“Los chilotes estamos en peligro de extinción, vivimos una ambigüedad dolorosa”: La lucha por mantener la identidad de los habitantes de Chiloé en sus 200 años
A 200 años de su integración a Chile, Chiloé mantiene una identidad marcada por el aislamiento, la vida comunitaria y una profunda relación con el territorio. Arquitectos, artistas y habitantes del archipiélago reflexionan sobre la cultura chilota, su resiliencia frente al centralismo y los desafíos que enfrenta su paisaje cultural.
Por Carolina Mardones L. 7 de Febrero de 2026
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Iglesias de madera como patrimonio de la humanidad, una sirena hermosa conocida como La Pincoya, una criatura misteriosa como el Trauco, pescadores que desaparecen para formar a la tripulación del Caleuche, casas sobre pilares de madera en medio del mar. También un clima lluvioso, papas de colores, verdes paisajes y quizás, hasta algo de magia. Esas son solo algunas de las características con las que un afuerino identifica a Chiloé, un particular archipiélago ubicado al sur de Chile.
Chiloé fue uno de los últimos territorios en integrarse a Chile tras la independencia y precisamente en enero se cumplieron 200 años desde ese evento. Esa cohesión entre sus habitantes, esa defensa por lo propio explica el por qué el sentido comunitario, la minga, y sus tradiciones siguen a pesar del inexorable paso del tiempo.
Pero, ¿qué hace a Chiloé ser Chiloé? Si decidiéramos tomar esa identidad tan particular bajo un microscopio, ¿qué encontraríamos? O si nos decidiéramos por analizar el interior del corazón chilote, ¿qué nos encontraríamos? Ese es un análisis difícil de realizar desde otro punto, lejano, de Chile. Por ello, The Clinic entrevistó a una serie de personalidades que profundizaron en el amor por la tierra que los cobijó y su preocupación por el futuro. Ellos fueron los encargados de responder a la gran pregunta: ¿Qué hace a Chiloé tan especial como lo es Chiloé?
“Estamos muy abandonados en Chiloé”
María Teresa Pérez, chef huilliche y Patrimonio Humano Vivo, dejó Chiloé en 1996, pero siempre volvía a sus raíces tres o cuatro veces al año. “Es un orgullo haber sido el último reducto español”, destaca. Marité, como le dicen sus amigos, destaca que la identidad chilota también se mantiene gracias a la unidad de sus habitantes. “Existe trabajo comunitario como la minga, que no solamente es tirar cosas, sino que ayudarse humanitariamente cuando estamos en desgracia“.
“Estamos muy abandonados en Chiloé del resto del continente. Cuando nos pasan cosas, muy poco del resto de Chile nos ayuda. Pero los chilotes somos muy generosos y solidarios con el resto del mundo“, comenta. “Lo que más extraño de Chiloé son muchas cosas. Como ir a sacar papas a los campos, dialogar con las mujeres para que no se dejaran amedrentar con los hombres. Porque las mujeres en Chiloé son muy maltratadas, sobre todo en el campo. Los hombres son muy machistas y ya eso con eso ya lo perdieron”.
Sin embargo, no todo parece tan malo. Marité destaca que ha logrado transmitir muchos de sus conocimientos, tanto en Chile como en el resto del mundo para dejar el nombre de su natal Chiloé en lo más alto. “Nunca pensé que iba a llegar tan lejos, y salir fuera de Chile a competir. No solo representando a Chiloé, sino que también Chile y fue emocionante”.


La fuerza de la Minga y la riqueza de la arquitectura
Edward Rojas, Premio Nacional de Arquitectura 2016, concuerda que “la identidad chilota se debe a la íntima e indisoluble relación que existe entre sus habitantes y el contexto de archipiélago que habitan. Esta se sustenta principalmente en la solidaridad comunitaria expresada en la ‘minga’, en su capacidad sincrética y resiliente, y en su gastronomía ancestral vinculada a la tierra y al mar. También destaca su arquitectura de madera, que es la expresión tridimensional mayor de la cultura insular”.
“El paisaje natural de Chiloé es el propio de un archipiélago; por lo mismo, es un paisaje anfibio. Es un territorio, un maritorio y un bordemar que constituye la patria de los habitantes y navegantes chilotes, quienes a lo largo de los siglos han desarrollado una cultura en íntima relación con el lugar. Así, lo icónico es estar en presencia de un paisaje cultural insular vivo que va mutando de manera resiliente ante los desafíos que imponen la naturaleza —a veces feroz— y el mundo moderno a este entorno vernacular”, destaca el arquitecto.
Sobre lo que más extraña cuando está fuera de su casa, afirma que es “el calor en torno al fuego, vivido en espacios construidos con la calidez de la madera que enmarcan, a través de las ventanas, un paisaje de tierra y agua. Es un entorno en permanente cambio debido a la luz espléndida. Un cielo plagado de nubes coloreadas por el sol y el viento que trae distintos tipos de lluvia. Además, extraño caminar por el centro de la ciudad de Castro, donde todos los servicios están a la mano. Saludando a los vecinos y encontrándonos con los amigos”.
“El aislamiento contiene el ADN del paisaje cultural de Chiloé. El cual ha sido modelado y ha mutado a lo largo de los siglos en virtud de esa misma condición. Esto ocurre desde tiempos inmemoriales, cuando los pueblos canoeros recorrían los canales uniendo el territorio desde el maritorio. Hasta hoy, cuando enormes transbordadores conectan el continente con la Isla Grande. No obstante, estos servicios están bajo seria amenaza de extinción con la futura operación del puente sobre el Canal de Chacao, que modificará la condición de insularidad”, recalca. “Sin duda, el puente sobre el Canal de Chacao romperá el aislamiento insular al permitir el cruce sobre aguas turbulentas o tranquilas, en solo cinco minutos. Este es un nuevo desafío para los habitantes y la permanencia o mutación de la identidad del paisaje cultural”.
Sobre la arquitectura chilota, Rojas asevera que al “estar construida con madera —un material orgánico—, la arquitectura se ve afectada por xilófagos, humedad, hongos e incendios. Esto obliga a mantenimientos y mutaciones permanentes que integran nuevos requerimientos, tendencias arquitectónicas y materiales. Hoy, Chiloé es un verdadero laboratorio de arquitectura residencial. La arquitectura chilota ha sobrevivido al sustentarse en la el valor profundo de las tipologías ancestrales”.
“La arquitectura del mar, el urbanismo a ras de agua, la arquitectura de la tierra, las iglesias de la Escuela de Carpinteros y la arquitectura del bordemar: los palafitos. Estos últimos hoy lucen una cara renovada hacia el mar. Son parte de un paisaje que integra el cambio como constancia y fortalece la minga como soporte de resiliencia. Tal como se vio en la reconstrucción de los seis palafitos incendiados en 2021 y en la construcción de la capilla palafito Nuestra Señora de los Ángeles en el Barrio Pedro Montt de Castro. Conjunto de valores que el Centro Comercial Mall de Castro no consideró modificando para siempre el Paisaje Cultural de la ciudad de Castro”.
“Suelo extrañar sus tiempos”
Héctor Contador se define como un “apasionado defensor de la historia y la cultura del Archipiélago de Chiloé”. Es autor del “Libro Menor de las Efemérides de Chiloé”, una recopilación de hitos históricos ocurridos entre 1526 y 2024. “Cuando me toca viajar fuera del archipiélago suelo extrañar sus tiempos. Los días fríos en el exterior, pero cálidos en el hogar. La lluvia que golpea el techo sin cesar, la neblina de la mañana, la oscuridad de sus noches, el rugido del mar o el silbido del viento, la vida a paso lento pero firme, los fines de semana donde literalmente todo esta ‘muerto’. La cazuela de repollo con cholgas secas; el pescado oreado con luche, el flojero tras la estufa. Chiloé es entrañable de muchas maneras“.
“Mi niñez en Castro-Chiloé fue en los años 90s”, rememora Contador. “Extraño que el lechero pase con su carreta y caballo a dejar leche por las casas; extraño al señor que pasaba vendiendo pinos por las calles para navidad, extraño ir a mariscar; ir a sacar manzanas a la playa de Ten Ten. También ir a bañarme al Tranque. Dar el abrazo por la cuadras para año nuevo, llevar mi palo de leña para aportar al calor de la salamandra de mi sala e ir al campo en familia a hacer el asado del día de año nuevo”.
Pero no todo es añoranza, también critica que “Chile no ha comprendido ni valorado adecuadamente la cultura chilota. La ha aceptado, pero de paso la ha teatralizado y los chilotes para congraciarse con Chile se han chilenizado. En Chile nos ven como supersticiosos, crédulos, por eso cuando entablan una conversación con nosotros lo primero que nos preguntan ¿has visto al Trauco?, ¿has visto al Caleuche? Con tono burlesco ni siquiera con un tono reflexivo. Nos conocen por lo que muestran en la televisión o los recuerdos de artistas chilotes vestidos con chomba de lana”.
“En Chile no nos conocen por personajes como Inés de Bazán, Santiago Barrientos, Galvarino Riveros, Francisco Coloane, Abraham Konig, Agustín Gómez, Aureliano Oyarzún, Bernardo Quintana, José Rodriguez Ballesteros, Braulio Bahamonde, Carlos Lorca, Cecilio Imable, Ciriaco Álvarez, Constantino Kochifas, Eugenio de Matta, Nicasio Tangol, José Barceló y así muchos más”, recalca.

Con respecto a los desafíos que enfrenta la identidad chilota, el escritor afirma que “los chilotes estamos en peligro de extinción. Vivimos una ambigüedad dolorosa. Por un lado, decimos querer vivir del turismo, pero por otro destruimos los mismos espacios que el turista busca. La naturaleza intacta, los paisajes rurales, el silencio de los humedales, las orillas donde aún sopla el mito. Hablamos de conservar nuestra historia, pero la desmantelamos cada vez que alteramos los lugares donde esa historia se generó. No hay contradicción más triste que esa”.
“El chilote no se deja mandar”
La pintora Anelys Wolf coincide que la minga está en el corazón de Chiloé. El trabajar en comunidad, cooperar y participar en lo que esté al alcance de cada uno. Con respecto a ese sentir, recuerda que “hace un par de años rescatamos un espacio arquitectónico que estaba abandonado prácticamente desde su construcción. El centro de visitantes de la Batería de Balcacura. Ahí hacemos actividades culturales, nos unimos, cada uno aporta lo suyo; van los niños, ellos ven eso, participan. Entonces creo que son actividades formadoras y que, sin lugar a dudas, seguirán ocurriendo en el futuro”.
Consultada sobre el paisaje más icónico que rememore, la artista detalla que “soy de la comuna de Ancud y creo que todos tenemos una foto familiar en la Piedra del Run. Desde ahí se ve la espléndida playa Mar Brava, un paisaje que se ha salvado de la instalación de un proyecto desproporcionado de industria eólica gracias a la acción de la comunidad y de gente que ama profundamente ese lugar”. En tanto, lo que más extraña cuando está lejos son “los amaneceres de colores que veo por mi ventana, en mi taller, en la península de Lacuy”.


También coincide con la visión de Contador sobre que “ha existido una valoración más bien folclorizante, muchas veces superficial. Chiloé suele ser visto como un lugar pintoresco, pero no siempre se comprende la complejidad histórica, política y social de su cultura. Falta una escucha más profunda y un reconocimiento real de sus tensiones contemporáneas. La cultura chilota es muy fuerte. Estamos presentes desde Valdivia hasta Punta Arenas. Quizás en Santiago no siempre lo saben ver, pero quienes tienen el privilegio de vivirla seguro la saben valorar”.
“Uno de los mayores desafíos es no perder los saberes. Ver a mi vecino, que construye lanchas y transmite ese conocimiento a su nieto, da esperanza. Esa transmisión es clave para que los chilotes se queden en el mundo rural, manteniendo vivos los oficios, el vínculo con el territorio y una forma de vida propia”, reflexiona. “Junto a eso, es fundamental cuidar el territorio: no venderlo todo para que queden chilotes de verdad en el mundo rural y no se convierta en una playa de veraneo, como ha ocurrido en muchos lagos del sur o en el litoral central. Cuidar el bosque, cuidar las playas. El desafío es cómo sostener esa identidad en un contexto de globalización acelerada, extractivismo y turismo masivo: cómo transmitir la memoria sin congelarla, cómo resistir sin idealizar el pasado y cómo imaginar un futuro donde desarrollo y cuidado del territorio no sean opuestos”.
Wolf actualmente está exponiendo en el Centro Cultural Palacio La Moneda, en la muestra Cine en Chile: Historia(s) en movimiento y en Sala Balcacura.
La protección de las iglesias de Chiloé
Bladimir Corrales Délano, encargado de vinculación comunitaria de la Fundación Iglesias Patrimoniales de Chiloé, plantea que “la identidad chilota se sostiene en un conjunto de rasgos profundamente arraigados que, lejos de diluirse con el tiempo, se renuevan a través de la práctica cotidiana y la transmisión intergeneracional. Entre ellos, la religiosidad popular ocupa un lugar central. Un sistema de creencias que encarna más de cuatro siglos de sincretismo cultural y que continúa articulando la vida comunitaria. Este universo simbólico no solo expresa fe, sino también una forma particular de comprender el territorio, de relacionarse con la naturaleza y de mantener vivas las tradiciones”.
“La insularidad archipelágica es otro pilar fundamental. Vivir en un maritorio austral exige enfrentar desafíos geográficos y climáticos que moldean el carácter colectivo. En este contexto, el trabajo comunitario se vuelve indispensable y la Minga emerge como una de las expresiones más potentes de esa cooperación. No se trata únicamente de una práctica ancestral, sino de una estrategia vigente que permite unir generaciones, resolver problemas complejos y fortalecer los lazos sociales”, añade.

Lo que más extraña cuando está lejos de casa es “la escala del paisaje al estar rodeado de mar y pequeñas islas. El ritmo pausado que está marcado por las mareas. El cotidiano uso del bordemar. Junto a la materialidad de la arquitectura de Chiloé, la madera. La escala del paisaje, siempre en diálogo con el mar y las pequeñas islas que lo salpican, configura una geografía íntima y a la vez inmensa. El ritmo pausado de la vida está marcado por las mareas, que ordenan los tiempos del trabajo, del desplazamiento y del encuentro. El bordemar se convierte así en un espacio cotidiano, un umbral donde la comunidad se relaciona con el agua, la pesca y la navegación como parte natural de su día a día”.
“A este entorno se suma la materialidad propia de la arquitectura chilota, donde la madera —noble, cálida y versátil— define no solo las viviendas, sino también la identidad cultural del territorio. Cada tabla, cada tejuela, cada estructura dialoga con el clima, la humedad, la historia y con la memoria de quienes habitan estas islas. El resultado es un paisaje humano y construido que se entrelaza con el entorno natural, creando una atmósfera única, profundamente arraigada en la relación entre tierra, mar y comunidad“, enfatiza.
“La identidad chilota enfrenta hoy un doble desafío. Por un lado, adaptarse a procesos de modernización que reconfiguran profundamente la vida cotidiana; por otro, evitar que dicha adaptación implique la desarticulación de los sistemas simbólicos, comunitarios y productivos que históricamente han sostenido su particularidad cultural. La pregunta de fondo no es solo cómo conservar, sino cómo permitir que la cultura chilota continúe transformándose sin perder su capacidad de producir sentido, pertenencia y cohesión social”.
Sobre cómo el trabajo de la fundación ayuda a mantener viva la identidad de Chiloé, señala que “desde una perspectiva centrada en la restauración material del patrimonio, el trabajo de la fundación ha contribuido de manera decisiva a mantener viva la identidad cultural de Chiloé. La intervención en los centros ceremoniales —particularmente en las iglesias del archipiélago— no solo ha permitido prolongar su vida útil, sino también asegurar la continuidad de los espacios donde históricamente se ha articulado la vida comunitaria. Estas iglesias, más que edificaciones religiosas, funcionan como nodos sociales, simbólicos y territoriales que estructuran la cohesión interna de cada localidad“.
“Asimismo, la conservación de estos espacios ceremoniales sostiene la vigencia de ritualidades, festividades y formas de sociabilidad que dependen de la existencia física de las iglesias. En este sentido, la restauración no solo protege un objeto arquitectónico, sino que resguarda un sistema cultural más amplio, donde se entrelazan memoria, religiosidad popular, organización comunitaria y territorialidad”, agrega.



