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18 de Agosto de 2026Mi vida con la “flaca”: la historia tras adoptar un galgo y lo que aprendí sobre las carreras cuya prohibición o continuidad se vota hoy en la Cámara
Adoptar un galgo es entrar a un mundo de perros tranquilos, regalones y especialistas en dormir en el sofá. Pero también es conocer de cerca las historias de maltrato, abandono y explotación que hay detrás de muchos de ellos. A partir de su propia experiencia y la de otros adoptantes, esta es una mirada al mundo de los galgos rescatados y al debate que vuelve a la Cámara de Diputados en torno a las carreras.
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Hace siete años adopté a una perra galgo (específicamente, mezcla de galgo con whippet, la versión más intermedia de la raza). Tenía seis meses, no había corrido en carreras, sino que había sido devuelta tras el fracaso de una primera adopción. Probablemente por llorona: como buen galgo, es muy apegada a sus humanos. Ha sido un trabajo de años, que aún no termina -etólogos y todo tipo de intentos de por medio-, que aprenda a que, si salimos, vamos a volver y no abandonarla para siempre.
El submundo galgo es particular: apenas tienes uno, sientes una curiosa hermandad por quienes pasean perros como el tuyo por las calles. Probablemente, tampoco pueden avanzar más de una cuadra sin que alguien te pregunte si corre, si caza conejos, dónde lo adoptaste, o si le puede hacer cariño. Cada vez que un delivery entrega un paquete en mi casa, hay cinco minutos de conversación extra alrededor de la perra.
En estos años, desde que mi perra llegó a mi casa, se han hecho más comunes gracias a las fundaciones que trabajan en sus rescates, pero parecieran nunca dejar de llamar la atención de los demás peatones.
La parte encantadora: los galgos son perros tranquilos, más gatos que perros, que duermen buena parte del día. Corría mucho cuando cachorra, ahora pocazo. Y si lo hace, duerme un día entero después. Por lo mismo, son buenos para departamento. Si no han sufrido violencia o abusos que los vuelvan agresivos, son -normalmente- extremadamente pacíficos, buenos para estar con niños; la mía es abrazada, acariciada y perseguida por todos los niños de la cuadra, con eterna paciencia.
Dicen que adoptas y galgo y pierdes un sofá: como son huesudos y de poco pelo, prefieren las superficies blandas, cojines y demases. Difícil que la mía se acueste en un suelo de madera o concreto, a menos que haya intensos rayos de sol involucrados, con suerte.
Me preguntan mucho cuánto come: normal. Mañosa: siempre esperando a ver si hay algo mejor que su comida de todos los días. Nunca pierde la fe. Y cuando se rinde, se come sus pelets, resignada.
Tener un galgo es también aprender de lo que esa raza sufre con las tradicionales carreras campestres, que hoy nuevamente se discutirán en la cámara de Diputados y Diputadas. Las fundaciones que trabajan con galgos hacen un trabajo incasable, y tener uno es adentrarse en sus historias: rescates de perros de piernas quebradas, de abandonos en carreteras cuando ya no corren.
Puede ser que algunos humanicemos a los perros, o los tratemos como más que animales, pero asomarse al mundo de los rescates de galgos que han sido corredores, es saber que muchas veces se les trata como a menos que seres vivos. Supongo que no se puede generalizar en que todos quienes tienen galgos para carreras los maltratan, pero sí es la realidad de cientos, sino miles de casos, de los que he sido testigo en estos años en que convivo con un perro de esa raza.
Con Felipe Figueroa, el editor de fotografía de The Clinic, solemos intercambiar datos galguísticos; el ya ha adoptado tres, con diferentes tipos de padecimientos tras una vida de caza, corrida o cruces para nuevas camadas.
Cooper fue su primer galgo, al que llegó a través de una fundación: pensaron que tenía ocho años, por el mal estado en que se encontraba, pero finalmente era más joven, difícil saber cuantos años tenía. Murió hace un año, pero mientras vivieron juntos, fue su partner.
“Yo elegí el perro más viejo. No tenía dientes, lo habían ocupado para caza deportiva, le habían dejado los dos colmillos de abajo y dos molares. Lo habían envuelto en una bolsa y lo fueron a amarrar en San Bernardo para que muriera. Casi perdió una pata y tenía dolores fantasmas cuando yo lo adopté”, recuerda. “Y Cooper tuvimos como química al tiro”.
Otra realidad de la que he sido testigo en estos años: adoptar un ex galgo de carrera es cosa seria. Algunos vienen física y emocionalmente muy dañados. Muchos pueden lanzarse a llevarse a uno a la casa por empatía, pero también hay quienes no pueden con el trabajo -y recursos- que rehabilitar uno implica. Algo que la foto feliz de instagram no siempre cuenta, y que es importante tener claro.
“Cuando uno adopta un perro que fue maltratado a un nivel de esclavitud, creo que uno tiene que asumir el rol de pucha, a este perro yo le voy a dar la mejor vida y voy a invertir en invertir plata, invertir tiempo, invertir mi salud, invertir un montón de cosas y priorizarlo a él para que él pueda sanar”, explica Felipe.
Él así lo ha hecho: pasó de ser peatón a tener auto para acarrear a Cooper. Lentamente, el perro aprendió a socializar con otros. Luego adoptó a un segundo perro, Flaco, justo antes de la muerte del primero. “Flaco sufrió un accidente, chocó y se quebró una pata y la cara y lo intentaron matar. Le pusieron un escopetazo en las caderas para que se muriera”, cuenta.
Nuevamente, vino el trabajo de entender qué era lo que un perro que ha sufrido traumas, necesita. Y, también, costosos tratamientos veterinarios por infecciones en su boca debido a la antigua fractura en su cráneo. Hace unas semanas, sumó a Olivia, otra galgo, una que había sido usada para tener muchas camadas de animales.
“El maltrato a los galgos es tremendo; no es abandono, es esclavitud”, dice Figueroa. “Porque estos son perros flojos que no les gusta correr, entonces se les esclaviza para obligarlos. Se les enjaula durante 48 horas, se mantienen en lugares oscuros, se les tortura para que sean perros muy ansiosos y agresivos para que puedan salir”.
Doy fe de que son perros flojos: les gusta dormir, estar echados. Pasado el año y medio de vida, mi perra puede quedarse en calma tras muy poco paseo. Le gusta correr si está en la playa, o en un espacio grande con más perros que conoce, pero puede vivir feliz sin hacerlo a esta edad.
Le pregunto a Felipe por su opinión de las carreras de galgos, y es tajante: “No me pierdo: yo entiendo que pueden haber discursos de que esto es tradición, pero hay un montón de tradiciones que estuvieron mal y que hoy ya están abolidas. Entonces que sea tradición no significa que esté mal y tampoco que esa tradición no nos obliga a avanzar y a mejorar”.