Opinión
5 de Septiembre de 2026
Columna de Marco Moreno: Kast ante los suyos
Por Marco Moreno
"Kast pudo presidencializar su discurso; todavía no sabemos si ha presidencializado a su coalición. La distancia entre algunas intervenciones de dirigentes oficialistas durante el Foro y las palabras posteriores del Presidente muestra que ambas lógicas siguen conviviendo", comenta Marco Moreno en su columna de esta semana en la que desmenuza el discurso entregado por el Presidente Kast en el cierre del Foro Madrid.
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José Antonio Kast había cometido una imprudencia interesante antes de llegar al Foro Madrid. Frente a los cuestionamientos, incluso desde el oficialismo, pidió que no se juzgara anticipadamente su participación: “Júzguenme por lo que ocurra en ese acto”. Con ello convirtió su discurso en algo más que una intervención ante los propios. Lo transformó en una prueba de presidencialización.
La controversia previa podía leerse desde una tensión que acompaña a Kast desde que llegó a La Moneda: su doble representación. No dejó de pertenecer a la familia política que articula Foro Madrid cuando recibió la banda presidencial. Comparte parte importante de sus diagnósticos y no lo esconde. Pero ahora representa también al Estado chileno y conduce una coalición bastante más heterogénea que el Partido Republicano.
El problema nunca fue, entonces, si tenía derecho a asistir. La pregunta era qué Kast llegaría al Foro.
“Moderación” parece una categoría demasiado sencilla para responderla. Kast no renunció a su agenda de orden, seguridad, control fronterizo ni a su crítica a la izquierda. Lo interesante es que modificó la gramática con que intenta legitimarla.
Durante buena parte de la jornada el Foro había funcionado bajo los códigos reconocibles de la batalla cultural: enemigos, amenaza, izquierda. Javier Milei llevó esa retórica a su expresión más explícita. Kast escogió otro registro. Habló de institucionalidad, prensa libre, ampliación política, gestión y resultados. Incluso el control fronterizo apareció menos como una batalla identitaria que como una tarea estatal: zanjas, drones, muros y vigilancia.
No hay necesariamente un cambio programático. Kast no abandona el programa del orden; intenta desprenderlo de la estética permanente de la guerra cultural.
Algo parecido ocurre con el adversario. La frase más significativa fue aquella en que recordó que los chilenos no lo eligieron para derrotar a la izquierda. Parece una obviedad, pero pronunciada en Foro Madrid deja de serlo. Reconoció incluso que permanecer atrapado en esa confrontación genera aplausos y ordena a los partidos, pero no resuelve los problemas de los ciudadanos.
El desplazamiento es relevante. El adversario deja de ser exclusivamente un actor político y pasa a ser una situación: inseguridad, narcotráfico, migración irregular, burocracia, incapacidad estatal. Cambia también la vara con que Kast pide ser evaluado. Ya no basta con ganar la discusión o identificar responsables. Hay que demostrar capacidad para modificar aquello que justificó llegar al poder.
También hablaron sus silencios. Kast no recogió los cuestionamientos al INDH y al sistema garantista formulados horas antes por dirigentes oficialistas. No reprodujo el lenguaje antimigratorio identitario ni hizo suyo el alineamiento geopolítico con Estados Unidos enfatizado por otros expositores. En cambio, reivindicó la institucionalidad chilena.
Eso ayuda a entender la presidencialización. No consiste necesariamente en moderarse o desplazarse hacia el centro. Consiste en seleccionar, dentro de las ideas de la propia familia política, cuáles pueden transformarse en acción gubernamental y cuáles deben permanecer fuera de ella.
Por eso Foro Madrid terminó funcionando casi al revés de lo esperado. En la previa parecía destinado a medir hasta dónde Chile Vamos estaba dispuesto a ingresar en el perímetro ideológico republicano. Al final fue Kast quien intentó dibujar ese perímetro. Compartir una identidad, vino a decir, no significa gobernar solamente para quienes la comparten.
Pero aquí comienza la parte más difícil de la prueba. Kast pudo presidencializar su discurso; todavía no sabemos si ha presidencializado a su coalición. La distancia entre algunas intervenciones de dirigentes oficialistas durante el Foro y las palabras posteriores del Presidente muestra que ambas lógicas siguen conviviendo. El verdadero test aparecerá cuando esas diferencias deban convertirse en decisiones sobre seguridad, derechos, instituciones y límites al poder.
Hay además un riesgo para el propio Kast. Al sustituir parcialmente la épica del adversario por la promesa de gestión, renuncia a una coartada útil para cualquier gobernante. Si los problemas persisten, será más difícil explicarlos permanentemente por quienes se oponen. Él mismo escogió otra vara: “Hechos y no palabras”.
Quizás esa sea la consecuencia más importante del discurso. La presidencialización comienza cuando el adversario deja de explicar el fracaso y los resultados comienzan a medir el poder. Kast mostró ante los suyos que puede cambiar el lenguaje de la batalla por el del gobierno. Ahora deberá demostrar que también puede cambiar la forma de ejercerlo.



