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Editorial 30 de Agosto de 2026

Editorial: Abrazar la diferencia

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Se habla mucho de la necesidad de alcanzar acuerdos. Sin embargo, cada vez que alguien intenta construirlos con quien piensa distinto aparecen la sospecha y la descalificación. Se le acusa de ceder, de renunciar a sus convicciones o de acercarse demasiado al adversario. 

La reciente columna conjunta de Tomás Vodanovic y Jaime Bellolio volvió a mostrar esa dificultad. Dos alcaldes provenientes de mundos políticos diferentes plantearon la necesidad de alcanzar acuerdos de largo plazo en materias relevantes para el país. No dijeron que pensaran igual ni escondieron sus diferencias. Plantearon algo bastante más sencillo, existen desafíos que no pueden comenzar nuevamente cada vez que cambia el gobierno.

La democracia necesita diferencias políticas reales, competencia y alternativas. Pero también necesita la capacidad de transformar esas diferencias en decisiones y en políticas públicas capaces de sostenerse en el tiempo.

Chile no puede empezar de nuevo con cada gobierno, cada cuatro años. Seguridad, educación, crecimiento, infancia, infraestructura o vivienda exigen continuidad. Para avanzar en esas materias necesitamos reconocer que quien está al frente puede pensar distinto y, aun así, contribuir a una solución.

El problema trasciende a la política. La dificultad para convivir con la diferencia se ha extendido hacia muchos espacios de nuestra vida cotidiana. Las redes sociales son quizás su expresión más evidente. Las plataformas nos permiten construir entornos donde escuchamos principalmente a quienes comparten nuestras opiniones, reforzando certezas y reduciendo el contacto con puntos de vista diferentes. 

Las llamadas cámaras de eco tienen precisamente ese efecto. La tecnología nos conectó, como nunca antes, pero también facilitó que cada uno viva dentro de su propio universo de ideas. Al que piensa distinto se le puede dejar de seguir, bloquear o simplemente excluir de la conversación.

También cambió la manera en que discutimos. La distancia de una pantalla permite utilizar un lenguaje que probablemente evitaríamos en una conversación cara a cara. La discrepancia termina fácilmente convertida en descalificación y el adversario en alguien cuya opinión no merece siquiera ser escuchada.

El cardenal Fernando Chomalí ha hablado recientemente de un “analfabetismo emocional” para describir algunas de estas dificultades. La expresión resulta pertinente para una sociedad donde tenemos enormes posibilidades de comunicarnos, pero no siempre las mismas capacidades para escucharnos, discrepar y relacionarnos con quienes son diferentes.

Chomalí ha planteado además la necesidad de volver a construir un proyecto común de sociedad. Ahí probablemente está el desafío de fondo y es consistente con la propuesta de los dos alcaldes. 

Una sociedad democrática no necesita que todos pensemos igual. Necesita personas capaces de sostener convicciones distintas y, al mismo tiempo, reconocer que comparten un país, instituciones y problemas que deben resolver juntos.

La política puede ayudar a reconstruir esos espacios. Cuando dirigentes provenientes de sectores distintos se sientan a conversar, no necesariamente están renunciando a sus ideas, sino que están demostrando que la diferencia no obliga a vivir permanentemente en trincheras.

Una sociedad donde cada uno habla únicamente con los suyos puede sentirse cómoda en sus certezas, pero difícilmente será capaz de construir un futuro común. Quizás es el momento de abrazar las diferencias y ponernos a trabajar juntos.

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