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Ana Reeves, actriz: “Yo nací vieja y moriré niña”

A punto de cumplir 79 años y tras un periodo complejo de salud, la intérprete, directora y docente no baja el ritmo: acaba de encarnar en el teatro a Isabel I, lideró un homenaje a Gabriela Mistral y ya ensaya una obra para 2026, donde el público será jurado de un caso extremo. Aquí repasa su vida marcada por pérdidas tempranas, maestros entrañables y una vocación que la sostuvo cuando falleció su madre y el mundo se le vino abajo: “La familia teatral me salvó”, dice. Reflexiona también sobre el vacío cultural que percibe en Chile, especialmente entre las nuevas generaciones, y sobre las elecciones del domingo pasado, asegura: “No firmé ninguna carta de apoyo por nadie. Hace años que no lo hago”.

Por Pedro Bahamondes Chaud 21 de Diciembre de 2025
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Días antes del estreno de Mi madre, Ana Bolena –la obra donde interpreta a Isabel I y que presentó hasta comienzos de este mes en la Corporación Cultural de Las Condes–, Ana Reeves sintió que algo no estaba bien. “Estuve en cama una semana entera. Nunca me había pasado”, cuenta.

El malestar la hizo pensar que podía ser COVID-19: “Tenía el metabolismo en cero. Me sentía rara, agotada, no podía concentrarme. Era esa misma sensación extraña del cuerpo enfermo en la pandemia, y como muchos dicen que el bicho sigue dando vueltas, pensé: ¿me habré contagiado de nuevo?”.

Los exámenes, sin embargo, revelaron otra cosa: una descompensación severa de su hipotiroidismo, desajuste que la dejó sin energía para encarnar a una de las monarcas más relevantes de la historia anglosajona.

Su médico cambió las dosis del tratamiento, ordenó reposo absoluto y le prohibió cualquier intento de forzar la máquina. Pero cuando parecía que todo comenzaba a estabilizarse, vino la recaída: una afonía total. “Quedé no disfónica, sino completamente afónica. He actuado sin voz antes, pero esto era otra cosa. Hice las funciones igual, eso sí, y aún tengo delicada la laringe”, reconoce.

En la obra escrita por Juan Antonio Muñoz y dirigida por Claudio Pueller, Reeves encarna a una Isabel I que, ya adulta, intenta hacer contacto con su madre muerta, a quien la historia le arrebató de la manera más violenta y cruel posible: Ana Bolena –interpretada en el montaje por Katty Kowaleczko– fue decapitada en 1536 por orden de Enrique VIII, cuando la hija de ambos tenía apenas dos años y ocho meses de vida.

Marcada por ese crimen y por esa ausencia, Isabel I terminó gobernando Inglaterra por más de cuatro décadas. “Ana Bolena fue quien provocó uno de los giros más radicales de la historia inglesa: el sisma que dio origen al anglicanismo”, comenta la también intérprete de películas como La nana y Desastres naturales. “Ella le exigió a Enrique VIII un divorcio imposible, la Iglesia jamás lo habría permitido. Lo empujó a romper con Roma y terminó pagando con su vida la osadía de querer ser reina”.

El montaje –que volverá a la cartelera en 2026– se levanta a partir del vacío que deja en la futura reina la ausencia temprana de su madre. “La obra retrata la necesidad que tiene esta mujer de reencontrarse con ella después de haberla buscado toda la vida. Isabel siente que nunca han podido dialogar y que, aún así, se parece mucho a Ana. Ella le dice al fantasma de su madre: ‘Eres un espejo: te veo y me veo’”.

—¿Le cuesta salir de los personajes cuando se acaban las temporadas u obras?

—No, yo no me saco los personajes. Termina una obra y el personaje se te queda adentro. Lo que aprendiste, el desafío de haberlo interpretado, todo eso se queda. No te lo sacas, como tampoco te lo pones. Los personajes se sienten.

Ana Reeves construyó a su Isabel I a partir de sus propias pérdidas, que han sido parte de su vida desde muy temprano: “Mi madre falleció cuando yo acababa de cumplir 17 años”, cuenta la intérprete, quien cumplirá 79 el próximo 22 de diciembre. “Le diagnosticaron un cáncer de páncreas y le dieron dos semanas de vida, pero duró dos años, hasta que yo salí del colegio. Supe mucho después que mi mamá tenía cáncer. No tenía idea y no lo supe hasta poquito antes de que ella muriera. Tenía 50 años”.

Alcanzó a despedirla justo cuando se preparaba para dar los exámenes de admisión a la Escuela de Arte Dramático de la Universidad Católica, a comienzos de los 60. “Ella me dio permiso para estudiar Teatro con la promesa de que si me iba mal estudiaría otra cosa”, recuerda.

“Imagínate: hija única, sin papá, y encima decidí ser actriz. Y no estudiar ni leyes, ni medicina, ni ninguna de esas cosas. ¡Pecado mortal en esos años! Para una joven de familia bien la expectativa era elegir ‘una carrera decente’, no el bohemio mundo de los actores, pero para mí no había otro camino posible. Yo solo quería hacer teatro y ella respetó mi voluntad”.

Su madre, sin embargo, nunca llegó a verla actuar profesionalmente: “Solo me vio actuando en algunas cosas del colegio”, se lamenta.

—¿Siente, como Isabel I, la necesidad de reencontrarse y de verse reflejada en su madre?

—Todas esas palabras lindas que tú dices, no, no me pasan, no las siento. Mi mamá es un recuerdo lindo, a veces doloroso, porque claro, me faltó, la perdí muy joven. Pero ella era también una persona estricta, muy rigurosa, muy religiosa, muy regia también. Menos mal que mi mamá no me escucha decir garabatos y sacrilegios que digo algunas veces (ríe), se moriría de nuevo.

“Yo tuve un gran sanador al lado: el teatro. La familia teatral me salvó. Alejandro Sieveking, Bélgica Castro, Tito Noguera –quien también perdió a su papá muy chiquitito, a los seis años– me apadrinaron y me acogieron cuando más necesitaba. Yo me alejé mucho de mi familia cuando decidí entrar a estudiar teatro. Imagínate la cantidad de prejuicios que había. Era considerado casi un pecado mortal, te vuelvo a decir, pero yo estaba decidida. Y me aplaudo, ¿sabes?, fui valiente. No tuve miedo”.

—¿Y por qué quería convertirse en actriz, de dónde vino ese deseo?

—Eso es lo más increíble. A mi mamá le gustaba el arte. Le encantaba. Ella empezó a llevarme al ballet, a conciertos, al Teatro Municipal. Yo veía mucho teatro infantil todo el tiempo. Entonces, mi mamá reclamaba y ella misma puso en mis genes el arte. Después terminó respetándolo. Sabía que era eso o nada.

—Mencionó a Alejandro Sieveking, Bélgica Castro y Héctor Noguera, algunos de sus amigos que han fallecido en los últimos años. ¿Cómo se relaciona hoy con la muerte?

—La muerte es lo que es, tal vez lo único realmente inevitable. Hace rato que se están muriendo los amigos y los colegas. Y no solo los viejos. Se mueren también los jóvenes, hay accidentes. Nadie está libre. La muerte no es patrimonio de los viejos.

—Ya está cerca de los 80. ¿Es esa también su edad interior?

—No tengo edad interior. Yo nací vieja y moriré niña.

El puzzle del padre y la muerte de los maestros

La ausencia paterna cruza también la vida de Ana Reeves. Su papá –cuenta– fue un marino mitad gringo y mitad chileno que falleció de forma repentina cuando faltaba poco más de un mes para que ella naciera. “Él murió el 11 de noviembre de 1946 y yo nací el 22 de diciembre del mismo año”, cuenta.

“Mi mamá cayó en una depresión muy grande. Venía de perder también a un hijo pequeño un año antes, luego a su propia madre. Después murió mi papá y semanas después nací yo. Fui criada por una nana, tuve otra mamá de leche y toda la cuestión, porque mi mamá simplemente no podía cuidarme”.

Con los años, la intérprete conoció a su padre a través de relatos de terceros: había sido marino de la Armada, un apasionado por la navegación, pero en su historia había desde luego mitos e historias fantasiosas de alta mar. La actriz comparte una anécdota que logró reconstruir contrastando versiones.

“Mi papá habría intervenido en una pelea en un bar en Holanda para ayudar a un marinero alemán que estaba siendo atacado por varios holandeses”, relata. “En agradecimiento, el tipo le dio unas claves para que pudiera pasar en su barco hacia Alemania. Paradójicamente, mi papá quería irse a Inglaterra a pelear contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial”.

El destino quiso que él no llegara a esa batalla: un accidente durante una navegación lo dejó con la espalda dañada y fuera de la Marina. Tras su paso a la vida civil en la Compañía Sudamericana de Vapores, la muerte lo sorprendió joven, también por enfermedad, a los 50 años.

“De ahí en adelante, yo dije: a mí no me va a dar ni una huevá. Y aquí estoy parada todavía”, dice la intérprete, quien padece desde hace años de temblor esencial, un trastorno neurológico hereditario que provoca movimientos involuntarios en manos y cabeza, a veces confundido con Parkinson. Hoy toma su condición con total naturalidad y humor: “Soy telúrica, como Chile”, suele decir.

Más recientemente, en 2024, la actriz, directora y docente de la Universidad Uniacc debió someterse a una cirugía del manguito rotador en el hombro derecho. La recuperación fue lenta: pasó meses con el brazo inmovilizado, sin poder conducir ni realizar sus labores con normalidad. Incluso se vio obligada a dejar el decanato de la Facultad de Artes de la misma casa de estudios, cargo que desempeñó por más de una década.

Ahora, ya más recuperada, está en pleno cierre del año académico, entre exámenes y evaluaciones que tienen a la universidad entera –incluida su oficina en calle Salvador, en Providencia, donde nos recibe– convertida en una especie de campamento artístico.

Esa convivencia intergeneracional constante la mantiene al día de los nuevos tiempos y códigos entre los jóvenes, dice, pero también la lleva a reflexionar críticamente sobre quienes están ingresando a las artes: “Hay de todo, como siempre, y como en todo el mundo el ego siempre existe, todos lo tenemos. La cosa es alimentarlo bien y saber que para ser actor hay que ante todo ser humilde, responsable, trabajador y tener confianza. Son valores que se han perdido en muchos casos”, opina.

La académica apunta también a un déficit en la formación cultural de las nuevas generaciones: “Llegan cabros que nunca han ido al teatro o que jamás han leído un libro completo en su vida, sin ningún bagaje, y muchas veces es transversal. Piensan que ser actor es fácil, que todo va a ser pasarla bien y que todos van a ser famosos”.

“En mi época la educación escolar era más exigente, nos daba una mejor base. De partida, en todos los colegios se enseñaba Educación Cívica, tenías referentes más concretos; habías leído más de una poesía en tu vida, no solo Piececitos de niño”, dice, aludiendo a lo único que muchos chilenos conocían de Gabriela Mistral.

Antes, añade, “leíamos más, sabíamos más de historia, mientras que ahora se notan vacíos importantes en cultura general. No saben que para esto se requiere disciplina y harto estudio. Si no han leído ni un libro en su casa, si sus papás nunca los llevaron a un museo, llegan sin una base y es muy difícil culturizarlos de la noche a la mañana”, enfatiza.

Según Reeves, en “muchos círculos familiares de clase alta se desalienta a los jóvenes que tienen inclinaciones artísticas y no les inculcan el valor de la cultura. En la medida en que vayas a estudiar algo tradicional, como Ingeniería Comercial, eres bien visto en la familia, pero si dices que quieres ser artista te arriesgas al destierro. Conozco a sobrinos y nietos de amigos que les encantaría estudiar artes, pero no se atreven. Tienen miedo de que la familia los juzgue o los rechace. Y pasa hasta hoy”.

—¿Hay, a su juicio, un rechazo de clase hacia la cultura y las artes?

—Más que de clase, desde la ignorancia, que en muchos casos es transversal. Para muchos, la cultura se limita a asistir a eventos sociales de élite. Ir al Municipal porque te vistes bien y es el Municipal, pero esa gente realmente no sabe nada de cultura. Especialmente, los de extrema derecha. A ellos no es que no les guste la cultura, creo que la gente de ultraderecha simplemente no sabe lo que es la cultura. Y, por eso mismo, la desprecia. Desde los colegios no le dan importancia a la cultura ni a las expresiones artísticas, por tanto no la inculcan como un valor, como una herramienta fundamental ni menos como una real posibilidad de vida para sus hijos.

El mal menor

Ana Reeves no para y ya trabaja para el próximo año: semanas atrás comenzó los ensayos de Terrorismo, obra del autor alemán Ferdinand von Schirach que se estrenará en mayo de 2026 en Matucana 100, bajo la dirección de Luis Ureta. El texto plantea un dilema moral extremo: “Trata del juicio a un piloto que, para salvar a 70 mil personas, derribó un avión con 150 pasajeros”, cuenta la intérprete, quien será una de las protagonistas del montaje.

“La obra obliga al público a preguntarse cuál es el ‘mal menor’ en una situación límite, y a tomar postura moral y ética. Es importante saber elegir cuánta vida valdrá una decisión así, y los hechos que la gatillan o precipitan hasta ese punto”, reflexiona Reeves sobre el conflicto central de la pieza.

La intérprete –quien cumplirá seis décadas de carrera en teatro, cine y televisión– acaba de encabezar también un homenaje por los 80 años del Premio Nobel de Gabriela Mistral, un proyecto que la tiene especialmente orgullosa. Hace un par de semanas presentó en la Academia Chilena de Bellas Artes –de la cual es miembro de número desde 2021– De Lucila a Gabriela en el país de la ausencia, una lectura dramatizada que buscaba mostrar y ahondar en aspectos poco conocidos de la poeta. “Fue una excusa perfecta para volver a Mistral ahora”, comenta.

La génesis del montaje fue casi detectivesca. Ana Reeves recordó que en Chile ya existía una obra sobre la vida de la autora de Tala y Desolación, estrenada en los años 80. El texto, además, lo escribió Jorge Marchant Lazcano, amigo cercano suyo.

La actriz nunca vio la producción original –vivía fuera de Chile en esa época–, pero sabía que aquel texto había sido una de las primeras y más significativas aproximaciones teatrales a la figura de la maestra rural, poeta y diplomática chilena.

“La obra fue una idea de la actriz Alicia Quiroga, quien quería interpretar a la Mistral, y le dije a Ramón Núñez: tenemos que rescatarla. Cuando tuvimos el texto, le propuse a Jorge que lo reescribiera para un formato íntimo y a tres voces”, cuenta Reeves, quien además invitó al actor Roberto Poblete y al propio Marchant Lazcano a formar parte de la puesta.

El montaje abarcaba casi toda la vida de Lucila Godoy Alcayaga, desde su infancia en Montegrande hasta su transformación en Gabriela Mistral y en poeta universal, acompañada de una proyección de fotografías inéditas del archivo familiar –del padre, de la madre, del joven Romelio Ureta, el joven suicida que inspiró sus Sonetos de la muerte–, acompañadas por música y rondas.

Reeves comenta que cuidó especialmente que la dramaturgia insinuara aspectos que durante décadas se callaron, como su sexualidad. “Le dije a Jorge que quizá era bueno no esquivar eso y que pusiera que era lesbiana. No lo hizo de manera textual, obviamente, pero nos parecía importante no seguir omitiéndolo”, asegura.

“Se armó algo muy bonito y mostramos facetas de Gabriela que la gente desconocía absolutamente. Y aún sabemos poco realmente de ella como país; de su labor diplomática y en la Reforma Educacional, donde trabajó codo a codo junto a Pedro Aguirre Cerda, probablemente uno de los mejores presidentes de la historia de Chiley que, al igual que ella, era profesor. Gobernar es educar; ese mensaje como varios
textos de la Mistral nos siguen hablando, y ahora más fuerte que nunca”.

“No me gustan estos nuevos vientos que soplan”

A su regreso a Chile luego de vivir en Buenos Aires entre 1972 y 1983, Ana Reeves respaldó públicamente las campañas presidenciales de Patricio Aylwin para la elección de 1990, y la de Ricardo Lagos en el 2000. A este último, aclara, “no lo apoyé con la euforia con que apoyé a Aylwin, que significaba bastante más para el país”.

Ambos casos –dice– fueron la excepción a su regla de no politizar su figura pública, y desde entonces la actriz no ha vuelto a respaldar públicamente a ningún candidato o mandatario. Su nombre tampoco figuraba entre los más de 250 artistas, creadores y Premios Nacionales que semanas atrás firmaron una carta abierta en apoyo a Jeannette Jara y para “frenar el avance de la extrema derecha”.

“No firmé ninguna carta de apoyo por nadie. Hace años que no lo hago. Ni siquiera sé si me llegó, soy tremendamente ignorante con la tecnología. Pero, si así fuera, tendría que haberla leído con detención”, comenta Reeves.

“Es a lo menos raro todo el escenario actual. Siento temor por un lado, ni siquiera euforia por el otro. Me da un poco de susto, la verdad, es el futuro de Chile. No me gustan estos nuevos vientos que soplan. Pero ojo, cuando digo susto, no hablo del candidato de un lado ni del otro ni del resultado de la elección. Hablo de que hace mucho tiempo no surge alguien que sea un verdadero estadista, alguien que piense
seriamente en el país”.

“La política es de muy mal gusto hoy en día”, opina la actriz.

“Parece más un espectáculo deportivo donde solo importa ganar y quién mete más goles, no donde se debate el futuro del país. Es una lucha constante, absurda, y nadie se preocupa por los espectadores. Cuando yo era chica, los políticos podían pensar distinto pero se escuchaban y llegaban a acuerdos. Hoy se gritan. Y para peor, el país está obligado a verlos agarrándose de las mechas, metidos en escándalos. Entonces, quién se preocupa del bienestar hoy en día, dime tú, que es lo que más falta hace”.

—El mundo de la cultura se plegó en apoyo a Jeannette Jara por los retrocesos que podría provocar el futuro gobierno en materia de Cultura. ¿Comparte ese diagnóstico?

—Bueno, es complicado porque la derecha nunca ha sido amiga de la cultura y eso todo el mundo lo sabe. Tampoco veo muchas figuras culturales identificadas con ese sector, hay un vacío ahí, y en ese sentido entiendo y comparto la incertidumbre porque no se sabe qué va a pasar con varias de las políticas culturales. Mira, no quería hablar de política y me hiciste hablar de política. Dejémoslo hasta ahí. Yo solo espero que vuelva a haber un presidente que piense en el país y en su gente por sobre el poder, algo que a muchos se les olvida rapidito.

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