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Claudio Martínez, arquitecto de Punta Peuco y exdirector de Gendarmería: “Esa cárcel es el producto más emblemático de la transición, y al cerrarlo, Boric cerró la transición”

El arquitecto y exdirector de Gendarmería, Claudio Martínez, repasa la historia que lo convirtió en protagonista de uno de los episodios más simbólicos de la transición chilena: el diseño y construcción de Punta Peuco. Fue él quien encarceló a los exagentes de la DINA Manuel Contreras y Pedro Espinoza, y quien, con sus planos aún guardados, defiende hoy la decisión del Presidente Boric de transformar el penal en una cárcel común.

Por Sebastián Palma y Marianne Mathieu 8 de Noviembre de 2025
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Pese a estar en Chillán, a más de 400 kilómetros de La Moneda, el exdirector de Gendarmería Claudio Martínez sigue de cerca todo lo que se remite a las cárceles. Sobre todo en torno a la que marcó momentos claves en su vida: Punta Peuco, recinto que generó controversia esta semana luego de que el Presidente Gabriel Boric anunciara que pasará a ser una cárcel común, cambiando su nombre a Centro de Cumplimiento Penitenciario de Til Til y aumentando su capacidad para que la integren 32 presos más. 

Martínez, quien es arquitecto de profesión, no sólo fue quien tuvo que meter en la cárcel a Manuel Contreras y Pedro Espinoza, sino que fue a quien se le encargó el diseño de Punta Peuco. 

Conserva todos los planos y diseños de Punta Peuco, proceso que admite que no fue fácil, puesto que además tuvo que ser rápido. Es así que diseñó una cárcel con todos los módulos iguales, asegura, aunque destaca que a Contreras se le facilitó una ducha distinta por un cáncer que tenía que requería un aseado especial. 

Entre los bocetos que posee Claudio Martínez, se encuentra la celda de Manuel Contreras, que contaba con una ducha especial para su aseo.
Ilustración: Sandro Baeza.

Fue tan compleja la labor de encarcelar a Contreras, relata, que el día que ingresó a Punta Peuco “lo que yo sentí, y creo que el gobierno en general, fue que se había finalizado una misión que por el momento parecía una misión imposible. Cuando se inicia este proceso, imaginar a Contreras ingresando a una cárcel condenado era una cosa que parecía utópica. Esa noche hubo una sensación de alivio y de valoración del Estado de Derecho”.

Martínez ha estado pendiente a la discusión que se ha dado recientemente en torno a los derechos humanos, el Plan Nacional de Búsqueda y las diferencias en torno a Punta Peuco. 

—El candidato Johannes Kaiser alude a una vulneración de los derechos humanos de quienes están en Punta Peuco, ¿qué piensa usted respecto a eso? 

—Kaiser está en una opinión bastante desequilibrada, porque nadie se puede quejar que a estos presos no se les han respetado sus derechos humanos. A lo que Kaiser apunta probablemente, que yo encuentro desquiciado y muy provocador, es que piensa que la cárcel de Punta Peuco fue un derecho que lo perdieron. Lo piensa así porque las visitas, por ejemplo, en una cárcel como Punta Peuco no se mezclan con delincuentes comunes, que pudiera ser interpretado como un privilegio. Pero también está en su cabeza que estos presos no se puedan mezclar con presos comunes. Entonces lo que Kaiser quiere es mantener esta especie de estatus de presos que tienen ciertos derechos que el resto no tiene.

—¿Entonces está de acuerdo en que tenía que dejar de ser una cárcel especial?

—Estoy totalmente de acuerdo con la decisión del Presidente de que deje de ser una cárcel especial. Ahora, probablemente no siga siendo muy distinta a lo que es, entiendo que van a llegar presos comunes (…). Por lo tanto, si son presos más o menos tranquilos, va a llegar gente de baja peligrosidad, eso con toda seguridad. Pero Kaiser lo que está haciendo es alimentar un tema odioso, finalmente, porque estos presos han cumplido su condena en condiciones de absoluto respeto por su dignidad y por sus derechos humanos. Ahora, el tema de fondo es la discusión de por qué a estos presos, tan ancianos están, que están algunos enfermos, no se les indulta. Y ahí yo tengo una posición bien clara frente al tema. 

—¿Cuál es esa posición? 

—Estos presos cometieron delitos de lesa humanidad. Hicieron delitos gravísimos, de los más graves que se puede imaginar uno. Las víctimas no son solamente ellos, las víctimas son sus familias, somos todos finalmente. Entonces, otorgarles la libertad, por muy deteriorada que esté su salud, significa un agravio y una agresión a quienes también son víctimas, que son las familias, su entorno, sus amigos, y todos en definitiva fuimos víctimas de eso.

—Internacionalmente lo que se hace es que se evalúa caso a caso en caso de adultos mayores, porque obviamente depende de si la persona se arrepiente, si es que pide perdón, cuáles fueron los crímenes… Pero la pregunta acá sería si es que cree que en este caso habría que evaluarlos caso a caso. 

—Habría que evaluarlos cada uno, evidentemente que no son presos comunes, porque si no muestran arrepentimiento… Yo creo que la opinión aquí de las familias es fundamental. Si no se revictimiza un hecho por el que llevamos 50 años sin poder cerrar este tema (…). Lo que quiere Kaiser y en general sectores de derecha, es homologar. Es decir, que todos los presos de más de 75 años serán libres. Ese es un criterio que se usa en los países respecto a los presos comunes. Porque el delincuente común pierde su eficacia con el tiempo. Por eso los delincuentes son más bien jóvenes. Pero este es un caso totalmente distinto. Aquí son un conjunto de personas que cometieron crímenes gravísimos, de lesa humanidad, y cuyas víctimas hoy día todavía están sin sanar sus heridas. 

Viaje al origen del arquitecto de Punta Peuco

Claudio Martínez construyó su carrera en Gendarmería siguiendo el modelo de los antiguos funcionarios públicos: paso a paso, desde el mérito técnico. Arquitecto formado en la Universidad de Chile, egresó en 1976 y durante algunos años trabajó de manera independiente “al tres y al cuatro”, dice, en distintos proyectos urbanos y habitacionales. Dos años después, en 1978, postuló a un concurso público y fue seleccionado para integrarse a Gendarmería como profesional del área de infraestructura.

Durante la dictadura, pese a su posterior militancia en el Partido Socialista, trabajó bajo mandos militares. Su labor, principalmente técnica, se centró en el diseño de planos y la supervisión de obras: oficinas, remodelaciones, un casino institucional, un club de campo. Proyectos administrativos y funcionales, más que carcelarios.

Pese a desempeñarse en la única institución del Estado encargada de la custodia y reclusión de personas condenadas, Martínez no diseñó prisiones. Gendarmería no tenía entonces la facultad para ejecutar obras de gran envergadura: los proyectos carcelarios eran competencia exclusiva del Ministerio de Obras Públicas.

Así, Claudio fue dejando que los años transcurrieran entre planos y supervisiones de obra. De aquel joven arquitecto entusiasta fue quedando un funcionario metódico, más técnico que soñador. Su vida laboral probablemente habría seguido ese mismo cauce —tranquilo, predecible— de no ser por una serie de hechos desafortunados que torcieron su destino.

Claudio Martínez todavía mantiene guardados los planos y bocetos de Punta Peuco.
Ilustración: Sandro Baeza.

En 1990, aún no se cumplía un año desde el retorno de la democracia cuando Gendarmería enfrentó su primera gran crisis. Los funcionarios se fueron a huelga tras un violento episodio que remeció al país: Marcela Rodríguez Valdivieso “La Mujer Metralleta” y otros nueve miembros del Movimiento Juvenil Lautaro irrumpieron en la sala de espera del Hospital Sótero del Río para rescatar a su compañero Marcos Ariel Antonioletti, quien era atendido bajo custodia mientras enfrentaba cargos por atentados extremistas. La operación terminó en una masacre: cuatro gendarmes y un carabinero murieron en el tiroteo.

Las muertes encausaron una huelga de los uniformados encargados de custodiar las cárceles. El ambiente era de máxima tensión. Tener una institución armada en huelga en plena transición política era un riesgo que el nuevo gobierno no podía permitirse. La presión aumentó rápidamente, y entre las soluciones que se barajaron hubo una en particular que simbolizó la necesidad de ordenar la casa: la salida de César Pinochet Elorza, entonces director nacional de Gendarmería, quien no alcanzó a cumplir un año en el cargo.

Su salida derivó en la llegada de Isidro Solís a la cabeza de la institución. Desde su arribo, Solís —quien años más tarde sería ministro de Justicia— impulsó una profunda reestructuración del organigrama interno. En ese proceso, Claudio Martínez dejó atrás sus labores rutinarias como arquitecto para asumir el cargo de subdirector administrativo.

Tras la salida de Solís en 1993, Martínez terminó ocupando la dirección nacional de Gendarmería, cargo que mantendría hasta 1997. Su llegada, sin embargo, estuvo marcada por importantes tensiones político-militares.

“A los pocos meses de mi llegada se produce este movimiento que se llamó Movimiento de Enlace”, rememora Martínez. 

—¿Cómo lo vivió?

—Pinochet salió con tropas a la calle, después se sabe que detrás de eso estaba el tema de su hijo, que estaba siendo procesado por los pinocheques. Entonces, hay un momento dado que se resuelve esto: los militares entregaron una serie de peticiones, que eran de carácter administrativo, y en una de esas mencionan tener una cárcel militar donde pudieran cumplir condena Manuel Contreras y Pedro Espinoza que estaban siendo procesados por el crimen de Orlando Letelier y que ya se veía en el horizonte que iban a ser condenados.

—¿Qué implicó eso en su nuevo cargo?

—Mi vida cambió bruscamente. Me llamó el ministro de justicia y me planteó que el presidente de la República, don Patricio Aylwin, le ha encargado que me pregunte si nosotros en gendarmería podíamos tener preso a Manuel Contreras. Ese es el puntapié inicial.

¿Y qué sintió usted ahí? No era una tarea menor

—Sentí que la historia me había puesto en un lugar de privilegio…

Encarcelar al “Mamo”

A Claudio Martínez le encargaron el diseño de Punta Peuco sabiendo que sería principalmente para encarcelar a Contreras, con las dificultades que ello conllevaba. 

Pese a toda la presión que implicó debido a su naturaleza socialista, asegura que lo hizo siempre teniendo en cuenta “el respeto de los derechos humanos de los violadores de derechos humanos. Eso fue una especie de principio rector y eso fue lo que a todos los socialistas que participamos en este proceso nos guió en ese momento”, comenta.

Aún así, reconoce que se ganó el odio de ciertos sectores de izquierda, por lo mismo. 

Habló tres veces con Contreras. La mayoría de ellas en el hospital de Talcahuano, donde éste último había pasado sus últimos días previo a la cárcel, aludiendo a una serie de enfermedades.

Martínez sabía que el exagente de la DINA lo conocía perfectamente. Y sabía también las consecuencias que podía traer el proceso de encarcelamiento.  

En ninguna de dichas ocasiones le insultó ni lo trató mal; es más, recuerda que en la conversación en el hospital cuando le notificó que se iría preso, fue más que nada “una conversación entre enfermos”, ya que él también había tenido una crisis de hipertensión días antes.

Recuerda que la noche después de aquello, estando en Concepción, llamaron a su mamá en Chillán diciendo que iban a matarlo, tras lo cual debió estar con resguardo por días. “Ese fue el momento más duro probablemente”, recuerda. 

Pese a todo lo que tuvo que atravesar, para Claudio Martínez no necesariamente simboliza algo negativo Punta Peuco. Asegura que, a diferencia de lo que puede significar para sectores de izquierda y las víctimas de derechos humanos, para él significó un triunfo. 

“Sentí que ese ha sido probablemente el momento más importante de mi vida”, comenta Martínez. 

—¿Entonces para usted tiene cierto simbolismo positivo Punta Peuco?

—Para mí sí (…). Yo creo que el Presidente ha demostrado capacidad de resiliencia y de autocrítica, eso es muy valioso. Nadie puede decir que hay una agresión a este conjunto de presos, lo que está haciendo el Presidente es quitarle el carácter especial, con lo cual es un acto bien simbólico, pero muy importante desde el punto de vista del simbolismo, porque con esto se cierra la transición. Este es el último resabio de este proceso larguísimo. Esto es un producto de la transición. Punta Peuco es el producto quizás más emblemático de la transición. Y Boric lo cerró. 

—Usted habló de que debería ser un museo en su momento. Considerando la crisis respecto al espacio carcelario, ¿sigue pensando en que ir a hacer un museo o cree que está bien que se amplíe a presos comunes?

—Mi especialidad como arquitecto es el tema del patrimonio. Y yo creo que lo que ocurrió en esa cárcel es parte del patrimonio de nuestro país. No estoy de acuerdo que sea una cárcel cargada de puras críticas y un aspecto negativo, porque Chile fue capaz de hacer justicia. No en un 100%, pero encarcelar a los violadores de hechos humanos como se hizo, encarcelar al principal violador como fue Manuel Contreras, es parte de nuestro patrimonio como país (…). Le puedo asegurar si se hace un museo ahí sería un museo altamente atractivo porque es parte de nuestra memoria.

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