por dentro”. Y eso hice: salté la reja, pasé por atrás, entré por la ventana y abrí. Así era Tito.

La última vez que trabajamos fue en la obra No me deje hablando solo (2023), con Jaime Vadell y la Coca Guazzini, que estuvimos presentando nuevamente a mediados de julio de este año. Creo que fue su última función de teatro. Se sintió mal después y tuvo que irse. En esa obra tenía cinco escenas enormes, y aun así sabía que el protagonista era Jaime. Nunca disputó el protagónico.

Las escenas entre Tito y Jaime eran un placer absoluto. Probablemente son dos de los mejores actores de la historia de Chile y yo tuve el privilegio de escribir una obra para los dos. Hacer comedia fue un tema para él: le daba un pudor hermoso cuando sacaba carcajadas del público. Era muy gracioso. Disfrutó tanto ese montaje. 

Para mí, Tito es –y va a ser siempre– el actor más querido de Chile. Porque era talentoso, disciplinado, humilde, generoso. De esos que ya no se repiten. Quedó pendiente una película: No me deje hablando solo. Me repetía: “Hay que adaptarla y filmarla, Rodrigo”. Pero nos dijeron que una historia de viejos no iba a interesarle a nadie. Un error gigantesco, según yo. El guion estaba listo”.

 La vida es sueño de Pedro Calderon de la Barca. En escena:Hector Noguera. Dirección: Eugenio Dittborn. Teatro de la Universidad Católica de Chile. Año: 1974. Autor: Desconocido. Fuente: Archivo de la Facultad de Artes UC.

Vicente Sabatini desclasifica los tres personajes claves de Noguera en las teleseries de TVN y sus “destrezas insólitas” en el set de grabación

“La primera vez que vi al Tito actuar fue en 1974, cuando llegué a la Escuela de Artes de la Comunicación (EAC) de la Universidad Católica. Yo tenía 22 años. Ese año se montó La vida es sueño, dirigida por Eugenio Dittborn, y Tito hizo a Segismundo. Ese monólogo es uno de los más hermosos del teatro universal, y hecho por él fue algo extraordinario y muy impresionante de ver. 

Yo asistía a los ensayos como alumno, casi escondido por ahí, y eso me marcó mucho. Yo tenía 22 años y ya era amante del teatro desde mucho antes, pero verlo a él fue importante, abrió otra dimensión de lo que significaba actuar.

Muchos años después, en 1995, fui a buscarlo para Sucupira. Tenía la convicción de que era el actor ideal para interpretar a Federico Valdivieso, pero sabía que sería difícil convencerlo. Él estaba con clases, funciones, dirigiendo, sin tiempo. Fui con el capítulo uno bajo el brazo. Le dije: “No me contestes ahora. Solo léelo”. Me fui sin mucha fe, pero convencido del proyecto. Lo leyó y se encantó con esa sátira sobre la oligarquía y el poder, que estaba muy bien escrita. Le gustó la imagen de su entrada triunfal montado en un elefante, y rápidamente encontró el tono del personaje.

Para mí –y creo que para millones de personas en este país– hay tres papeles suyos que son fundamentales, al menos en televisión y del periodo en que yo trabajé con él: el alcalde de Sucupira; Melquiades, el rey gitano de Romané (2000), y Mister William Clark de Pampa Ilusión (2001). En los tres sostuvo no solo la historia, sino el peso moral de la trama. 

Durante el rodaje de esa teleserie íbamos una vez al mes a Humberstone. Él estaba postrado en una cama, y todo tenía que pasar por el texto, la voz, la mirada. Lo tomó como un desafío total. Y en medio de ese rigor también había humor. Recuerdo un ensayo largo; yo hablando con la Delfina Guzmán, y de pronto escuchamos un ruido. Tito se había quedado dormido. “Mire este huevón”, decía la Delfina muerta de la risa. En Romané, en cambio, entre grabaciones se iba a nadar mar adentro. Había que sacarlo del agua para seguir.

Tito amaba su oficio, tenía unas destrezas insólitas y una memoria privilegiada. Podía memorizar una escena mientras se cambiaba la corbata en el camarín, eligiendo color y fijando texto al mismo tiempo. Esa habilidad y la velocidad con que lo hacía era impresionante. Lo hacía con una naturalidad que sorprendía siempre. Solo lo he visto en él y en otra gran actriz que ya partió, Lucy Salgado. 

En las teleseries que hicimos había mucho del teatro universal. El mismo Melquiades de Romané estaba inspirado en Otelo de Shakespeare. Milenka (Blanca Lewin) era Desdémona y Drago (José Soza) era Yago. En La fiera (1998), la inspiración era La fierecilla domada, también de Shakespeare. Había una búsqueda constante de los clásicos, estructuras que venían de ahí, y eso a Tito le gustaba, lo inspiraba, lo sentía cercano. 

Para mí fue un privilegio cruzarme con él y poder trabajar juntos. Tito tenía esa mezcla rara de disciplina feroz y libertad absoluta. Y una alegría para actuar que se transmitía a todos”. 

Rey Lear de William Shakespeare. Adaptación de Nicanor Parra. En escena: Hector Noguera y Noberto Navarrete. Dirección: Alfredo Castro. Teatro de la Universidad Católica de Chile. Autor de la fotografía: Ramón López. Año: 1992. Fuente: Archivo de la Facultad de Artes UC.

Blanca Lewin, de alumna suya a su primera pareja joven en las teleseries: “Él siempre fue muy respetuoso y cuidadoso”

“Habíamos varios en ese curso: Mariana Loyola, Javiera Contador, Álvaro Espinoza, Claudio Ravanal, Aranzazú Yankovic. Fuimos la última generación a la que Tito le hizo clases en la Universidad Católica, en 1995. Ese año renunció. Él nos hacía clases de actuación desde hacía varios semestres y recuerdo que para un examen montamos con él Las brujas de Salem, de Arthur Miller. 

Durante el proceso, él nos hizo una clase magistral muy importante sobre la obra, los personajes y cómo los veía. Fue súper valioso para nosotros meternos más allá de lo obvio, de lo que era la creación de este universo, más allá de la investigación que nosotros podíamos hacer. Había una mirada que me pareció muy bonita, muy profunda. Un regalo suyo, de alguna forma. Él era súper volado en cosas concretas –perdía cosas, le pasaban cosas chistosas por despistado–, pero era muy profundo en sus indicaciones y en sus gestos. 

Me acuerdo que Tito estaba en las pruebas especiales de admisión para entrar a la escuela y dirigía un examen de movimiento y cuerpo. Eso está registrado: hay un programa, Visiones, de Canal 13, que repetían a cada rato, donde salía él haciendo clase de movimiento. Y era justo mi curso el que salía, salíamos todos nosotros. Después de la universidad, trabajé con él en varias cosas. Fui su primera esposa joven en una teleserie, en Romané (2000), y actuamos juntos también en Pampa Ilusión (2001). 

Él era muy respetuoso y había una cosa muy fuerte ahí: en esa época yo era muy joven –tenía 26 años– y él era un hombre mayor. Hoy día, viendo imágenes, era súper niña. Y él siempre fue muy cuidadoso y respetuoso de esa jerarquía natural que se instala cuando hay tanta diferencia de edad y tenemos que interpretar a una pareja, que ya era muy cuestionable, pero que en ese mundo podía ocurrir. Desde ese punto de vista, fue un gran compañero de escena: muy respetuoso y afectuoso. Lo recuerdo como una experiencia muy positiva.

De repente las esperas eran tan largas entre grabaciones que él se iba a nadar o se quedaba dormido, cosas así. Lo comentábamos con una compañera del curso: era como alguien que estaba siempre levitando, como a una distancia del suelo. Y eso es muy bonito, porque habla de una cabeza creativa que estaba en otro nivel y de un estado tremendamente enriquecedor para cualquier artista que mantuvo –durante tantos años y décadas– una carrera así de vigente, como la suya”.

Ensayo de La vida es sueño de Pedro Calderon de la Barca. En la imagen: Hector Noguera y Jorge Lillo. Dirección: Eugenio Dittborn. Teatro de la Universidad Católica de Chile. Año: 1974. Autor: Desconocido. Fuente: Archivo de la Facultad de Artes UC.

Claudia di Girolamo, del recuerdo de infancia a las teleseries y el Rey Lear: “Yo lo acompañaba en el trance”

Hombres como Héctor Noguera y mi padre, Claudio di Girolamo, hombres que han trabajado y luchado tanto por sus convicciones artísticas, no los vence la muerte. Nos enseñaron demasiado. Van a estar siempre dentro de nosotros.

A Tito lo conocí en el Ictus cuando era cabra chica, igual que a la Amparo y a la Piedad, sus hijas, que también usaban uniforme. Conocí a Isidora Portales, su primera mujer, productora del Ictus y gestora cultural. Fue un lazo que quedó para siempre. Tito estuvo siempre en mi familia. Su casa, sus hijas, sus conversaciones fueron parte de mi formación. Con él aprendí de teatro y de su manera de entender el arte; cómo se abrió paso, cómo imaginó años después el Teatro Camino, cómo formó generaciones de actores.

Trabajamos en varias teleseries juntos: fuimos padre e hija, y también amantes. En Pampa Ilusión y Romané fuimos padre e hija, y en La Sexóloga (CHV, 2012) él estaba casado con Liliana Ross y yo era su cuñada y amante: teníamos un hijo en común. Ese personaje le encantaba por lo libre, lo encantador y lo mujeriego.

Entre grabaciones conversábamos muchísimo, sobre la vida y la familia. Me contó cosas suyas que no sabía. Era muy gracioso, muy inteligente y un actor entregado, puro. Seguía las indicaciones de directores muy distintos y nunca lo escuché rebatir nada: buscaba dentro de sí lo que necesitaba para cumplir la visión del director. Era generoso: pudiendo opinar de todo, elegía ser intérprete, se ajustaba a su rol. Y su memoria era extraordinaria: en dos segundos memorizaba un texto y lo hacía carne.

Verlo en Rey Lear era un espectáculo, y compartir escenario con él fue una tremenda escuela. En ensayos era silencioso, cuidadoso, apegado al texto de Nicanor Parra, que es de una belleza absoluta. Tito escuchaba a Alfredo Castro dirigirlo, escuchaba a sus compañeras y compañeros, y se entregaba, acogía esos comentarios. 

Era un compañero en quien se podía confiar: nunca te dejaba sola en escena.

Tenía una comprensión enorme del personaje de Lear: bastaba seguir la música con que decía los textos para entender su estado. Era raro encontrar un actor que guiara tan intuitivamente en el escenario. Él podía perderse en la tempestad tumultuosa, peligrosa, y entenderlo todo. Tenía algo de trance, y yo lo acompañaba en ese trance.

Tito transpiraba muchísimo haciendo a Lear. Yo hacía a Cordelia, que aparecía al inicio y al final de la obra, y me sentaba al borde del escenario para acompañarlo, como personaje y como actriz, dándole fuerza para atravesar ese viaje. Me conmovía profundamente.

En los descansos entre escena y escena, lo acompañaba a su camarín y me sentaba a su lado en silencio. A veces le llevaba agua, y él solamente miraba un punto fijo y respiraba, respiraba, respiraba. Su cuerpo sonaba, lleno de vida, trabajando y entendiendo la siguiente escena, evitando desconectarse de lo que viene. Estaba siempre muy presente, siempre presente.

Era un compañero perfecto: tranquilo, sin ego, sin máscara. Humilde, un trabajador del teatro, un artesano. Los desayunos eran como en una casa: conversar, reír, compartir. No hacía falta repasar textos: ya los tenía. Era familiar.

Tenía una actitud notable frente al arte y la comunidad. No le interesaba estar en Providencia o Las Condes: quiso Peñalolén. Un teatro donde no había teatro, con talleres, charlas, juegos escénicos. Puro empuje y convicción. Un diluvio lo botó entero y él lo levantó de nuevo. Es un espacio único, una obra arquitectónica y total.

Esto venía de La vida es sueño, el texto de Calderón de la Barca al que volvía siempre para entenderlo. Desde ahí desplegó todo: oratoria, dirección, actuación, comprensión de texto. Casi una escuela para espectadores. Así imaginó su teatro, y así lo empujó también. 

Me dirigió solo una vez en La fiesta, del autor italiano Spiro Scimona. Era un montaje pequeño en un festival de dramaturgia que se hacía años atrás en el Goethe Institute, pero lo tomó con seriedad absoluta. Era un director exigente; a mí me daba susto no cumplir. Conocía tan bien el instrumento del actor que movía hilos invisibles y una respondía a eso sin darse cuenta.

No pude despedirme de él porque yo no estaba bien. Cuando murió mi padre, él me llamó: estaba muy afectado y me dijo palabras hermosas. Después ya no hablamos más. Creo –volviendo a lo que decía al inicio– que él, mi padre y otros de su generación son seres tocados por algo especial del arte. Nos permitieron comprender la artesanía teatral, y gracias a eso resistimos mejor: entendimos que el teatro va más allá de la fama y la crítica. Abrieron camino como una religión existencialista. No podían vivir sin eso.

Claudia Berger fue para Tito –y es para su familia– una columna vertebral. Un soporte amoroso, leal, valiente. Lo acompañó en todos sus riesgos y sueños. Avanzaron juntos en el arte, en el amor, en la familia. La admiro profundamente y fue la compañera perfecta para él hasta el último día”.

Rey Lear de William Shakespeare. Adaptación de Nicanor Parra. En escena: Hector Noguera. Dirección: Alfredo Castro. Teatro de la Universidad Católica de Chile. Autor de la fotografía: Ramón López. Año: 1992. Fuente: Archivo de la Facultad de Artes UC.

José Soza y su última conversación con Tito Noguera: “Conectamos de verdad, cuando ninguno de los dos lo esperaba”

“Cuando Tito ya era un gran actor y una figura reconocida, yo recién empezaba en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Como mucha gente de esa época, años 60, lo conocí primero por las fotonovelas que salían en revistas de la época. Después tuve la suerte de trabajar con él en teatro. 

La primera obra que hicimos juntos fue Acto cultural (1978) de José Ignacio Cabrujas, junto a María Elena Duvauchelle. El título completo era larguísimo: Acto cultural a propósito del descubrimiento de América por Cristóforo Colón en San Rafael de Ejido. Recuerdo que la hicimos cuando él venía llegando de Venezuela, a comienzos de los 80, con la compañía de Julio Jung. Era una obra muy social y hasta algo puntuda para la época que estábamos viviendo.

Tito tenía un carácter encantador: simpático, amable y volado. Volado en ese sentido que todos le conocíamos: se le olvidaba decir algo, o dónde había dejado el auto. Andaba siempre rodeado de gente: alumnos, colaboradores de sus proyectos teatrales y comunitarios en poblaciones. Era incansable. Además, muy deportista: trotaba a diario, nadaba, muy disciplinado en ese aspecto.

En teatro no volvimos a coincidir después de Cabrujas, pero en televisión trabajamos bastante: en Sucupira primero –su alcalde era divertidísimo–, en Romané y otras. Ahí estaba muy presente Otelo: Sabatini siempre metía a los clásicos y en Romané se notaba. A mí me tocó hacer Otelo antes en teatro, el Yago, así que el Drago de la teleserie tenía mucho de ese Yago que arma el cahuín para separar a su jefe –el rey– de la mujer y escalar. En Romané, por suerte, no lo logra: la “Desdémona” –la Milenka que hacía Blanca Lewin– no muere. Sabatini, en la ficción, le salvó la vida. 

Grabamos largo tiempo en el norte; con Tito se trabajaba siempre muy bien, y cuando había esperas eternas, se hacía llevadero, muy familiar. Tito era un tremendo conversador, con enorme experiencia y vínculos. Director total, gestor, organizador de trabajos con participación del público. Las hacía todas.

Hay algo que pocos recuerdan y no lo he escuchado en estos días: durante algunos años, Tito estuvo ligado –como dirigente, probablemente– a una gran institución internacional del teatro con sede en Francia –el Instituto Internacional del Teatro (ITI), creado por la UNESCO en 1948– e incluso fue el anfitrión y quien organizó el Festival Mundial de Teatro de las Naciones cuando se hizo en Chile, en 1993. Fue un año importantísimo, porque ese festival marcó el regreso de Chile al ámbito cultural internacional después de la dictadura. 

La última vez que nos vimos fue hace poco –meses atrás, quizá el año pasado–, cuando nos dieron un premio por trayectoria: a él, a mí y a Silvia Novak. Después nos invitaron a una cena muy especial y tuvimos una conversación tranquila, como nunca la habíamos tenido. Partimos hablando de los platos que estábamos comiendo y terminamos en las familias, en la vida. Me emociono al recordarlo. Mucho. Después de conocerlo por años, conectamos de verdad en el momento menos esperado, cuando ninguno de los dos lo esperaba”.

Cristián Galaz y Andrea Ugalde, directores de la película El regalo: “El cine chileno le quedó debiendo. Tito podía haber hecho muchas más películas”

“Habíamos trabajado con Tito de pasada durante Machos, cuando hicimos la campaña publicitaria. Pero el verdadero acercamiento vino con El regalo. Mientras escribíamos el guion pensábamos quién podría interpretar a Nicolás: actores de esa edad no había muchos, y él apareció inmediatamente. Igual no era evidente que aceptara: éramos una producción pequeña, sin grandes nombres detrás. Andrea lo contactó, fuimos a dejarle el guion a la Universidad Mayor –donde dirigía la carrera– y al poco tiempo dijo que sí, encantado. Teníamos la intuición de que tenía que ser él, y se confirmó.

Trabajar con él fue un privilegio. Un actor extremadamente profesional, disponible a esperar lo que fuera necesario, siempre concentrado. Impresiona lo nítido que era ese foco en él. Y, pese a ser quien era, tenía una humildad absoluta para recibir dirección. Para nosotros era un referente desde hacía tiempo, y dirigirlo daba hasta pudor… pero él lo hacía fácil, escuchando, probando, entregándose al personaje.

Hay una imagen imposible de olvidar: todas las mañanas salía a correr y a nadar. Todos, desde el equipo hasta el hotel, quedaban impactados por su disciplina, su energía, su estado físico. Era admirable verlo llegar a rodaje pleno, lúcido, dispuesto.

No sabemos por qué no lo llamaron más del cine, considerando su talento. El cine chileno le quedó debiendo, en ese sentido. Podría haber hecho muchas más películas. Hizo un rol estupendo en El chacal de Nahueltoro (1969) y hasta fue productor ejecutivo ahí, algo que casi nadie recuerda. Protagonizó Archipiélago (Pablo Perelman, 1992) y también trabajó en La frontera (1991), Mr. Kaplán (2014) y El padeciente (2021), que fue la última película que hizo. Para nosotros fue un verdadero regalo dirigirlo”.

“Él sentía curiosidad por la muerte, no miedo”: Coca Guazzini y su adiós a Tito Noguera

“Trabajé con Tito hace muchos años en Sucupira (1995). Éramos las enamoradas escondidas de ese alcalde terrible llamado Federico Valdivieso –la Anita Klesky, la Patricia Rivadeneira y yo–, y con él nos unía el humor y funcionábamos muy bien. Lo bonito fue reencontrarnos ya mayores con Tito, y poder conocernos de verdad. Antes cada cual corría con lo suyo; pero cuando empezamos a ensayar la obra No me deje hablando solo (2023), con Jaime Vadell, tuvimos el tiempo. 

La amistad entre él y Jaime se traducía en la obra. Ellos han recorrido una vida juntos: obras, teleseries, docencia. Para Tito la amistad era central. Con los años una valora más esa red: compartir con un buen amigo es esencial. Ellos se reían mucho, comían y hablaban sin parar. Tuvimos cientos de conversaciones detrás del escenario, a ratos en silencio. Tito tenía un mundo interior muy amplio y misterioso, en el buen sentido, muy personal. 

Había que hablar de teatro para conocer a Tito: cultura, arte, sus memorias. Ese mismo año coincidimos en la teleserie Como la vida misma. Éramos pareja y a él le daba Alzheimer. En las grabaciones –donde se espera mucho– se armaban círculos y él contaba historias con una memoria fascinante: no se le olvidaba ningún detalle. Memoria privilegiada. Desde el más joven hasta yo lo escuchábamos absortos. Era un viaje hacia el teatro de antes, los maestros, las anécdotas. Imagínate la cantidad de obras, teleseries y películas que hizo.

Me encantaba hacerle preguntas: “¿Cuándo partiste?”. Y escucharlo. A ratos decía que ya no quería interpretar más a un paciente con Alzheimer, algo que también le tocó hacer en el teatro, en la obra El padre (2017). Hablamos también sobre envejecer, las enfermedades y la muerte. Tito sentía curiosidad, decía, no miedo de morir.

Me ha costado soltarlo. Con la gente mayor siento que la muerte es natural, pero con Tito no. Sentí que quedaban años, que quedaban relatos. Me duele no volver a abrazarlo, tomar su mano, conversar. Ver a tanta gente ayuda: uno va soltando. Me gusta pensar que se fue feliz, porque no todo el mundo recibe tanto amor.

Tito era muchos Titos: maestro, rector, director, compañero, actor, gestor. Conversar sobre esas facetas era conocerlo íntimamente. Ayer, en su velorio, la cantidad de gente que había –entre actores y gente común que quiso ir a despedirlo– fue impresionante: multitudes con palabras de amor y recuerdos. Mi deseo es que todo ese cariño se traduzca en lo que él soñaba: que el arte y la cultura sean lo más importante. La cultura es el alma de un pueblo, y ojalá que lo que él y muchos otros defendieron no deje de ser vital nunca en Chile.

De Pobre novio a La pérgola: Francisca Walker recuerda a Noguera como partner y director

“Trabajamos primero como pareja en Pobre novio. Era muy divertido y loco: una pareja con 50 años de diferencia. A él le preocupaba que no se viera “degenerado”, que fuera una relación bonita. Decidimos que mi personaje tenía daddy issues y lo llevamos a un trato más paternal, de cuidado. Fue entretenido: tocaba jugar mucho y reírnos. Los diálogos eran fuera de lo común.

En las esperas le preguntaba por su trayectoria. Recuerdo muy especialmente cuando me contó de una película en Uruguay con la que él pensó que le pegaría el palo al gato, y cómo los proyectos a veces no son lo que uno espera. Siempre hablaba con humildad sobre su carrera. También contaba olvidos de texto o equivocaciones. Era súper volado: vivía en el espacio de la creatividad. 

Me impresionaba su manera de mantenerse sano, mentalmente también. A veces pasábamos horas en un estacionamiento de carretera, todos estaban pegados en su celular o comiendo, y Tito caminaba. No paraba: ejercicio para calmar la ansiedad, mantener el cuerpo y la cabeza. Nada de dispersión: centrado, oportuno, preciso. Muy inspirador en su sabiduría cotidiana.

Después vino La pérgola de las flores, en el GAM. Yo quería hacerla con ganas; lo conversamos y fue un regalo. Justo post pandemia tuve COVID y casi no ensayé con el elenco. Él confiaba: me dio coordenadas, y al volver al estreno me transmitió seguridad. Hacía mucho énfasis en la Carmela niña: su ingenuidad y su poco mundo, y cómo, viviendo, se convierte en mujer. Recordarme esa inocencia y su humor fue clave para entrar en el personaje.

El sello que imprimió Tito a esta nueva La pérgola fue de comunidad: todos ganábamos lo mismo, llegábamos a la misma hora, nos maquillamos nosotros. Compañía de teatro “a la antigua”. Amor y cuidado por el otro; respeto por el trabajo y creatividad del otro. Eso se traspasa y es, hasta hoy, muy emocionante.

Constanza Fernández, directora de “El padeciente” (2021), una de las últimas películas que hizo: “Tito fue un actor humilde, cero divo”

“Yo era una total desconocida, con una producción pequeña en marcha. No era evidente que un actor como él y de su talla aceptara. Pero Tito Noguera siempre fue atrevido, joven en su espíritu, sin amargura y abierto a desafíos locos como protagonizar a los 80 años una película chilena con una directora desconocida. Para mí –reflexiono ahora– fue un atrevimiento más suyo y un gesto de generosidad infinita.

La película necesitaba un protagonista mayor que estuviera casi todo el tiempo en cuadro. Era muy exigente actoralmente. Tampoco había tantos actores en ese rango de edad y, además, me preocupaba su físico: dentro de ese grupo, Tito era el más vigoroso; destacaba por mantenerse muy bien. Mi personaje, en cambio, había abandonado el cuerpo por el intelecto. Pensaba: “Tendrá que estar postrado, sin usar el cuerpo para expresarse”. Era un desafío mayor para él.

En cine él había protagonizado muy pocas películas –diría que solo Mr. Kaplan (2014), del uruguayo Álvaro Brechner–, y estaba con ganas de volver a hacer películas. Pero yo tenía mis aprehensiones con su físico que no calzaba con el personaje. Lo conversamos y me dijo: “Tengo mis lados feos que puedes capturar también, no te preocupes. No habrá problema en que parezca de mi edad”. 

Cuando finalmente dijo que sí, las puertas se abrieron: todo el mundo decía que sí a todo por él. Salas de operación, hospitales para grabar. La película creció más allá de mis expectativas. 

Con sus hijas Amparo y Emilia pasó algo parecido: él dudaba de actuar con ellas. En el fondo era mi inseguridad como directora: lograr la intimidad familiar, que mis personajes fueran padre e hijas, con escenas sutiles que contaran años de relación. Me iba a ayudar que esos lazos ya existieran. Y ocurrió: hubo un gran trabajo de los tres, y la película transmite esos vínculos reales, aunque no fuera su historia. Fue un total acierto.

Tito venía de una internación, por eso atrasamos el rodaje. Pensé que no se podría hacer, pero corrimos todo hasta que estuvo bien para afrontar el desafío. Claramente, usó mucho de ese material y del libro –titulado El padeciente, al igual que la película estrenada en 2021–, que narra las vivencias del doctor Miguel Kottow –médico que fue diagnosticado con el síndrome de Guillain-Barré, enfermedad que le paralizó el cuerpo–. Era un texto filosófico, no tan ameno ni narrativo: un profesor de ética médica, con muchas aristas. Eso a Tito lo complementaba: requería ese trasfondo. No bastaba el guion; al leer el libro, se le cerró el personaje. 

Fue crítico con el rol: veía soberbia en ese doctor; lados A y B, muchos matices. También conoció al médico, se juntó con él. Siempre humilde: preguntaba, se inmiscuía en el mundo del personaje, del que se sentía distinto. El médico que enferma –padre todopoderoso– cae desde más alto; para él la humillación era mayor porque entendía el sistema, sus abusos. En cambio, la mayoría vivimos la enfermedad desde la asimetría de información. Y eso se plasmó en la película, un drama que critica el sistema de salud y la deshumanización que a menudo sufren los pacientes.

La preproducción coincidió, además, con el estallido social y luego con la pandemia. Estaba en duda si podríamos trabajar. Uno de los principales sets era la Clínica UC Marcoleta, al lado de todo. Traslados con riesgo, revueltas afuera. En ese estado –como cuando la ciudad estaba cerrada en pandemia–, decidir trabajar se sentía casi bendecido: “Vamos a seguir”, dijimos, y se generó algo especial en el rodaje.

Ahí Tito fue un actor humilde, cero divo. Tenía una característica: administraba bien las energías en la espera –ese tiempo interminable del cine–, pero jamás estaba incómodo: le tocó mucho estar en cama, en pijama, pilucho, pero si podía dormir, dormía mientras movíamos todo. Y al “¡vamos!”, se despertaba y como si nada. Lo más desafiante fue la sutileza cinematográfica con que trabajó sin mover el cuerpo. Su personaje tenía una parálisis cardiaca; a veces queríamos las manos para expresar, pero hacerlo solo con el rostro era lo más complejo. Al final, él llenó la pantalla.

*La película El padeciente está disponible en la plataforma Onda Media. 

Ignacio Massa, actor y co-creador de Caballo de feria, la última obra de Noguera: “La escribimos pensando que ese momento podía llegar, aunque nunca hablamos de despedidas”

“Entré a su teatro como alumno, en talleres, antes de la escuela formal. Soy del sur, y mi primer taller fue en Teatro Camino. Yo era chico; no hubo relación inmediata con él. Con el tiempo, empecé a hacer clases ahí: primero ayudante, luego profesor. Hicimos muchos talleres y, de a poco –no recuerdo el momento exacto–, me pidió acompañarlo en distintos cursos paralelos a las clases de actuación: comunicación efectiva, liderazgo, oratoria, expresión. Muchos, especialmente en pandemia. No necesariamente de actuación: eran para profesores o público masivo, online.

Aprendí mucho de sus tiempos de habla: la gran capacidad de escucha, los silencios, desarrollar pensamiento a través de la palabra, no hablar por hablar. Ese fue mi mayor aprendizaje: escuchar los ritmos y dar un tiempo humano a cada participante. Muy distinto al ritmo de mi generación.

En la última obra que escribimos, dirigimos y actuamos juntos, el proceso fue mitad conversación, mitad trabajo. Ensayábamos de lunes a sábado, tres o cuatro horas. Estuve muy cerca: lo iba a buscar y dejar a su casa. Me vine del Valle del Elqui para la temporada.

Hubo muchas conversaciones y confesiones. La amistad creció desde lo creativo y se unió a lo humano. Tito integraba muy bien humanidad y trabajo: quería construir familia alrededor de su oficio. Me sentí muy cercano: un amigo.

Estrenamos la obra en Teatro Camino. Él estaba feliz. En las entrevistas a propósito de nuestra obra, siempre me preguntaban por el cruce intergeneracional. Son ritmos distintos que se acoplaron. Él queriendo entrar en mi generación –tecnología incluida–, y yo aprendiendo de sus tiempos y reflexiones. Nos tomábamos mucho tiempo para conversar.

Para mí, la obra fue un homenaje para él y a su carrera. Él la escribió con conciencia de que este momento podía llegar, aunque nunca hablamos de una despedida. Con Tito siempre habité el presente: acompañarlo, estar. La obra homenajeaba eso. Cruzábamos ficción y realidad; aparecía el Quijote –del que él renegaba un poco–, que ya más viejo y cansado, quería retirarse. El final incluía el epitafio:

“Yace aquí el hidalgo fuerte
que a tal extremo llegó de valiente
que se advierte que la muerte
no venció a su vida con su muerte”.

A Tito le costaba ese cierre: decía que había que dar un mensaje positivo hablando de la muerte. 

Nos quedaron pendientes proyectos de talleres en torno a la “magia”: crear vida a través del arte. Hicimos tres semanas de funciones y volveríamos a fines de septiembre, hasta mediados de octubre. En agosto supe que se suspendía. Le dije que el proceso creativo ya me dejaba plenamente satisfecho: fue hermoso. “Lo más importante es que la próxima función eres tú”, le dije. Eso fue lo último. 

Carmen Romero, directora ejecutiva de Fundación Teatro a Mil: “No se puede contar la historia del teatro chileno sin hablar de él” 

“No se puede contar la historia del teatro en Chile sin hablar de Tito Noguera. La historia de Fundación Teatro a Mil también le debe mucho: primero presentamos algunas de sus obras y acompañamos a Teatro Camino cuando se instaló en Peñalolén, en el 2000. Luego, le pedimos integrarse al directorio de la Fundación en 2018. Aceptó enseguida y, en los últimos cuatro o cinco años, fue su presidente. 

Ahí lo vimos como un gestor que inspira a asumir desafíos y a no ceder, aunque fuera muy complejo levantar festivales u obras. Era incansable: nunca quieto, siempre dándote ánimo. ‘Hay que hacerlo nomás, Carmencita’, me decía.

Lo primero que vi de Tito fue el teatro social que hizo junto al Teatro Q y el grupo Aleph, en los 80, donde hacía talleres para chicos y trabajadores en poblaciones. Él impulsó el teatro en todas sus dimensiones y precisamente nuestras últimas conversaciones fueron sobre teatro y educación, algo que a él le interesaba y lo movió siempre. El año pasado estuvo en La Granja, mirando lo que hacíamos con niños y cómo les acercábamos el teatro. Hay videos muy bonitos de cómo les hablaba e interactuaba con ellos. Él podía dialogar con todas las edades, religiones y sectores. 

También compartimos conversaciones teatrales alucinantes: quedó fascinado con una versión de Shakespeare hecha por una compañía de India y me dijo: “Eso me inspiró, Carmencita. Hagamos Shakespeare en verso con nuestra tradición”. La hicimos al aire libre, como su Quijote –sus favoritas, aunque su máxima era La vida es sueño, que montó de muchas maneras–. Tenía una curiosidad intacta: quería saberlo todo, ver montajes, opinar sin arrogancia, proponer. Le gustaba también lo popular, no concebía su trabajo desde otro lugar. Decía: “El teatro es para el público. Hay que trabajar para el público”.

Desde la gestión, Tito fue también incansable, inspirador, humano y siempre disponible. Para mí representa un Chile que se va: esas personas a las que llamas y siempre están. Su gran preocupación final era el legado de Teatro Camino: la escuela, sus obras, qué iba a pasar con su proyecto. Esa preocupación por Camino era por lo que significaba como espacio de creación y cruce con artistas jóvenes.

Es difícil hablar de una sola faceta suya: fue tremendo actor de cine, teatro y TV; hizo las primeras fotonovelas. Cruza casi toda nuestra historia reciente, y las demostraciones de cariño estos días han sido impresionantes. Él queda en el corazón de las personas. Fue hermoso también el duelo oficial de tres días y la idea del Presidente Boric de que cuando los niños pregunten por qué están las banderas a media asta, se les responda: ‘Porque murió Tito Noguera’. Es importante que ellos sepan quién fue.

Alfredo Castro, actor y director: “Tito vivió siempre en el camino”

“Yo aparezco en la escena del teatro recién en el año 74, y Tito ya era una figura para nosotros por su valentía, su radicalidad. Montaba obras alternativas y arriesgadas en un momento donde arriesgar tenía un peso distinto. Para nuestra generación, él era una presencia muy respetada por lo osado y vanguardista para la época.

Mi vínculo con él se estrechó a través de la Amparo. Había trabajado con ella en La manzana de Adán (1989), y así llegué a conocerlo. Al año siguiente hicimos Van GoghTheo y Vicente segados por el sol– con Ramón Núñez y Tito. Ramón me pasó el texto original y lo encontré liviano. Me fui al de Antonin Artaud (Van Gogh, el suicidado por la sociedad) y a las cartas entre Theo y Vicente. Con eso rehice la dramaturgia. Ese cuaderno con el proceso de la obra está ahora en el Archivo de la Universidad Católica. El estreno fue impactante: hubo aplauso cerrado y los dos estaban muy emocionados.

Dirigir a Tito y a Ramón juntos fue maravilloso. Fueron amigos de toda la vida y había una fraternidad profunda, aunque métodos distintos: Tito era más intuitivo, sentado en la palabra y la emoción; Ramón es un actor metódico al cien por ciento. En escena se encontraban desde el cariño: había discusiones, sí, pero artísticas, con respeto absoluto. A mí me servía: Theo debía ser el cuerdo, familiar; y Vicente, el desbordado. Y en la vida pasaba algo parecido: Ramón lo protegía. 

Tito en su “voladura” podía hacer cosas insólitas, como salir a hacer el Rey Lear (1992) con hawaianas en una función. Él tenía una locura hermosa.

Lear fue un proyecto de la Católica, liderado también por Ramón y la escuela. Hubo un llamado a directoras y directores, presenté mi propuesta, la escogieron. Entré con terror: enfrentarse a Nicanor Parra no era menor. Trabajé mucho con él en su casa de La Reina. Leía, comparaba traducciones, escribía a mano y reescribía. Yo escuchaba: jamás me habría atrevido a “corregir” a Parra. Me dijo una frase que atesoro: “¿Para qué va a hacer puesta en escena? Ponga doce sillas y lea el texto”. Estuvo en la primera lectura y después nos dejó trabajar.

Era un montaje enorme: texto de Nicanor Parra, gran producción, elenco tremendo y Tito en el protagónico. Fui testigo de su impecable oficio y de la gran memoria que tenía. Impactante. Un actor entregado, inteligentísimo, propositivo hacia la interioridad. Le gustaba ser dirigido; lo necesitaba y disfrutaba ese rol. Para mí era un alivio: su comprensión del texto hacía que todo fluyera. Y si algo se le olvidaba, era capaz de improvisar en verso. Y no palabras sueltas, sino largos monólogos. 

Pero lo que más me impactó fue su decisión de dejar la Universidad Católica –donde tenía asegurada su vida– para levantar un teatro en Peñalolén, al pie de la montaña, en años difíciles. Muchos dijimos: ‘Está loco, ¿quién va a ir hasta allá?’. Lo hizo igual. 

Tito era de formación jesuita: mucho sentido de comunidad, servicio. Y veía así mismo el teatro, como misión y motor de cambio. Por eso recorría regiones y el país entero con sus unipersonales. Tito vivió siempre en el camino. Me saco el sombrero por Claudia Berger, su mujer, y por sus hijos e hijas, que lo acompañaron siempre en cada una de sus aventuras.

Fue también un referente de gestión, y muchísimo más osado que yo. Teatro Camino es clave para el teatro chileno; una escuela comunitaria con adolescentes, adultos mayores y gente que quizás nunca habría llegado al teatro de no ser por él y la idea que tuvo de intervenir con teatro y arte esa comunidad.

Con su muerte siento que se va una ética. Y ojalá que las y los jóvenes la entiendan. Para su generación, la del Tito, el teatro era una misión, no una vanidad. A mí me educaron para entregar, no para el provecho personal. Eso en Tito era muy fuerte. El teatro como transformación social.

En televisión compartimos también años lindísimos. Era imposible separar al actor del hombre: generoso, sin hablar mal de nadie nunca, siempre positivo. De cuando grabábamos en Mejillones, me quedó siempre el recuerdo de alguien preguntando: ‘¿Y dónde está Tito?’. Y él, mar adentro, nadando. Le gustaba perderse así. Disfrutaba.

Pude despedirme de él. Lo fui a ver, nos reímos un poco, lloramos un poco también. Me contó que el médico le había dicho que estaba muy con metástasis. Le ofrecían terapia biológica, preguntó cuánto tiempo más le daba de vida y le dijeron dos meses. Decidió no hacer nada y ese día me lo dijo: ‘Tomé la decisión de no hacerme nada’. 

Tito era un hombre de fe. Hace poco había escuchado una entrevista suya que me conmovió y donde decía que ‘para ser viejo hay que ser muy valiente’. Y eso vi el día que nos despedimos: lucidez, valentía y coraje. Me dijo: ya hice mi vida, tengo mi familia hermosa, hice lo que quería. Yo quedé más devastado. Él estaba en paz”. 

***

Bonus: Dos retratos inmortales de Héctor Noguera y su trastienda

Luis Poirot: padre e hija, unidos por el teatro

“Siempre había querido fotografiar a los dos, a Tito y a Amparo Noguera. A ella la conozco desde muy chica; conocí mucho a su madre, Isidora Portales, que trabajó con nosotros cuando yo hacía teatro. Incluso, cuando se montó Ardiente paciencia, yo iba a dirigir ese montaje y alcancé a hacer la selección de actores. Probé a varias actrices y la dejé a ella, que estaba muy joven, recién partiendo. Finalmente, yo me fui del proyecto y esa obra la dirigió Tito. 

A él lo había fotografiado muchas veces y también lo dirigí en una obra en el Ictus a fines de los 60, Humor para gente en serio. Él era un actor muy conocido, pero en ese momento estaba sin trabajo. Ese montaje lo hicimos sin presupuesto; recluté actores que estaban empezando o que no tenían trabajo y trabajamos a cooperativa: lo que entraba por taquilla se repartía. Estaban él, Marcelo Romo, Ana Reeves, Patricia Guzmán. El directorio vio un ensayo y dijo que no se entendía nada, que había que cambiar al director, pero los actores dijeron: ‘Si cambian al director, nos vamos’. Y fue un éxito.

La foto suya con Amparo la hicimos en mi taller de ese tiempo, con luz de estudio. Tito estaba haciendo Lear, tenía el pelo largo y ese look de hombre mayor. Años después repetí la misma foto en el patio del taller actual, con luz natural. Y me quedó pendiente volver a hablar con Tito. Me pesó mucho cuando vi un video de una entrevista suya donde decía que para envejecer hay que ser valiente. Lo encontré muy lúcido y muy verdadero.

Amparo es una actriz extraordinaria, una figura que hacía tiempo no se veía en el teatro chileno. Ella continúa esa línea, esa tradición. Y Tito representa algo fundamental: la herencia de los teatros universitarios, donde lo primordial es el texto. Shakespeare, Calderón de la Barca; él siempre buscaba la gran palabra, la calidad del actor, nunca ese teatro espectáculo o para que el director fuese la vedette. Ese respeto por el texto, por el oficio, eso deja Tito.

Para el país, su vida es un acto de consecuencia enorme. No debió ser fácil siempre para él. Por eso recuerdo siempre esa obra que hicimos y que en un momento alguien de su talento y enorme calidad como él no tuviese trabajo. Eran otros tiempos y no para todos fueron iguales, pero él siguió hasta el final con su amor al arte y entrega total, y por eso hoy la gente lo despide con cariño y se lo agradece”. 

Marcelo Montecino: un hombre en la piscina vacía

“Creo que fue Damián quien escogió esa foto para la portada de su autobiografía. Aunque también pudo haber sido él. Tal vez hubo un momento de melancolía y soledad: eso tiene la piscina vacía. 

Conozco a Claudia Berger –su esposa, ahora viuda– desde hace décadas, más de cuarenta años. A través de ella conocí por primera vez a Héctor Noguera en el año 79, más o menos, cuando se casaron. 

Esa foto la tomé en la casa de mi prima hermana por esos años. Claudia era muy amiga de ella. Era invierno, la piscina estaba vacía y había una luz blanca natural. Se me ocurrió que él posara ahí. Él tenía una mirada particular; sus ojos proyectaban una cierta nostalgia de algo que ya pasó. Esa y otras fotos donde está con Claudia pertenecen a una misma época, en la que nos veíamos socialmente de vez en cuando. 

No sé si fuimos amigos precisamente, pero Tito siempre fue muy amable y cariñoso conmigo. Tengo innumerables recuerdos sociales, encuentros, conversaciones breves. Y siempre una gran admiración por él. Era un hombre sereno, templado. Si uno le preguntaba cualquier cosa, él respondía. Pero lo esencial lo comunicaba en su manera de estar. Curiosamente, nos veíamos mucho últimamente en la kinesióloga, en La Reina. Después de los ejercicios nos tomábamos un té juntos. Un día no apareció más. Yo tengo 82 y ya muchos amigos se han ido. Es duro”. 

Notas relacionadas