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Editorial 10 de Mayo de 2026

Editorial: Ser madre en un Chile que envejece

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En Chile, el Día de la Madre suele venir envuelto en flores, desayunos, cartas y dibujos llenos de mensajes de cariño y una épica doméstica que insiste en presentar la maternidad como destino natural, sacrificio silencioso y amor incondicional. Pero detrás de esa postal hay una pregunta mucho más incómoda: ¿qué significa ser madre en un país donde cada vez nacen menos niños, vivimos más años, los hogares son más pequeños y las mujeres siguen cargando buena parte del cuidado material y emocional de las familias?

Chile está cambiando rápido. Según el INE, la tasa global de fecundidad llegó en 2024 a cerca de 1 hijo por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional de 2,1.  El Censo 2024, además, confirmó un país más envejecido: 18,48 millones de personas censadas, con una proporción creciente de adultos mayores y un acceso a la vivienda cada vez más lejano. La maternidad, entonces, ya no puede ser leída solo como una decisión íntima. También es un espejo brutal de nuestras condiciones sociales.

Porque muchas mujeres no están diciendo simplemente “no quiero ser madre”. Están diciendo: no quiero criar sola. No quiero elegir entre trabajar y cuidar. No quiero perder autonomía económica. No quiero convertirme en administradora invisible de la casa, de los vínculos, de los cumpleaños, de las horas médicas, de la culpa y de la estabilidad emocional de todos. La baja natalidad no se explica por falta de amor a los hijos. Se explica, en parte, porque Chile sigue tratando la crianza como un asunto privado de las mujeres, mientras el país completo se beneficia de que alguien críe, cuide, eduque y sostenga.

Ser madre en Chile hoy es habitar una contradicción. Por un lado, nunca hubo más libertad para decidir: tener hijos, no tenerlos, postergarlos, criar de otra manera, formar familias distintas, romper con la maternidad obligatoria. Esa libertad es un avance civilizatorio. Por otro lado, esa decisión se toma en un escenario caro, exigente y desigual: vivienda difícil, jornadas laborales extensas, una ley de sala cuna que no avanza, y redes familiares más frágiles, por nombrar algunas de la variables. La maternidad dejó de ser mandato, pero todavía no se convirtió plenamente en una opción acompañada. 

No basta con celebrar a las madres si después se las deja solas. No basta con decir que son “el pilar de la familia” si ese pilar está agotado, endeudado, trabajando dentro y fuera de la casa, cuidando niños y también padres mayores. En un Chile que envejece, muchas mujeres son madres, hijas cuidadoras y trabajadoras al mismo tiempo. Son la bisagra de un país que todavía no construye una verdadera organización social del cuidado.

Pero también hay una oportunidad. El cambio demográfico puede obligarnos a conversar en serio sobre maternidad, corresponsabilidad y futuro. Puede empujarnos a dejar de romantizar el sacrificio y empezar a diseñar políticas públicas y culturas laborales que permitan criar sin desaparecer. Sala cuna universal, permisos parentales compartidos, flexibilidad real, ciudades más amables con niños y adultos mayores, colegios que acompañen, empresas que entiendan que cuidar no es una interrupción de la productividad sino una condición para sostenerla.

La maternidad en Chile no necesita más idealización. Necesita respeto. Respeto por quienes quieren ser madres y por quienes no. Respeto por quienes crían en pareja, solas, con ayuda de abuelas, redes, amigas o comunidades. Respeto por quienes aman a sus hijos, pero están cansadas. Respeto por quienes descubrieron que ser madre no borra el deseo propio, la ambición, la rabia ni la necesidad de una vida personal.

Este Día de la Madre podríamos cambiar el libreto. Menos “gracias por todo, mamá” y más “qué hacemos para que no tengas que hacerlo todo tú”. Porque si Chile quiere hablar en serio de natalidad, envejecimiento y futuro, debe partir por una verdad sencilla: ningún país puede pedir más niños si no está dispuesto a cuidar mejor a quienes los crían.

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