Opinión
24 de Octubre de 2026
Columna de Rita Cox / Feria Artesanal Santa Lucía: como un duty free
Por Rita Cox F.
La amenaza de clausura de la Feria Artesanal Santa Lucía abre una discusión que va más allá de sus problemas particulares: qué entendemos hoy por artesanía. La columnista Rita Cox recorre sus puestos, conversa con sus comerciantes, para preguntarse por el lugar que ocupan los oficios y el trabajo hecho a mano en la identidad cultural del país. "Ese es el lujo de hoy y del futuro: el arte de los oficios, el legado que pasa de generación en generación, frente a lo industrial, la producción en serie, la IA y los materiales de corto aliento", escribe.
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El 16 de octubre la Municipalidad de Santiago notificó la clausura de la Feria Artesanal Santa Lucía, y la mañana del 19 varios comerciantes empezaron a desarmar sus puestos. El recinto arrastra una orden de inhabilidad desde 2005 y un decreto de clausura desde 2013: unos veinte años sin permiso de obras ni recepción definitiva. Ese mismo día, tras reunirse con los feriantes, el alcalde Mario Desbordes echó pie atrás y anunció una mesa técnica con Obras, Fiscalización y su gabinete. “No son delincuentes”, dijo, aunque lo que se exige es claro: que nadie que entre a comprar corra riesgo eléctrico. Las obras, dicen los feriantes, correrán por su cuenta, porque el terreno es de ellos. No se han informado plazos ni montos. El futuro, por ahora, es una mesa de conversación.
Dos días después paso una tarde tranquila allí. Son 150 locales de tres por tres metros, algunos más chicos, y lo primero que salta a la vista es la presencia extranjera a ambos lados del mesón. Atienden venezolanos, bolivianos, colombianos, peruanos y también chilenos. Recorren estadounidenses, europeos y, sobre todo, brasileños. La oferta es bastante parecida de un local a otro: recuerda esos metros cuadrados del aeropuerto, una vez que se pasa Policía Internacional, y el duty free. Recuerda esas tienditas de souvenirs que salvan cuando ya no queda otra chance. Tazones, bolsos de tela, poleras y jockeys con “Chile” escrito y algún dibujo de la cordillera, el altiplano, un volcán o una araucaria, lo que se supone que nos resume. Platos e imanes de cobre con motivos nacionales. Y mucho producto peruano, desde textiles hasta figuritas de llamas que, me cuentan, llegan desde Perú y se fabrican allá o en China a pedido de comerciantes peruanos. En Artesanías de Natolia compro unos robots de madera fabricados en Perú. También ofrecen unos lindos rompecabezas del mismo material, elaborados en China. Lo más artesanal, en sentido estricto, serían las joyas de lapislázuli que aparecen en varios puestos.
La feria nació casi por accidente. A fines de los ochenta, un grupo de comerciantes llegó a este terreno frente al cerro para una feria navideña que debía durar un par de meses. Vendían artículos decorativos y, con el tiempo, se volcaron a la artesanía. Se quedaron, y en 1991 formaron la Sociedad de Artesanos Santa Lucía para comprar el sitio que arrendaban. El piso era de tierra.
Ítalo Antonelli lleva treinta años aquí. Partió como vendedor de su hermana los fines de semana y hoy arrienda con su señora un local partido en dos. En uno tiene poleras, polerones y bolsas de tela con estampas chilenas para el turista; en el contiguo, poleras de Los Prisioneros, Björk, Don Ramón y otros íconos de la cultura popular. Muchas están estampadas en serigrafía y, frente a la impresión digital, él las defiende como artesanía: “Es proceso humano”.
Frank Ortiz, también chileno, lleva cuatro años. Dejó Valparaíso, donde trabajaba en una lancha de turismo, obligado por una enfermedad crónica que debe tratarse en Santiago. Vende inciensos, piedras, collares que arma con insumos de Meiggs y las velas aromáticas que hace su esposa. Le compro unas bolsitas de palo santo. Sus mejores meses son los de nieve, cuando los brasileños bajan de los centros de esquí. Saca la cuenta: en un buen mes vende unos tres millones de pesos; un 40 % se va en mercadería y 300 mil, en el arriendo. Los gastos comunes, para la administración, la mantención, la limpieza y los tres guardias de seguridad, los paga el dueño del local. Le pregunto qué hará si cierran la Feria Artesanal Santa Lucía. “Sería súper triste. Tendría que volver a inventar algo para vivir”.
Porque esta es, antes que nada, una feria de comerciantes. Negocios más pequeños que una pyme, donde, como dice Frank, “trabajamos el día a día para las necesidades del día a día: para comer, para movilizarnos”.
Junto a esa frágil estabilidad económica que encarnan los locatarios de la Feria Artesanal Santa Lucía, tan representativa de los tiempos que corren, salta otro punto: la palabra artesanía se ha vuelto elástica.
No solo en la Santa Lucía. Basta recorrer ferias “artesanales” de comunas o balnearios para ver, junto a un chaleco tejido a mano, esmaltes de uñas, carcasas de celulares, colets y figuras de Ganesha. La pregunta, entonces, es si en la Santa Lucía no se está desperdiciando ese flujo de visitantes extranjeros que podría conocer un trabajo más fino y representativo de lo hecho a mano. Ese es el lujo de hoy y del futuro: el arte de los oficios, el legado que pasa de generación en generación, frente a lo industrial, la producción en serie, la IA y los materiales de corto aliento.
Ejemplos luminosos hay varios: Artesanías de Chile, Primeros Pueblos, la muestra de artesanía UC. Con la ubicación privilegiada que tiene, algo le falta a la Santa Lucía: una visión más elaborada de lo que podría apetecerle a un turista dispuesto a gastar, una mirada estratégica de imagen país. Cuesta responsabilizar a los locatarios, que cargan con una economía precaria. ¿Y el Estado?
Me pasó algo parecido la última vez que fui a La Recova, en La Serena. Ese lugar antes sexy, con su artesanía local, sus conservas de papaya, sus frutos secos y sus golosinas de manjar, decaía a contracorriente: La Serena es una puerta de entrada a los atractivos turísticos de la Región de Coquimbo y un punto de partida para recorrer la ruta de Gabriela Mistral, justo cuando el turista interesado en la cultura busca lo hecho a mano, lo auténtico, aquello que conserva la huella de un lugar y de sus habitantes.
Santiago supo hacerlo. Desde 1959, las ferias del Parque Forestal reunían a artesanos campesinos, mapuches y aimaras con artistas como Violeta Parra. Para el Mundial de 1962, una Feria de Arte Popular, solo con artesanía nacional, fue uno de los imanes de las delegaciones extranjeras. Y en 1966 hubo feria en el propio cerro Santa Lucía, donde estuvo Héctor Herrera, El Pajarero.
Hace más de sesenta años sabíamos qué mostrarle al que venía de afuera. Hoy, a los pies del mismo cerro, le vendemos una llamita que bien pudo fabricarse en China. Y se entiende: hay que remarla.



