Carta a la directora: Chile necesita un lugar para estar en desacuerdo y encontrar acuerdos
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El próximo 22 de septiembre se cumplirán 20 años desde la publicación de la Ley N.º 20.120, que reguló la investigación científica en seres humanos, su genoma y la clonación humana. La misma ley creó la Comisión Nacional de Bioética. Veinte años después, esa Comisión todavía no ha sido constituida.
Pero quizás lo más interesante no sea sólo su ausencia, sino aquello para lo que fue concebida.
La ley reconoce que, en materias donde están en juego valores, derechos y distintas concepciones sobre lo correcto, pueden existir más de una posición razonable. Por eso establece que sus resoluciones o acuerdos deben dejar constancia de las diferencias producidas en su seno y de la posición de minoría. No se trata de eliminar el desacuerdo, sino de darle un espacio para ser argumentado y escuchado.
Chile ha seguido enfrentando dilemas bioéticos tales como aborto, eutanasia, cambio climático, uso de la IA, etc, pero muchas veces la discusión aparece cuando la decisión ya está encima de la mesa. Lo que ha faltado es un espacio institucional permanente para examinar sus fundamentos, confrontar posiciones distintas y hacer visible dónde están realmente los acuerdos y los desacuerdos.
Una Comisión Nacional de Bioética no reemplaza al Congreso, al Gobierno, a los tribunales ni a los comités de ética. Su función sería distinta: ofrecer un espacio institucional para que las diferencias puedan ser argumentadas, escuchadas y, cuando sea posible, transformadas en acuerdos.
Veinte años después, la pregunta ya no es por qué la ley creó una Comisión Nacional de Bioética. El Congreso respondió eso en 2006.
La pregunta pendiente es otra: ¿por qué Chile creó por ley un espacio para deliberar sus desacuerdos bioéticos y, veinte años después, todavía no lo ha puesto en funcionamiento?



