POR PATRICIO FERNÁNDEZ

En los alrededores de San Pedro de Atacama están algunos de los lugares más extraordinarios de Chile. Reina el silencio y la sequía. Las tierras del desierto, en esa zona, están mayoritariamente cubiertas de sal. De día el sol abrasa y en la noche, la noche más negra y enjoyada del planeta, la región se hiela como una mujer inconquistable.

Hay explanadas enormes en las que la vista se pierde, manchones blancos de cloruro de sodio que, aunque parecen sábanas nupciales, carecen hasta del menor germen de vida. Hay lagunas –Chaxa, Barros Negros, Burro Muerto- con olor a azufre, sobre las que caminan flamencos rosados de cuellos aristocráticos, piernas largas y rodillas invertidas. Cuando estos flamencos vuelan, se diría que cuelgan del cielo. Aunque visten como jovencitas en domingo, hay algo en la apostura de estos pájaros soberbios, y en sus picos, y en sus ojos hondamente diminutos, que denota una experiencia milenaria. Nada les apura ni conmueve mayormente.

Arriba de los Andes están las lagunas Miscanti y Miñiques, donde anida la Tagua Cornuda, una especie de faisán con plumas de luto roído, quizás por la vergüenza o el dolor, retiradas a más de 4000 metros de altura, donde nadie pueda verlas llorar. En esas montañas no hay árboles ni flores. La vegetación se limita a infinidad de cueros cabelludos con mechas duras, bajo los cuales una imaginación desbordante podría concebir multitud de cuerpos secos enterrados de pie. A este tipo de coirón se le conoce como paja brava y los atacameños la usan para cubrir los techos de sus casas de barro.

El Valle de la Luna y la Cordillera de la Sal son formaciones misteriosas, algo así como cerros de lodo chorreado y disecado por el tiempo, con incrustaciones de cuarzo que, al atardecer, resplandecen como cuchillos en sus lomos. Las arenas se mueven entremedio de estas rarezas geológicas con la dulzura de las olas monumentales de alta mar, formando laderas de terciopelo ocre y pantanos muertos en las quebradas. Por ahí pasan los burros del desierto buscando el camino más corto para llegar a la vejez.

Abundan los paisajes sobrecogedores, pero quizás ninguno maraville tanto como El Tatio y los contornos del río Putana, a eso de las cinco de la mañana, que es la hora a la que parten los turistas provenientes de todo el mundo, a visitar la explanada más grande y alta de géiseres que existe en el planeta. Pasadas las termas de Puritama, tras subir la cuesta de gravilla que se empina hasta los 4300 m de altura, puede verse a las guallatas y a los patos de la puna, aún durmiendo, como monjes con sus capuchas, orando parados en el agua. Cuentan que santa Teresa de Avila escribía sobre una piedra, sin abrigo, apoyando su cuaderno en los muslos y con los pies en la nieve. Pues bien, estas aves sueñan con sus patas en el hielo. En torno, la neblina planea a ras de suelo hasta el amanecer; entonces se recoge como una cortina y asoman los ñandúes, las vicuñas y las vizcachas. El recorrido termina en El Tatio, que en lengua kunza significa “abuelo que llora”. Decenas de surtidores de vapor convierten ese páramo en un jardín de columnas blancas y silbidos alucinantes.

¿Cómo pudo ocurrírsele a alguien ponerlas en riesgo? Si hubiera petróleo bajo el Vaticano, ¿demolerían los papas la Capilla Sixtina? Un ruido atronador hizo huir a los animales cuando la empresa Geotérmica del Norte abrió un forado en busca de energía y una fuga incontrolada de 80 m de altura rompió la paz natural del sector. No sabiendo qué hacer, llamaron a los bomberos, y los bomberos intentaron apagar el agua con agua. Pocos días después, cubrieron el escape de vapor con un tapón de cemento. Según me dijo el portero de la obra, habían cesado las faenas y las máquinas comenzaban a retirarse. Pero nunca se sabe. Cuando el dinero es Dios, la naturaleza se vuelve esclava. Incluso ciertos dirigentes indígenas de Toconce y Caspana –comunidades a cargo de la concesión del parque- parece que se vendieron. El pueblo de San Pedro, que las últimas dos décadas ha sabido desarrollarse con decencia e inteligencia, permanece cubierto de banderas blancas. Felizmente, esta vez hubo ricos que también perdían con la barbarie y ayudaron a frenar el posible descalabro. Algo ha de saber el abuelo: en vez de acallarlo, más vale escuchar su llanto.