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El crimen policial que marcó el año: un padre y dos hijos muertos a sangre fría en La Reina y un triple homicidio que aún busca un culpable

El hallazgo de un padre y sus dos hijos adolescentes muertos al interior de un mismo terreno en La Reina no solo remeció al país por la brutalidad del hecho, sino por todo lo que vino después: una escena que no cerraba, una hipótesis inicial que se sostuvo más de lo razonable, una investigación policial que dio un giro completo en dos semanas y un caso que hoy sigue abierto, fragmentado en bandos irreconciliables. Con un cuñado en prisión preventiva como autor material del triple homicidio, una tía bajo investigación sin formalización, y una madre enfrentada judicial y emocionalmente al clan Cruz-Coke

Por 27 de Diciembre de 2025
Caso La Reina Cruz-Coke
Caso La Reina Cruz-Coke
Sandro Baeza
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Capítulo 1: El parricida que no fue

En el caso Cruz-Coke hubo una pregunta que se repitió desde el inicio: ¿cómo fue posible que Eduardo Cruz-Coke fuera señalado como el parricida durante las dos primeras semanas de investigación?

No hubo una respuesta convincente. El relato público —y en parte el investigativo— pareció invertirse desde el primer día. Mientras sus dos hijos adolescentes, ambos con discapacidad de nacimiento, eran despedidos y llorados, Eduardo Cruz-Coke permanecía en una cámara fría del Servicio Médico Legal, sin funerales.

Muerto, fue tratado como culpable. Durante esos primeros días se impuso una explicación simple y digerible: el padre habría asesinado a sus hijos y luego se habría quitado la vida con un cuchillo. Una tragedia doméstica reconocible, ordenable, casi automática.

El problema es que nada calzaba. Por eso, quienes siguieron el caso desde adentro —policías, peritos, abogados— aún no logran explicarse cómo esa hipótesis logró sostenerse tanto tiempo. Cómo un hombre muerto ocupó el lugar del principal sospechoso. Cómo una investigación partió desde una certeza inviable.

La respuesta está en la escena.

Te lo muestro:

Recorramos la escena del crimen.

Imagina que entras a una casa grande en La Reina cuando todavía no se ha hecho de noche.

No hay cintas amarillas. No hay fotógrafos. No hay sirenas. Solo un portón abierto y tu instinto que te indica por dónde pasar. Por dónde seguir.

Caminas por un pasillo angosto. Tres casas en un mismo terreno. Una familia extendida –piensas–.

Ves la primera casa, que funciona de manera independiente. Ahí vive un arrendatario. Un joven de 29 años que llegó hace siete meses, que comparte el lugar con su polola y que, hasta esa tarde, no tenía idea de que su rutina iba a quedar en un expediente policial.

Es él quien escuchó los golpes en la reja cerca de las siete y media. Eran Carabineros. Abre la puerta sin discutir. Los deja pasar. No hace preguntas. Todavía no sabe nada.

Lo sacan de la casa casi de inmediato. El procedimiento es rápido. Afuera le explican, a medias, lo que acaba de ocurrir en el mismo terreno donde vive. Tres muertos.

Mientras espera, ordena mentalmente el mapa del lugar. De Eduardo sabe poco. Casi nada. Que vivía ahí. Que tenía un hijo grande, de unos 18 o 20 años, robusto, callado. Tan callado que apenas recuerda haber cruzado palabra con él.

Que no sabe si trabajaba. Que nunca compartieron nada más allá de lo estrictamente necesario: mover un auto para estacionarse, coordinar una salida, evitar estorbarse. Ese día, recuerda, no vio al hijo. De su hermano mellizo ni siquiera sabía su existencia.

Ese día, insiste, no escuchó nada extraño. Ningún grito. Ningún golpe. Ninguna discusión. Nada que le llamara la atención.

Nada relevante sale de esa conversación.

Sigues caminando por el pasillo en dirección a la siguiente casa.

Atraviesas primero el patio.

Ahí está el cuerpo del padre, tendido cerca de la terraza, como si se hubiera desplomado. Hay sangre en el piso. Mucha. Y una pistola en los pies de la víctima que viste una polera del mítico restaurante cubano La bodeguita del medio y unos pantalones beige.

En la escena hay vasos, una mesa, unas cervezas Coors a medio terminar. Pese a que hay un arma de fuego en la escena, sus heridas son cortantes. 

Miras alrededor. Revisas el suelo, las baldosas, la tierra húmeda. Apartas ramas, vegetación, cualquier cosa que pueda ocultar un objeto pequeño. No hay cuchillo. No hay arma que coincida con las heridas.

Además, la pistola es de plástico. Un juguete barato hecho en china, con dos resortes metálicos en su interior. 

Y entonces aparece una idea incómoda, casi absurda, pero imposible de esquivar: si el padre se mató después de asesinar a sus hijos, ¿dónde está el arma que lo mató?

Entras a la segunda casa.

Caminas unos pocos pasos. Pasas a una habitación. Hay una cama de dos plazas. Dos cuerpos. Dos adolescentes acostados. Uno sobre el colchón y el otro en el piso. Parecen dormidos, pero no lo están. Te cuesta entender cómo todo ocurrió en el mismo lugar y, al mismo tiempo, parece haber sucedido en mundos distintos. Afuera, un adulto muerto, acuchillado. Adentro, dos niños sofocados en su dormitorio.

Miras la puerta. El marco está astillado. Hay madera en el suelo. Un tornillo suelto. No es una puerta que se abrió con cuidado. Tampoco una que alguien olvidó cerrar.

Entonces piensas en la tercera casa, la del fondo. Allí vive el hombre que llamó a Carabineros. Su nombre es Jorge Ugalde Piensas que fue él quien indicó dónde estaban los cuerpos. Que se mantuvo tranquilo. Demasiado tranquilo.

Lo que dijo fue lo siguiente: “Buenas tardes, en mi casa encontré a tres personas muertas. Hay un crimen. Ehh Hay uno en la terraza y los otros dos en la habitación”.

Él, según dirá después, volvió a su casa cerca de las siete de la tarde luego de pasear a su mascota. Sacó el arnés a su perra, la dejó correr por el patio y la vio inquietarse de inmediato, olfateando la terraza.

Eso es lo que cuenta.

Dice que siguió a la perra y que ahí vio el cuerpo de Eduardo, tendido, rodeado de sangre. Dice que en ese momento pensó en los niños. Dice que caminó por el pasillo hasta el dormitorio y encontró a los dos adolescentes: uno sobre la cama, el otro sentado en el suelo, apoyado contra el colchón, con la cabeza baja. Dice que no los tocó. Que no habló con nadie. Que volvió a su casa y llamó a Carabineros.

“Hay un crimen”, dijo.

En su relato, el día está lleno de movimientos: salidas, regresos, compras, horarios exactos. Habla de un supermercado, de un mall chino, de una máscara de Halloween comprada esa tarde (La que más tarde tendría evidencia biológica). Habla de paseos con la perra, de siestas, de cafés, de trayectos en auto. Habla de todo lo que hizo antes de volver a la casa donde, asegura, no escuchó nada fuera de lo normal.

También dice que la relación entre Eduardo y sus hijos era buena. Que era un padre presente. Que estaba agobiado por problemas económicos y de salud. Que podía estar deprimido. Que quizá era hipertenso. Agrega que hace dos semanas le envió un link de instagram a su mujer, quien es la hermana del muerto. En el video un hombre hablaba sobre la muerte. Le muestra el pantallazo de eso a los policías. No te queda claro que quiere instalar. ¿Qué Eduardo pensaba en la muerte? 

Sus palabras son tranquilas, pero ves señales extrañas en el cuerpo de Ugalde: Tiene una herida notoria en el tabique nasal y cinco cortes en sus manos. Sabras después, además, que tiene moretones en su abdomen, en sus brazos y en sus piernas.

Mientras lo escuchas a escena que acabas de recorrer vuelve a imponerse. El cuchillo que no aparece. La puerta astillada. Los cuerpos sofocados. La calma con que fue señalado el lugar exacto de los cadáveres.

Dos semanas después, la hipótesis inicial del parricidio ya no se sostiene.

Dos semanas después, el hombre que llamó a Carabineros es detenido y puesto en prisión preventiva, acusado del triple homicidio. El caso que marcó el cierre del año judicial ya no tiene un parricida, pero tampoco una verdad cerrada. Solo una certeza incómoda: A veces la explicación más simple puede ser también la más equivocada.

Capítulo dos, las declaraciones confusas y el presente de los dos imputados por el crimen en La Reina

La palabra parricidio no entra al caso como una conclusión. Entra como un reflejo. La lanza quien llega primero, quien ve poco, quien tiene que informar rápido, mientras la prensa espera sedienta en un punto de prensa fuera de la casa.

Tú lo entiendes cuando te explican el procedimiento: primero llega seguridad municipal, después Carabineros, y luego la Fiscalía decide con qué policía trabaja. Carabineros reporta lo que tiene a la vista. Un adulto muerto en una terraza, un sangrado evidente en el cuello, una pistola a los pies, dos menores sin vida en una habitación. Esa es la foto. Ese es el parte inicial. Con eso se arma el primer titular.

El trabajo real empieza después, cuando entra la Brigada de Homicidios.

No para confirmar esa hipótesis, sino para hacer lo contrario: comprobarla o destruirla. Lo primero es lo obvio: el arma.

Si el padre hubiese matado a sus hijos y luego se hubiese quitado la vida con un objeto cortante, ese cuchillo tiene que estar en algún lugar. En el jardín, bajo la vegetación, en un basurero, en el techo, en el canal cercano. Un muerto no lo esconde, pero alguien podría haberlo movido.

Buscan. Esa noche. Vuelven al día siguiente. Oscurecen el domicilio y aplican reactivos que brillan incluso donde la sangre fue limpiada. Regresan una tercera vez, con más peritos, más ojos, más tiempo. Se suben al techo. Revisan rincones. Usan detectores de metal. Rastrean el jardín tupido. El arma no aparece.

Entonces miran el cuerpo como se mira un cuerpo como evidencia. Limpian. Revisan. Miden. Describen. Y ahí el caso se rompe del todo. Las heridas del cuello no son compatibles con un acto suicida. No hay autoinferencia que explique lesiones en ambas carótidas ni una penetración tan profunda que llegue hacia la zona anterior de la columna. Eso no es interpretación: es mecánica. Violencia ejercida por un tercero. Punto.

Cruz-Coke investigación parricidio
Cruz-Coke fue director de fotografía. Trabajo en distintas producciones audiovisuales y fue camarografo de la fundación Teletón.

A esa altura, la hipótesis inicial ya no se sostiene. Y si no hay suicidio, el parricidio queda flotando como una idea heredada, no como una verdad.

Lo mismo ocurre con los niños. En la escena no presentan lesiones evidentes. Ni siquiera quienes llegan primero están completamente seguros de que estén muertos. Hay llamadas a personal de salud, verificaciones, dudas reales. Y eso vuelve inquietante una frase que aparece demasiado pronto: “hay un crimen”. Dicha antes de confirmar, antes de intentar auxilio, antes de cualquier chequeo.

Ese detalle no pasa inadvertido. Ahí entran las declaraciones.

La primera relevante es la de Jorge Iván Ugalde. Él se presenta como el hombre que llegó y encontró. En su versión, todo se activa por el olfato del animal: entra al patio, suelta a la perra, ella se inquieta, corre hacia la terraza. Él la sigue y ve el cuerpo del adulto, tendido de espaldas, rodeado de sangre. Entonces —dice— piensa en los niños, camina por el pasillo, entra al dormitorio y los encuentra: uno sobre la cama, el otro en el suelo, apoyado contra el colchón. Dice que no los tocó. Dice que volvió a su casa y llamó a Carabineros.

A esta altura, para los policías que investigan el caso no hay duda sobre algo: Ugalde es el autor material. Por eso se solicita —y se concede— la prisión preventiva, la medida más gravosa del sistema.

Con eso, el caso no se cierra. Se abre. Porque aparece el otro nombre que orbita todo el expediente: Trinidad. La hermana del adulto muerto. La tía de los niños. La mujer que vive en el mismo terreno, que administra las casas, que forma parte de la intimidad del lugar.

Su declaración no pasa inadvertida. Es larga y con momentos que no calzan con la gravedad del contexto. Fue la propia comisario Konny Gónzalez quien lidera la investigación quien la entrevistó. En horas de interrogatorio Trinidad intenta ponerse a hacer yoga. No la dejan, obviamente. Le permiten estiramientos de pie, por dolores de espalda, un calefactor al lado. 

Hay más, la comisario presenció una conducta histriónica, casi performática. Durante la entrevista Trinidad buscó cercanía de forma insistente: poner la mano en las piernas de la entrevistadora, tocarla como si estuviera construyendo confianza. Y a ratos la detective tiene que ponerla en su lugar: recordarle dónde está, quién es ella, que esto no es una conversación entre amigas.

La pregunta, entonces, se desplaza: si Ugalde es el autor material ¿qué rol juega Trinidad?

Ahí la PDI entra a una zona todavía abierta: teléfonos incautados, computadores vaciados, análisis de documentación. No hablan todavía de participación directa como sentencia, pero sí de algo que la policía siempre mira en este tipo de crímenes: el móvil. En este caso ese móvil sería el dinero.

A quién le sirve que esas tres personas mueran. Qué beneficios, qué herencias, qué cambios de vida gatilla una muerte así dentro de un terreno familiar.

En esa línea reaparece un episodio previo: el supuesto envenenamiento de noviembre de 2024. Un postre. Un sabor a remedio. Niños que no quieren comerlo. Un padre que sí lo consume y termina en una ambulancia. La PDI lo mira como antecedente de intención. Y en el relato que tú escuchas, incluso hay un punto que incomoda: Ugalde habría sido quien llevó el postre, y según la comisario, él mismo habría dicho que venía de Trinidad. En esa triangulación, la sospecha no es todavía acusación formal, pero sí un hilo que la policía tira.

Y en ese puente —entre escena y relato— hay un hecho que pesa como hierro: el cuerpo de Ugalde.

Porque en el mundo real los cuerpos no mienten con facilidad. La detective conoce las lesiones de Ugalde, que no calzan con la vida cotidiana: cortes en manos, una herida en el puente nasal que no se explica con “lentes”, equimosis en abdomen, brazos, piernas. Y conoce también de algo que hace que un homicidio se vuelva pelea: lesiones defensivas en el adulto muerto, cortes en manos, un intento de cubrirse, un segundo de reacción. Si el adulto alcanzó a defenderse, alguien estuvo ahí. Alguien forcejeó. Alguien salió con marcas.

“las lesiones cortantes que mantengo en mis manos, debo decir que una de ellas, la del pulgar derecho me la hice hace unos tres días atrás cortando con un cuchillo en la cocina, mientras cocinaba con Trinidad, mientras que las otras cinco heridas cortantes que mantengo en mis manos desconozco cuando me las hice”, mencionó el imputado.

Y junto a Ugalde queda Trinidad: no formalizada, pero instalada como foco de investigación. La tía. La dueña del terreno. La mujer que —según la policía— no puede ser leída solo como espectadora. El caso, al cierre del año, tiene a uno tras las rejas y la otra bajo lupa.

El problema es que hasta ahora la policía no ha podido establecer ninguna prueba concreta que apunte a una planificación entre Ugalde y Trinidad.

La Fiscalía y las policías están convencidos que demostrarán la culpabilidad de Ugalde. Condenarlo a años de cárcel es el mínimo que esperan. El desafío para ellos es demostrar la culpabilidad de Trinidad. 

No poder hacerlo sería una derrota de proporciones. Los actores judiciales del caso saben que es una posibilidad concreta.

Capítulo 3: El presente de los bandos en el caso Cruz-Coke

Meses después del crimen, el caso Cruz-Coke ya no se juega solo en el sitio del suceso ni en los informes periciales. Se juega en otro terreno: el del presente de las partes, el de los relatos que buscan fijar sentido cuando la investigación todavía no se cierra.

Si no lo pudiste leer te cuento que la semana pasada, Trinidad Cruz-Coke decidió hablar. Lo hizo en una entrevista extensa con Las Últimas Noticias, donde intentó reconstruir su vínculo con su hermano, explicar su propio rol y defender —una vez más— la inocencia de su marido, Jorge Iván Ugalde, hoy en prisión preventiva por el triple homicidio.

“Jamás habría sido capaz de hacerle daño a mis sobrinos”, dijo.

“Mi hermano confiaba plenamente en nosotros”.

“Lo único que quiero es que se sepa la verdad”.

El tono es el de alguien que se siente injustamente observada. Trinidad insiste en que su relación con Eduardo era estrecha y en que la convivencia familiar era cotidiana. En su relato, no hay quiebres previos, no hay conflictos profundos, no hay móviles.

Pero el expediente —y la historia completa— cuentan algo más complejo.

Antes del crimen de octubre, ya existían procesos judiciales abiertos en tribunales de familia entre Carolina, madre de los adolescentes, y el núcleo Cruz-Coke. Demandas por pensión de alimentos, disputas económicas, tensiones arrastradas por años. No eran conflictos menores ni episódicos: eran causas formales, con escritos, audiencias y resoluciones.

Ese contexto es clave porque alimentó una tesis que circuló con fuerza en los primeros días: que Ugalde no estaba incorporado a la sociedad familiar —ni a ciertas decisiones patrimoniales— “para protegerlo”. de esas demandas.

Ese punto marca también el quiebre definitivo entre Trinidad y Carolina.

Hoy no hay relación entre ambas. No hay diálogo. El distanciamiento no es solo emocional: es jurídico. Por lo mismo Eduardo Cruz-Coke estuvo tanto tiempo en el Servicio Médico Legal. Pues, con demandas de por medio, ambos bandos lucharon por ser quiénes que pudiese retirar el cuerpo.

Cómo Trinidad no podía, al ser investigada en el caso, se armó un debate familiar respecto a quién le correspondía recibir el cuerpo. Allí Carolina contó con el apoyo de una prima de Eduardo, lo que provocó una acción judicial del hijo de Trinidad para reclamar, lo que consideraba, su derecho a recibir el cuerpo

Los abogados hicieron lo suyo y, finalmente, Carolina fue quien se quedó con el cuerpo de su exmarido.

Lo que sigue abierto —y eso también lo reconoce la investigación— es el rol de Trinidad. No hay formalización. No hay pruebas concretas. Sus declaraciones, descritas internamente como extensas, erráticas y con elementos performativos, siguen bajo análisis, al igual que sus dispositivos electrónicos y sus comunicaciones previas y posteriores al crimen. Pero aún no hay nada que la vincule.

En tanto el tiempo de Jorge Ugalde transcurre en prisión preventiva. Según fuentes penitenciarias, ha mantenido una relación correcta con otros internos y ha participado en actividades al interior del recinto. Incluso ha impulsado clases de yoga.

Del otro lado del caso está Carolina. La madre de los dos adolescentes. La mujer a diferencia de Trinidad, no ha dado entrevistas.

Quienes han seguido de cerca el proceso describen a Carolina como una persona profundamente afectada por el crimen, pero que ha intentado mantener una rutina mínima en medio de la investigación. Desde octubre, su vida quedó atravesada por el caso: no solo por la muerte de sus hijos, sino también por el lugar que su nombre ocupó —directa o indirectamente— en el debate público y judicial.

Actualmente vive bajo medidas de resguardo. Existen registros de cámaras de seguridad, vigilancia municipal y coordinación con la Fiscalía. No se trata de un detalle menor: ese contexto da cuenta tanto del nivel de exposición del caso como del clima de tensión que se generó en su entorno inmediato.

En los primeros días posteriores al crimen, circularon versiones que insinuaban un eventual móvil económico de su parte. Esa hipótesis —que nunca se formalizó— fue comentada, amplificada y utilizada como atajo explicativo en algunos espacios públicos. Desde el punto de vista jurídico, sin embargo, esa línea es considerada débil: cualquier intento de vincularla exigiría acreditar una coordinación directa con Jorge Iván Ugalde, algo que, hasta ahora, no aparece respaldado por registros objetivos de movimientos, comunicaciones o presencia en el lugar de los hechos.

Lo que sí existe, y forma parte del expediente previo al triple homicidio, es un historial de conflictos judiciales en tribunales de familia. Demandas por pensión de alimentos y disputas económicas se arrastraban desde antes y quedaron registradas formalmente. Ese antecedente fue leído por algunos como un posible contexto explicativo, aunque para otros actores del caso funcionó más bien como un elemento que facilitó interpretaciones forzadas o lecturas interesadas.

Ese mismo historial explica también el quiebre actual entre Carolina y el núcleo Cruz-Coke. Hoy no existe relación entre las partes. No hay comunicación ni instancias de mediación. El distanciamiento no es solo personal: es también procesal y definitivo.

Carolina, además, no ha accedido a la totalidad de la carpeta investigativa. No ha visto fotografías ni registros audiovisuales del crimen. En reuniones con Fiscalía, cuando los detalles se vuelven demasiado explícitos, pide detener la conversación. Esa barrera —admiten quienes la asesoran— no podrá sostenerse indefinidamente: el juicio la enfrentará, tarde o temprano, a una verdad que hoy permanece fuera de su alcance.

Desde una perspectiva jurídica, su entorno también asume una posibilidad incómoda: la investigación puede no llegar nunca a una prueba directa que permita establecer una coordinación penalmente atribuible a Trinidad. No por ausencia de sospechas, sino por la naturaleza misma de ese tipo de vínculos, que —si existieron— pudieron no dejar huella verificable. Frente a ese escenario, la estrategia podría dejar de ser exclusivamente penal y se vuelve práctica: avanzar, acotar, concentrar la causa en lo que sí puede probarse, porque mantenerla abierta indefinidamente tiene un costo humano evidente.

En el presente, su sostén no es público ni mediático. Es íntimo. Acompañamiento terapéutico regular con el equipo de víctimas de la Fiscalía, redes de apoyo cercanas, una espiritualidad que se volvió más central que antes. Y, en medio de ese tránsito, han aparecido gestos pequeños: reconocimientos escolares entregados a nombre de sus hijos, menciones póstumas, premios que conservan sus nombres. No reparan la pérdida ni cierran el caso, pero funcionan como un bálsamo –dicen sus cercanos–.

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