Secciones

The Clinic
Buscar
Entender es todo
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad
Editorial 26 de Abril de 2026

Editorial: El sueldo se encoge y el riesgo se agranda

Compartir

Ir al supermercado en Chile dejó de ser una rutina para convertirse en una experiencia casi política. Uno entra con una lista y sale con una pregunta: ¿En qué momento el costo de vida superó la capacidad de generar ingresos para tantas familias?

Ese es el verdadero termómetro del país. No el discurso, no la promesa, no la cifra macro. Es el carro medio vacío, la cuenta más alta, la sensación persistente de que todo sube… menos el ingreso.

En Chile, el alza del costo de la vida ya no es una percepción, es una condición estructural que está erosionando silenciosamente la confianza social y económica desde el segundo gobierno de Michelle Bachelet.

Los datos lo confirman. Según cifras de un sondeo realizado por Cheaf, recientemente publicadas por The Clinic, un 88% de los chilenos declara que su gasto en alimentos ha aumentado. No es marginal: es masivo. Y no es abstracto: se siente en productos concretos como los huevos y las carnes, que han liderado las alzas. Lo cotidiano —lo básico— es hoy lo más tensionado.

Mientras tanto, el debate público está en otra frecuencia. Porque para la gran mayoría de los chilenos la economía no es una discusión técnica, es la experiencia diaria de frustración ante las múltiples necesidades de las familias. Y ahí es donde se produce la desconexión. Porque cuando la economía se vuelve adversa, la desilusión encuentra otros canales y donde no llega el Estado, llegan otros actores.

El ciclo es sencillo: cuando el costo de la vida sube, lo primero que baja es la calidad de vida. Luego, la capacidad de proyectar. Y finalmente, surge la desesperanza.

El problema no es solo que los precios suban. Es que lo hagan de forma persistente, concentrada en bienes esenciales y en un contexto donde el crecimiento, que es la primera preocupación de los chilenos según diversos estudios de opinión, sigue siendo incierto. Esa combinación es explosiva: menos dinamismo económico y más presión sobre el bolsillo. Un cóctel que no solo afecta el consumo, sino que reconfigura expectativas, decisiones familiares y, finalmente, la cohesión social.

Chile ya vivió un momento en que las cifras no lograban explicar el malestar. Hoy estamos viendo una versión más silenciosa, pero no menos profunda. Un ajuste que no se declara, pero se practica: se compra menos, se posterga, se reemplaza, se resigna.

Y ahí está el punto ciego. La economía no se juega solo en el Banco Central ni en Hacienda. Se juega, todos los días, en la mesa de la casa. Ignorar eso no es solo un error técnico. Es un riesgo político. Porque cuando vivir se vuelve más caro que avanzar, el país entero empieza a retroceder. La alternativa a este escenario es volver a poner en el debate, junto a lo técnico, la esperanza  y empatía.

Notas relacionadas