El pintor Pablo Domínguez ha muerto. The Clinic ha cumplido diez años. Ambos hechos se encuentran en esa doble cara con que irremediablemente se presenta lo real, y la muerte de Pablo Domínguez sella lo que es el primer gran duelo de una generación formidable; la generación de “La cazuela” de Bororo, de Samy Benmayor, de Matías Pinto d’Aguiar, que en una cultura comprimida entre el maximalismo y la culpa, volvieron a recordarnos la alegría del acto creativo. Es también la generación de Patricio Fernández, quien con The Clinic introdujo una variable desconocida; una revuelta hasta ese momento impensable en una sociedad que a finales de los 90 todavía caminaba en puntillas.

No es algo menor. Se trata de una generación que rompió con los estereotipos, censuras y límites que imponía una forma de encarar las cosas, desgarrada entre el silencio, la retórica y los remordimientos. The Clinic es muchas cosas, pero también, y muy profundamente, es la expresión de una generación que asumió una actitud radicalmente contestataria, liberada de la lógica del sufrimiento, y que optó por la reivindicación de la alegría, del placer, del desenfado y del humor. Lo que irrumpía era una sensibilidad y espíritu nuevos, lúdico, irreverente, encarnada en esa impresionante instalación cultural, artística y política que es la revista llamada The Clinic. Al crearla, Patricio Fernández, funda una relación con la inmediatez que, asumiendo la lección de la antipoesía de Nicanor Parra, es entendida como un estado de alerta permanente. La separa de todos los otros medios no sólo su capacidad de subversión, su desenfado y rapidez, sino esa herencia parriana que al reivindicar el habla y el lenguaje diario de los seres humanos, redefine el estatuto de lo real. La trascendencia es el aquí y el ahora; el de la calle, el de la vida de los otros y, por supuesto, el de la muerte. La historia de The Clinic es la historia de los últimos 10 años de nuestro país, pero contada desde lo perentorio.

El año 1998 se produce uno de los dos hechos más ignominiosos y avergonzantes del Chile reciente: la asunción de Augusto Pinochet como senador vitalicio. La Concertación había terminado por avalar lo inconcebible y millones vieron por televisión como el dictador repudiado en todas partes del mundo, ocupaba un puesto de honor en el Senado. Poco después, y es el segundo hecho, esa misma Concertación asumiría la defensa de Pinochet cuando es apresado en Londres. Una mayoría perpleja, interiormente muerta, asiste de esa manera a dos espectáculos como si lo que estuviese sucediendo perteneciese a un guión tan ajeno como inmodificable. Es el momento en que nace The Clinic. Esa suma de cobardías –ningún ministro renunció, como sí lo hizo Carmen Hertz, entonces asesora jurídica del Ministerio de Relaciones Exteriores– justificada como razón de estado por algunos y peor, como un asunto de principios por otros, explica mucho más el exangüe desenlace que está teniendo la Concertación de Partidos por la Democracia que todos los problemas del Transantiago.

The Clinic captó en toda su magnitud ese primer desencantamiento. Su papel no fue ser la voz de los sin voz, sino la voz de aquellos a quienes se les había congelado la voz. La ferocidad de sus titulares, su humor sin contemplaciones, su ausencia de miedo y de cálculo y, en síntesis, su claridad y fuerza, le daba salida a ese inmenso espacio reprimido que arrastraba la sociedad chilena. Su actitud no sólo rompió, y es lo más conocido, con la todopoderosa censura conservadora, católica y pinochetista, sintetizada en El Mercurio, sino que también lo hizo con toda esa lamentela de izquierda, justificada y comprensible, pero incapaz políticamente de darse cuenta de que estaban pasando otras cosas fuera de las lágrimas o, mejor dicho, que las lágrimas implicaban además otras cosas.

En estos 10 años The Clinic ha sintonizado con los sentidos más acuciantes de lo real y de allí su actualidad y vigencia, no exenta de amenazas internas; aquellos momentos en los que la revista ha perdido el sentido de su propia urgencia. Dicho más rebuscadamente, cuando sus significantes han extraviado sus significados, pareciéndose peligrosamente a un diario mural de estudiantes de colegio privado (y masculino por supuesto) felices de pronunciar la palabra pico. Lo otro, es lo que me atrevo a denominar la “tentación Seguel”. Todos recordamos el episodio en el cual el combativo diputado, ex dirigente minero, corrió a darle la mano a Pinochet cuando éste asumía como senador vitalicio. Es el deseo inconsciente de hacer las paces y que me ha parecido guarda relación con el que jamás The Clinic haya sido querellado. La estrategia fue primero hacer como si la nueva revista no existiera (la imagen es cómica, filas interminables de conspicuos personajes aguantaron estoicamente el verse en portadas tipo “maricón a la vela” o “che-tu-madre”), para más recientemente optar por la de saquémonos fotos y riámonos juntos. Está bien, todos finalmente queremos ser queridos en los sitios de nuestras infancias, sea un país, una clase, un colegio o un barrio. Pero las oposiciones de ayer siguen aún vigentes, y hasta donde estoy informado no ha habido conversiones significativas. La contracara de estos peligros ha sido siempre una asombrosa capacidad autocrítica; justo cuando comenzamos a decir “qué malo está el Clinic”, sale la portada “Farkasó Insulza”, rompiendo con todo fatalismo. The Clinic ha ejercido hasta el momento su personal revolución permanente. Hablaba de la herencia de Nicanor Parra, es esto: The Clinic es la continuación de la antipoesía por otros medios.

Decía también que este aniversario se cruza con una pérdida demoledora. The Clinic y la nueva pintura han sido las cabezas de playa de una nueva sensibilidad, y escribo estas líneas hoy, jueves 27 de noviembre, después de despedir a ese artista y ser maravilloso que fue Pablo Domínguez. La cantidad enorme de personas que asistieron a su funeral lo hicieron por la única razón de que lo querían, incluido los niños presentes, y recordé una frase que lo hubiese hecho reír: “con el difunto no se pasaban penas”. Vuelvo a ver la portada de Farkas con José Miguel Insulza y me digo que tampoco con The Clinic se pasan penas. Sé de ahora en adelante que los aniversarios son también los aniversarios de los amigos muertos y que cada vez será más así. Larga vida para The Clinic.