Opinión
18 de Julio de 2026
Columna de Jaime Mañalich: No es que no sepamos, es que no sabemos decirlo
Por Jaime Mañalich, exministro de Salud, Clapes UC
Predecir el futuro escuchando a los ancestros o preguntándole al cielo nos hizo humanos. No actuar en consecuencia también.
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En los últimos días, Chile se ha preparado para un fenómeno climático severo, en base a predicciones basadas en experiencia y tecnología que han logrado prefigurar un futuro: lloverán 200 mm en tal zona, habrá vientos de 100 km/hora en una región, se cortará la luz, etc. Esta capacidad de predecir, de vivir anticipadamente una realidad como si fuera inexorablemente a ocurrir, es una de las características más singulares de nuestra especie.
Ninguna hace lo que hace un ser humano antes de cruzar una calle concurrida: simular, en fracciones de segundo, la trayectoria de tres autos que aún no han llegado, y decidir en consecuencia. Esa capacidad de “viaje mental en el tiempo” —proyectar escenarios que no existen, usando los mismos circuitos cerebrales con los que recordamos el pasado— no es un truco cognitivo. Es, según buena parte de la antropología evolutiva, la razón por la que dominamos el planeta.
A diferencia de casi todas las especies, que se adaptan a su entorno de forma genética y lenta, los humanos desarrollamos algo distinto: un “nicho cognitivo” basado en modelar causa y efecto— si la presión atmosférica baja rápidamente, la temperatura caerá; si se escuchaba al anciano de la tribu, que había vivido una sequía terrible, y decía que se iba a repetir, la tribu actuaba en consecuencia. De tal importancia es esta característica, que todas las culturas han abusado de mecanismos para imaginar el futuro, desde el Oráculo de Delfos, el Horóscopo y el Tarot. La leyenda mapuche KaiKai Vilu para sobrevivir a un tsunami es un ejemplo maravilloso.
Esa ventaja sería modesta si muriera con cada persona. Lo que nos catapultó fue la transmisión acumulativa del conocimiento: enseñamos activamente, no solo imitamos; hablamos, y heredamos advertencias sobre peligros que nunca vivimos en carne propia; y escribimos, externalizando la memoria colectiva más allá de una sola vida. Cada generación hereda predicciones ya validadas por miles de generaciones anteriores y solo añade su cuota de innovación: una inteligencia distribuida en el tiempo, no la hazaña de un solo cerebro.
Resulta evidente a la fecha que esta capacidad tan humana de predecir el futuro en base a datos estadísticos basada en patrones con datos masivos, los modelos de Inteligencia Artificial superan a los humanos de forma contundente. El ejemplo perfecto es precisamente la meteorología.
Y, sin embargo, con toda esa maquinaria a favor, seguimos fumando, posponiendo el chequeo médico y comiendo mal sabiendo perfectamente las consecuencias. La paradoja tiene explicación, no es de fuerza de voluntad, y por ahora, tampoco de la IA. El problema es que nuestra capacidad predictiva funciona bien ante el riesgo concreto e inmediato —el auto que se acerca— y falla ante el riesgo estadístico y lejano. Saber que “fumar aumenta el riesgo de cáncer” es una verdad sobre poblaciones, no una amenaza que el cerebro sienta como propia. Es decir, la conducta protectiva se genera más fácilmente si la persona concreta siente una amenaza. Además, el cuerpo rara vez castiga de inmediato una mala decisión de salud, así que no existe la retroalimentación rápida que sí nos enseña a temer un objeto que cae. A esto se suma un hallazgo revelador: pensar en nuestro yo dentro de treinta años activa patrones cerebrales similares a pensar en un desconocido. No procesamos a ese yo futuro como a nosotros mismos, y por eso es tan fácil sacrificarlo por un placer inmediato.
Esto explica por qué ciertos escenarios sí logran modificar la conducta y otros no. Una pandemia de COVID produce efecto, porque la amenaza es vívida, cercana e identificable; un riesgo cardiovascular a veinte años no, porque se percibe difuso, estadístico y ajeno. Es clave también si la señal viene acompañada de una acción concreta y realizable. La evidencia en comunicación de salud —desde campañas antitabaco hasta las más recientes contra el vapeo— muestra que el miedo sin una salida clara no protege: paraliza, y termina en negación o evitación.
De ahí se desprende una hoja de ruta concreta para el diseño de mensajes de salud pública. Primero, trasladar el desenlace lejano a una consecuencia cercana y verificable: no “el cáncer en veinte años”, sino “la falta de aire subiendo escaleras el próximo invierno”. Segundo, reemplazar la estadística por la narrativa vívida y personal. Tercero, fragmentar la meta lejana en hitos cercanos con retroalimentación tangible. Y, sobre todo, acompañar siempre la amenaza con una acción específica y al alcance de la mano, porque un mensaje que solo asusta sin ofrecer una salida creíble no cambia conductas: solo enseña a mirar hacia otro lado.
Predecir el futuro nos hizo la especie dominante del planeta. Aprender a diseñar mensajes que hablen el idioma real de esa predicción —cercano, vívido y acompañado de acción— es quizás la tarea pendiente para que esa misma capacidad empiece a protegernos también de nosotros mismos.



