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16 de Septiembre de 2026Los Lizana: la historia detrás de una de las familias más antiguas de organilleros y chinchineros que lucha por mantener vivo el oficio
Héctor Lizana es parte de una tradición familiar que comenzó con su abuelo, Héctor “Tito” Lizana, quien se inició en el oficio a los ocho años. Ahora traspasó además el oficio a su hijo, quien lo acompaña en sus presentaciones en plazas y parques, así como lo ayuda en el taller que tenía su padre, en San Ramón, donde fabricar un organillo puede tomar ocho meses.
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Héctor Lizana no es el primero en su familia en llevar el nombre, y tampoco en su oficio. En el rubro, de hecho, son conocidos por ser una de las familias más antiguas de organilleros y chinchineros en Chile.
El primero fue su abuelo, Héctor “Tito” Lizana Gutiérrez, quien no solo es el principal referente para la familia y quien generó que los Lizana se instruyeran en el oficio de los organilleros, sino que también se le considera el chinchinero chileno más antiguo del que se tiene registro.
Con solo ocho años comenzó a trabajar con el organillero Lucho Patilla, para dos años después agarrar un bombo y transitar a su oficio de chinchinero en 1938, el cual alternaba haciendo sonar organillos que arrendaba.
Pero la familia no solo es ampliamente reconocida en el rubro por el rol que desempeñó Héctor, sino que con los años su hijo Manuel, quien acompañaba a su padre cuando salía a tocar su organillo, también comenzó a desempeñarse como chinchinero.
Juntos, padre e hijo, en los años 60 constituyeron la pareja “Los Patitas de Oro”, donde además don Tito, sin saberlo todavía, comenzó lo que luego se transformaría en la puesta en escena típica de los chinchineros: su presentación con bailes y giros.
“Empieza a tocar y también a meter la acrobacia, porque tenemos ritmo, tenemos danza y tenemos acrobacia en el oficio del chinchinero”, recuerda su nieto en conversación con The Clinic.
Con el tiempo, casi toda la familia Lizana era organillero o chinchinero (o ambas), tradición que fueron traspasando de generación en generación, pero que también los llevó a liderar este rubro y posicionarse tanto a nivel nacional como internacional.
Reciben invitaciones, hasta el día de hoy, para presentarse en México, Alemania y otros países de Europa, y por décadas han apoyado y dirigido la Corporación Cultural Organilleros de Chile, que ellos mismos ayudaron a fundar en 2001.
También son reconocidos por cada gobierno en La Moneda, donde cada año -y este no fue la excepción- los invitan a presentarse en Fiestas Patrias para la celebración de los funcionarios en el patio de los cañones.
“Venimos con esa identidad de la Guardia Vieja, de la siembra que hizo nuestro abuelo. El acompañar el organillo como tiene que ser, que no se lo he visto a nadie, porque esto es como una batería. Hay cortes, hay partes que tienes que tocar más suave, hay otras en que le das más intensidad a los platillos, al chinchín, y eso empieza a nutrir la música, y se ve y se escucha espectacular”, dice Héctor Lizana.
La principal enseñanza que le dejó su abuelo, menciona, es precisamente a “tocar con pasión con el organillo. No tocar por tocar, no. Tienes que llevar el ritmo, si somos bateristas también”.
Cómo la familia Lizana se consolidó en el rubro de los fabricantes de organillos
Pero los Lizana no son conocidos solo por sus presentaciones como tal.
A fines de los 60 padre e hijo adquirieron cada uno su propio organillo, lo que despertó un particular interés por parte de Manuel Lizana en torno a la afinación, restauración y fabricación de los instrumentos.
Así, y con solo 23 años, se convirtió en maestro constructor y reparador de organillos, lo que luego derivó en que la familia se instalara en el mismo taller que su señora e hijos -quienes viven a pocas cuadras unos de otros- todavía habitan, en San Ramón.
Don Tito y Manuel Lizana fallecieron en 2021, lo que todavía golpea con fuerza a la familia. Pero los recuerdan a diario no solo con las fotos que llenan su taller, pero también a través de las nuevas generaciones que siguen el mismo camino.
El taller y la fabricación de organillos, bajo el nombre de organilleros y chinchineros Lizana, ahora están a cargo principalmente del hijo de Manuel, Héctor Lizana Hidalgo, quien cuenta que el trabajo detrás de uno de estos instrumentos toma cerca de ocho meses.
No solo por el detalle de cada pieza al interior de los organillos con su sonido particular y la cantidad de instrumentos que se le adapten.
Pero también porque cada uno cuenta con una pieza central: un rodillo o cilindro de madera tallado en su interior con puentes de bronce similares a corchetes, que contienen las ocho melodías que suenan al girar la manivela.
Cada rodillo es único, puesto que cada organillo tiene un porte determinado y cierta cantidad de notas a las que puede llegar. Cuentan con sonidos e instrumentos determinados, por lo que cada canción y melodía en el cilindro de madera debe adaptarse a su propio organillo.
Foto: Francisco Paredes / The Clinic
Un trabajo realmente milimétrico, dice Héctor. Para que cada nota quede bien ajustada y las ocho canciones suenen bien, se debe realizar un trabajo extremadamente pulcro, que es también la enseñanza que le dejó su padre, quien lo inició en el oficio: “El amor por el organillo, de mantenerlo, de cuidarlo”, recuerda.
“Lo más importante para mí ha sido con mi papá, que siempre soñábamos estar junto a los fabricantes más grandes del mundo de organología. Entonces, estar en el museo en Berlín, con nuestra fábrica, con este organillo que me tocó estar allá, mostrar lo que hizo mi papá algún día… Que no existe en ningún otro lugar del mundo, es un organillo único. Y estar en ese museo representando a mis familias es un orgullo tremendo”, recuerda.
En esa línea, destaca por sobre todo el legado de sus antepasados. “La familia ha sido una punta de lanza, como se dice, porque llevamos este legado, no es solo de tocar nomás, sino de entregar algo mucho más importante”, dice Héctor.
Entre el pulido y tallado de la madera, su afinación, la elaboración de los rodillos con las canciones y todos los detalles que implica que hacen cada organillo único, generalmente tienen la capacidad de hacer apenas uno al año. Pero lo importante no es la cantidad, mencionan, ni la rapidez: sino que la calidad y prolijidad con que se hizo.
Compatibilizar ser maestro constructor y reparador de organillos con las presentaciones y la preocupación por su lorita
Si bien el trabajo de hacer un organillo es lento y largo, no restringe a Héctor de presentarse -muchas veces junto a su hijo Amaro a quien también le heredó el oficio-, todos los fines de semanas y festivos en parques y plazas.
Si bien reconoce que como profesión han atravesado momentos complejos y que la gente aporta menos que antes, no tiene ninguna duda de que los organilleros y chinchineros están más vigentes que nunca.
No solo por el reconocimiento que sintieron cuando se les nombró patrimonio cultural inmaterial o tesoros humanos vivos, pero porque cuando la gente se les acerca en plazas y parques les transmiten su admiración.
Pero por una razón muy simple: “Lo que pasa es que es una máquina del tiempo, en un segundo volvís a tu infancia”.
“A la gente le encanta sentir el organillo con el chinchinero”, dice Héctor, quien menciona que además es infaltable la presencia de su lorita.
Los loros, para Héctor, son un factor fundamental en el trabajo de los organilleros. No todos optan por tener uno, eso sí, principalmente por el trabajo que implica y porque no se puede tener cualquier tipo de loro, y que el que es permitido es más caro que uno choroy, por ejemplo.
Incluso, cuenta, en alguna sesión con autoridades de cultura les han dicho que para prevalecer el oficio, deben mantener la costumbre de los loros.
“Yo tengo mi lorita, es doble trabajo. Porque tienes que estar contestando todo el día a la gente que te hace preguntas, que no vaya a morder a alguien, que tienes que darle comida, tienes que mantener el organillo limpio. En cambio, si no tienes lorito te evitas todo eso”, dice.
Aún así, Héctor es enfático en que el loro es parte primordial de la puesta en escena de los organilleros. “Para mí no salir con un loro, es como que me falta algo”, dice.
“Si realizas bien el oficio, como tiene que ser, la gente te abre las puertas de par a par”
Con todo, el propio Héctor reconoce que desde siempre han habido problemas en el rubro, y que la reciente disputa de la Municipalidad de Santiago con los chinchineros de Plaza de Armas es fiel reflejo de aquello.
El tema, menciona Héctor, radica en realizar “bien el oficio, como tiene que ser, y la gente te abre las puertas de par a par”.
En el caso de Plaza de Armas, menciona, siempre ha sido un sector difícil. Recuerda que él mismo consiguió un permiso cuando el alcalde era Jaime Ravinet. Pero le dieron uno para tocar durante una hora al día, lo que sumado al estacionamiento y el costo que implicaba, no le convenía.
A ello se suma que Santiago centro es un sector lleno de oficinas y trabajadores, por lo que el ideal es que los organilleros y chinchineros se desplacen cada cierto tiempo. “Si tú vas a un lugar y estás tocando todo el día en la mañana en un lugar X, se van a molestar sí o sí”.
“Yo sé que los muchachos están aprendiendo, y lamentablemente se excedieron. Para mí poner 10 bombos tocando… Creo que donde los pongai se van a molestar. Tienes que tocar tres temas y empezar a caminar, itinerar, si es el oficio”.
Al final, dice Héctor, todo se remite a lo mismo que reflexionaba en un comienzo.
Que el oficio, para que logre florecer y mantenerse en el tiempo, debe apegarse a la preocupación que se ha adquirido porque aparezcan en buen estado: organilleros y chinchineros bien vestidos, con zapatos de punta, que sean amigables con la gente y, un punto relevante para quitar un estigma que solían tener, sobrios.
“Para mí es un orgullo tremendo llevar el legado que mi papá comenzó con mi abuelo, el llevar esto a los colegios. Que no es que toquemos nomás. Nosotros interactuamos con los papás, con las mamás, con los niños. Según el nivel que estamos, cómo conversamos. Pero el poner el chinchín a un papá, a la mamá la ponemos en el organillo… Y esas cosas son hermosas para mí porque vamos dejando una pequeña semilla en cada uno”, dice Héctor.