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Opinión

18 de Octubre de 2026
Sandro Baeza

Columna de Luis Cordero Vega: El miedo también enferma

Foto autor Luis Cordero Vega Por Luis Cordero Vega

El deterioro de la salud mental, el miedo al delito y la incertidumbre configuran un escenario que amenaza no solo el bienestar de los chilenos, sino también la convivencia y la calidad de la democracia. El columnista Luis Cordero advierte sobre los efectos del uso del temor como estrategia política.

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La salud mental de los chilenos atraviesa su peor momento desde la pandemia, según consta de la duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC publicada este mes, que muestra que el 18,5% de la población tiene sospecha o presencia de problemas de salud mental, la cifra más alta en cuatro años, y que empeoran a la vez la depresión, la ansiedad, el insomnio y la soledad, un deterioro simultáneo que no se registraba desde 2021.

El Foro Económico Mundial, en su informe de riesgos globales 2026, ubica la desinformación y la polarización entre los tres riesgos más severos de los próximos dos años, manteniendo al deterioro de la salud y el bienestar en dicha lista, toda vez que buena parte del costo de esos riesgos se termina pagando en salud mental.

Como muestran los datos del Termómetro, la seguridad sigue siendo el principal estresor de las personas. El 58,1% declara alto estrés por el crimen organizado y el 55% por la posibilidad de ser víctima de un delito, aunque ambos bajaron respecto de 2025. Lo que más crece es la incertidumbre, lo que se traduce en que el estrés por los cambios sociopolíticos subió 9,1 puntos y el asociado al cambio climático, 14,3. La Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana de 2025 muestra una brecha relevante, en el sentido que el 7,9% de los hogares fue víctima de delitos violentos, pero el 82,9% de las personas cree que la delincuencia aumentó en el país. Respecto de su propio barrio, lo cree el 47,2%. Es decir, mientras más lejana es la experiencia, mayor es el temor, lo que permite mostrar como esa distancia suele llenarse con el discurso público y la cobertura de los medios.

Pero, además, ese temor tiene efectos sobre la salud. La OMS identifica la violencia como un factor que aumenta el riesgo de afecciones de salud mental y la evidencia comparada asocia el temor al delito con más síntomas de depresión, en parte porque las personas tienden a retraerse, salir menos y aislarse. El Termómetro registra una caída de quienes perciben un alto apoyo social y un alza de la soledad, lo que pareciera ser un indicio de la pérdida de cohesión social.

Esta combinación es perjudicial para el funcionamiento cotidiano de cualquier sociedad, porque como ha advertido el propio Foro cuando el miedo y las teorías conspirativas prosperan, pueden incitar a la violencia. Y esta, sea física, simbólica o virtual, termina naturalizando la intimidación como una forma de vinculación regular.

Este conjunto de elementos plantea un desafío significativo a las autoridades, porque cuando el miedo se usa como estrategia de comunicación o para legitimar medidas, produce un daño que no aparece en las estadísticas delictuales. Esto se traduce en que ellas deben considerar que el riesgo debe comunicarse con datos y de manera proporcional, porque el discurso sobre seguridad también es política pública y tiene efectos, de modo que anunciar amenazas sin respaldo no protege a nadie. Enseguida, conviene evaluar el efecto de las medidas de seguridad sobre la salud mental, como se hace con otros impactos. Y, finalmente, se requiere invertir en aquello que efectivamente protege, como los espacios públicos, las redes comunitarias y el acceso oportuno a la atención de los servicios públicos.

Una sociedad atemorizada tiende a ser más frágil y desconfiada, pero también más fácil de polarizar, sin que ello la haga más segura, por el contrario. Los estudios sobre calidad de la democracia añaden un costo menos visible, porque como ha mostrado Susan Stokes, un público polarizado -y atemorizado- se vuelve más tolerante con que sus líderes debiliten a los tribunales, a la prensa y los contrapesos. El miedo no solo fragmenta la convivencia, rebaja el umbral de tolerancia desde el cual una sociedad acepta que se erosionen sus garantías. Por eso su daño no se mide solo en salud, sino también en la calidad de la democracia.

De ahí que una política de seguridad debe considerar también la salud mental de las personas que busca proteger y comenzar con los mensajes responsables, debería ser un primer paso.

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