Juanita Toro, la maestra que no pudo ser intérprete de ballet por decisión de su padrastro: “Mi destino era ser una persona que pudiera acompañar, motivar y hacer crecer”
A sus 83 años y con seis décadas de historia entre Tomé y Concepción, la emblemática pedagoga repasa el desvío que la alejó de los focos profesionales para convertirla en el pilar de la danza sureña. Una reflexión profunda sobre el valor de enseñar, el arte de formar cuerpos ajenos y la belleza de ver volar a otros.
Por Carolina Mardones L. 10 de Octubre de 2026
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Juanita Toro, de 83 años, repasa cómo una decisión familiar la alejó de ser intérprete de ballet y la llevó a la docencia. Desde Tomé y Concepción, cuenta que unió “mis dos amores: la danza con la educación” y creó Surdanza, encuentro infantil que hoy llega a su versión número 17 en el Teatro Biobío.
- Juanita Toro recuerda que su padrastro le negó ir a Santiago a estudiar danza.
- Eligió Educación y luego creó un taller de ballet al trabajar en Tomé.
- Dice que unió “mis dos amores: la danza con la educación” en su carrera.
- Surdanza nació hace 17 años y hoy es un encuentro nacional de danza infantil.
- Pide no cerrar espacios culturales y critica los recortes para la cultura.
El artículo retrata la trayectoria de Juanita Toro, profesora de danza de 83 años, marcada por el sueño frustrado de ser intérprete de ballet y por su vocación de enseñar. Desde su trabajo en Tomé y Concepción, impulsó Surdanza, un encuentro infantil que busca formar y reunir nuevas generaciones en torno a la danza.
Hay memorias que no se guardan en fotografías, que no son tan volátiles y que nos recuerdan día a día por qué estamos en donde estamos. Memorias que quedan en nuestro cuerpo, en las articulaciones, en manos y también en los pies. Antes que la televisión llenara de imágenes los hogares chilenos, en Osorno la música viajaba por la radio y Juanita Toro, con apenas seis años, la habitaba de la forma más completa posible.
A pesar de ser tan pequeña, se movía con la soltura de quien descubre que el aire también se puede moldear. Su padre biológico, el primero en adivinar esa chispa, la llevó de la mano a la primera academia de la ciudad y celebró cada uno de sus giros. Pero la vida, que a veces tiene el pulso brusco y en este caso, le arrebató a su padre a los trece años cambiando las reglas del juego.
Con la llegada de un nuevo padre se instaló también la mirada conservadora de un Chile que entendía la danza clásica solo como un pasatiempo y no algo serio. Fue así como el gran telón del escenario bajó de manera abrupta y con la melancolía propia de perder un sueño. Sin embargo, no siempre se pierde por completo y la oportunidad de seguir bailando ahora estaba en la academia, en la educación, con el desarrollo libre del espíritu.
Seis décadas después, convertida en un pilar indiscutible de la cultura en Tomé y Concepción, Juanita Toro no habla desde el rencor. Comprendió que la negación de su propio aplauso encendió algo más duradero: la vocación de traspasar el fuego. También estuvo tras la creación del Encuentro de Danza Infantojuvenil Surdanza, un festival que comenzó a gestarse hace años y que hoy tiene lugar en el Teatro Biobío, convocando a jóvenes bailarines y academias de todo Chile.





Descubriendo el baile y calzando las primeras zapatillas
“Soy oriunda de Santiago, cuando empecé a trabajar y desde el año 80 vivo en Concepción. Soy una persona bien grande, tengo 83 años pero de espíritu joven. La carcasa está vieja”, explica Juanita Toro en conversación con The Clinic.
Sobre su vida, dice con orgullo que es profesora de danza. “Tengo mi academia y este año cumplimos 60 años entre Tomé y Concepción. Pero yo me involucré desde los seis años en la danza. Nací en Santiago, pero mis papás por trabajo se fueron a vivir a Osorno. En aquel entonces no había más que la radio, la televisión aún no existía, entonces siempre escuchaba música en la casa y lo bailaba todo. Estaba siempre en movimiento”, recuerda.
“Apenas se abrió la primera academia de danza en Osorno, mis padres me inscribieron y me llevaron a las clases de ballet. Desde ahí nunca más me he separado de las zapatillas. En principio era como un hobbie, me encantaban mis clases, las disfrutaba mucho. Era muy creativa, me movía con toda la música”, detalla.
Sobre su infancia, comenta que su padre “siempre disfrutó mucho de este interés mío por la danza y siempre me motivaba a continuar. Desgraciadamente, mi papá murió cuando yo tenía alrededor de 13 años. Ya mis papás estaban separados y mi madre volvió a casarse. A mi segundo papá también le gustaba la danza, pero no de la misma forma en que lo veía mi padre biológico. Seguramente él me habría apoyado mucho más, a mi segundo padre le gustaba porque era bonito, era lindo para una señorita, pero no para que yo lo viera como una profesión. Desgraciadamente, como vivíamos en región no me pude ir a estudiar ballet a Santiago pero seguí siempre en distintas academias donde me tocó vivir y estudiar. Seguí y seguí con diferentes profesores”.
El baile que no pudo ser
“Le pedí a mi segundo papá, cuando ya se abrieron las carreras en la universidad, irme a Santiago a estudiar danza y él me dijo que no, que por ningún motivo. Creo que me veía como con plumas. Así que tomé la decisión de estudiar en la Universidad y elegí Educación. Cuando elegí la Educación, la elegí más que nada por irme lo más pronto posible de mi casa e independizarme”, explica.
Juanita Toro recuerda que “la parte teórica era casi aburrido para mí, pero cuando empecé a hacer la practica me di cuenta que enseñar era súper lindo y me fui enamorando de la profesión que había elegido y creo que ha sido una de las cosas más hermosas que me han pasado en la vida porque uní mis dos amores: la danza con la educación”.
“Cuando me nombraron en una escuela en Tomé, lo primero que hice fue crear un taller de ballet y así pude empezar en este camino y hacerlo mi profesión, juntar esos dos amores. Pero también me di cuenta que tenía hartas cosas positivas por el hecho de haber estudiado educación. Sabía de metodología, psicología, cómo crear un programa, tenía hartos conocimientos de danza pero también era una tremenda responsabilidad porque es trabajar con niños, trabajar con cuerpos”, recalca.
También recuerda que “el Teatro Municipal abrió sus puertas a los profesores de regiones, profesores de danza y empezamos a ir en las vacaciones de verano. Habían cursos que se realizaban para los profes de danza de diferentes regiones del país. Allí empezamos a trabajar muchas cosas de las que no tenía conocimiento. Por ejemplo, de repertorio, o de kinesiología aplicada a la danza o de otros estilos de danza. De tener conocimientos no solo de la danza clásica, sino que incluir las artes escénicas en general. Esa fue una parte bien importante que para mí empezó a llenar los vacíos que tenía y continué por muchos años yendo a la escuela del Teatro Municipal para estos cursos y además también perfeccionándome con otros maestros en cada oportunidad que tenía”.
El nacimiento de Surdanza
El origen de Surdanza fue la respuesta inevitable de Juanita Toro a un territorio desprovisto de espacios para el ballet clásico. Tras titularse como profesora y afianzarse en la Región del Biobío, entendió que si la capital no le abría un escenario, el sur debía levantar sus propios salones.

“Cuando ya me vine a Concepción, en el año 80, empecé a invitar maestros de danza que tenían la posibilidad de venir a realizar una masterclass o pequeños talleres de una semana o de fin de semana. Así empezamos a crecer en relación a la danza y a tener mayores conocimientos de lo que estaba haciendo. Es tan serio lo que uno hace, que uno no puede dejar de estar al día porque todas las profesiones van cambiando con los años y uno tiene que ir incorporando los avances”, dice.
Con respecto a lo anterior, Juanita Toro rememora que en Concepción se realizaban “bonitos festivales, encuentros de danza de todas las academias de la región donde podían participar niños, jóvenes y adultos. Desgraciadamente, los niveles infantiles fueron quedando de lado con el tiempo y solamente se empezó a trabajar más con los niveles juveniles y adultos. Entonces, como había tanto semillero en la zona se me ocurrió hacer un festival que fuera exclusivamente para niños entre los ocho y los 12 años. Hace 17 años partió Surdanza, que es este encuentro de danza infantil que empezó siendo regional, después interregional y hoy es a nivel nacional. Ahora, en octubre se realiza esta versión número 17 de este encuentro en nuestro Teatro Regional del Biobío”.
Surdanza se realizará el 15 y 16 de octubre, en donde el Teatro Biobío se transformará en un gran punto de encuentro para nuevas generaciones de intérpretes, docentes, directores, familias y comunidades vinculadas a la danza, poniendo en valor no solo la presentación escénica, sino también el intercambio, la formación, la convivencia y la posibilidad de reconocerse como parte de una comunidad artística que se extiende mucho más allá de cada escuela o academia.
“Mi destino era ser una persona que pudiera acompañar”
Toro es enfática en decir que “para mí la danza ha sido un complemento muy importante en mi vida. Ha sido mi pasión. Toda mi vida ha girado en relación a la danza. Me emociona, me trae mucha alegría, me gusta y me sigue gustando. A pesar de los años, siento que necesito estar cerca de la danza, es mi pasión, es como el aire que uno respira”.
“Me siento bendecida porque haber pedido estar haciendo esta profesión porque también es trabajar con mi hobbie y con lo que amo. Me siento muy bendecida y me siento muy afortunada. Miro y doy una vuelta a mi pasado y creo que siempre elegiría lo mismo. Si la vida no me llevó a ser una intérprete en danza… Creo que mi destino era ser una persona que pudiera acompañar, motivar, hacer crecer a muchos niños y jóvenes por el camino de la danza porque muchos alumnos han seguido por el camino de la danza profesional. Verlos crecer en la danza es muy lindo”.
Con respecto a enseñar a las nuevas generaciones, destaca que “uno tiene que actualizarse en relación a los tiempos. No puedo ser la misma profesora que era hace 30 ó 40 años atrás, más estricta. Por ejemplo, en la clase de ballet lo que uno quiere, más que la alumna tenga su pelo tomado, con un tomate, esa es una cosa pequeña. Pero hoy día, donde los padres andan corriendo junto a sus padres y se van desde el colegio mientras los traen empiezan a hacerse un semitomate que se les desarma en la mitad de la clase, uno tiene que aceptarlo porque con suerte alcanzan a llegar después de tantas actividades que tienen los niños”.
“Muchas veces son más inquietos y uno tiene que ser muy creativa como para motivarlos y cambiarles siempre de actividad para que no se aburran con la danza clásica. La danza clásica es un poco árida, de mucha repetición, pero las músicas para clase de ballet se acercan mucho a los jóvenes”, señala.
También reflexionó sobre qué le diría a las actuales autoridades de Cultura. “La pérdida de Artistas del Acero para Concepción ha sido muy fuerte, ojalá que no se sigan cerrando espacios que han sido emblemáticos en Chile. Que no hayan tantos recortes para la cultura que es tan importante. La cultura, para muchos, parece algo que no es necesario pero es tan necesario como comer. Un pueblo sin cultura o sin arte es como si no tuviese alma. Pediría que reflexionen en relación a eso”.



