POR CLAUDIO PIZARRO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES
Peluquerías Avatte es una marca familiar con más de 300 años de tradición en la confección de pelucas y que lleva 81 años establecida en Chile. En todo este tiempo han fabricado más de 500 mil pelucas. Juan Carlos Avatte, el patriarca del clan, recuerda el origen del negocio, el arte del camuflaje y sus años mozos vendiendo pestañas en los puteríos. “Inventé el canje pagado en carne”, asegura.

¿Es cierto que los Avatte llevan más de 300 años fabricando pelucas…?
Sí, empezaron en Italia en la época de los Luises, cuando las familias reales se mezclaban entre ellos, por eso Isabel I y Luis XV nacieron calvos. Ellos fueron los primeros que impusieron las pelucas.

¿Y cómo llegaron a trabajar a Chile?
Resulta que a mi bisabuelo le avisaron que iban a enrolar a sus tres hijos en la guerra de las colonias, se espantó y decidió mandarlos a Argentina. Allá se dedicaron al cultivo de viñas pero siguieron cortando el pelo. Después mi padre vino a Chile a hacer una demostración y se quedó para siempre. Fue en el año 1928. Llevamos 81 años en Chile.

¿Cómo era el oficio en aquellos años?
Era todo muy distinto. Mi padre puso su primer negocio en San Antonio con Moneda y hacía clases de coloración del cabello y permanente. Fabricaba sus propios concentrados de tinte como un boticario. Todo se sacaba de la naturaleza. No había tanta tecnología. Recién comenzaban a aparecer los salones de belleza y la gente todavía se cortaba el pelo en las barberías.

¿Cuáles eran los cortes y peinados clásicos?
Después de la primera Guerra Mundial, en los años 20, entra la onda del charlestón, la mujer se rebela y se pone más sexy. Primero se acorta la falda, después se corta el pelo, se lo platina y aparece la melena garzón.

¿Y los hombres?
Estaban influenciados por el cine. En esa misma década se usó mucho el estilo Valentino, peinado al medio y con gomina. La gomina, en aquellos años, provenía de la savia de los árboles, la pepa del membrillo o la linaza. Se le llamaba fijador. Ahora le dicen gel. Después, en los 30, Clark Gable y Errol Flynn imponen el bigote que antes era tipo mostacho.

¿Y más adelante?
Bueno, aparece James Dean en los cincuenta y pone de moda el jopo, después, en los sesenta, el negro empieza a imponer su estilo y el blanco americano se empieza a encrespar y llega toda la onda afro.

¿Eran muy vanidosos los hombres de aquellos tiempos?
Eran tan vanidosos como las mujeres pero el esquema se rompió después del año 73. Los “cuescocabreras” empezaron a necesitar secretarias buenas mozas y, los que eran gerentes, hombres de 40 o 50 años, se comenzaron a poner pelos para competir con los muchachos más jóvenes que ingresaban al mercado. Querían cuidar su pega. Era para conservarse bien.

¿Cambió la mentalidad del pelado?
Sí, con la llegada de los hippies empezaron a sentir envidia por el pelo largo y el pelado tradicional se empezó a sentir mal porque, para qué andamos con cosas, todos los calvos son acomplejados. Imagínate que antiguamente estaba el mito que los lampiños se tenían que echar grasa de carreta para que le salieran pelos. Si en el fondo la calvicie es un tema de raza.

¿Cómo así?
Los árabes son la raza más calva pese a que están llenos de vellosidades por todo el cuerpo, parecen monos, mientras que el africano o el indio nuestro, es lampiño. ¿Has visto alguna vez a un mapuche calvo? No hay ninguno. Pueden tener cien años pero en la cabeza tienen bastante cabello y grueso.

EL CAMUFLAJE

¿Cuál es su clientela habitual?
Desde la más modesta prostituta hasta el más pudiente empresario. De derecha e izquierda. Para mí son todos clientes.

¿Es cierto que después del golpe lo visitó el Mamo Contreras?
Sí, el 12 de septiembre me fue a buscar a mi casa. Andaba detrás de los 100 hombres más buscados de Chile, intentó enrolarme en sus cosas, pero lo paré en seco y le dije que atendía a gente de todas las tendencias y que ganaba cincuenta veces su sueldo, así que no tenía ninguna necesidad económica.

¿Y qué le respondió?
Me prohibió vender algunos productos y me ordenó anotar la cédula de identidad de todas las personas que compraran bigotes, pelucas, barba o una prótesis. Todo el mundo se camuflaba en esa época.

¿Lo intimidaron alguna vez?
A veces venían las amenazas, me decían “si querí seguir vivo deja diez pelucas en el cuarto de la basura”. Después igual terminaron comprando. Hacían hasta pedidos. También fui asaltado dos veces, con metralleta y todo, por los dos bandos. Sabían perfectamente dónde estaban los productos.

¿Y le tocó disfrazar a alguien?
Cuando Miguel Littin entró clandestino a Chile y se quedó en el hotel Tupahue vino a la tienda y yo le puse la barba y el bigote. Yo sabía quien era y lo atendí como un cliente. Tenía que morir pollo. También vino la mujer metralleta que compró una peluca y después la usó en uno de sus asaltos.

¿Una crespa?
Sí, era una de estilo afro, cuando la ví en la tele, la reconocí altiro. Así que después opté por no preguntar nada, me hacía el leso. Para mí eran obras de teatro que de repente salían en la primera página de los diarios.

Tienen historia sus pelucas…
Es que no toda la gente llega a mi local por un asunto estético. En el año 60, por ejemplo, apareció un tipo buscando un adhesivo para su peluca. Era el famoso Loco Pepe, un ladrón de bancos argentino muy buscado en esa época, que de día andaba con prótesis pero que asaltaba pelado. Después Investigaciones se enteró y puso a dos punto fijo afuera del negocio esperando que llegara a buscar pegamento.

¿Y lo pillaron?
Sí, pero no los tiras sino los pacos. Pero la mayor hazaña mía fue pasarle una peluca a un primo de la Eva Perón que se fugó de Capuchinos vestido de mujer. Nunca me la pagó.

¿A quién le ha puesto pelos? Si es que se puede saber.
A un montón de gente. En el año 65, en Buenos Aires, le puse el pelo a Olmedo, al gordo Porcel y extensiones a la Susana Jiménez y la Moria Casán. También a Alberto Castillo, Arturo Millán, Eduardo de Calixto y Julio Iglesias que me lo topé en un festival de Viña.

¿Es cierto que también lo hizo con el almirante José Toribio Merino?
Sí, en sus últimos años tuvo cáncer, lo trataron en Estados Unidos y yo le hice la peluca.

LA AZULITA

¿Hay muchos pelados en Chile?

Actualmente ha avanzado la calvicie por los nervios y la vida agitada. A veces llegan hombres con unos tremendos medallones en la nuca buscando como tapárselos. Las mujeres entre los 40 y 50 pierden alrededor de un 45 por ciento del cabello. Es por un asunto hormonal.

No le ha ido tan mal entonces…¿Cuántas pelucas ha vendido en todo este tiempo?
Desde que tenemos registro, en el año 55, deben ser unas 500 mil unidades. Doscientas mil pelucas sintéticas y el resto natural.

¿Y además de pelucas?
También confeccionábamos pestañas postizas. Una de las primeras que fabriqué se la pasé a la Xenia Monti, una vedette francesa del Folies Bergére, que vino a inaugurar el Bim Bam Bum al Caupolicán. Después empecé a vendérselas a las bailarinas y de ahí pasé a todas las casas de remolienda de Chile.

Era putero….
No, yo iba por negocios, lo que pasa es que si vendía 20 pares de pestañas, en vez de venir la semana siguiente a cobrar, me daban un tanto de plata y el resto me pagaban en carne. Yo fui el inventor de los canjes, mijo…ja ja ja ja. Un par de pestañas valía lo mismo que un aviso en El Mercurio.

O sea, con un par de pestañas las hacía todas…
Claro, ganaba 15 veces más que el Presidente de la República y salía con las mejores vedettes de Chile. Mujeres vistosas. La mejor fue la Nélida Lobato, hermana de la Sisí. Me acuerdo que le iba a dejar las pelucas y ella me decía que fuera a verla a tal hora, cuando el marido estaba ensayando en el ballet del Bim Bam Bum.

¿Cómo eran los prostíbulos en ese tiempo?
Tenían sus reservados, ponían la coca en plato y era gratis. Los capos a veces llegaban y los cerraban. Pero igual uno se cuidaba porque no existían los preservativos y había mucha sífilis y gonorrea.

¿Cómo lo hacían?
Se usaba el permanganato, una huevá morada que se echaba en una taza y uno se tenía que lavar después de echar un pato. Andabas toda una semana morado pero el asunto era cuidarse. Ahora todo ha cambiado, hay condones y tenemos la azulita.

¿El viagra?
No, yo uso Cialis.

¿Y cuánto toma?
Me la tomo entera, los 100 milígramos…

¿Queda como duende de yeso?
No, quedo bien… me gusta que me hagan masajes, que me bañen, que me pongan espuma, que me rasquen la espalda.

¿Era canchero?
Yo era mas tímido que la cresta. El mundo me obligó a ser audaz… jajajja. Me dicen corazón de abuelita…

Siempre ha sido picaflor…
Sigo igual, pese a que me separé hace 9 años. Me gusta cantar, vivir, culear y comer. Amo la vida hasta el último suspiro.

¿A quién conoció en sus andanzas?
Yo protegí a la Anita (Alvarado), la mandé con doble pasaporte a Japón, ella fue amante mía antes de que naciera su hija. La conocí en el Black Cat de Marcoleta, donde se juntaban todos los artistas a jugar dominó, cacho, corría la falopa y habían minas. Yo era amigo del dueño. Le tomé un galón de whisky de 20 años. Yo tomo bien. Estaba todo el canal 13.

¿Y qué tal la Anita?
Buena para la cama, insaciable… Sumamente servicial. Tomaba pura cerveza. La Anita me adora. Estuve como ocho meses con ella. Tiene un corazón inmenso, adoptó a un niño de la calle.

¿Cuál sería la muerte ideal para usted?
Arriba de una mina o debajo de ella.

¿Cuántas mujeres se ha tirado…?
Tengo 69 años… No sé, quizá quinientas… quizá mil… Ahora estoy amenazado de muerte porque no faltan los que se sienten cornudos. Yo les digo que no ando con mujeres casadas… Si ya no se casan los huevones. Para mí, lo mejor es ser conviviente o yunta, para qué voy a querer mujeres casadas.

¿Todavía se la juega…?
Pero claro, cada vez que voy al Passapoga les digo a las minas “tengo dos motivos para existir: producir dinero y culearte a ti”. Ahora me toca preguntar a mí: ¿te ha violado una mujer?
No.
¿Has culeado arriba de un avión?
Tampoco.
Ahh, te falta mucha vivencia…