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Correo 19 de Mayo de 2026

Carta a la directora: La necesidad de una inteligencia artificial orientada al bien común

Martín Tironi (Diseño UC, FAIR) y Pablo Barcelo (IMC UC, CENIA)
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La escena ocurrió en el corazón de la industria global de la inteligencia artificial. Durante una ceremonia de graduación en la Universidad de Florida, el auditorio estalló en pifias cuando la oradora principal, Gloria Caulfield, declaró que la Inteligencia Artificial sería “la próxima Revolución Industrial”.

Mucho más que una escena anecdótica o aislada, el episodio expresa un fenómeno que se está incubando silenciosamente. Se trata del creciente desacople entre la aceleración tecnológica y las expectativas sociales sobre el futuro. Mientras las grandes corporaciones presentan la IA como motor de progreso, eficiencia y solución de problemas globales, una parte creciente de la sociedad comienza a experimentar desconfianza y escepticismo frente a sistemas percibidos como cada vez más inciertos respecto a sus impactos y beneficios. 

En este escenario, ¿cómo alinear el desarrollo de la IA con las aspiraciones colectivas de una sociedad democrática? ¿Cómo evitar que se convierta en una tecnología cada vez más poderosa, pero crecientemente desvinculada de las necesidades sociales y ecológicas del mundo que habitamos?

El desafío no es puramente técnico. No basta con desarrollar modelos más rápidos, autónomos o sofisticados. El verdadero desafío consiste en orientar el desarrollo de la IA hacia fines socialmente deseables. En otras palabras, necesitamos discutir no solo qué ámbitos de la vida puede automatizar la IA, sino para quién, bajo qué valores y al servicio de qué futuros.

Nos parece que este desafío exige, al menos, considerar tres dimensiones.

La primera es una IA orientada al bien común. Hasta el momento, el desarrollo de la IA ha estado dominado por lógicas de competencia, optimización y maximización de rentabilidad. Sin embargo, tecnologías con capacidad creciente de intervenir en la educación, el trabajo, la salud o la vida democrática no pueden quedar exclusivamente subordinadas a intereses corporativos. La IA requiere repensar sus formas de gobernanza, participación ciudadana y deliberación colectiva. No se trata de frenar la innovación tecnológica, sino de preguntarnos qué tipo de innovación queremos promover. Una IA orientada al bien común debe fortalecer nuestras formas de convivencia, ampliar capacidades y reducir desigualdades.

La segunda dimensión se relaciona con una IA sustentable y orientada a un planeta habitable. Uno de los grandes problemas del debate contemporáneo es que seguimos imaginando la IA como algo abstracto e inmaterial, como si existiera únicamente en “la nube”. Pero cada sistema de IA depende de infraestructuras físicas: centros de cómputos, consumo energético, agua, minerales y complejas cadenas logísticas globales. Por eso, el desarrollo de la IA implica también pensar en estrategias de sostenibilidad y responsabilidad socioambiental. Una IA verdaderamente inteligente debería ser capaz de reconocer que opera dentro de los límites ecológicos del planeta.

La tercera dimensión es empujar una IA que no debilite nuestra capacidad de pensar, decidir e imaginar colectivamente. A medida que sistemas algorítmicos comienzan a intervenir en ámbitos como la creatividad, la información o la toma de decisiones, el desafío no es solo aumentar la eficiencia, sino evitar una creciente dependencia tecnológica y la erosión de capacidades humanas e institucionales. Una sociedad democrática no puede delegar completamente su capacidad de interpretar, decidir o imaginar en sistemas automatizados. La verdadera contribución de la IA no debería medirse únicamente por lo que automatiza, sino también por su capacidad de fortalecer el juicio crítico, ampliar la reflexión pública y expandir nuestras formas de cooperación y aprendizaje.

La legitimidad de la IA no será un resultado automático de mejores algoritmos. Será un proceso progresivo de ensayo y error que requiere la participación de distintos actores de la sociedad. Escenas como la de la Universidad de Florida son sintomáticas precisamente porque funcionan como una advertencia. Cuando la tecnología avanza más rápido que la capacidad de las sociedades para deliberar sobre su sentido y anticipar sus consecuencias, emergen el rechazo, la distancia y la desconfianza.

La pregunta no es solamente si tendremos más inteligencia artificial, sino si seremos capaces de orientarla hacia formas de vida más justas, democráticas y habitables. Para países como Chile, se vuelve fundamental construir capacidades —científicas, institucionales, regulatorias y culturales— que permitan participar activamente en la definición de los futuros tecnológicos que moldearán el mundo en los próximos años. En ese desafío, iniciativas científico-tecnológicas pueden jugar un rol clave no solo en el desarrollo tecnológico, sino también en la articulación de una conversación pública sobre qué tipo de inteligencia artificial queremos impulsar y para qué tipo de sociedad y planeta.

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