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Opinión

16 de Mayo de 2026
Imagen: Sandro Baeza

Columna de Marco Moreno: Ministros que queman al Presidente: el dilema que los gobernantes no aprenden a tiempo

Foto autor Marco Moreno Por Marco Moreno

El columnista Marco Moreno escribe sobre la presión por un ajuste ministerial. "Los presidentes dicen que no gobiernan para los medios ni para los analistas. Tienen razón. Nadie debería conducir un país a remolque del ciclo noticioso. Pero esa defensa tiene un límite: cuando un ministro deja de estar alineado con el proyecto, su desgaste deja de ser suyo y empieza a ser del presidente. El goteo erosiona, y ninguna administración puede perder credibilidad en el primer año", analiza.

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En Chile cambiar ministros es casi un deporte nacional. Apenas uno tropieza, el ecosistema político y mediático —analistas incluidos— enciende el cronómetro. La presión llega desde las encuestas, las columnas, los parlamentarios de la propia coalición. Y La Moneda, tarde o temprano, termina moviendo fichas.

Los presidentes dicen que no gobiernan para los medios ni para los analistas. Tienen razón. Nadie debería conducir un país a remolque del ciclo noticioso. Pero esa defensa tiene un límite: cuando un ministro deja de estar alineado con el proyecto, su desgaste deja de ser suyo y empieza a ser del presidente. El goteo erosiona, y ninguna administración puede perder credibilidad en el primer año.

Kast lo está viviendo ahora. Las tensiones partieron con el estilo confrontacional y, a ratos duro de Jorge Quiroz e Iván Poduje. Con la oposición, sectores del oficialismo y entre ambos. La vocera Mara Sedini acumula una presencia dominada por tropiezos más que por agenda. La ministra de Seguridad Trinidad Steinert no ha traducido la promesa de orden —el corazón del discurso de Kast— en resultados visibles. Y la ministra de Ciencia Ximena Lincolao perdió a su subsecretario, Rafael Araos, quien renunció tras negarse a ejecutar un plan de desvinculaciones masivas, dejando al descubierto un quiebre que la comunidad científica ya venía advirtiendo con sus propias fricciones con la cartera. Los tres ministerios, acumulan formas de desgaste. Cuando las críticas cruzan desde la oposición hacia la propia coalición, el problema ya no es de los ministros. Es del presidente.

En La Moneda sostienen que abrir la puerta a cambios sería admitir que el gabinete falló antes de tiempo. Es comprensible. Pero la historia reciente lo cuestiona.

Rafael Araos y Ximena Lincolao

El Caso Bachelet 2006: cuando la calle manda

Bachelet asumió con Martín Zilic en Educación. La Revolución Pingüina lo dejó inhabilitado en semanas. El 14 de julio, cuatro meses después de asumir, salieron Zilic, el ministro del Interior Andrés Zaldívar e Ingrid Antonijevic en Economía. Llegaron Yasna Provoste, Belisario Velasco y Alejandro Ferreiro. El mensaje fue uno: movilizarse funciona. Ese incentivo persiguió al gobierno por años. El problema no se resolvió: Provoste fue destituida en 2008 por acusación constitucional, forzando un tercer ministro en la misma cartera. Los cambios reactivos no cierran heridas. Las desplazan.

El Caso Boric 2022: cuando la derrota obliga

El Rechazo ganó el plebiscito con el 62% el 4 de septiembre. Cuarenta y ocho horas después, Boric anunció su primer ajuste. Izkia Siches dejó el Interior, reemplazada por Carolina Tohá. Jackson salió de la Segpres hacia Desarrollo Social; llegó Ana Lya Uriarte. La única sobreviviente del núcleo original fue Camila Vallejo. El giro tuvo más lógica que el de Bachelet, pero fue igual de reactivo. El costo de haber aguantado a Siches ya estaba pagado cuando llegó el cambio.

Lo que muestra la experiencia comparada

Los estudios sobre presidencialismo latinoamericano identifican con consistencia cuándo un cambio de gabinete deja de ser opcional. No es el desempeño técnico del ministro lo que más pesa, sino tres variables combinadas: el costo comunicacional acumulado por la cartera, la presión que ese costo traslada directamente a la figura presidencial, y —el indicador más revelador— el momento en que los cuestionamientos ya no vienen solo de la oposición sino desde dentro de la propia coalición. Ese tercer umbral ya está cruzado en el caso de Kast. Parlamentarios oficialistas y alcaldes del sector cuestionan públicamente a Sedini y Steinert con una franqueza que difícilmente puede seguir siendo ignorada.

La diferencia entre cambiar a tiempo y hacerlo tarde no es de forma. Es de poder. El presidente que se adelanta convierte el ajuste en señal de conducción. El que espera confirma que la agenda la escriben otros.

La trampa del calendario

La vocera Sedini descartó públicamente cambios antes de septiembre, asegurando que “vamos a hacer una fonda entre todos los ministros”. Esa declaración, comprensible como gesto de lealtad, fijó un horizonte temporal que transforma cualquier ajuste futuro en una concesión forzada por el calendario, no en una decisión soberana del Presidente. A partir de ese momento, cada error de Sedini, cada semana sin agenda ofensiva de Steinert, transfiere costo político a Kast de forma acumulativa e irreversible.

La pregunta que Chile observa hoy no es si habrá cambio de ministros. Es si Kast será capaz de hacerlo antes de que la calle o las encuestas se lo impongan. Bachelet esperó al Pingüinazo. Boric esperó al plebiscito. Ambos pagaron el precio de haber esperado demasiado. El primer presidente chileno que realice ese ajuste antes de que los acontecimientos lo obliguen habrá aprendido, por fin, la lección más cara que sus antecesores enseñaron sin querer: en política, el momento del cambio importa tanto como el cambio mismo. Quien controla el cuándo, controla el relato. Y quien controla el relato, gobierna de verdad.

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