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Las madres que recurrieron a un ‘Tinder de mamás’ porque sus hijos ya no encuentran otros niños en las plazas: crecer solos en el Chile de la baja natalidad

En un país con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo y donde una de cada cuatro mujeres enfrenta depresión posparto, criar empieza a parecer cada vez más una experiencia solitaria. Este reportaje, construido a partir de testimonios de madres de distintas edades, reúne historias de mujeres que van a plazas sin niños y que han tenido que buscar redes en internet porque sus hijos no tienen primos ni vecinos de su edad. En ese recorrido aparecen también la culpa y episodios de salud mental atravesados por un algoritmo que instala una idea de una maternidad perfecta difícil de alcanzar.

Por 9 de Mayo de 2026
Fotos: The Clinic
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Hace unas semanas, en la pauta de The Clinic debatimos qué tema llevar para el Día de la Madre. Un cliché periodístico: colgarse de una efeméride para escribir. En la redacción coincidimos en evitar lo sensiblero y también a los famosos hablando de cómo sus madres les permitieron llegar a donde están.

Al mirarnos entre nosotros apareció algo más concreto. En un equipo de más de 25 trabajadores sólo dos periodistas son madres. Ambas con un solo hijo. La escena se sintió como una proyección de lo que ocurre fuera de este medio, en el mundo real. ¿Cómo es crecer en un país con cada vez menos niños?, nos preguntamos. ¿Qué implica para las madres criar en un lugar que, de a poco, parece dejar de tenerlos?

La pauta se armó en conjunto, pero me tocó a mí ejecutarla, con la distancia inevitable de estar escribiendo —siendo hombre— sobre algo que no me pertenece. Anoté esas mismas preguntas en mi libreta. Después las pasé al teléfono y las subí a una publicación de Instagram, buscando testimonios entre amigos, conocidos y amigos de mis amigos.

El resultado fue inmediato. En menos de un día, más de 30 madres me escribieron. La mayoría mujeres que no conocía y que se abrieron rápido, como si el tema estuviera ahí, esperando.

Una de las primeras en escribirme fue María, una ex colega a quien no veo desde hace más de cinco años.

–Cada vez estoy más convencida de que ser mamá es un acto revolucionario –me dijo.

–¿Por qué? –le pregunté.

–Porque muchas veces me siento atrapada y sola, en una vida que sigue como si los niños no existieran.

Esa idea volvió en otros mensajes. Menos hermanos, menos primos, menos cumpleaños infantiles, menos panoramas con niños, menos espacios pensados para ellos. Y también una sensación más difícil de explicar: que criar hoy implica sostener algo que el resto parece haber dejado de mirar.

Dominique, madre de Julieta y Santiago, me escribió para hablar justamente de eso.

–Tengo un grupo grande de amigos y, curiosamente, ninguno de ellos es papá –me dice–.

Le pregunto si siente que hoy tener hijos dejó de ser parte de la idea de éxito que existía antes.

–Sí, totalmente. Hoy siento que se invirtieron las cosas. Como que el sinónimo de éxito es no tener hijos. No estoy de acuerdo, pero lo entiendo, porque tenerlos hoy es costoso psicológicamente, monetariamente y en el tiempo. Implica renunciar a muchas cosas y sostener muchas otras.

Cada testimonio me dejó la misma sensación: esas mujeres, esas madres, tenían palabras atoradas en la garganta. Necesitaban hablar de esto.

Dominique y sus hijos

¿Un suicidio colectivo?

Hablé con María José. Tiene 30 años, es diseñadora y trabaja de manera freelance en marketing digital. Fue mamá a los 27, en un embarazo que no planificó pero que decidió continuar. Vive en Santiago y, como varias de las mujeres que escribieron, ha tenido que armar su propia red de apoyo desde cero.

–En mi caso, mi hija es la única nieta, la única bisnieta, la única sobrina. No tiene primos, no tiene hermanos. Entonces también tienes que salir a buscarle esos vínculos afuera —me cuenta–.

–He tenido que salir a buscar redes de apoyo. Hacerme amigas en el parque, meterme en grupos de mamás, ir a cafeterías. Son como mis “mamás amigas”, mujeres que están en la misma, porque en tu círculo cercano no hay nadie criando –añade.

En medio de la conversación, su reflexión se corre un poco de la experiencia personal y apunta a algo más estructural: la ciudad –cada vez con menos niños– también se está volviendo un lugar hostil para madres e hijos.

–Me empecé a cuestionar el espacio. La ciudad no te invita a maternar. Vas a museos y no hay acceso para coches, las cafeterías no tienen silla de guagua ni mudador. Todo parece pensado para adultos. Entonces no es solo que haya menos niños, es que tampoco hay lugares pensados para ellos.

María José junto a su hija Olivia

Mientras más testimonios se acumulaban en mi buzón, Informe Especial publicó un análisis de la concentración de nacimientos por comuna en Chile.

Las cifras muestran cómo la infancia no solo disminuye, también se reparte de forma desigual. En comunas más ricas como Vitacura o Las Condes, los niños nacen cada vez menos; en otras como Alto Hospicio o Puente Alto, los niños todavía concentran una mayor proporción de la población. No es solo que nazcan menos, sino que crecen más separados entre sí, en entornos donde cada vez hay menos pares. Lo que aparecía en los mensajes –esa sensación de criar casi en solitario, de moverse en espacios pensados para adultos– empieza a tener una forma más concreta.

Esas cifras se suman a las dadas a conocer por el INE en marzo de este año. Chile tiene una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo y seguirá cayendo en los próximos años. Hoy, los niños entre 0 y 5 años representan menos del 6% de la población urbana, una base cada vez más estrecha que anticipa un país más envejecido.

El mismo Elon Musk, dueño de la plataforma donde leo estas noticias, se refirió a la natalidad chilena hace unas semanas. “¡Este suicidio colectivo de la humanidad necesita dar un giro!”, escribió, sobre un gráfico que tenía a Chile en el centro, con una tasa de natalidad más baja que la de Japón.

Una nueva perspectiva masculina, pienso.

Hablo con nuestra columnista de temas de género y me recomienda consultar con Martina Yopo, socióloga, profesora de la Universidad Católica y la voz de la crisis de la reproducción en Chile. Al teléfono responde.

–En Chile la maternidad estuvo por mucho tiempo muy naturalizada y sacralizada, como una identidad central para las mujeres –me dice–. Hoy eso ha cambiado, lo que es positivo en términos de autonomía. Pero al mismo tiempo también se ha develado como una experiencia con altos costos, con cansancio y agobio. En ese proceso, –en algunas ocasiones– hemos pasado de idealizarla a estigmatizarla.

Hace una pausa y sigue:

–Chile tiene una disminución muy acelerada de la tasa de fecundidad. Eso se explica por más personas que no tienen hijos, por la postergación de la maternidad, pero también por familias que tienen cada vez menos hijos. Han disminuido mucho las familias con tres o más hijos y han aumentado las de uno. Antes era raro, hoy es cada vez más común. 

Le menciono los mensajes que recibí, las mamás que hablaban de criar solas, de tener que buscar con quién se junten sus hijos.

–Claro –dice–. Hoy las madres no solo tienen que cubrir lo básico o lo afectivo, también se sienten responsables de gestionar la vida social de sus hijos.

–¿Antes eso no pasaba tanto? –le pregunto.

–No –responde–. Es más trabajo en la crianza. Es otro tipo de trabajo que se suma a todo lo demás. Y ahí sigue habiendo un componente de sesgo género bien fuerte.

“En las plazas ya no hay niños”

Pienso en lo que decía Martina Yopo, eso de que hoy las madres también se sienten responsables de gestionar la vida social de sus hijos en un contexto donde hay menos niños. La historia de Maite, una geógrafa que leyó mi posteo y me contactó por redes sociales, se parece mucho a esa idea.

Al teléfono me cuenta que fue mamá a los 30 y que es la primera –y única– de su grupo de amigas en ser mamá.

–Al final me di cuenta de que muchas estamos solas. Muchas no tenemos amigas que estén criando ni conocidas –dice–. Tengo red de apoyo, familia, amigas, pero no tengo a alguien que esté en la misma etapa que yo.

Para Maite, ser mamá en ese contexto es difícil para ella, pero también para la formación de su hija, que nació con displasia de cadera.

–Nosotros vamos a la plaza y no hay niños. Estamos solas, aburridas. Yo salgo a la calle y no veo tantos niños, y eso que cuando una es mamá empieza a ver a todas las mamás. Pero aun así no veo. Voy a plazas en San Joaquín, en Ñuñoa, en Santiago Centro. Esa sensación de ir a la plaza y no encontrarte con otros niños la encuentro muy heavy–.

Me cuenta que, por la condición de su hija, se acercó a un grupo de WhatsApp de madres que compartían sus experiencias criando a hijos con displasia. Ahí se dio cuenta de que muchas se sentían criando solas, y que las conversaciones ya no giraban solo en torno a la enfermedad, sino también a lo cotidiano: lactancia, alimentación, horas de sueño.

En ese entorno digital encontró lo que no halló en las plazas. En internet llegó a una página argentina que proponía una especie de “Tinder de mamás”, es decir, encuentros entre mujeres. En los comentarios leyó a varias chilenas y se sumó a un grupo de 50 madres que buscaban lo mismo.

–Todas coincidíamos en lo mismo: ninguna tenía amigas criando. Al final lo usamos para cosas súper básicas, como salir a caminar o juntarnos con los niños –me dice–.

En ese grupo Maite se dio cuenta de que la situación para muchas madres puede ser más angustiante de lo que aparece.

–Una vez una chica nos contó que tenía ideaciones de hacerse daño –me dice–. Estábamos todas en el grupo, pero nadie sabía dónde vivía, ninguna tenía el contacto de su familia.

Intentando reordenar sus recuerdos de ese momento continúa.

–Estábamos todas preocupadas, no sabíamos qué hacer, no sabíamos a quién contactar.

La culpa de las mamás

Pienso en esa mujer. En el estrés posparto. En criar sola. En la psicología que hay detrás de eso. Le escribo a la psicóloga infantil de la Clínica Alemana, Mireya Sepúlveda. Le pregunto lo mismo que a las madres.

–La baja natalidad preocupa por distintas cosas –me responde–. Una de ellas es que la salud mental materna puede verse afectada cuando en su entorno hay menos mujeres viviendo lo mismo. Eso hace que estén más solas y que las redes de apoyo pasen más por redes sociales.

–Algo que es importante considerar –agrega– es que las madres que están a cargo del cuidado tienen, en general, una sensación de soledad. Incluso estando acompañadas, con red de apoyo, aparece la idea de que una es irreemplazable para muchas funciones del cuidado. Y eso se intensifica cuando ves que en tu entorno hay menos mujeres decidiendo ser madres.

A ese escenario suma otro dato.

–El número de mujeres que tienen depresión posparto no es menor: es una de cada cuatro. Y también aumentan los rasgos de ansiedad. Porque la crianza puede ser algo muy satisfactorio, pero también implica una carga importante.

Pienso que una de cuatro madres que conozco lo pasó realmente mal. Luego vuelve sobre lo que aparece en las pantallas.

–Y ahí aparece otro problema: una maternidad muy idealizada y poco realista. Se transmite una imagen donde las guaguas duermen de corrido, donde los niños no desordenan ni se mueven. Es una mirada muy desde el adulto hacia la infancia.

Gracias al testimonio de Maite, tomo contacto con Agustina, madre de una guagua de 9 meses y creadora del grupo de Whatsapp. Tiene 35 años y vive en Limache. La conversación parte por el episodio que Maite había mencionado: una de las integrantes intentó hacerse daño. Según cuenta Agustina, hoy está mejor y una de las integrantes mantiene contacto con ella.

Agustina lo cuenta con cuidado.

—Tuvimos una situación complicada con una de las chicas –me dice–. En estos grupos una se descarga, habla de muchas cosas, pero no siempre sabes qué está pasando del otro lado.

El grupo, explica, se fue armando como un espacio cotidiano entre mujeres que no se conocían.

–Sobre todo al inicio, cuando tienes una guagua, estamos muy solas. Cuesta salir de la casa, no siempre hay red de apoyo más allá de la familia y no hay algo desde la comuna o el Estado que te acompañe. Entonces todo depende de una. Por eso quise crear un espacio donde pudiéramos hablar tranquilas y ver que no estábamos solas.

Hoy el grupo reúne a una veintena de mujeres de distintas ciudades.

–En el día a día se hablan cosas que parecen normales, pero que una siente que vive sola. Dudas de si lo estás haciendo bien o mal, situaciones con la pareja, con la familia. Esa sensación de culpa aparece todo el tiempo.

Mamás y amigas

Gracias al testimonio de otras madres, tomo contacto con Fernanda, actriz, quien me escribió tras ver la publicación. Tiene 30 años. Fue mamá adolescente a los 15 años y hace dos años decidió tener otro hijo, esta vez desde un lugar distinto, como una forma –dice– de resignificar su maternidad.

–Fui mamá muy chica y ahora decidí ser mamá de nuevo para vivirlo con otra mirada –me cuenta–. Pero sí, es súper solitario. Cuando uno es mamá, te aíslan. Con querer o sin querer, pasa. No tienes tiempo, la gente sabe que no tienes tiempo y te dejan de incluir.

Le pregunto por su experiencia en el trabajo, en su rubro.

–A mí me pasó que mis amigas hicieron proyectos y no me contemplaron –dice–. Y cuando les pregunté, me dijeron que era complicado por mis tiempos. Pero ni siquiera me preguntaron. Yo igual quiero trabajar, quiero ejercer, pero también quiero estar con mi hijo. Y ahí uno queda en un lugar súper raro.

Ese “lugar raro” aparece también en lo social.

–Mis amigos siguen en una lógica mucho más juvenil –dice–. Carrete, alcohol, ese tipo de espacios. Y yo no puedo llevar a mi hijo ahí, ni tampoco les voy a pedir que cambien eso. Entonces simplemente dejo de ir. Y eso te va aislando.

SANTIAGO (CHILE) 7/5/2026 – Fernanda junto a su hijo Facundo. (Francisco Paredes / THE CLINIC)

Cuando la conversación vuelve a los niños, el diagnóstico se repite.

–Hay pocos niños, pocos espacios para que jueguen –dice–. Antes uno salía a la calle y estaban los primos, los vecinos. Ahora eso no pasa. Yo intento generar esos espacios, pero es difícil. Todo termina pasando más en la casa o conmigo.

Y agrega algo que conecta con lo que ya había aparecido en otros testimonios:

–Al final uno termina siendo todo para el hijo. Los juegos, la compañía, la interacción. Después eso se nota: les cuesta más relacionarse solos, necesitan que uno esté ahí, como mediando.

El segundo testimonio viene de otra generación. Es la mamá de una amiga y excompañera de universidad. Tiene 50 años y fue mamá en dos momentos distintos, con más de 20 años de diferencia: 

–Mi hija mayor creció en los noventas rodeada de niños –me cuenta–. Aunque era hija única, siempre estaba con primos, con amigos del condominio, jugando afuera. Nunca fue un problema.

La diferencia, dice, se volvió evidente con su hijo menor.

–Ahora es distinto. Él está mucho más solo. No estamos en condominio, no tiene tantos niños cerca y eso se nota. Se aburre más –dice–. Y eso me ha llevado a verme forzada a generar redes, a buscarle actividades, meterlo a deportes, cosas que antes no hacía.

En su caso, la socialización dejó de ser algo espontáneo.

—Con mi hija mayor eso se daba solo. Ahora hay que buscarlo. Hay que armarlo –dice–.

Esa búsqueda, agrega, también implica cambiar la forma de criar.

–Me he visto obligada a moverme más, a generar espacios que antes no eran necesarios. Antes los niños se encontraban. Ahora hay que producir ese encuentro.

Y lo conecta con un cambio más amplio.

–Hoy las mujeres tienen más opciones, más proyectos, y la maternidad ya no es algo automático –dice– Pero cuando uno ve los números, igual da un poco de angustia. Porque al final vamos a ser una población cada vez más vieja y con menos niños.

La historia de la mamá de mi compañera vuelve sobre una idea que ya había aparecido en la conversación con Yopo: lo que antes se daba solo, hoy hay que construirlo, eso suele ser tareas de la madre. Los sesgos.

Retomo esa conversación con la socióloga.

–Esto de que las mamás hagan grupos de WhatsApp y hagan un “Tinder de mamás” para que se puedan encontrar sus hijos habla de cómo se han ido intensificando las normas y expectativas en torno a la crianza –me dice–. Piensa tú en nuestros papás, en nuestros abuelos, ¿tú crees que se preocupaban de que si sus hijos tenían pares o no tenían pares con qué jugar?

–No –le digo–, pero igual nos tiraban a la calle y había diez vecinos de la misma edad.

–Claro –dice–, pero si no hubiera habido nadie, hubiera dado lo mismo, porque a ellos no les preocupaba que tuviéramos pares para socializar y desarrollarnos. Las madres de hoy sí se preocupan de eso.

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#Día de la Madre#maternidad

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