Política
17 de Julio de 2026La reaparición de la exsubsecretaria Daniela Castro en columna en la que advierte el avance de ideas ultras contra los derechos de las mujeres
La militante RN compartió un texto en el que alerta sobre la instalación de ideas que cuestionan las políticas de equidad y cuestiona que en Chile aún se mantenga la llama sociedad conyugal. Hace poco más de un mes la abogada debió dejar la Subsecretaría de la Mujer tras serias diferencias con la ministra, Judith Marín.
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“El peligro de lo que se instala”. Ese es el titular de una columna que la exsubsecretaria de la Mujer Daniela Castro (RN) divulgó durante esta jornada en la que alerta sobre el auge de ideas que cuestionan las políticas de equidad de género a nivel internacional y cuestiona que en Chile aún se mantenga la denominada sociedad conyugal dentro del régimen matrimonial.
El texto, al cual accedió The Clinic, significa una reaparición en las políticas públicas por parte de la militante de RN, quien fue removida en su cargo el pasado 16 de junio, luego de que el Presidente José Antonio Kast decidiera intervenir en el Ministerio de la Mujer ante el quiebre que Castro mantenía con Judith Marín.
El paso de Castro por la repartición estuvo marcada por una distante relación con Marín y diferencias entre sus equipos.
De hecho, hace unos días la Asociación de Funcionarias del Ministerio de la Mujer presentó una denuncia a la Contraloría por presuntos beneficios salariales otorgado durante el reciente cambio de autoridades.
“El peligro de lo que se instala”, la columna de Daniela Castro
A continuación, la columna divulgada por la abogada y magister en Derecho Público:
“Durante décadas, las mujeres lucharon por algo que hoy parece elemental: ser reconocidas como ciudadanas plenas, con derecho a participar en las decisiones políticas de sus países.
En Chile, la Ley Nº 9.292, publicada en 1949, reconoció a las mujeres el derecho a votar y a ser elegidas en elecciones presidenciales y parlamentarias, permitiendo su debut en las urnas en los comicios presidenciales de 1952. No fue una concesión gratuita del poder, sino la consecuencia de años de organización, perseverancia y valentía de movimientos que comprendieron que una democracia no podía considerarse completa mientras excluyera a la mitad de la población.
No lo digo en abstracto. En junio pasado, durante la Women’s Leadership Summit organizada por Turning Point USA en San Antonio, Texas —que congregó a cerca de tres mil asistentes—, se visibilizaron discursos que llaman a la alerta. Figuras influyentes de este encuentro, como la activista e influencer Savanna Faith Stone, han defendido abiertamente la subordinación de la esposa al marido, llegando a afirmar en sus plataformas que las mujeres no deberían votar y expresando, junto a otras asistentes, su disposición a renunciar al sufragio en favor de la denominada “unidad familiar” administrada por el cónyuge.
Es cierto que se trata de posiciones minoritarias y que no existe hoy una amenaza legislativa real contra la Decimonovena Enmienda, vigente en Estados Unidos desde 1920 tras el histórico impulso de la Convención de Seneca Falls y activistas como Susan B. Anthony. Pero no necesitamos que una idea retrograda triunfe para que nos diga algo. Basta con que comience a instalarse como una posibilidad aceptable en el debate público para que un derecho que parecía indiscutible empiece a percibirse como negociable.
Y no hace falta mirar tan lejos. En Chile todavía mantenemos, dentro del régimen matrimonial la llamada “sociedad conyugal”, con reglas originadas en el Código Civil de 1857 que entregan al marido la administración ordinaria de los bienes sociales y, bajo determinadas condiciones, de los bienes propios de la mujer. Aunque el Senado despachó en 2024 una reforma destinada a terminar con esa desigualdad, la modificación aún no se ha convertido en ley. Mientras observamos con preocupación lo que ocurre fuera de nuestras fronteras, conservamos tareas pendientes que se remontan al siglo XIX.
Podríamos desestimar estas expresiones por considerarlas marginales o extravagantes. Sería un error. La experiencia histórica demuestra que los retrocesos no comienzan necesariamente con una ley que elimina un derecho. Comienzan cuando se instala socialmente la idea de que ese derecho podría ser discutible o prescindible. El voto femenino no es el único ámbito bajo presión; en distintas latitudes observamos sutiles restricciones a la autonomía de las mujeres, cuestionamientos a las políticas de equidad y discursos que pretenden devolverlas exclusivamente al espacio doméstico e incluso situaciones más extremas con la vulneración total de sus derechos fundamentales.
No se trata de convertir los derechos de las mujeres en patrimonio de un sector político. Precisamente porque existen mujeres de izquierda, de centro y de derecha, el derecho a elegir, disentir y participar debe encontrarse por encima de las trincheras ideológicas.
Las leyes necesitan instituciones que las protejan, una sociedad que comprenda su valor y liderazgos capaces de defenderlas, incluso cuando hacerlo resulte incómodo. El sufragio de las mujeres no puede depender de cómo voten las mujeres. Su legitimidad no está condicionada a que sus decisiones agraden a un partido, una religión o una determinada visión de sociedad.
Las mujeres no recibimos el derecho a voto para elegir correctamente según el criterio de otros. Lo conquistamos para elegir libremente. Chile debe mirar con atención lo que ocurre fuera de sus fronteras, porque ningún derecho está completamente asegurado cuando una sociedad deja de recordar cuánto costó conquistarlo”.



