“Pidieron una reunión para decir cómo hacer las clases”: El drama de profesores universitarios que describen una generación de ‘quintos medios’ en la educación superior
Constantes reclamos por la exigencia, profesores que sienten temor de reprobar a sus alumnos y hasta padres que llegan a reclamar en nombre de sus hijos. Profesores con décadas de experiencia describen cómo ha cambiado la relación con las nuevas generaciones y por qué hoy sienten que enseñar también implica "pisar entre cristales". Expertos atribuyen estas tensiones en un cambio de paradigma: la enseñanza sancionadora quedó atrás y el estudiante pasó a ocupar un lugar más protagónico en el proceso educativo.
Por Colomba Bolognesi 10 de Octubre de 2026
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Profesores universitarios describen que hoy deben “pisar entre cristales”: temen reclamos, cartas y hasta padres que intervienen por sus hijos. Relatan menor tolerancia a la exigencia por parte de la nueva generación de estudiantes de la educación superior.
El artículo reúne testimonios de profesores universitarios que describen cambios en la relación con sus estudiantes. Hablan de reclamos por la exigencia, intervención de padres y temor a reprobar.
Estar constantemente “pisando entre cristales”. Así define Marcela B. lo que significa hacer clases hoy en la universidad. Lleva 12 años ejerciendo como docente y asegura haber sido testigo directo de cómo ha cambiado la relación entre alumnos y profesores en las instituciones de educación superior. Una relación en la que, según describe, los profesores deben medir cada palabra y cada exigencia, conscientes de que una queja de sus estudiantes podría poner en riesgo su trabajo.
Actualmente hace clases a estudiantes de primero y tercer año en una universidad. “No podemos exigirles mucho porque, si no, alegan. No podemos decirles que su proyecto está malo porque, si no, dicen que el profesor los trató mal. En ese sentido, yo creo que ha cambiado mucho”, expresa.
“Creo que no se está trabajando la tolerancia a la frustración, que es algo que la universidad debería enseñar. Como esa frustración al equivocarte y volver a hacer, equivocarte y volver a hacer. Uno tiene más miedo de pedirle al alumno que se equivocó que lo haga más veces. A mí me ha pasado con alumnos que les doy la oportunidad de hacerlo de nuevo y se ponen a llorar”, agrega.
La profesora cuenta que apenas habían transcurrido dos semanas desde que comenzó a dictar un taller de primer año cuando los alumnos enviaron una carta expresando su malestar con el curso. En ella planteaban una serie de reclamos por la exigencia del ramo y solicitaban a la universidad disponer de más tiempo durante las clases para realizar sus trabajos, y así no tener que trabajar en proyectos durante su tiempo personal.
“Esto ya es locura, porque si tú estudias una carrera exigente tu tiempo personal es la universidad. Yo cuando estudié o en mis primeras clases, el alumno tenía que llegar a las clases y el tiempo que tenía, era el tiempo que tenía. Ahora es como que los cuidan como si fueran guaguas”, critica la profesora.
“Yo creo que hay una menor capacidad de absorber exigencias de los alumnos. Esta imagen del alumno en la biblioteca con ocho libros abiertos desapareció, no existe. Detrás de eso hay una cuestión de pensamiento crítico: quieren llegar rápido a lo que les están pidiendo, uno ve menos profundidad y al ver menos profundidad uno se pregunta cómo regular la exigencia”, se cuestiona por su parte, el director de una carrera de comunicaciones de una universidad privada.
El director de carrera lleva 30 años dedicado a la docencia y asegura que, durante ese tiempo, ha podido evidenciar un cambio en la forma y el cuidado con que los profesores se relacionan con los estudiantes.
“Hay una suerte de corrección política, pero que está instalada en la sociedad, digamos. Y esa corrección política que está instalada en la sociedad, por supuesto, permea también la universidad y la formación. Hay que regular las bromas, porque es verdad que de repente uno antes era más arrebatado para decir las cosas“, expresa.
Esa mayor cautela en la relación con los estudiantes, dice, convive con otro cambio que también ha visto en sus tres décadas de docencia: una creciente intervención de alumnos y, en algunos casos, de sus padres en la forma en cómo los profesores enseñan.
“Hay universidades privadas donde los papás van a hablar a la universidad por el hijo. Yo creo que es un fenómeno complejo. En general, hay un buenismo de no reprobar, y finalmente hay muchos que llegan al final y uno se pregunta ‘¿cómo aprobó este alumno?'”, expresa.
“Ayer mismo me contaba un profesor que los alumnos de segundo año hicieron un reclamo, mediante una carta, y pidieron una reunión con el profesor para decirle cómo tenía que hacer la clase”, agrega.
“Nunca la profesión docente había sufrido mayor desprecio que hoy”
“No estoy de acuerdo con que el profesor se sienta intimidado y tenga que bajar su nivel de exigencia. Lo que corresponde es establecer desde el inicio un diálogo con los estudiantes, donde exista comunicación y acuerdos sobre los elementos fundamentales que se van a considerar en la evaluación”, expresa María Eliana Arias, decana de la Facultad de Educación de la Universidad Central.
“Hoy los profesores también se están capacitando y las instituciones están entregando herramientas para abordar este nuevo enfoque de la educación de calidad. Los procesos evaluativos ya no buscan ser sancionadores: deben existir primero instancias de evaluación formativa que permitan al estudiante identificar qué está haciendo bien y qué debe mejorar, para luego llegar a una evaluación sumativa. De esta manera, el estudiante puede comprender por qué no ha alcanzado determinados objetivos o adquirido las competencias necesarias, en lugar de que simplemente se le apruebe o se reduzca la exigencia”, agrega.
Por su parte, el académico y antropólogo de la Universidad de Chile, Pablo Ortúzar expresa que hoy en día el escenario “es muy desmotivante para el docente con vocación”.
“Nunca la profesión docente había sufrido mayor desprecio que hoy, en buena medida porque nuestra sociedad ya no valora el conocimiento, sino sólamente el entretenimiento y las credenciales. Y digo sociedad porque esto no es sólo culpa de los políticos, el mercado, el estado o la estructura institucional. Esto es culpa y responsabilidad de todos”, agrega el académico.
Ortúzar considera que hoy en día existe una suerte de “inflación de notas” en la educación superior. “Cualquiera que hubiera estudiado la inflación de notas en la educación básica y media sabía que el fenómeno se iba a replicar a nivel superior cuando se masificara esa etapa educativa”, expresa.
“Se abren las puertas de la universidad de par en par a miles de estudiantes que son analfabetos funcionales y cuya expectativa es que se replique lo que vivieron en la educación básica y media. Y la estructura institucional de la gratuidad incentiva que el estudiante pase ligero por los programas hacia el añorado cartón: cualquier otra cosa le genera problemas a todas las partes involucradas”, añade.
La universidad ya no es la misma que hace algunas décadas: las puertas se han abierto a un número cada vez mayor de estudiantes. Este 2026, la matrícula en la educación superior creció por quinto año consecutivo.
El Informe de Matrícula en Educación Superior en Chile de la Subsecretaría de Educación Superior, muestra que la matrícula total de educación superior alcanza 1.497.548 registros en 2026, considerando pregrado, posgrado y postítulo. Esta cifra es 3,0% superior a la de 2025 y representa 43.269 matrículas adicionales. El pregrado continúa siendo el núcleo del sistema y aumenta levemente su participación desde 91,2% de la matrícula total en 2025 a 91,6% en 2026.
“Hay universidades que han dejado de tratar a los estudiantes como alumnos y los empiezan a tratar como clientes”
Un estudio realizado en 2025 por la Universidad Católica de Temuco, Universidad de Concepción y Universidad de Los Lagos y publicado por la Universidad Católica del Maule abordó el bienestar de docentes universitarios chilenos y encontró que el 59,3% de los académicos evaluados presentaba síndrome de burnout o se encontraba en riesgo de desarrollarlo: un estado de agotamiento físico, mental y emocional causado por el estrés laboral.
La investigación advierte que las altas demandas laborales y las constantes transformaciones de la labor académica pueden generar estrés y afectar el bienestar de los profesores. En particular, un 25,9% de los docentes de la muestra presentaba riesgo de agotamiento emocional, una de las dimensiones asociadas al burnout.
“A mí me ha tocado trabajar en instituciones que de alguna manera, respaldan en exceso a sus estudiantes. Hay varias universidades que han dejado de tratar a los estudiantes como alumnos y los empiezan a tratar como clientes. Por eso, se sienten con el derecho de poder alegar sobre lo que los profesores les enseñan y cómo les tienen que enseñar, expresa Claudio, arquitecto que lleva diez años realizando clases en distintas universidades.
Cuenta que, al momento de poner malas calificaciones, ha recibido reacciones de frustración y enojo que en ocasiones incluso le han generado temor. A su juicio, algunos alumnos perciben al profesor como alguien que busca perjudicarlos, en lugar de entender que ambos forman parte de un mismo proceso educativo.
La idea de que uno tiene que ir a la universidad está “muy alojada en nuestra sociedad, y de repente hay gente que no tiene que ir a la universidad o que está estudiando porque lo mandaron ahí. Entonces hay como una suerte de desgano generalizado”.
“El acceso universal a la educación, derechos que defendemos, no es una obligación, sino una oportunidad. En ese sentido, sería bueno que las personas que se matriculan para estudiar estuviesen dispuestas a aprender y comprometidas con el proceso de formación, cosa que en gran medida no ocurre”, agrega.
“No todos son llamados a ser profesionales, existe una mala concepción. Y se empezó a generalizar la idea del mínimo esfuerzo”, sostiene un abogado que realizó clases de derecho en pregrado durante 16 años, hasta que en 2020 decidió dejar la docencia.
“Las clases de pregrado uno las hace solo por vocación. Y como la vocación con todos estos defectos comienza a declinar, renuncié“, agrega.
El abogado considera que hoy los alumnos son menos tolerantes frente a la posibilidad de no pasar un ramo y que, al mismo tiempo, las universidades han establecido mayores restricciones respecto de la cantidad de estudiantes que pueden reprobar un curso.
“Yo me he encontrado con copias de trabajo. Una vez lo metí a Google y encontré el texto íntegro, igual al trabajo. Lo mandé a la universidad, y me pidieron darle otra oportunidad. Pasó el ramo, porque hubo una exigencia de parte de la autoridad de darle otra oportunidad”, sentencia.



