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Opinión

29 de Noviembre de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

El fantasma de Alejandro Guillier: paralelos y advertencias para la campaña de Jeannette Jara

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

El columnista Marco Moreno analiza los errores de campaña de Jeannette Jara y lo compara con la fallida candidatura de Alejandro Guillier. "La comparación no es un determinismo histórico, sino una advertencia estratégica: la segunda vuelta de Guillier mostró cómo un mal diseño puede convertir una opción competitiva en una campaña reactiva. Jara aún está a tiempo de evitar ese camino, pero solo si asume que los fantasmas se conjuran con estrategia, disciplina y claridad", escribe.

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Comparar diseños de campaña separados por ocho años —Guillier 2017 y Jara 2025— no es un ejercicio de nostalgia ni un paralelo forzado. Es una herramienta analítica para comprender cómo operan las segundas vueltas en Chile y, sobre todo, para identificar patrones institucionales y culturales que tienden a repetirse en el campo progresista. Las campañas no ocurren en el vacío: heredan formas de organización, modos de toma de decisiones, estilos comunicacionales y tensiones dentro del propio bloque político. Cuando un oficialismo llega a segunda vuelta con apoyo acotado, con coaliciones tensionadas y con un electorado movedizo, los errores de diseño tienden a reaparecer. Por eso, observar la campaña de Guillier sirve como advertencia metodológica: no para predecir el resultado, sino para iluminar riesgos, inercias y déficits que pueden estar afectando el despliegue actual de Jara.

Un contrafactual evidente es por qué no comparar el diseño de Jara con el de Gabriel Boric en 2021, cuya segunda vuelta fue expansiva y altamente efectiva. La respuesta es que ambos casos operan bajo lógicas estructurales distintas. Boric compitió en un ciclo posterior al estallido social, con voto voluntario, fuerte movilización juvenil, un ambiente pro-cambio y un adversario que generaba una ola emocional anti-Kast. Ese triunfo fue, en gran medida, hijo de un contexto cultural y político irrepetible. Jara enfrenta otro escenario: voto obligatorio, un mapa de derechas altamente disciplinado, un oficialismo desgastado preso de una sensación de derrotismo y una ciudadanía más orientada por la demanda de orden que de cambio. En ese marco, el espejo útil no es Boric, sino Guillier, porque las condiciones institucionales y el tipo de desafío —ampliar hacia el centro, disciplinar la coalición, evitar errores no forzados y construir un relato unificador— se parecen mucho más a 2017 que a 2021.

En 2017, Alejandro Guillier entró a la segunda vuelta con un 22,70% de los votos en primera vuelta, lo que lo dejaba competitivo pero obligado a crecer hacia sectores moderados. Ese crecimiento nunca se consolidó. Su campaña se replegó sobre el núcleo duro, tardó en articular un discurso de convergencia hacia el centro y careció de un diseño territorial que compensara la fragmentación del bloque. La estrategia “ciudadana” —voluntariado, vocerías espontáneas, gestos simbólicos— nunca cuajó en un mensaje unificador. El resultado fue una campaña reactiva, más pendiente de responder al relato de Sebastián Piñera que de instalar su propio eje interpretativo. El resultado: en el balotaje fue vencido por Piñera por un amplio 54,47% de los votos contra un 45,53%.

En ese espejo, Jeannette Jara arriba a la segunda vuelta con 26,8% de los votos, una cifra que le permite avanzar, pero que —al igual que Guillier— queda por debajo del techo histórico del apoyo oficialista. Esto obliga a un giro táctico rápido y disciplinado. Pero los signos iniciales muestran tensión entre profesionalización y ansiedad. 

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El episodio del nombramiento —y salida en horas— de un cantante urbano por acusaciones de violencia intrafamiliar expuso una falla de control político: en segundas vueltas no hay margen para errores de casting que distraen el eje comunicacional.

Así como Guillier tuvo dificultades para expandirse hacia el centro sociopolítico, Jara enfrenta un terreno aún más arduo: las derechas suman más del 50% y actores altamente identitarios —Kast con 23,9% y Kaiser con 13,9%— ordenan a su electorado con mayor disciplina emocional. Esto obliga a la candidata a articular un relato de seguridad, orden y responsabilidad económica que dialogue con sectores moderados sin fracturar al progresismo. Ese equilibrio, que Guillier nunca alcanzó, es hoy indispensable.

Otro paralelo es el riesgo de confundir cercanía con espontaneidad. Guillier apostó por un formato horizontal que terminó erosionando el control estratégico. Jara, con atributos comunicacionales más consistentes —claridad, proximidad, tono pedagógico—, necesita evitar la dispersión narrativa, tal como lo ha señalado el vocero de su comando, Francisco Vidal. En un ciclo regido por demandas emocionales, multiplicar vocerías sin una narrativa común puede replicar el desorden que afectó a Guillier.

El componente territorial también refuerza el paralelo. En 2017, la fragmentación del oficialismo restó capacidad para movilizar votos donde la centroizquierda solía competir bien. Hoy, la correlación de fuerzas es aún más frágil, con un PS, PPD y DC que reconfigura liderazgos, un FA y PC sin avances respecto de su desempeño parlamentario anterior y un PDG que emerge con 14 diputados como actor pivote. Si Jara no logra unificar a su coalición detrás de una operación territorial coherente, la campaña puede entrar en modo defensivo, como ocurrió en 2017.

La diferencia —y la oportunidad— es que Jara puede aprender de esa derrota. Evitar el fantasma de 2017 implica profesionalizar cada decisión, reducir errores no forzados, instalar un mensaje claro y ofrecer una narrativa de estabilidad, responsabilidad y ofrecer gobernabilidad. Pero también deberá representar que la era de las políticas a media y lo woke ha terminado para atenuar el efecto del voto de castigo hacia quienes gobiernan. La comparación no es un determinismo histórico, sino una advertencia estratégica: la segunda vuelta de Guillier mostró cómo un mal diseño puede convertir una opción competitiva en una campaña reactiva. Jara aún está a tiempo de evitar ese camino, pero solo si asume que los fantasmas se conjuran con estrategia, disciplina y claridad.

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