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El Cojo César, el “capo de Santiago”: la historia del narco chileno que levantó un cartel y las alertas sobre las redes que tejió con el Tren de Aragua desde la cárcel

Un operativo en 29 domicilios terminó esta semana con la detención de parte de la cúpula que, según la Fiscalía, César Liberona continuaba dirigiendo desde la cárcel, incluidos dos de sus hermanos. Ahora el Cojo César es formalizado por nuevos delitos, mientras la investigación avanza sobre una de sus dimensiones más inquietantes: las redes internacionales que habría tejido con “Bobby”, uno de los principales cabecillas del Tren de Aragua, detenido en Colombia y requerido por Chile.

Por 13 de Agosto de 2026
Cojo César
Cojo César
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La Fiscalía Sur formalizará a César Liberona, alias el Cojo César, por tráfico de drogas, asociación ilícita y lavado de activos. Tras el operativo en 29 domicilios, los investigadores sostienen que seguía dirigiendo desde la cárcel una organización “piramidal” y que tejió redes internacionales con “Bobby”, del Tren de Aragua.

  • La Fiscalía Sur allanó 29 domicilios y detuvo a parte de la cúpula, incluidos dos hermanos de Liberona.
  • Liberona será formalizado por tráfico de drogas, asociación ilícita o criminal y lavado de activos.
  • Los investigadores lo describen como líder de una organización “piramidal” que operaba desde La Legua.
  • La causa también indaga vínculos con “Bobby”, cabecilla del Tren de Aragua detenido en Colombia.

El artículo reconstruye la trayectoria de César Liberona, alias el Cojo César, desde sus primeros antecedentes penales hasta su actual formalización. La nota sostiene que habría levantado una estructura criminal desde La Legua y que, aun preso, seguía mandando. Además, apunta a posibles vínculos con redes transnacionales como el Tren de Aragua.

Estos resúmenes son generados por inteligencia artificial y chequeados por el periodista a cargo.

La fiesta tendría los componentes exactos que suelen tener los matrimonio en Sudamérica. Se celebró en Bolivia el año 2023 y en algún momento de la noche, entre un brindis y el siguiente, el novio, un conocido narcotraficante boliviano alzó la voz para hablar sobre un invitado especial.

Dijo, delante de todos, que el chileno que tenían al frente no era un invitado más. Que era un hombre al que se le debía respeto. 

–Vino de sorpresa un santiagueño, el más capo de Santiago –fue su presentación–.

No había posibilidad de cortesía vacía en esa palabra. “Capo” no es un piropo tirado al voleo, es un título que se otorga. En un matrimonio, en el corazón del negocio de la cocaína sudamericana, nadie llama capo a otro porque sí.

–Esto no es nada para lo que usted se merece –respondió el invitado de honor.

El hombre al que respondió con humildad tiene 39 años, es chileno, cojea desde los veintes y, para entonces, ya llevaba más de dos décadas construyendo, ladrillo por ladrillo, la razón por la que un narcotraficante boliviano necesitaba nombrarlo así en el día más importante de su vida.

La Fiscalía de Alta Complejidad y Crimen Organizado de la Fiscalía Regional Metropolitana Sur llegaría, a partir de casi veinte años de investigación, a una conclusión similar. Su lenguaje es más formal que el de aquella fiesta pero igual de contundente, los investigadores lo describen como el líder de una organización “piramidal”.

Y hay quienes, dentro de esa misma Fiscalía, sostienen algo que en Chile hasta ahora pocos se habían atrevido a asegurar: que César Enrique Liberona Miranda, alias el Cojo César, es el único chileno que logró levantar un cartel narco.

Para ellos, no se trata de un jefe de población. Tampoco del líder de una pandilla o de una banda que controla un par de esquinas. Hablan de un jefe de cartel con todas sus letras. Una palabra que en el imaginario latinoamericano remite a corridos mexicanos, a Sinaloa, Medellín o Cali, pero que hasta ahora nunca había tenido domicilio en Chile.

¿El cartel de Santiago?

Suena duro. 

Pero así lo describen personas que han dedicado parte de su vida a investigarlo. Hay una razón para que esas personas y la prensa hablen de el cojo precisamente ahora.

Durante la madrugada del martes 11 de agosto, mientras César Liberona estaba encerrado en la cárcel, Carabineros por orden de la Fiscalía Sur allanaron 29 domicilios en San Joaquín, San Miguel, La Pintana y Peñaflor.

Imagen aérea allanamientos: Fuente Carabineros.

El objetivo era golpear la estructura que, según los investigadores, el Cojo César continuaba dirigiendo desde la cárcel. El operativo terminó con la detención de parte de su círculo más cercano, incluidos dos de sus hermanos, a quienes el Ministerio Público sitúa en la cúpula que mantenía funcionando la organización en el exterior.

Liberona, en rigor, ya estaba preso. Desde noviembre de 2024 cumple prisión preventiva por una causa bastante menos sofisticada que la organización que ahora se le atribuye: el robo del automóvil de un conductor de aplicación.

Pero su situación judicial estaría a punto de cambiar hoy. La Fiscalía lo formalizará, junto a la de otros integrantes de la organización, por delitos vinculados al tráfico de drogas, asociación ilícita o criminal y lavado de activos.

Es decir, casi dos años después de encerrarlo por el robo de un auto, los investigadores intentarán llevar por primera vez ante un tribunal la tesis que llevan años construyendo sobre él. Que desde La Legua Emergencia, César levantó y dirigió una estructura criminal que sobrevivió a sus detenciones, a sus condenas y a él mismo estando tras las rejas.

La vida del Cojo César

Antes de ser el Cojo César. César Enrique Liberona Miranda creció siendo el hijo de un mueblista. Según quienes han liderado la investigación en su contra, sus padres no tenían prontuario, y trabajan en los horarios de quienes viven del trabajo con sus manos. En un barrio como La Legua, a esa gente –la que se levanta temprano, cobra el mínimo y no puede llegar a fin de mes– se le llama, sin ninguna ternura, “laburantes”.

No es una palabra que describa el trabajo. Es una palabra que lo castiga. El laburante es el que no supo, o no quiso, salirse de la fila; el que ve pasar al vecino veinte años menor con un auto nuevo, con plata en efectivo.

Los registros del Ministerio Público sitúan el primer antecedente penal de César Liberona en 2005, a los dieciocho años: desórdenes públicos, infracciones a la Ley de Control de Armas. Delitos menores que ya anunciaban lo que vendría. Mientras sus padres seguían siendo “laburantes”, él ya estaba en la calle construyéndose como lo otro.

Su bautismo de sangre ocurrió siendo aún adolescente. Le siguió un homicidio simple en grado de frustrado el 31 de julio de 2008, perpetrado en la comuna de San Miguel, consolidando su perfil como un pistolero activo de las redes de tráfico de La Legua.

La escalada criminal de Liberona alcanzó un punto de no retorno el 18 de agosto de 2009, cuando participó junto a su hermano, Gonzalo Andrés, en el homicidio calificado consumado de Álvaro Ponce Ponce. Por estos hechos, el tribunal lo condenó el 13 de octubre de 2010 a una pena de tres años y un día de presidio, pero el tribunal le otorgó el beneficio de libertad vigilada.

Así lo informó Emol: “El joven de 18 años dio muerte el pasado martes a Álvaro Ponce Ponce, de 29, con ocho disparos, por una presunta quitada de drogas. En el inmueble del presunto homicida fueron halladas una cantidad considerable de armamento, el cual pertenecía a sus amigos”.

En 2011, con solo 23, la Brigada de Investigación Criminal San Miguel de la PDI lo identificó como blanco principal de una estructura de venta de cocaína en La Legua Emergencia. 

Ese mismo año mientras la Fiscalía ya lo tenía en la mira por tráfico, el medio Ciper lo había colocado en un listado de nombres “de los soldados” más peligrosos de La Legua. “Cesar Liberona Miranda, “El cojo César” (23): Antecedentes por homicidio e infracción a la Ley de Armas”, fue su descripción.

Cojo César

El apodo ya estaba puesto. Lo que todavía no tenía era el episodio que lo sacaría del prontuario policial y lo instalaría en la prensa de todo Chile de manera permanente.

Ese episodio ocurrió en un parque de entretenciones en Padre Hurtado. En el Mampato se celebraban cumpleaños infantiles alrededor, y en medio de esa escena se cruzaron, por pura casualidad, dos bandos de La Legua que venían arrastrando rencillas. Los bandos abrieron fuego. Alejandro Soto Calderón cayó abatido con diecinueve impactos. Su hermano recibió otros siete.

Así lo detalló La Tercera en una crónica del 2011: 

En las camas elásticas se vivió lo peor. Como la balacera fue a un costado de ellas, los niños vieron cómo Soto Calderón se desplomó tras recibir los tiros. Según la fiscalía, su cuerpo fue rematado en el suelo, pues una vez que Arancibia terminó de descargar su pistola, recibió, de manos de su suegra, un segundo cargador, el que también vació sobre la víctima.

La Fiscalía acusó a César Liberona como coautor de los disparos a los hermanos. El Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Talagante lo absolvió el 22 de septiembre de 2014: estimó que la prueba en su contra era, esencialmente, rumores surgidos después del tiroteo, insuficientes para el estándar de duda razonable que exige la ley. 

Sus coacusados Rodrigo Arancibia Gómez, Jonathan Castillo Garay, Iván Ramírez Córdova sí fueron condenados. Legalmente, esa sentencia no puede leerse ni insinuarse como prueba de que él estuvo ahí disparando. Pero el mito ya estaba hecho antes de que el tribunal fallara. 

El hombre que camina cojeando para todos los efectos prácticos de la calle, es el que sí estuvo ahí.

La construcción del capo

La absolución por el caso Mampato no significó que César Liberona desapareciera del radar policial. Los años siguientes son los que, según la investigación que hoy lleva la Fiscalía de Alta Complejidad y Crimen Organizado Sur, permiten entender la transformación del personaje: el paso desde un pistolero conocido en La Legua hacia alguien capaz de construir una organización que sobreviviera incluso a sus períodos en prisión.

Para 2016 ya había señales de que algo había cambiado. El 14 de abril de ese año, la Prefectura Metropolitana Sur de la PDI recibió una denuncia que hablaba de un “Clan Familiar” dedicado al tráfico de drogas y al porte ilegal de armas en La Legua Emergencia. El nombre que aparecía encabezándolo era nuevamente el suyo. A su alrededor, los investigadores identificaron a sus hermanos Mario Octavio Liberona Miranda, “Guatón Tabo”, y Gonzalo Andrés Liberona Miranda, además de otros cinco hombres que operaban junto a ellos.

Era una estructura bastante más pequeña que la que la Fiscalía dice haber descubierto una década después, pero tenía una característica que sobreviviría al tiempo: la familia. Los hermanos Liberona no eran solamente parientes del hombre que estaba arriba. De acuerdo con la tesis actual del Ministerio Público, se convertirían en parte de su estructura de mando.

La investigación también permitió interceptar los teléfonos de Liberona y establecer que su núcleo familiar utilizaba como residencia un departamento de Vicuña Mackenna, en Viña del Mar, adquirido mediante escritura pública en mayo de 2015 y que años después sería mencionado por los investigadores como un antecedente de posibles maniobras de lavado de activos. La causa, sin embargo, no consiguió llegar a juicio. En mayo de 2017 la Fiscalía decidió no perseverar por falta de antecedentes suficientes para sostener una acusación.

La causa murió. Pero el mapeo del detective ya estaba hecho.

El 20 de noviembre de 2016, mientras aquella investigación todavía estaba abierta, Héctor Adrián Espinoza Hidalgo de “Los Gálvez”, fue asesinado en las inmediaciones de Avenida Irarrázaval, en Ñuñoa. Según estableció la justicia, Liberona se ocultó bajo los asientos traseros de un vehículo mientras uno de sus acompañantes efectuaba los disparos que terminaron con la vida de Espinoza. Esta vez el Cojo César no fue acusado de ser quien apretó el gatillo, sino como cómplice del homicidio.

La diferencia puede parecer pequeña, pero resulta interesante observada desde lo que vendría después. Poco a poco, su nombre comenzaría a aparecer menos asociado a la figura del pistolero y más a la del hombre que se mueve acompañado por otros hombres armados. En uno de sus tantos procesos penitenciarios, Gendarmería lo describiría en su ficha de seguridad como un “narcotraficante de La Legua que contaba con un verdadero ejército de guardaespaldas que lo custodiaba”.

Liberona permaneció prófugo hasta septiembre de 2019, cuando Carabineros llegó hasta un partido de fútbol en el Estadio San Gregorio luego de que una persona denunciara mediante SOSafe que había sujetos manipulando armas. Entre los hombres fiscalizados apareció César Liberona y, al revisar sus antecedentes, también la orden de detención que pesaba sobre él desde 2017.

En esa oportunidad el sitio oficial de SoSafe celebró la noticia: “Atrapamos a un narcotraficante 💪🏼. Felicitamos a la persona que hizo la denuncia y el actuar de Carabineros de Chile ante este reporte SOSAFE que permitió la captura del este peligroso narcotraficante y homicida ”, rezaba el posteo.

El 12 de febrero de 2020 fue condenado a cinco años de presidio como cómplice del homicidio de Espinoza Hidalgo. Su entrada a Colina II debería haber significado una interrupción en su trayectoria. Los antecedentes que Gendarmería y la Fiscalía comenzarían a acumular durante su encierro sostienen algo distinto.

El 18 de agosto de 2020, funcionarios penitenciarios encontraron un teléfono celular en poder de internos del módulo 3. La revisión del aparato, autorizada judicialmente, permitió acceder a conversaciones de WhatsApp que, según el informe del Departamento de Investigación Criminal de Gendarmería, contenían referencias expresas a una organización de tráfico de drogas liderada por el “Cojo César” desde el interior del penal. Al día siguiente, personal de la Guardia Armada detectó un lanzamiento desde el exterior hacia Colina II: dentro del envoltorio había una pistola Taurus PT 51, un cargador y seis municiones.

No fueron los únicos antecedentes. Dos meses después aparecieron papeles en los que un interno decía trabajar para el tráfico de drogas de Liberona y señalaba que, por orden de este, se permitía agredir a otras personas a cambio de dinero, calificándolo expresamente como “su jefe”. Su ficha penitenciaria registraba además traslados por razones de seguridad, una planificación de fuga con apoyo externo mediante un túnel y antecedentes que lo vinculaban informalmente con una banda dedicada al secuestro de narcotraficantes.

Liberona salió de prisión el 21 de junio de 2022, luego de que su condena terminara y se le aplicara una reducción en virtud de la conducta observada durante su reclusión. Cuando volvió a la calle, según la reconstrucción que hace hoy la Fiscalía, la organización que había comenzado a aparecer en investigaciones anteriores ya no podía describirse simplemente como una banda familiar de La Legua. De hecho ahora su banda, la de “Los Cojos de La Legua”, ya comenzó a ser reconocida como una que sometía a las bandas rivales.

Tenía una jerarquía y una división de funciones. En la cúspide estaban los Liberona; debajo aparecían encargados del transporte y la logística, administradores de puntos de venta y laboratorios de dosificación, hombres armados responsables de la seguridad y una red de personas que, según el Ministerio Público, prestaban sus nombres y cuentas bancarias para mover o esconder el dinero. La operación tampoco terminaba en Santiago: los investigadores reconstruyeron una ruta de abastecimiento que se extendía desde La Legua hacia Iquique, Alto Hospicio, Tocopilla y Copiapó mediante vehículos acondicionados con compartimentos ocultos.

El corazón de la organización, sin embargo, seguía estando en unas pocas calles de La Legua Emergencia: San Gregorio, Karl Brunner, Francisco de Zárate y Álvaro Sánchez Pinzón. Y en el narcotráfico unas pocas cuadras pueden contener suficiente dinero como para que varias personas estén dispuestas a matar por ellas.

La historia de César Liberona también puede contarse a través de los nombres de quienes se disputaron esas cuadras con él: Los Arielis, Los Monos, los Cogote de Toro y la facción de Vaster Miller Guajardo, conocido como “Mono Vaster”. Las investigaciones sobre esas guerras vuelven a situar al Cojo César en un lugar diferente al de sus primeros años. Ya no necesariamente como el hombre que dispara, sino como aquel que, según la Fiscalía, entrega las instrucciones para que otros lo hagan.

Uno de los enfrentamientos más persistentes fue con Los Arielis, facción encabezada por los hermanos Pedro y Ariel Garrido Quijada. Según un informante de la Fiscalía, después del homicidio de Pedro Garrido se comenzó a planificar un ataque contra Liberona que incluía vigilancia, granadas, fusiles M16 y vehículos blindados. El plan nunca llegó a ejecutarse. La tesis que investiga actualmente el Ministerio Público sostiene que un supuesto funcionario infiltrado de la PDI habría entregado información que permitió conocer los movimientos de sus adversarios y que Garrido terminó siendo asesinado en una emboscada luego de ser conducido mediante engaño hacia una reunión.

El episodio forma parte de una de las aristas más delicadas de la causa actual: las sospechas de corrupción policial. Escuchas telefónicas, captaciones de audio ambiental y declaraciones incorporadas a la investigación llevaron a sostener que funcionarios de la PDI habrían entregado información reservada a la cúpula de la organización, alertándola sobre futuros allanamientos e intervenciones en La Legua e incluso sustrayendo armas y drogas incautadas para devolverlas a cambio de dinero.

Las sospechas fueron suficientemente graves como para que las diligencias terminaran saliendo de la Brigada Investigadora del Crimen Organizado de la PDI y fueran entregadas al OS-7 de Carabineros.

La violencia tampoco terminó ahí. La Fiscalía reconstruye disputas con la organización de “Mono Vaster”, con los Cogote de Toro y, más recientemente, con Los Monos, encabezados por la familia Román Retamales. En septiembre de 2024, una balacera entre esta última banda y Los Cojos en el pasaje Francisco de Zárate dejó veinte vainas y rastros de al menos siete armas diferentes, entre pistolas Glock y fusiles. Los peritajes posteriores vincularon parte de ese armamento con otros homicidios y ataques ocurridos en la Región Metropolitana desde 2019.

Según los informes policiales incorporados a la investigación, durante aquella balacera se habría ejecutado por instrucción de César Liberona un disparo contra uno de los inmuebles utilizados por la facción enemiga. Después, la organización habría tomado violentamente propiedades del pasaje para destinarlas al acopio y comercialización de droga.

Para entonces, los hombres que ejercían esa violencia ya no provenían exclusivamente de La Legua. La Fiscalía sostiene que la organización comenzó a contratar ciudadanos venezolanos y colombianos para labores de protección, custodia de armamento y homicidios por encargo, algunos de ellos vinculados a estructuras del Tren de Aragua.

Uno de esos nombres apareció en 2025 durante la investigación por el secuestro y homicidio de Cristian Andrés Feliú Garrido, “Chino”, ocurrido en Peñaflor. Se trata del venezolano Ansoni Jesús Morales Juárez, ex integrante de la Guardia Nacional Bolivarianaa quien la Fiscalía identificó como sicario y escolta personal de Gonzalo Liberona.

También había que hacer algo con el dinero. Una de las personas que aparece en esa parte de la investigación es Erika Pérez Velásquez, expareja de César Liberona, quien según la Fiscalía recibió depósitos semanales por $1,3 millones en tres cuentas bancarias. Entre 2020 y 2025 registró más de $330 millones en abonos, frente a ingresos declarados que apenas superaban los $20 millones. La investigación describe además cuentas facilitadas por terceros, sociedades de fachada, contratos de trabajo simulados, adquisiciones de propiedades mediante prestanombres y depósitos fraccionados.

Después de salir de prisión en 2022, César Liberona volvió a circular libremente. En algún momento de 2023 cruzó la frontera y llegó hasta Bolivia. Allí ocurrió el matrimonio con el que comienza esta historia y donde un narcotraficante decidió presentarlo delante de sus invitados con una frase que, vista desde los antecedentes que la Fiscalía había acumulado durante esos años, adquiere otro significado:

“El más capo de Santiago”.

Pero su libertad duraría poco.

En noviembre de 2023, un conductor de aplicación transportaba a un pasajero cerca del Hospital Barros Luco cuando su automóvil fue colisionado. Según la investigación, después del choque ambos fueron intimidados y el vehículo terminó siendo robado. Entre los imputados apareció nuevamente César Liberona. Hubo declaraciones de las víctimas, reconocimientos fotográficos y cámaras municipales que permitieron reconstruir parte del recorrido, pero el Cojo César permaneció prófugo durante aproximadamente un año.

Hasta noviembre de 2024.

La PDI lo encontró en un domicilio de Colina y en el lugar halló también un automóvil cuyas placas coincidían con las asociadas al robo investigado. Al día siguiente, el 12° Juzgado de Garantía de Santiago ordenó su prisión preventiva.

Habían pasado trece años desde Mampato. Pero el hombre que regresaba a prisión ya no era descrito por los investigadores como aquel pistolero peligroso que se movía por La Legua. Ahora la Fiscalía intentaba responder preguntas bastante más complejas: quién transportaba su droga, quién administraba sus puntos de venta, quién movía el dinero, quién protegía a su familia y quién estaba dispuesto a matar por orden de la organización.

Y había una pregunta todavía más importante, porque la experiencia anterior ya les había enseñado que encerrar al Cojo César no necesariamente significaba detenerlo:

Cómo impedir que siguiera mandando desde adentro.

Pero hay una última razón por la que la formalización de hoy importa para quienes llevan años siguiendo al Cojo César. Y no está en La Legua.

Uno de los aspectos que hoy preocupa a los investigadores son las redes internacionales que Liberona habría alcanzado a tejer durante su crecimiento. Entre ellas aparece un nombre particularmente relevante: Carlos Francisco Gómez Moreno, alias “Bobby”, uno de los principales cabecillas del Tren de Aragua en Chile, detenido en Colombia y requerido por la justicia chilena.

Antecedentes conocidos por The Clinic apuntan a que Bobby y el Cojo César habrían establecido vínculos y que las organizaciones que encabezaban llegaron a colaborar en Chile.

La preocupación va más allá de Liberona. Quienes han seguido su trayectoria temen que el modelo que representa pueda encontrar continuidad: organizaciones chilenas que ya no solo compran droga o contratan sicarios extranjeros, sino que establecen relaciones con estructuras criminales transnacionales, intercambian servicios y preparan el terreno para quienes vienen detrás. Bobby está detenido en Colombia y Chile busca traerlo ante sus tribunales. La pregunta que queda es qué encontrará cuando llegue a una cárcel nacional.

Quizás por eso aquella palabra pronunciada en un matrimonio boliviano en 2023 resulta menos anecdótica ahora. Durante décadas, hablar de capos y carteles en Chile parecía importar un lenguaje ajeno, sacado de los corridos mexicanos o de las historias de Medellín y Cali. Sin embargo hoy esa proyección no parece estar tan lejos.

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