El embajador que vio el comienzo de Maduro en Venezuela y advirtió a la izquierda de que era un dictador: “Tuve una excelente relación con el PC, pero con esa declaración me quitaron el saludo”
La vida de Pedro Felipe Ramírez bien podría leerse como una novela política. Yerno de Radomiro Tomic, en sus treinta fue ministro de Minería y luego de Vivienda en el gobierno de Salvador Allende. Tras el golpe, fue detenido, torturado y enviado a Isla Dawson. Vivió el exilio en Venezuela entre 1976 y 1979 y, cuatro décadas después, regresó a Caracas como embajador de Chile, designado por Bachelet. Declarado chavista, los cuatro años que ejerció el cargo terminaron, sin embargo, por quebrar esa convicción. Desde 2019 —mucho antes de que buena parte de la izquierda chilena lo hiciera— calificó a Nicolás Maduro como un dictador. En esta conversación, Ramírez repasa su trayectoria, revisa las posturas de Kast y Boric y analiza críticamente al régimen venezolano y el intervencionismo norteamericano: “Trump lo que ha hecho ha sido dinamitar el orden mundial, el derecho internacional ya no vale nada”.
Por Sebastián Palma y Jorge Palacios 11 de Enero de 2026
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A Pedro Felipe Ramírez, de 84 años, le cuesta enumerar todas las cárceles y centros de detención por los que pasó después del golpe de Estado de 1973. “Es que fueron muchas”, dice, mientras intenta ordenar una línea de tiempo en la cabeza sin vacilaciones.
De lo que sí está seguro es del comienzo. Estuvo cerca de una semana detenido en la Escuela Militar: fue el primer lugar. Luego vino la Academia de Guerra Aérea. Eso lo recuerda con nitidez. Allí fue torturado y compartió encierro con Alberto Bachelet, padre de la expresidenta Michelle Bachelet, quien moriría en una celda en 1974.
Después llegó Isla Dawson. Sabe que estuvo ahí junto a varios de sus excompañeros ministros, que presenció las descompensaciones de José Tohá y que fue testigo de una escena que todavía lo persigue: el momento en que Jaime Tohá —el hermano de quien fuera ministro del Interior de Allende— se enteró de la muerte de José, al sintonizar una frecuencia en una radio contrabandeada.
“Dawson era un campo de concentración, idéntico a los de los nazis”, recuerda. “Jaime estaba escuchando una de las dos radios que teníamos y fue el primero en oír la noticia de la muerte de su hermano… Fue un momento terrible”, añade con pausas.
Después de Dawson vinieron más encierros: la cárcel de Santiago, Capuchinos, el campamento de prisioneros de Ritoque. Demasiados lugares como para llevar las fechas exactas.
Son muchas cárceles, es cierto. Y no sería injusto decir que fue ahí —en ese tránsito forzado por calabozos, campos y celdas— donde Pedro Felipe Ramírez terminó de comprender lo que significaba una dictadura. No solo como concepto político, sino como experiencia vital.
Por eso fue que, quizás, en 2019 causaron tanto revuelo sus palabras al calificar al régimen de Nicolás Maduro como tal. “Partamos de la base de que en Venezuela hay una dictadura”, dijo en La Tercera poco más de un año después de dejar la embajada de Chile en Caracas, cargo al que llegó a solicitud de Michelle Bachelet, hija de quien fue su compañero de detención en los períodos más sombríos de la dictadura.
El impacto de la declaración de Ramírez fue inmediato: un exministro de Salvador Allende calificaba de dictadura a uno de los símbolos más defendidos de la izquierda latinoamericana. Hace siete años, eran pocos —muy pocos— los dirigentes progresistas chilenos dispuestos a decir aquello en voz alta. Aún quedan algunos que defienden al régimen.
Años después de esas declaraciones, el presente terminó por alcanzar —y confirmar— las advertencias de Pedro Felipe Ramírez. A mediados de 2024, el Presidente Gabriel Boric utilizó el término “dictadura” por primera vez para describir el régimen venezolano de Nicolás Maduro, quien fue capturado el sábado pasado en su vivienda tras una maniobra realizada por Estados Unidos.
La operación alteró el tablero político regional, y hoy mantiene al líder caribeño en un proceso judicial de alcance internacional por narcotráfico y narcoterrorismo en Nueva York, con dudas respecto a cómo se le juzgará.
Para Ramírez, el episodio no solo valida su diagnóstico temprano sobre el carácter del gobierno de Maduro —a quien consideró legítimo en un inicio—, sino que abre una pregunta más amplia y profundamente incómoda, con proyecciones que exceden a Venezuela y alcanzan también a Chile y al resto de la región: hasta dónde puede llegar el intervencionismo norteamericano sin poner en crisis las reglas que, al menos en el papel, sostienen el orden mundial.
—Lo que ha hecho Donald Trump es dinamitar el orden mundial, dinamitar el orden establecido por las cartas de Naciones Unidas y por todas las normas del derecho internacional. El derecho internacional hoy no vale nada—, asegura preocupado.

“Venezuela Saudita”
Ramírez no se declara a sí mismo exiliado. Aunque fue parte del gabinete del presidente que sufrió un golpe de Estado, su pasaporte no portaba la letra “L”, símbolo con el que se limitaba el ingreso o permanencia de connacionales en suelo chileno por esos años.
Sin embargo, tras unos procesos judiciales en su contra y con la mayoría de sus referentes progresistas —su lugar estaba en la Izquierda Cristiana— de la época fuera del país por asilo, prefirió dejar Chile y partir rumbo a Venezuela, donde se encontró con “compañeros” que estuvieron presos con él.
Hasta allí llegó, luego de un paso breve por Panamá, a la casa de Sergio Bitar (PPD), con quien se quedó a vivir un tiempo. En ese país también pudo reencontrarse con una persona que sería esencial en su paso por el extranjero: Carlos Matus, exministro de Economía de Allende y posterior presidente del Banco Central, hasta el día del Golpe.
La Venezuela que Ramírez pisó por entonces, en 1976, distaba muchísimo de la que vio como embajador 40 años después. “Tenían una riqueza económica fenomenal”, relata y, para explicarlo, rememora: “Como ministro de Minería de Allende, yo autorizaba las importaciones de petróleo. Lo que firmaba por barril en esos años era 3 dólares, más o menos. En Venezuela el barril se vendía a 9 dólares. Luego subió a 12. O sea, cuatro veces a cómo se compraba en Chile; es como si el cobre chileno pasara de los 4 dólares la libra a los 20 dólares“.
“La plata estaba a manos llenas”, resume. Eran años en los que la frase ‘ta barato, dame dos’ y la denominación de ‘Venezuela Saudita’ resonaban continuamente en el país que lideraba el socialdemócrata Carlos Andrés Pérez. Todo gracias a los petrodólares.
Venezuela por esos años tuvo su máximos índices de PIB per cápita, y la bonanza en la población se dejaba ver en extranjero en algunos pocos: 50 mil departamentos en Miami tenían como dueños a gente de nacionalidad del país de Simón Bolívar.
Eso, sin embargo, era muestra de un problema que Ramírez identificó apenas llegó, y es que si primero dio cuenta de “la tremenda riqueza que había, mi segunda impresión fue la tremenda desigualdad. Las poblaciones pobres de allá, llamadas barrios, estaban en los cerros y eran poblaciones callampa, ni se acercaban a lo que son hoy en día las tomas en Chile”.
—Nosotros decíamos que esto no podía aguantar. Nosotros en Chile siempre tuvimos diferencias notables en desigualdad, pero esta era de otro nivel—, cuenta.
Ramírez se quedó en Caracas y obtuvo un trabajo en el Centro de Estudios del Desarrollo, órgano autónomo dependiente de la Universidad Central de Venezuela. Allí trabajaba con Carlos Matus, y desarrollaban estrategias de planificación estratégica. Ambos eran ingenieros egresados de la Universidad de Chile. “Tenía un sueldo suficiente para vivir con mi mujer y mi hija”, dice sobre esa etapa.
Si se quedó Sudamérica y no se trasladó a Europa, donde estaba el centro de operaciones político de los exiliados chilenos, fue por una razón concreta. Cuando visitó el Viejo Continente dio cuenta de que “el exilio en Europa era enfermizo“. Su comentario lo sostiene en que sus compatriotas “no se integraban en el país. Eran chilenos pensando todos los días en Chile y nada más. Me parecía muy enfermizo. También había fronteras por el idioma. Me pareció que no era buen exilio”, señala, recordando especialmente el ambiente parisino.
“En Venezuela vi a los chilenos mucho más integrados, más compuestos psicológicamente“, compara. Ese país lo dejó en 1979, cuando decidió volver con su familia a territorio chileno y comenzar a buscar la transición hacia la democracia.
El retorno 40 años después
Durante la dictadura, el liderazgo de Ramírez languideció. La historia desde la izquierda relata que la Central Nacional de Informaciones (CNI) amenazó al exministro con hacer públicas unas imágenes que revelarían su orientación sexual. Esa acción frustró el prominente rol de articulador político al que Ramírez aspiraba desde la Izquierda Cristiana. Se alejó de la política y aunque tuvo atisbos de vuelta, pues ayudó a fundar el PPD, no continuó en el ruedo y se dedicó a su profesión.
Eso explica, en parte, que no haya sido considerado en algún gobierno de la Concertación. En 2014, cuando la expresidenta Bachelet y el entonces ministro Heraldo Muñoz definieron nominarlo como embajador en Venezuela, se integraba al gobierno de lo que era por entonces la Nueva Mayoría, el reemplazo del proyecto político de izquierda que ejecutó la transición democrática.
El empleo de esas funciones llevó a Ramírez a retornar al país que le había dejado impresiones de desigual. Ahora era distinto, pues llegaba después de que Hugo Chávez liderara dicha nación desde 1999.
“Chávez era una persona muy sensible a la situación de los pobres“, comenta sobre el “comandante”. Ramírez se denomina chavista, dado que valoró del exmilitar sus medidas que trataron de mitigar la desigualdad económica que persistía en el país cuando asumió la presidencia venezolana.
Y si bien no alcanzó a conocerlo —Chávez murió en marzo de 2013, un año antes de que Ramírez asumiera en la embajada chilena—, eso no quita que crea que su proyecto se desvirtuó no con él, sino con su sucesor, Nicolás Maduro.
—Como chavista, ¿qué le parecía la llegada de Maduro?
—Lo vi como la continuidad de lo que era el chavismo. No lo conocía mucho. De hecho, tuve poca vinculación con él cuando lo conocí allá.
—¿Conversaron alguna vez?
—Solamente en la presentación de las cartas credenciales. Ahí hablamos 10 minutos, no más.
—¿Qué impresión le dio?
—Él había sido un ministro de Relaciones Exteriores que lo había hecho muy bien. Tenía buena impresión de él en ese rol, porque era el único antecedente que tenía de él, el único público.
—¿Qué vio de la gestión de Maduro en el tiempo?
—Cómo cambió en comparación con Chávez, porque yo me quedé con la idea de que Chávez había sido un presidente que cometió algunos errores, incluso en el manejo de la economía y otros actos autocráticos y discutibles, pero era un hombre cuya obra y propósito era levantar a la gente pobre, quienes eran la inmensa mayoría del pueblo, con sus programas sociales, las misiones.
—Una subsanación de la desigualdad que usted vio en los 70.
—Claro, pero con cosas muy notables. En las poblaciones no existía un centro médico primario. Y Chávez hace la misión Barrio Adentro e instala centros médicos en todos los barrios, todos, con médicos de Cuba.
—¿Cuándo inició el declive venezolano?
—En 2017. Hasta ahí, la actuación de Maduro era enteramente legal. Pero ese año la oposición consigue los 2/3 de la Asamblea Nacional, lo que les permitía acusar constitucionalmente a Maduro. Y Henry Ramos, presidente elegido de la Asamblea, dice públicamente que en seis meses destituirán al presidente. Cometió el error tremendo de avisar.
—Y ahí Maduro comienza a cambiar las reglas.
—Define una estrategia de no entregar nunca más el poder. Anula la elección del estado de Amazonas para que la oposición no tuviera los 2/3. Luego acusa a la Asamblea de desacato. Meses después, el Tribunal Supremo de Justicia le quita los poderes a la Asamblea. Ese es el momento en que formalmente se declara una dictadura el mandato de Maduro.
—Es ahí cuando la expresidenta lo llama a usted a informar.
—Sí, como forma de protestar por la decisión tomada por este tribunal, que era chavista.

“Por favor, no se comparen ustedes con Allende”
Ramírez como embajador volvió a Chile, a partir de un llamado a informar que hizo Bachelet tras esa ruptura institucional que hizo Maduro en su país.
Estuvo un par de meses, hasta que un día Bachelet le preguntó a su ministro de Relaciones Exteriores si su embajador en Venezuela continuaba en suelo nacional. “Sí”, le respondió el secretario de Estado, recibiendo como respuesta un “devuélvalo de inmediato a Venezuela” de la mandataria.
En sus días en Chile, se reunió con Juan Carlos Latorre expresidente de la DC, quien era cercano con Roberto Henríquez, líder del Capei, la democracia cristiana venezolana. En 2017, un proceso militar del régimen de Maduro le caía por encima a Henríquez, por lo que pidió ayuda a sus redes políticas chilenas. Latorre fue a quien acudió y le pidió asilo en la embajada de Chile, cuando Ramírez no estaba en Caracas.
Por lo mismo, quien intercedió en aquello fue Heraldo Muñoz, quien llamó a los funcionarios de carrera que estaban en la misión venezolana y les pidió alojar en la casa del embajador chileno. Henríquez en ese tiempo no era un nombre muy conocido en la oposición venezolana. Hoy en día es el secretario ejecutivo de Plataforma Unitaria, el colectivo que lidera María Corina Machado, quien también estuvo en tres oportunidades en la embajada chilena participando de reuniones.
La casa diplomática chilena también otorgó asilo a Freddy Guevara, un exdiputado opositor que también era objetivo de Maduro. La casa chilena recibió al exparlamentario, lo que provocó un reproche directo del gobierno venezolano al embajador Ramírez.
Un secretario de Jorge Arreaza, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, se acercó al diplomático para explicitar el descontento. “Embajador, no podemos entender que un ministro del presidente Allende haya recibido aquí a un terrorista, un reaccionario”, le dijo.
“Yo lo recibo por razones humanitarias, no políticas. Si el día de mañana usted me viene a pedir asilo, le abriré la puerta”, fue lo que le respondió Ramírez al encargado. Pero no se quedó allí, sino que le pidió encarecidamente: “Por favor, no se comparen ustedes con Allende. Primero porque con Allende nunca hubo ningún preso político y aquí en Venezuela hay casi mil”.
Y continuó: “Cuando vino la dictadura nuestra, a todos nos hicieron un análisis de cuánta plata habíamos robado del Estado chileno y no nos demostraron ni siquiera un peso; aquí ustedes se han robado miles de bolívares del pueblo venezolano. Así que no se comparen”.
—Para usted Maduro no es equiparable en ningún sentido a Allende.
—Ni siquiera tiene el carácter de presidente. Yo dije desde antes que Maduro era un dictador. La mitad de la izquierda en Chile encontró escandalosa mi declaración. Yo siempre tuve una excelente relación con el PC, pero cuando hice esa declaración me quitaron el saludo, no me saludaron más.
—¿Se han demorado mucho algunos partidos en Chile en condenar a Maduro?
—Hasta hoy. Por supuesto que son muy pocos; con mi declaración, con el informe de Bachelet de la ONU como alta comisionada de DD.HH… hoy son muy pocos.
—Pero el PC salió a defender a Maduro.
—No, oficialmente sí, pero le aseguro que hay gente del PC que está de acuerdo conmigo sobre Venezuela. El PC respecto a este tema y a muchos otros está dividido, y eso ya es público, las divisiones de ellos ya son públicas.
—Partiendo por la excandidata Jeannette Jara.
—Absolutamente, y no solo ella; también está la ministra vocera, Camila Vallejo, y la última declaración que hizo sobre Venezuela. Está Karol Cariola… Boric ha sido el más crítico de los presidentes de izquierda de América Latina. Vallejo ha seguido las posturas de él y Cariola también. Nunca el PC había estado tan dividido, porque incluso sus divisiones se hacen en la interna y no se sabían mucho, hoy en día sí.
“Si Kast hubiese dicho lo que dijo como presidente en ejercicio, podría haber recibido una acusación constitucional por traición a la patria”
—¿Había otro camino para Venezuela que no fuera la intervención de Estados Unidos?
—Es que la oposición venezolana cometió muchos errores. En la embajada se quedaron los que dije, Henríquez y Guevara, que eran muy importantes, pero las reuniones de la oposición se hacían en mi casa, incluso algunas con mi presencia. Estuvo tres veces María Corina Machado, por lo menos, y sabía que era partidaria de la intervención norteamericana. Alguna vez le dije que su propuesta era tan vergonzosa, que ni se atrevía a contarla por entonces. Ella me dijo de vuelta qué haría entonces. “Lo que hicimos nosotros: que el pueblo se vaya organizando y que ustedes acompañen esas demandas, y en un momento determinado hasta los militares se darán cuenta de que Maduro no da para más”.
—Como una “vía chilena a la democracia”.
—Sí. Nosotros tuvimos una cosa que ellos no tenían, que era el plebiscito, pero que ese proceso se incorporó por la presión que había en Chile en el momento que se debía.
—Fue un proceso más lento, eso sí.
—Será un proceso más lento, claro, si a nosotros nos costó. Nosotros queríamos antes, si partimos con eso mucho tiempo antes que el 88.
—¿Qué piensa de Trump? ¿Pone en riesgo a Chile?
—Lo pone en riesgo porque en definitiva hay tres poderes mundiales que tienen sus áreas de influencia y hoy en día se sienten con el derecho de tener sus patios traseros: nosotros con Estados Unidos; Taiwán con China; y Ucrania con Rusia. Lo grave de lo ocurrido es que hay un acto explícito en que se debilita el orden internacional. Eso es lo más importante de lo que pasó.
—¿Hay un peligro cuando el presidente electo valora ese acto, cuando lo llama una “gran noticia”?
—El presidente electo comete el error de valorar eso sin entender este tema, este hecho, y además lo hace violando lo que ha sido históricamente la posición de Chile en política internacional, que es una política de Estado, no de Gobierno. Y todos los presidentes de Chile han mantenido la tesis de la política de Estado que es la irrestricta defensa del derecho internacional, la cual está el no uso de la violencia, sino las formas pacíficas y el respeto a la soberanía de los países.
A mí me parece extraordinario. El haberlo dicho como candidato habría sido grave, pero que como presidente electo diga esto pone a Chile en una situación terrible. ¿Qué dirá si en un momento determinado hay una intervención desmedida de Trump en Chile? ¿Qué va a hacer?
—¿La posición de Kast traerá costos?
—Por supuesto. Si él lo hubiese dicho como presidente, no sé lo que hubiera podido pasar, pero podría tener una acusación constitucional por traición a la patria. No hay que aguantarle ninguna a este gallo (Trump). Chile tiene tres cosas que hoy son apetecidas por los tres mandamases del mundo: cobre, litio y tierras raras.
—Traición a la patria, dice.
—Sí. En la declaración que Kast hace sobre el tema, él al final dice “respeto al derecho internacional”, pero él contradice el saludo a quien está dinamitando el derecho internacional. Otra cosa distinta es decir entender la alegría del pueblo venezolano, porque tienen esperanza en recuperar su país, pero lo fundamental de esto, lo más importante para el mundo, no es esa esperanza que depende en parte de lo que haga Maduro, es cómo se dinamita el orden mundial.



