Las historias detrás de Monte Rosa: sus platos abundantes, viejos parroquianos y una cantina que ha recibido desde Allende hasta Boric
Entre recetas que se transmitieron de generación en generación, clientes que llevan décadas ocupando las mismas mesas y una historia que se remonta a 1965, el Monte Rosa se mantiene como punto de encuentro en el centro de la ciudad. La cantina, que fue frecuentada por Salvador Allende, recibió recientemente al expresidente Gabriel Boric. A pesar de los años conserva su identidad marcada por la cocina casera, la familiaridad y los vínculos que se construyen alrededor de la buena comida.
Por Dominga Krotik 18 de Octubre de 2026
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A pocos metros de la Alameda, Monte Rosa mantiene desde 1965 una identidad marcada por “platos abundantes”, cocina casera y una clientela fiel. El bar, frecuentado por Salvador Allende y visitado hace días por Gabriel Boric y Nano Stern, sigue siendo un punto de encuentro donde se mezclan generaciones, música, libros y viejos parroquianos.
- Monte Rosa funciona desde 1965 y conserva su interior burdeo y su aire de los años 70.
- Es conocido por platos abundantes y por su cola de mono, receta transmitida de generación en generación.
- Recibió hace días a Gabriel Boric y Nano Stern; antes lo frecuentaba Salvador Allende.
- Abre hasta la madrugada, pero con ingreso selectivo: “Solo con clientes”.
- Para sus habitués, el local es también un espacio para conversar y encontrarse.
El artículo retrata al Monte Rosa como una cantina histórica del centro de Santiago que ha sabido mantener su identidad con el paso del tiempo. Entre cocina casera, clientes antiguos y visitas de figuras conocidas, el local aparece como un lugar donde la comida, la conversación y los vínculos personales sostienen su vida cotidiana.
A pocos metros de la Alameda hay un bar donde Santiago parece haberse quedado detenido en los años 70. El color burdeo de su interior y algunos cuadros se mantienen intactos desde el primer día. En el Monte Rosa los platos son abundantes, se sirven vinos y combinados, y se prepara una de las colas de mono más reconocidas del país.
Su receta se ha transmitido de generación en generación y es la misma que alguna vez probó Salvador Allende, quien frecuentaba el lugar.
Detrás de la barra se amontonan botellas de licor, recuerdos futboleros, fotografías antiguas y un reloj. En las paredes cuelgan cuadros regalados por clientes masones y artistas. Un letrero de neón rosado es uno de los pocos elementos que parecen de esta época.

En una tarde lluviosa de octubre, los comensales que ocupan las mesas tienen entre 30 y 60 años. Afuera, la Alameda concentra el movimiento de una de las principales arterias de la capital.
El local es uno de los pocos que permanecen abiertos hasta la madrugada, entre las dos y las tres de la mañana, dependiendo del día. Sin embargo, la extensión del horario no significa que las puertas estén abiertas para cualquiera. Cuando cae la noche, el ingreso se vuelve más selectivo. “Solo con clientes, no va a entrar un gallo que venga ebrio o que sea desconocido”, añade la dueña.
Fue precisamente este lugar el que hace unos días recibió una visita poco habitual para quienes no conocen su historia, aunque no tan extraña para sus habitués: el expresidente Gabriel Boric y el músico Nano Stern llegaron a comer y terminaron fotografiándose junto a sus trabajadores. La imagen fue publicada en las redes sociales del restaurante, acompañada de un mensaje de agradecimiento y una invitación para que ambos regresen.
Pero Boric y Stern no son los únicos nombres conocidos que han pasado por sus mesas. Bandas juveniles, actores y bailarines, frecuentan el lugar. El Monte Rosa también abre sus puertas para lanzamientos de libros, sesiones de vinilos e incluso presentaciones de cervezas, convirtiéndose en un punto de encuentro para personas vinculadas a distintas expresiones artísticas.
“Harto joven del teatro, de la música y de la literatura, acá al lado vivían unos chicos que tenían participación en el cine y empezaron a venir con sus grupos y ese grupo trajo otro y así. Se fue dando”, menciona la dueña.
Detrás de esa concurrencia hay una historia que comenzó hace más de seis décadas y que explica cómo el Monte Rosa ha logrado conservar su identidad, incluso cuando cambian quienes se sientan a sus mesas.

La historia de Monte Rosa
La historia del Monte Rosa se remonta a 1965, cuando fue fundado por un italiano llamado don Gino. El nombre del local no fue casual: eligió el del segundo macizo montañoso más alto de los Alpes y de Italia, un lugar que le recordaba a casa.
Durante cerca de 30 años, el restaurante pasó de dueño en dueño, aunque buena parte de su personal se mantuvo. En 2009, el último propietario se lo vendió a dos antiguos clientes: Sarita Jaque y Reinaldo Rodriguez. Ambos conocían el lugar desde dentro, pero hacerse cargo del negocio implicaba un desafío distinto al de visitarlo. Debían recuperar a quienes habían dejado de ir y volver a instalar al Monte Rosa como un punto de encuentro.
“Tuvimos que conquistar a los clientes que ya no venían, estábamos un poquito como de capa caída. Al conquistarlos de nuevo, volvieron a venir y a probar y se quedaron y trajeron más amigos”, añade Sarita, quien hoy está a cargo del local, luego de que su marido desarrollara alzheimer.
Aunque Reinaldo ya no participa del negocio como antes, sigue presente en el restaurante. Su visita es parte de la rutina del lugar: los clientes lo reconocen y le tienen cariño, al igual que los trabajadores, quienes en ocasiones lo acompañan a caminar algunas cuadras. Después de tantos años compartidos, la relación entre ellos va más allá de lo laboral. Son una familia, con todo lo bueno y lo malo que eso puede implicar.
“Lo traigo para que él se acuerde, tiene momentos de lucidez y pregunta o quiere ayudar, quiere atender, especialmente cuando ve mucha gente”, añade Sara.

Esa historia familiar también se refleja en la cocina. El menú está compuesto por preparaciones chilenas caseras, y detrás de los platos hay otra figura fundamental: la hermana de Sara, quien está a cargo de la cocina. Entre las especialidades de la casa hay dos preparaciones que destacan por sobre el resto.
“Nuestro plato fuerte es la cazuela de vacuno y los porotos granados. Porque la cazuela de vacuno es de costilla derecha, se hace con esa carne”.
La continuidad de las recetas es parte de la identidad del restaurante. La anterior jefa de cocina trabajó allí hasta jubilarse y, antes de irse, transmitió los secretos para preparar la cola de mono que hoy sigue siendo uno de los sellos. Cada semana elaboran cerca de 22 litros de esta bebida, siguiendo una tradición que se ha mantenido con el paso de los años.
Para Sara, sin embargo, el secreto de una buena cocina no está solamente en las recetas ni en los ingredientes. También tiene que ver con la manera de preparar cada plato y con la relación que se establece con quienes después se sientan a comerlo: “Hacerlo como si fuera para uno”.
Con esa misma lógica recibieron al expresidente Gabriel Boric. Su visita no tomó completamente por sorpresa al equipo del Monte Rosa, acostumbrado a recibir a políticos y músicos. Lo atendieron con cariño, pero sin alterar la dinámica habitual del restaurante: la idea era que tuviera la misma experiencia que cualquier otro cliente.
“Comió cazuela y pernil también. Había venido diferentes veces y había probado diferentes platos”.
En una tarde cualquiera, lejos de las visitas que terminan en las redes sociales, la vida del Monte Rosa continúa alrededor de la barra y las mesas. Sarita se encarga de administrar el local y recibir a quienes llegan. De fondo, esa tarde sonaba “Yo Tomo Vino y Cerveza”, de la banda argentina Amar Azul, mientras don Sergio Román ocupaba su lugar habitual en la barra.
Lleva más de 50 años yendo al restaurante y asegura que “sólo falla por cosas especiales, a su copita de vino”. Con el paso del tiempo, la visita se convirtió en parte de su rutina: comenzó a asistir cuando era muy joven y nunca dejó de hacerlo.
Su explicación quedó interrumpida por una de las meseras, que quiso agregar un detalle a la historia de ese ritual cotidiano: “cuéntele que la copita de vino es bien conversada”.

La anécdota da cuenta de una de las funciones que cumple el restaurante para quienes lo frecuentan. No todos llegan únicamente a almorzar o a tomar una copa. Para algunos, sentarse en el Monte Rosa también significa encontrarse con alguien, intercambiar unas palabras o simplemente pasar un rato acompañados.
“Él es un cliente antiguo y cuando no viene para acá se siente raro, se siente extraño porque vive solo. Entonces también los vecinos de por acá, que ya son viejitos, vienen seguido porque aquí conversan, ven más gente”, menciona Sara.
La conversación entre clientes de distintas edades es otra de las escenas habituales. En el restaurante coinciden personas que llevan décadas asistiendo y jóvenes que recién comienzan a descubrir el lugar. Las mesas, en ese sentido, funcionan como un espacio de encuentro entre generaciones que, fuera de allí, quizás no tendrían demasiadas oportunidades de conversar.
—Hay gente que viene a comer y en la tarde pasa a conversar, o darse una vuelta. Yo hasta me sorprendí porque acá hay de repente personas bien adultas y se juntan con los chicos jóvenes y conversan horas y horas.
Esa cercanía también se manifiesta en la forma en que se ha conformado el equipo del restaurante. Con los años, algunos clientes han terminado incorporándose al negocio y los vínculos personales se han mezclado con el trabajo cotidiano. La historia de quienes están detrás de la barra y de quienes llegan a ocupar una mesa se entrelaza, hasta el punto de que las fronteras entre clientes, trabajadores y familia se vuelven más difusas.
—Desde que se jubiló el otro equipo, empezó a trabajar mi hermana conmigo que me ayuda en la caja y también en el almuerzo. Mi sobrina que terminó de estudiar, no encontró trabajo y me ayuda con las redes sociales. Y la señora que hace los sandwich ya está conmigo hace 10 años. Trabajaba en un negocio del centro como 19 años y ese negocio quebró y se vino a trabajar acá. Era clienta.


