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Isidora Cabezón, directora ejecutiva del Centro para la Revolución Tecnológica: “La creatividad es la que le agrega valor a la tecnología, porque la tecnología por sí sola, no avanza”

Mientras la revolución de la IA amenaza con reemplazar oficios y borrar la huella humana, un laboratorio instalado dentro del Movistar Arena apuesta exactamente por lo contrario: usar tecnología de punta para expandir la imaginación, generar empleos y encontrar soluciones a distintas industrias. “Ya no se trata de qué podemos hacer con la tecnología, ahora es qué queremos hacer con la tecnología”, plantea Isidora Cabezón, cabeza del CRTIC, el Centro para la Revolución Tecnológica en Industrias Creativas, que busca convertir a Chile en una potencia de la “tecnocreatividad”, donde la chispa humana es irreemplazable.

Por 9 de Mayo de 2026
Francisco Poblete
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En el tercer piso del Movistar Arena hay un laboratorio. Con computadores, cámaras, un fondo verde que permite hacer entornos virtuales o capturas de movimientos para generar avatares de humanos; se complementa con un segundo espacio, ubicado en otro sector del famoso lugar de conciertos, donde además de oficinas, hay un estudio Dolby Atmos Home.

Con tecnología de punta y sendos tubos de fibra óptica, se puede convertir el sonido de cualquier presentación arriba del escenario, junto a su público, en una grabación de experiencia inmersiva. Es la sede del CRTIC, o el Centro para la Revolución Tecnológica en Industrias Creativas.

“Lo que busca el proyecto es que estas nuevas tecnologías, con la creatividad -y esa es la diferencia- va a agregar valor. No es el uso de la tecnología o el desarrollo tecnológico en sí mismo. Nosotros no hacemos tecnología, nosotros ocupamos esta tecnología, le agregamos la capa creativa y generamos resultados improbables, curiosos, fuera de la caja. Y la idea es trabajar para industrias audiovisuales o también buscar soluciones creativas tecnológicas para otras industrias”, explica la directora ejecutiva Isidora Cabezón.

El concepto con que trabajan en CRTIC es la “tecnocreatividad”. Así, dictan talleres, donde los asistentes aprenden a usar los programas para hacer las gráficas 3D más revolucionarias del momento y poder aplicarlas desde en una película, a un escenario de charlas o la presentación de nuevos camiones de la minería. También pueden aprender a usar el sonido envolvente para una obra de teatro o un congreso multitudinario de cualquier temática. Además, CRTIC tiene residencias, para quienes busquen llevar sus proyectos, de diversas índoles, un paso más allá dentro de la revolución tecnológica.

La ambición es partir con los aliados naturales, del arte, diseño, audiovisual y más, para también pasar barreras al mundo de las grandes empresas o la salud. “Hoy día la capacidad que tiene el sector creativo para marcar una diferencia, es que pueda utilizar esas tecnologías y agregarle valor con el talento propio, que es la creatividad. ¿Que es la creatividad? La que le agrega valor a la tecnología, porque la tecnología por sí sola, no avanza”.

En medio de los pánicos de una revolución digital que avanza a velocidad de la luz, y de que la IA nos va a jubilar a todos, el CRTIC se abre un espacio para probar, aprender, equivocarse, e inventar, de la mano de esta ola. ¿Puede haber algo más humano que eso?

El estudio de sonido de vanguardia de CRTIC. Foto: Francisco Paredes – The Clinic

Un laboratorio de creatividad

El CRTIC nació el 2019, cuando desde CORFO se hizo un diagnóstico del sector de las industrias creativas con las nuevas tecnologías. “Y se dieron cuenta de que no estábamos al día con lo que estaba pasando y que con eso había una oportunidad”, explica Cabezón. “Si nosotros al sector creativo, con las nuevas tecnologías, le ponemos una infraestructura estratégica público-privada para que crezcan en el tiempo, va a generar valor para todo el país, no solo para un sector”.

Así, se hizo un concurso de consorcios, con uno finalmente adjudicándose por una década el proyecto: se armó la Fundación para la Revolución Tecnocreativa -que no tiene fines de lucro-, que une a la empresa Bizarro Live Entertainment (los mismos, por ejemplo, del Festival de Viña u otros mega conciertos), junto a la Universidad de La Frontera, Inria Chile (instituto francés de investigación), el Centro de Innovación UC, Screen Capital, Santa Cruz IP (estudio de abogados expertos en propiedad intelectual), la Corporación Regional de Santiago y la misma CORFO.

CRTIC nace con el mandato de: “acercar el I+D+i (Investigación + Desarrollo + innovación tecnológica) a iniciativas del sector creativo, propiciando proyectos que impacten, diversifiquen y fomenten la matriz productiva nacional”, según explica su manifiesto.

Parte del laboratorio CRTIC. Foto: Francisco Paredes – The Clinic

Con dos años en suspensión por la pandemia, finalmente en 2022 las oficinas aterrizaron en el Movistar Arena. Además, por su relación con la UFRO, tienen Nodo Sur, su “embajada” en Temuco y Pucón, para descentralizar y enfocarse en armar también un ecosistema tecnocreativo en la Macro Zona Sur.

“Hemos capacitado a más de 1.700 personas. En herramientas tecnológicas de alto nivel, de vanguardia. Y esas personas hoy día constituyen una masa crítica, que no solo hace que, por ejemplo, la industria audiovisual pueda incorporar herramientas para la animación, sino que también entregan servicios al mundo agroalimentario. Hemos trabajado con muchas pymes creativas, que hoy día le entregan servicio al mundo de la kinesiología, al mundo de la salud mental, salen a otros espacios”, explica la directora ejecutiva.

Para hacerse una idea concreta de qué trabajan en estos laboratorios: entre algunos de los casos más destacados que han pasado y crecido con CRTIC, está, por ejemplo Hai Labs, que desarrolla a partir de su residencia en la institución, el prototipo de realidad virtual Sacramentinos 360°, centrado en la Basílica de los Sacramentinos. Este proyecto propone la activación simultánea de patrimonios materiales e inmateriales, y ha sido presentado en diversas instancias como CHACO, la Bienal de Arquitectura, o ETM Day.

También está el caso de Alden XR, creada por el residente Ricardo Tapia, una experiencia que utiliza técnicas de visualización positiva para generar efectos beneficiosos en personas afectadas por estrés, ansiedad y dolor. El proyecto transforma tecnologías inmersivas en herramientas terapéuticas especializadas, orientadas al cuidado de la salud y la mejora de la calidad de vida.

O Alma Digital Studio, un estudio de arte inmersivo que ahora reside en Barcelona, que fusiona tecnología, ciencia y arte para crear experiencias orientadas al bienestar y la exploración interior. Diseñan entornos multimedia enfocados en la meditación, la espiritualidad y nuevas formas de narrativa inmersiva, propone experiencias sensoriales.

Cabezón cuenta: “Ya llevamos tres años y medio, ya nos hemos equivocado en hartas cosas, hemos aprendido hartas cosas, hemos trabajado cantidad. Todos en el equipo hemos tenido que ir capacitándonos para estar al día, este es un proyecto que te pide, que te pide, que te pide. Entonces ya tenemos una mirada que nos permite decir: Chile tiene la posibilidad de hacer proyectos más complejos. Podemos hacerlo: ¿y qué queremos hacer? La tecnología ya está, las habilidades ya están, las necesidades están, entonces ¿a dónde queremos apuntar?”.

De IA y otros miedos de tecnología

—Uno de los grandes miedos hoy en día para las industrias creativas y para las personas que trabajan en cultura y creatividad, es que nos vamos a quedar todos sin trabajo con la IA.

—Claro, esa preocupación claramente la comparten muchos sectores, no solo el sector creativo.
¿Cuál es mi mirada? No solo porque soy una mujer muy esperanzada en el futuro, sino que porque también las investigaciones y los datos apuntan hacia allá, es que al final la tecnología se va a ir convirtiendo cada vez más en un commodity. Todo el mundo va a tener que utilizar tecnología, todo el mundo más o menos va a utilizar inteligencia artificial. Entonces los trabajos que eventualmente se van a reemplazar son los rutinarios. El mundo creativo no es rutinario de base.

El mundo cultural, artístico, creativo, este gran campo fértil, sí va a tener un espacio; van a ser esos creativos los que van a hacer la diferenciación en el uso de las tecnologías. Lo que va a generar una diferencia son aquellas personas que van a ser disruptivas, que van a tener pensamiento crítico, que van a pensar fuera de la caja o que van a saber utilizar muchas tecnologías de una forma crítica y creativa para una solución distinta.

Y esas personas de forma natural tienden a ser los artistas y creativos. Entonces nuestro llamado como CRTIC y nuestra misión y en lo que estamos es primero que esos artistas o que ese mundo creativo adopte esas tecnologías.


Isidora Cabezón en las oficias de CRTIC. Foto: Francisco Paredes – The Clinic

A veces uno siente que avanza tan rápido la IA, que se va borrando la huella humana. ¿Crees que todavía hay una chispa humana que hace la diferenciación?

—Sí, yo sigo creyendo fielmente eso y espero no dejar de creerlo nunca. Además, cuando uno ve las revoluciones tecnológicas en general, desde la revolución industrial para adelante, todos estos grandes cambios desde el vapor hasta la inteligencia artificial, han llevado primero una etapa de colapso total. Esta cuestión nos va a desbordar, va a quitar las pegas, se va a caer el futuro, los niños van a perder perspectiva, todos los pánicos está bien que ocurran porque son irrupciones muy violentas para la forma en que la sociedad está organizada.

Lo que pasa después generalmente es que todo eso se acomoda. Y ese acomodo es el que a mí me interesa.

Ya no se trata de qué podemos hacer con la tecnología, ahora es qué queremos hacer con la tecnología. Ese es el acomodo. Y tiene que ver, a mi juicio, con que más allá de que estemos preparados, también entendamos que el mundo es híbrido. Hoy día ya no es 100% físico, pero tampoco va a ser 100% digital, eso también es una ilusión.

También lo que tenemos que hacer es cuándo vamos a ocupar tecnología, cómo la vamos a ocupar, y que efectivamente eso agregue valor al trabajo, a la vida diaria.

—¿Cómo ves la industria chilena tradicional? Uno tiene la sensación de que Chile es bastante cuadrado y adverso al cambio para sus empresas. ¿Cómo ves el introducirles la tecnocreatividad como una solución y no solamente un adorno?

—Bueno, todavía estamos en un camino medianamente áspero. Efectivamente hay mucho trabajo ahí que hacer. Pero hay algo que es interesante y que lo veo en estos encuentros donde participo en el mundo del deporte, el mundo Fintech u otros: así como antes Chile se abrió el boom de las startups y el emprendimiento, hoy día yo veo que hay una tendencia,el espacio donde nosotros estamos entrando.

La tecnocreatividad te permite generar innovación y eso es un valor. Y ahí en eso somos competitivos, porque con el uso de una tecnología de punta bien manejada, va a agregarle valor a la minería, va a agregarle valor a la construcción, va a agregarle valor al turismo.

Ahí yo veo que la empresa tradicional o las instituciones que son más tradicionales, entienden que la innovación parece que es donde hay que entrar. Y ahí nosotros vemos que la puerta está un poquito abierta.

En la última semana se sumó el debate el tema de propiedad intelectual dentro de la creatividad, por el artículo 8 de la nueva reforma del gobierno. ¿Desde acá cómo lo ven?

—Creo que la redacción sí genera ambigüedad e incertidumbre y por lo tanto entiendo y comparto esa aprehensión respecto a cómo está escrito. Porque sí eventualmente puede vulnerar los derechos de los que son dueños de esas obras. Creo que la redacción debería mejorarse, idealmente distinguiendo entre fines científicos y fines comerciales.

Es importante que existan excepciones a la ley. Porque las excepciones son las que permiten que haya investigación e innovación. Por lo tanto, es que la modificación que se debería hacer a la Ley de Propiedad Intelectual en este contexto, es que tiene que distinguir entre fines de investigación o científicos y fines comerciales.

Y también sería súper bueno que existiera el mecanismo de “opt out”, donde tú como titular de los derechos te puedes salir o decir que no utilicen tu data, como es el caso europeo. Porque así ordena de forma más natural y genera espacios para negociar un valor económico de tu propiedad intelectual o de tus derechos de autor. Y también genera espacios para la innovación, que es lo que necesitamos para que una sociedad avance.

—Finalmente ¿cuál es tu sensación de hacia dónde vamos, de qué es lo posible en este momento? Qué es lo que te ha asombrado dentro de este mundo nuevo. A mucha gente, puede todavía darle mucho vértigo.

—Bueno, efectivamente nosotros tenemos que administrar, institucional y personalmente, la ansiedad, porque la histeria tecnológica también es una cuestión que te puede convertir en un hámster por la última tecnología.

Pero tratando de salirse de ese pánico que a veces ocurre, a mí lo que me gusta de este proyecto y del espacio en el que estamos trabajando es la construcción de lo posible. Porque no ha existido esto antes, entonces uno encuentra modelos de cosas, pero la posibilidad de generar un entorno que le agregue valor a un país o una sociedad donde esas tecnologías no te dominen, sino que tú te pares arriba de esa tecnología y tú digas para dónde quieres ir.

Es un poco la sensación que me da con Artemis II. Este es un viaje donde efectivamente estamos yendo al espacio, pero estamos yendo en buenas condiciones. Uno podría perderse de rumbo y llegar nunca a ni una parte, porque el universo es infinito y no sabemos dónde termina.

Pero si nos subimos a una buena nave, con cierto riesgo, pero con la mayor cantidad de riesgo controlado, probablemente vamos a poder llegar a la luna y después volver. Y si lo hacemos bien, después la próxima vamos a aterrizar, y después vamos a estar un ratito ahí.

Entonces creo que va por ahí la idea de que se pueden hacer cosas Y ahí creo que es súper importante que haya una ética que acompañe ese viaje, porque si no pierde sentido. Tiene que haber una mirada de bien público, tiene que haber una mirada sobre lo humano, el valor de lo humano, porque si no, ¿Para qué vamos a hacer todo esto?

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