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Arelis Uribe - Carlos Rodríguez, The Clinic

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27 de Marzo de 2026

Arelis Uribe: “Las heridas sociales que originaron la reflexión para que yo escribiera Quiltras, esas no han cambiado”

La escritora Arelis Uribe, en conversación con The Clinic, reflexiona sobre la vigencia de las problemáticas sociales que inspiraron Quiltras a diez años de su publicación. La autora advierte que desigualdades como la de clase, el patriarcado y la exclusión siguen marcando la realidad chilena. También habló de su trabajo más reciente: Telepunga.

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“Me acuerdo del comedor lleno de caca de paloma, de las manchas, eran como la mezcla de blanco y gris en la paleta de un pintor, pero secas y poniéndose verde oscuro, fosilizándose en el techo, en el suelo, en las ventanas, en la mesa al lado de nuestros tapers con arroz con huevo o con porotos con rienda, calentados en el único microondas del casino. Me acuerdo que todo era cemento o era tierra. Me acuerdo del baño, con las tazas vomitando litros y litros de agua, regurgitando lo que alguien había depositado hace días, semanas o meses“. 

Así de crudos son los relatos de la escritora chilena Arelis Uribe. Así se encarga de retratar la realidad de la que es parte, de la que es testigo, de la que vivió. Una en donde sus personajes sufren abusos, violencia y luchan por encontrar su camino en la vida, la que parece tan dura para unos y tan fácil para otros. 

Este 2026, “Quiltras” cumple 10 años y la manera de celebrarlo fue sacando una reedición de esta serie de cuentos donde la portada es el clásico boleto de micro con dos estudiantes. En conversación con The Clinic, la escritora abordó el pasado, el futuro, sus inspiraciones e incluso las críticas.

Arelis Uribe – Carlos Rodríguez, The Clinic

 “Seguimos viviendo una sociedad patriarcal”

—¿Cómo te encuentra la reedición de tu libro Quiltras en comparación con su lanzamiento?

—Uff, varias cosas han cambiado. Lo bonito es que son 10 años, entonces son ciclos, son vueltas. Me encuentra más grande, era una joven, ahora soy una señora. Me encuentra en otra ciudad, yo vivía en Santiago, ahora estoy en Valparaíso y me encuentra con una vida personal distinta, como la composición de mi familia es diferente ahora y yo creo que me encuentra más madura. También con la experiencia de haber publicado y haber reconocido cómo funciona la escena literaria en Chile.

Lo que no ha cambiado es el deseo de escribir y de amar lo que hago. Me gusta mucho la literatura, contar historias a través de la palabra.

—Al comienzo del libro comentas cómo fue tu primer choque cultural, tu primer roce de clases por así decirlo ¿Cómo lo recuerdas?

—Lo que pasa es que yo crecí en Santiago sur, en distintas comunas de Santiago sur: La Granja, Talagante, San Bernardo, La Cisterna y que era rural y popular o de clase media, media baja, de clase trabajadora. Entonces empecé a ir a El Mercurio, fue como… Yo decía que me apunaba, me apunaba de subir de Plaza Italia y llegar a los jardines de Versalles del Mercurio. La verdad el búnker que tienen ahí es un espacio muy bello y una que creció en la periferia no necesariamente está acostumbrada a ese tipo de espacios tan verdes.

La belleza de la naturaleza también ha sido en la zona centro, diría yo, en Santiago también ha sido secuestrada por los privilegios de clase. Entonces fue impresionante en ese sentido estar frente a frente a la opulencia. También fue impresionante constatar la diferencia entre los otros pares. Porque muchos eran hijos de profesionales, de gente que vivía en comunas como Ñuñoa o Providencia. Que fueron lugares que yo no conocía a los 18 años, pero no son las comunes en las que crecí, ni donde estudié, ni las que habitaba.

Fue como una bofetada de la desigualdad de clases. Yo me puse frenillos mucho después, los dientes torcidos, todas esas cosas que son marcas de clase, como que verlas, vivirlas.

—¿Crees que tus relatos siguen estando vigentes o algo ha cambiado desde que los escribiste?

—Creo que las heridas sociales que originaron la reflexión para que yo escribiera Quiltras, esas heridas no han cambiado. Sigue habiendo desigualdad de clase en Chile. Seguimos viviendo una sociedad patriarcal, sigue siendo un mundo muy adultocentrista. Donde se anulan los adolescentes o las voces de los niños, sigue existiendo la homofobia, por ejemplo. Esas heridas no han sanado y pareciera que con el nuevo gobierno se van a abrir más.

—¿Sientes que con este gobierno se restrinja aún más a las voces disidentes?

—No sé. Los hechos: las primeras noticias que han surgido son conversaciones, peticiones o proyectos de acortar la edad de la gratuidad, o sea, como que no logramos financiamiento basal para la educación pública, lo que se logró es el voucher y el voucher se va a acotar. Es como un semilogro, un semiderecho que se acota, o el tema de los feriados irrenunciables. Como que tienen una mentalidad de patrón de fundo, como que las personas no pudieron descansar, que las personas solo sirven para trabajar y producir riqueza que se queda otro.

El gobierno anterior, por ejemplo, el del Frente Amplio, también estaba lleno de cuicos, pero me parece que había ciertas diferencias éticas. Las diferencias creo que son más morales.

La voz de Arelis Uribe

—En relación a tu libro y a tu relato, ¿Cómo trabajan las voces narrativas sin caer en la caricaturización de nuestras posiciones?

—Porque hablo del lugar que conozco. Porque yo crecí en Santiago sur y ese Santiago sur todavía el que habita mi mamá, el que habitan mis hermanos, el que habita mi abuela. Entonces yo escucho mucho cómo habla la gente, me escucho hablar a mí y escucho hablar a quienes me rodean, por ejemplo ahora en Valparaíso. Entonces no es una caricatura, porque es la gente con la que yo convivo.

Yo hablo de una clase media baja. Yo nunca viví en la calle, nunca viví en una toma, y mi mamá toda la vida se encargó de recordármelo. Porque mi mamá viene de muchas carencias, pero igual me decía ‘tú tienes un colchón rico y te bañas con agua caliente’. Que es una forma de decir que ella no tuvo eso. Igual yo sé que tengo privilegios, yo puedo caminar, ando por mí misma, puedo ver con mis ojos, yo sé que tengo privilegios, pero vengo de una clase media empobrecida o una clase trabajadora.

Ese es un lugar genuino, no es impostado, eso es real.

—¿Crees que ha cambiado el panorama para las escritoras chilenas?

—Sí, creo que es un lugar mucho más amable. Tú tienes que pensar que todo lo que relata Virginia Woolf en El cuarto propio. En el que dice que las mujeres no tenían derecho a escribir, que las mujeres no tenían derecho a la educación, todo eso también ocurría en Chile.

Las primeras mujeres que pudieron acceder a la educación superior fueron señoras cuicas y ellas pudieron escribir. La primera transfiguración, la primera subversión al canon masculino, blanco, europeo, hetero, fue mujeres señoras que pudieron empezar a escribir señoras de clase alta. Ya, ahí hay un cambio y tuvo que pasar mucho tiempo para que después pudieran ingresar a tener visibilización o pudiesen crear arte señoras que vienen del mundo popular.

Estoy yo, admiro mucho a Violeta Parra, la Mistral. Que también tenía sus privilegios, pero era una señora rural, era hija de profesores, no era una señora de alta alcurnia. Entonces creo que todas esas mujeres han venido allanando el camino para que hoy día existan voces como la mía, como la de Daniela Catrileo, como la de Belén Fernández Llanos. Que no son autoras que vienen de las clases altas. Venimos de las clases medias, medias bajas y que nos gusta la literatura y empezamos a crear nuestra propia escritura.

Sí creo que ha cambiado y además porque creo que hay una valoración de la figura de la Mistral que se ha ido acrecentando con el tiempo, su prestigio ha ido creciendo con el tiempo. Sus contemporáneos la vilipendiaban, no daban un peso por ella porque era autodidacta, porque era mujer, porque era queer. Creo que con el tiempo ha cambiado y eso ha contribuido a que se aprecie y se valore las voces como las que te estoy nombrando.

—¿Crees que antes se apreciaba más a Neruda que a Gabriela Mistral?

—Yo creo que son los dos valorados, pero hay algunos que… no sé, quizás tomamos bando, nos sentimos más representados. Yo me siento más representada por la Mistral porque es profesora y yo como educadora, yo devine en profesora de literatura y de escritura. Leer a Mistral es muy inspirador para tener las herramientas docentes y a la vez es inspiradora como poeta, escritora y además ella hizo política, entonces es muy multifacético.

Neruda también es todo el mundo político pero él, esto es mío y es personal, tiene poemas que yo encuentro que son nefastos. Como Farewell, por ejemplo, que habla de un hombre que embaraza a una mujer y le dice le dice chao porque no quiere hacerse cargo del hijo. Ese es el ethos del machito, del papá corazón y a mí me genera distancia.

También tiene poemas hermosos. Yo voy mucho a La Sebastiana a leer, porque es un parque precioso en Valparaíso, pero me siento más identificada con la Mistral. Ahora, no es una competencia, y esto lo voy a decir varias veces para que eso quede claro en la entrevista. No es una competencia, pero hay ciertas afinidades. Yo me siento más identificada con, no sé, Violeta Parra que con Nicanor, pero también me gusta el trabajo de Nicanor.

De Quiltras a Telepunga

—Hace poco publicaste Telepunga ¿Qué más tienes pensado a futuro?

—Tengo mucho material inédito. Una propone y el universo dispone. Entonces tengo mucho material, mucha narrativa, también tengo proyectos de poesía, no ficción. Pero tengo que trabajar en eso, que decante bien, como un fruto. Ojalá no salga verde, que salga maduro. Creo que voy a seguir publicando y si hoy día tomo el bus y me muero en el camino, mi mamá tiene las claves de todo eso. Entonces hay material inédito para seguir leyendo a Arelis Uribe.

—¿Has pensado mucho en lo que va a pasar con tus escritos cuando mueras?

—No mucho. Lo que me preocupa son mis libros, pero no mis libros autorales, sino mi biblioteca. Como que me gustaría que eso quedara en buenas manos. Pero no, no pienso mucho en eso. Pero sí mi mamá tiene acceso a una carpeta donde está todo mi material en digital, ella sabrá qué hacer. Confío en ella.

“Ojalá el viejo esté satisfecho bajo tierra”

—Telepunga es una serie de cuentos mucho, mucho más oscuros que los de Quiltras ¿Fue una especie de catarsis? ¿De botar todo lo que tenías y que te daba rabia hacia afuera, como la violencia patriarcal y los abusos?

—Sí, tiene bastante de catártico, de denuncia, aunque también de ejercicio de escritura creativa y de explorar mi propia oscuridad. De ahí que algunos cuentos se relaten desde la perspectiva del abusador, postura nada fácil para narrar. Es importante aclarar que estos cuentos fueron escritos en la misma época en que escribí los de Quiltras. Hablo del año 2013, 2014. “Casa de muñecas”, por ejemplo, es el primer primerísimo cuento que escribí. “Trenes” también es muy antiguo. Los cuentos que compendié en Quiltras los auné porque tenían un eje común (anécdotas en primera persona de chicas proletas morochas) y estos otros relatos quedaron relegados porque no me atrevía a mostrarlos, porque estaban incompletos o porque los olvidé.  

—A mi parecer, “Cuarto Medio” es uno de los tres cuentos más crudos del libro y es precisamente el que escribiste junto a tu padre ¿Cómo fue ese proceso de escritura y de compartir algo de él con el mundo?

—Con mi padre intercambiábamos manuscritos. Todos los cuentos de Quiltras él los leyó antes, me daba retroalimentación. Por mi lado yo hacía lo mismo con los textos que me enviaba él. “Cuarto Medio” es el cuento que más me impactó de los que me compartió en vida. Nunca lo olvidé. Me pareció muy bien narrado y desde una perspectiva que yo jamás había leído. Se muestra una violación de forma brutal. Cuando fui a mirar mi carpeta de cuentos antiguos este borrador estaba ahí, porque yo ya lo había trabajado. Temas de tildes y el final, que patudamente le cambié. Lo demás, lo escribió mi viejo. Él no tiene idea, porque está muerto, de que esta historia llegó a publicarse en Chile, pronto llegará a España y que se tradujo para un fanzine al inglés. Su sueño secreto era ser escritor. Ojalá el viejo esté satisfecho bajo tierra.   

—¿Cuál es tu cuento favorito y por qué?

—Mi cuento favorito es Telepunga. Es el menos oscuro del conjunto. Me gusta porque es jocoso, porque mi voz narrativa ahí es coloquial, veloz, cuma. Cuando lo redescubrí en una vieja carpeta, me encantó leerlo, porque posee un léxico muy particular. La palabra punga, por ejemplo, efectivamente yo la usaba a principios de los 2000 y he vuelto a incorporarla en mi registro. O “el muertito” que es como llaman los jóvenes pizzeros a hacer una pitanza a la tienda para robar comida. O el final, que es espectacular. Son cuestiones de las que no me acordaba y me fascinaron. Después de leer el borrador de este cuento me convencí de que debía terminar otros relatos para que “Telepunga” pudiera existir como libro. También me gusta porque me enseñó una lección: hay que escribir nomás, el tiempo ayuda a distanciarse para concluir lo que alguna vez no pudiste cerrar.   

Arelis Uribe – Carlos Rodríguez, The Clinic

Enfrentando las críticas

—No sé si leíste una entrevista que dio Simón Soto el año pasado donde dijo: “Si algún día Arelis Uribe, Rivera Letelier o Francisca Solar se convierten en clásicos, entonces te respondería que nunca hay que leer clásicos”

—Claro que lo leí.

—¿Y cómo te tomaste sus palabras?

—Fue incómodo porque ese día mucha gente me mandó la noticia. Era como estar en tu casa, que te golpearan la puerta y te ‘mira cómo te están pateando’. Fue fome, pero me sirvió para leer a Rivera Letelier, que yo no lo había leído y, pese a que hay diferencias con él, sobre todo por el trato hacia las mujeres en su libro, hay todo un universo popular que me encantó. Leí La reina Isabel cantaba rancheras y leí Santa María de las flores negras y también me gustó mucho. Tengo ganas de leer El buzón de las impuras, todavía no tengo la oportunidad.

Creo que cada uno tiene que leer y hacerse su propio juicio. También creo que es muy válido que a él no le gusta mi trabajo.

—¿Has leído a Simón Soto?

—No, no creo que lo lea.

—Tu estilo de escritura es súper marcado y muy directo ¿Eso lo decidiste como un acto político o solo se dio?

—Sí, es como arrojado. Yo publiqué un libro que se llama “Que explote todo”, que son mis columnas de opinión, y ese libro salió con la editorial Los libros de la mujer rota y luego yo no renové el contrato porque quería volver a mirar ese material y decidir bien si quería aun que esté circulando, básicamente. Ahora vine en el metro releyendo ese material y leí la primera columna y me puse a llorar porque es muy desgarrado como escribía en ese tiempo. Son muy honestas las columnas, como que pongo mi corazón sobre la mesa.

¿De dónde viene eso? Yo creo que es un arrojo de juventud y también es un arrojo de que yo estaba empezando y como nadie me conocía entonces podía decir lo que quería. Ahora creo que me cuido más, o sea, en el sentido de que no me quiero exponer tanto, pero en esa época no me importaba exponerme. Cuando algo me daba rabia, yo escribía columnas y lo publicaba. También tuve todo este gesto de escribir los cuentos de Quiltras, que también son muy arrojados, muy desgarrados.

Yo tengo un estilo coloquial, me gusta mucho. Ahora estaba releyendo por ejemplo las columnas y digo poto, muchas veces y son columnas políticas, pero estoy hablando de la diferencia del trato del cuerpo de las mujeres, por ejemplo, en una sociedad patriarcal. Entonces es muy coloquial mi estilo, pero eso fue una intuición de no escribir de manera pretenciosa y terminó quedando muy coloquial. Me gusta porque es sencillo pero dice lo que tiene que decir.

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