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Editorial 18 de Octubre de 2026

Editorial / Un déjá vu: siete años después

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Este 18 de octubre se cumplen siete años del estallido social. Una fecha que vale la pena recordar y mirar hacia atrás, pero sobre todo es importante preguntarnos cuánto ha cambiado Chile y qué hemos aprendido de lo que ocurrió ese viernes del 2019.

Intelectuales, sociólogos y ensayistas han intentado explicar las causas del malestar social. Algunos han puesto el foco en la desigualdad, otros en las expectativas que genera el progreso y también en fenómenos menos visibles, como la pérdida de cohesión social y los estados de ánimo colectivos, porque las sociedades también se mueven por emociones. El humor colectivo, la sensación de injusticia o la frustración influyen en la manera en que las personas interpretan su realidad, incluso cuando los indicadores muestran avances.

Siete años después, vale la pena volver a mirar esos indicadores. Según la encuesta Casen, la pobreza por ingresos bajó, la desigualdad de ingresos disminuyó y también el índice Gini. En educación, los resultados Simce muestran una leve recuperación después de la pandemia. Por su parte, no cabe duda que el crecimiento económico sigue siendo insuficiente y el desempleo alcanzó un 9,6% en el trimestre junio-agosto de este año.

Las cifras muestran algunos avances y dificultades. Pero hay otra dimensión muy relevante y que pocos miran, que es más subjetiva, que tiene que ver con cómo nos sentimos los chilenos.

En estos siete años, los chilenos hemos transitado por un espiral de emociones. Si pintáramos nuestros sentimientos tendríamos un arcoíris el cual reflejaría un recorrido emocional importante. De la rabia contra los abusos y la desigualdad pasamos a la esperanza de los cambios políticos y constitucionales. Luego llegaron el miedo, la inseguridad y la incertidumbre económica. Hoy aparece con fuerza el pesimismo y una cierta dificultad para imaginar un futuro mejor, una forma de resignación, una creencia de que no se puede hacer nada frente a lo que nos pasa, lo que es muy perjudicial para nuestra sociedad.

Uno de los cambios más reveladores se refleja en nuestros propios anhelos. En 2019 se hablaba de grandes transformaciones sociales. Hoy cobran fuerza demandas mucho más concretas, tener una casa, un trabajo estable y poder caminar tranquilos por nuestras calles. Aspiraciones que aunque suenen sencillas, para muchas familias, se han vuelto difíciles de lograr.

En una sociedad fragmentada como la nuestra, la frustración encuentra menos espacios para lograr acuerdos y, además, cuando se debilita el aprecio por la democracia, crece el espacio para quienes ofrecen atajos autoritarios o buscan convertir un episodio de alta tensión en una oportunidad política.

En ese escenario, las palabras de las autoridades importan. La afirmación de que “hoy nadie consume parafina” recuerda otras del pasado, que llamaban a “levantarse más temprano” o “aprovechar la baja del precio de las flores”. Estas frases reflejan desconexión y falta de empatía y terminan dañando la confianza. Porque detrás de las cifras económicas hay hogares donde calefaccionarse sigue siendo una necesidad y el sueldo no alcanza para llegar a fin de mes. 

¿Qué hemos aprendido entonces? La política, las empresas y las instituciones tienen la responsabilidad de escuchar y comprender mejor a las personas. También de reconocer que el crecimiento necesita traducirse en oportunidades y bienestar cotidiano. La cohesión social se construye, en buena medida, desde esas experiencias diarias de respeto y reconocimiento.

Quizás una de las lecciones pendientes del 18 de octubre sea aprender a mirar a Chile desde dos lugares al mismo tiempo, las cifras que muestran cómo estamos y las emociones que explican cómo nos sentimos. Comprender esa distancia puede ayudarnos a construir un futuro compartido.

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