Año 1959. Sergio Larraín lleva un mes solo en una pieza de hotel en Roma, Italia. Está de paso, leyendo como loco todos los recortes de prensa que hablan acerca de la mafia siciliana. Sus jefes de la agencia francesa Mágnum le han encargado algo imposible: un fotorreportaje del capo, el Don, el temido Giuseppe Russo.

Luego de informarse sobre las bandas de crimen organizado, Sergio viaja a Sicilia con un pase de prensa francés. En su bolso de mano lleva dos cámaras Leica III C de 35 milímetros. Tiene miedo. El personaje que busca es un asesino. Russo carga con 9 acusaciones en los tribunales por robo con violencia, homicidio triple y extorsión.

Durante tres meses Larraín recorre los poblados de Sicilia sin resultado. Nadie se atreve a decirle donde está el capo. Pasa por la Isla Ústica, por Villalba, por Palermo. Y mientras desespera, su cámara registra todo: un funeral donde la viuda cubre su rostro con un manto negro, un grupo de niñas jugando a la ronda, dos pescadores arreglando una red. Cada toma es una pequeña obra de arte. Pero no es suficiente.

Un día, cuando cree todo perdido, alguien le cuenta que Russo vive en un poblado llamado Caltanissetta. Anota la dirección y consigue hospedaje frente a la casa del capo. Está obsesionado con tener esa foto. Compra un teleobjetivo para disparar desde su ventana, como si fuera un papparazi. Logra varias tomas, pero ninguna lo convence. Ese no es su estilo. Necesita mirarlo de cerca, meterse en su mundo.

Larraín se hace amigo de un abogado, ex compañero de curso de Russo. Se presenta como un turista chileno interesado en las ruinas romanas. Tiene suerte: el abogado le cree y le presenta al capo. Russo resulta ser un hombre desagradable y de pocas palabras. Nadie sabe cómo lo logra, pero Larraín le cae tan bien al mafioso que este incluso lo invita a comer pasta con su familia.

El foto-reportero pasa 15 días visitándolo. Pero en todo ese tiempo nunca desenfunda su cámara. Necesita volverse invisible como una silla; debe desparecer para que Russo emerja sin inhibiciones. Así lo ha hecho en su trabajo sobre los niños pobres del Mapocho, que le abrió las puertas de Mágnum. Así lo hará luego en su memorable trabajo sobre Valparaíso. Sin prisa, Larraín se desliza suavemente en esa feroz vida.

Finalmente una tarde, después de almuerzo, saca su Leica y comienza a retratar los objetos de la casa. Russo no dice nada, tampoco sus guardaespaldas. El capo se levanta para ir a dormir una siesta. Sergio espera el momento justo y lo sigue hasta la pieza. Lo encuentra tumbado en un diván, con los ojos cerrados, las manos sobre la cabeza; solo y sin frazada alguna. En el muro de la habitación, cuelga un cuadro ovalado con una estampa del Sagrado Corazón de Jesús.

Larraín comienza a disparar. Los guardaespaldas lo increpan: -¡Oiga!, ¿por qué usted toma tantas fotos?- le dice uno de ellos.

-Porque después hay que seleccionar la mejor- contesta Larraín.

La respuesta, curiosamente, satisface a los sicarios.

Juan José, hijo de Sergio Larraín, oyó decenas de veces esta historia. Dice que en ese momento, su padre ya tenía un boleto de tren para salir de Caltanissetta de inmediato. En las oficinas de Mágnum no lo pueden creer. Larraín trae 6 mil fotos de Sicilia y de ellas, 72 son del capo de la mafia. Las revistas Life, Paris Match y otras 19 publicaciones compran su serie en miles de dólares. Es su primer trabajo para “Mágnum” y ha dado una lección de estilo y persistencia.

Por esos días, Larraín le escribe a su amiga la pintora Carmen Silva, cuatro carillas cargadas de emociones.

“Estoy nervioso porque me han publicado un reportaje en Match, porque he estado en el Vía Veneto donde está todo el mundo brillante de Roma y los fotógrafos me han recibido bien, muy amistosamente (la aristocracia de la Mágnum) y he estado con las divas y vedettes… tirito y miro las fotos del Paris Match, (que son sanas y fuertes sin ser bellas, bastante primarias) y esas fotos que casi no me doy cuenta en el momento en que las he tomado, se me hacen importantes y las distingo de las de los otros… toda esa emoción… el Yo.”

LA ELITE MÁGNUM

Sergio Larraín es el único chileno que ha trabajado en Mágnum, la agencia donde muchos fotógrafos sueñan estar. En 1959 se reunía ahí la elite gráfica, encabezada por Henri Cartier Bresson y Robert Capa. El primero, autor de fotos memorables como la de un hombre que salta sobre un charco de agua, o sus retratos de Albert Camus y Jean Paul-Sartre. El segundo, famoso por capturar la imagen de un soldado que muere en combate y por obtener las únicas instantáneas del desembarco de Normandía. Cartier y Capa reunieron en Mágnum las más sensibles miradas del mundo y hoy en su archivo figuran clásicos inolvidables como James Dean caminando bajo la lluvia en Times Square; Marilyn Monroe tomada desde arriba mientras retoza en su cama y la madre Teresa de Calcuta hundiendo su cara en sus manos, en una profunda plegaria.

Desde su fundación en 1947 sólo han ingresado a Mágnum 60 fotógrafos. Gracias a Russo, Larraín quedó entre ellos.
-Como en un cuento de hadas entré en el mundo del periodismo fotográfico, luego de una vida sin tener casi trabajo…-recordó Larraín, años después.

A partir de entonces los encargos se multiplicaron. Larraín retrató la captura de guerrilleros en Casbah, Argelia y el resultado apareció publicado en el suplemento dominical del New York Times.

También cubrió el matrimonio del Sha de Irán con la emperatriz Farah Diba. La imagen de ella probándose la corona ocupó la portada de París Match con el título “Mañana seré reina”.

Su fama se acrecentó sin pausa. El Museo de Arte Moderno de Nueva York le compró fotos para su colección latinoamericana.

Nadie se habría figurado entonces que 10 años más tarde, en 1970, cuando estaba en la cima de su carrera, Larraín lo dejaría todo y que incluso buscaría borrar su huella y desaparecer como artista.

Primero decidió renunciar a Mágnum. Luego se llevó sus negativos para quemarlos.

Afortunadamente el fotógrafo checo Josef Koudelka, uno de sus colegas y admiradores, había hecho copias de buena parte de su trabajo. Hoy sus fotos valen entre mil 500 y tres mil euros cada una.

Pero lo que no pudo hacer con su obra, sí lo hizo consigo mismo. A partir de ese año pocas veces se le volvió a ver en público. Ni siquiera cuando en 1999 se organizó en Valencia una restrospectiva de su obra, quiso aparecer.

Hoy tiene 75 años y vive en Tulahuén, un pueblo enclavado en la montaña, al interior de Ovalle. Allí medita, pinta y escribe pequeños textos místicos que circulan entre sus conocidos. No habla con nadie, excepto con un grupo de discípulos a quienes enseña yoga los segundos martes de cada mes. No ve más a sus amigos ni tampoco a buena parte de su familia. Muchos de sus parientes le temen a sus enojos y se negaron a hablar para esta nota. Todavía saca fotos, a las que acceden sólo sus más cercanos. Sus temas hoy son las flores y los paisajes luminosos.

EL PASADO NO EXISTE

Hoy es sábado 6 de mayo y hace cuatros días Sergio Larraín regresó a Ovalle después de pasar dos meses enteros meditando en la montaña. Paz Huneeus, la madre de su hijo Juan, acaba de estar con él. Dice que lo encontró demasiado pesimista, hablando de la guerra y de la miseria de los hombres.

Le dio rabia. Ella quería tocar temas terrenales como los hijos y los nietos, pero él no la escuchó.

La puerta de la casa de Larraín no tiene timbre. Golpeo pero nadie contesta. Un vecino me sugiere que insista. Tiene que estar adentro. No lo han visto salir.

Entonces se abre la puerta y Sergio Larraín Echeñique, el fotógrafo que inmortalizó Valparaíso y que engañó al capo de la mafia siciliana aparece en el dintel, vestido con pijama de franela y un chaleco tejido a mano. Se ve flaco y encorvado. Su pelo es canoso y le faltan dos dientes: uno arriba y otro abajo. Pero su mirada es fuerte, directa.

Sergio es conocido en Ovalle como un hombre místico y tiene un grupo de seguidores que lo llaman ‘el maestro’. El segundo martes de cada mes, se junta con ellos en un gimnasio público donde hace clases de yoga y les explica su filosofía de vida centrada en la búsqueda del presente. Durante estos años ha escrito una decena de pequeños manuales que él llama ‘textos para el kinder planetario’ y donde reseña ideas como ésta:

‘EL UNIVERSO ES UNIDAD, ESTÁ TODO JUNTO, AL MISMO TIEMPO, AHORA. PARA VOLVER A LA REALIDAD ES NECESARIO HACER YOGA’.

En mi mano, tengo el libro donde aparece esa frase. Sergio lo nota y de inmediato me invita a su casa. No me pregunta el nombre ni tampoco me da tiempo para decirle que soy periodista. Simplemente habla, habla y habla. Dice que estoy en el lugar correcto, que hace seis mil años se dedica a la búsqueda espiritual. Luego, saca de una caja de cartón otros libros para regalarme. En el living hay sólo eso: cajas.

Salimos a una galería que da al patio. Los muros están adornados con pequeños cuadros que él pinta al óleo, usando la técnica realista que aprendió de su amigo Adolfo Couve. En una mesa hay una figura del Buda y una foto a color. La imagen retrata a tres personas sentadas en una calle de espaldas.

Sergio continúa hablando acerca de su filosofía mística. Mientras lo hace, cierra los ojos y pone las manos en posición de rezo. Acto seguido, camina hacia el patio y apunta a la luna con el dedo índice. Dice que la luna es la última nota de la escala cósmica, que la primera es Dios y que mejor pasemos a la cocina. Antes de mi visita, se estaba preparando unas espinacas. Cierra la puerta. No quiere que los gatos se coman la mantequilla. Nos sentamos en la mesa. Al lado hay una escalera, que da hacia un altillo donde él medita. Paz me ha dicho que debajo de ese altillo hay un cuarto oscuro donde revela de vez en cuando las fotos que saca ahora. Miro bien y efectivamente ahí está el cuarto.

De pronto Larraín me pide que baje el mentón, que cierre los ojos y que conecte mi centro energético con la tierra. Larraín se calla por primera vez y sólo escuchó el miau de los gatos y unas gotas de agua que caen en el lavadero. Abro un ojo y lo veo concentrado, hasta que golpean a la puerta. Sale disparado y regresa acompañada de un discípulo. Le cuenta que hoy amaneció con mal pulso, que no puede escribir y que sus textos tienen dibujos porque todos nosotros somos niños intentando comprender el caos de este mundo.

De pronto, toma un lápiz y me pide que anote en la primera página de uno de sus libros una frase que acaba de pensar y que podría completar sus teorías: ‘Un planeta y una humanidad sin contradicciones, para incorporar al universo en nuestra mente y no quedarnos fuera de él’. Luego se pone inquieto. Dice que tiene mucho que hacer, que me vaya con los libros y que ‘por favor’ difunda todo lo que he escuchado, que esto es para todos. Me explica, además, que puedo sacar fotocopia y repartir sus textos a toda la gente que quiera un mundo bueno.
Tal como me hizo entrar, me saca de su casa. En el dintel de la puerta me detiene. ‘Párate en el “kath”, dobla un poco las rodillas, baja el cuerpo. Así pesadita. Conéctate con la gravedad, cierra los ojos. Estás aquí y ahora, el pasado no existe y lo que viene tampoco’.

NIÑOS VAGOS Y VALPARAÍSO

Muchos fotógrafos han hecho este mismo viaje a Ovalle para hablar con Larraín de fotografía y han salido de ahí sólo con sus libros de pensamientos metafísicos. Lo cierto es que a partir de 1970 Larraín olvidó todo su trabajo. El mejor ejemplo es el libro “Londres” publicado recién en 1998.

Las fotos fueron sacadas entre 1958 y 1959 cuando Larraín estaba becado por el Consejo Británico para estudiar foto. Pero las imágenes permanecieron 40 años en el archivo de Mágnum hasta que Agnés Sire –actual directora de la Fundación Henri Cartier Bresson- reparó en ellas y quedó impactada. ‘La bruma, la soledad, las aceras, los parques o los bares, el poder del dinero. Esta visión de Londres sin embargo tan íntima, no por ello deja de ser significante; hay quien ha reconocido en ella a los personajes clave de la literatura inglesa’, escribió Siré en la retrospectiva de 1999.

Para muchos, ‘Londres’ es una obra cumbre de la fotografía mundial. Para Larraín, en cambio, ya
no significa nada.

Otro ejemplo de este abandono, son las fotos que ilustran este reportaje. Las encontramos durante la investigación, arrumbadas en los archivos del Hogar de Cristo. Estaban mezcladas con tomas de otros autores, en un sobre que decía “pelusas”. Había allí un verdadero tesoro: no solo varias de las más famosas fotos de Larraín sobre los niños del Mapocho sino las secuencias que lo llevaron a ese resultado.

Para Josep Vicent Monzó, organizador de la retrospectiva de Larraín en Valencia, la serie de los niños de la calle es su mejor trabajo. Allí dice, Larraín encontró su camino. Por un lado, representa un quiebre con su familia y el mundo de la elite. Por otro, rompe con la forma aceptada de hacer fotografía. En ese trabajo Larraín no sólo se sitúa en el grupo políticamente incorrecto, sino que se hace cómplice de los niños. A los chicos que todos desprecian, Larraín los retrata como grandes personajes.

-Mi papá convivió con estos niños durante un tiempo: los vio asaltar gente, dormir debajo de los puentes, en las alcantarillas, todo. Quedó impactado con esta experiencia- cuenta su hijo Juan José.

En un cuaderno de apuntes, que Larraín le regaló a Carmen Silva hay una hermosa foto de un niño nadando en las aguas turbias del Mapocho y que forma parte de esta misma serie. Debajo de la foto anotó: “Aquí va un muchacho nadando sobre las piedras en la salida de una alcantarilla, será buen símbolo para nosotros que no vemos más que miserias, para que tomemos la vista y nos oigamos palpitar serenos por dentro”.

Esa sensibilidad está presente también en la serie de Valparaíso, su trabajo más conocido. Larraín llegó a esa ciudad en los ‘50 hipnotizado con las historias que le contaba Carmen Silva. Ella se había hecho íntima de una banda de cafiches y ladrones apodados ‘Los Filónicos’ con quienes salía en motoneta a bailar rock and roll. Le decían ‘la francesa’ porque era pintora y cuica. Apenas
Larraín supo de sus andanzas viajó al puerto, ansioso por descubrir nuevos mundos.

Empezó a frecuentar los bares y los prostíbulos del barrio chino: “La Tía Lucy”, “Las Lolis”, “El 69” y la famosa ‘Casa de los Siete Espejos’. En esta última, Larraín quedó atrapado por el juego de perspectivas. En el salón había siete espejos señoriales y dorados donde se reflejaban las mujeres como en un caleidoscopio. Larraín llega cada noche y se sienta largo rato en la barra, con una bolsa de papel en la que parece llevar un sandwich. Bebe, escucha y mira hasta que siente que nadie lo nota. Entonces, en el momento indicado, saca su Leica. En uno de los siete espejos una puta sonriente, papiche, de vestidito corto y tacones altos, le da la mano a un hombre engominado. En el primer espejo no aparece la cara del hombre, pero sí en el segundo. Es una obra maestra.

Larraín ha capturado ese momento sin poner el ojo en el visor. Él retrata con sus manos, mirando todo lo que ocurre. De ahí, el título de su primer libro: “El rectángulo en la mano”, publicado en 1963.

-Muchas de las fotos de los ‘Siete Espejos’ las sacó conmigo. Él se enamoraba de las putas, pero no de una manera erótica. Le gustaban esas niñas pobretonas que después haciendo sus show se transformaban en princesas, con brillos y cosas….- recuerda Carmen Silva.

Larraín trabaja en su serie de Valparaíso durante casi 10 años. El resultado es tan profundo que esas imágenes se transforman en la cara del puerto para el mundo. Escaleras tortuosas, niñas que bajan hacia abismos. Perros vagos. Marineros y putas. Barcos que emergen de la niebla.

Para Monzó, “sus trabajos sobre Valparaíso y Londres deberían ser obras de referencia de cómo retratar una ciudad y saber captar su esencia”.

Lo curioso es que Larraín nunca buscó la esencia de las cosas. Siempre se estuvo buscando a sí mismo. En ‘El rectángulo en la mano’ lo explica: “Es en mi interior que busco las fotografías cuando con la cámara en la mano paseo la vista por fuera, puedo solidificar ese mundo de fantasmas cuando encuentro que algo tiene resonancia en mí”.

CABEZA RAPADA
Buena parte de los motivos por los que Larraín se embarcó en la fotografía están en su familia. Quería alejarse de ellos, conocer otros mundos. Su padre, Sergio Larraín García-Moreno, era un prestigioso arquitecto, decano de la facultad de la Universidad Católica, amante del arte y coleccionista de piezas arqueológicas precolombinas. Los Larraín vivían en una mansión de 900 metros en avenida Ossa y los hijos estudiaban en el colegio Saint George y en el Dunalastair.

-Ser pituco fue una de las cosas que más lo marcó- cuenta Carmen Silva. “Él repudiaba esa cosa ostentosa de vivir en la casa más bonita del barrio. Le molestaba que su papá anduviera en un auto último modelo… Sin embargo, igual le gustaba manejarlo. Siempre tuvo esa contradicción. Una pelea muy fuerte de no querer y querer.

En parte, para alejarse de ese mundo, apenas terminó el colegio partió a estudiar ingeniería forestal a la Universidad de Berkley en California. Allá, sin embargo, nunca pudo ambientarse bien. La ingeniería no le interesaba. Prefería deambular por los bares de San Francisco y pasar el tiempo con los trompetistas de jazz y los mexicanos que movían marihuana.

“Estaba confundido, no entendía nada. Decidí entonces dejar los estudios y tener una profesión de vagabundo para buscar la verdad”, escribió Larraín, sobre esos años. Para mantenerse consiguió trabajo lavando platos por 60 dólares al mes. Era la primera vez que podía comprar algo con su plata. Y lo primero que compró fue una cámara y una flauta.

“Un día –cuenta Larraín en su restrospectiva – pasé frente a una vitrina y lo más bonito que había era una Leica IIIC. Leí revistas de fotos, vi todo lo que había en ese campo y termine enamorado de esa maquinita. Compré una de segunda mano, a plazos de cinco dólares al mes”.

Desde entonces, comenzó a tomar fotos como un juego que lo mantenía alejado de sus confusiones.
Fue en esa época cuando lo llamaron de Chile para decirle que su hermano menor había muerto tras caer de un caballo. La noticia devastó a la familia. Por culpa de un mal diagnóstico médico, nadie le dio importancia al accidente. Todos sienten que su muerte se pudo haber evitado.

-La muerte remeció a los Larraín porque eran todos muy frívolos y pasaban en fiestas. La mamá de Sergio, la Pin Echeñique, hizo votos de pobreza y se convirtió en monja laica… Nunca más se puso joyas ni se escotó- cuenta Paz Huneeus, ex pareja del fotógrafo.

Larraín tomó un barco carbonero para llegar al funeral. En el trayecto, se afeitó la cabeza y las cejas. Su familia quedó estupefacta al verlo. El joven era otro. Pero nadie sabía bien quién era. Ni siquiera él mismo.

Para pasar la amargura los Larraín partieron a Europa durante ocho meses. El padre buscaba unir a la familia, pero a Sergio le pareció que todo era falso. Siguió distanciándose y comenzó a hacer su propio viaje. Durmió en pensiones sencillas mientras su familia lo hacía en hoteles lujosos. Su amiga Angélica Guzmán estuvo con él en ese momento.

-Meditábamos en el Sena y él tocaba flauta. No siempre andaba con la familia porque le gustaba ver otras cosas, comer por donde lo pillara el día, no en los buenos restoranes. Le gustaba meterse en el mundo real, el de las masas.

En París, Sergio conoció a un monje hindú que lo proveyó de toda clase de textos místicos. Decidió viajar al Medio Oriente y cuando volvió a Chile regaló su ropa y se fue a vivir a La Reina. Solo.

Allí se alimentaba con huesillos y caminaba descalzo por los cerros. No hablaba con nadie y leía toda clase de textos místicos. En una entrevista que le hizo el novelista José Donoso, Larraín contó esa época. “Tenía 21 años y era como una hoja al viento. Regalé todo, ropa, libros, fotos e hice voto de castidad. Pensaba cuando reparas en algo no te puedes arrojar al todo”.

Fue entonces cuando comenzó sus sesiones de psicoterapia con el siquiatra Claudio Naranjo, uno de los terapeutas pioneros en trabajar con drogas sicodélicas en Chile. Larraín empezó a experimentar con LSD, que era considerada en esos años ‘la droga de la verdad’, la única que permitía expandir la conciencia y sentirse en el presente.

Larraín se prendó del ácido y lo recomendó a todos sus amigos. A Carmen Silva, por ejemplo, le dijo que si miraba con ácido el pasto podría ver las raíces de la tierra.
Paz Huneeus -su ex pareja- lo conoció durante esas sesiones y lo encontró raro. Larraín caminaba mirando al suelo y no hablaba con nadie.

Un día, cuando ella y su novio querían tomar LSD fueron a buscar al doctor Naranjo a la casa de Larraín. El doctor les abrió la puerta.

-Nos dijo ‘no los puedo atender porque Queco está hablando con su papá’. Yo no podía creer que un hombre tan drogado, con no sé cuanto LSD encima, estuviera conversando con su papá. Le dije a mi pareja: ¡Qué tipo tan valiente, qué increíble, qué lanzado, qué interesante!

En la década del 60’, Sergio estudió pintura en el Bellas Artes con Adolfo Couve. Seguía siendo corresponsal de Mágnum, pero sus intereses se iban distanciando de la fotografía.
Piro Luzco, amigo de Larraín en esos años, lo acompañó varias a veces a sacar sus últimos fotorreportajes. En una oportunidad, manejó su auto y en el viaje conversaron acerca de la búsqueda espiritual que ambos tenían.

-Era tarde, casi de noche, cuando voy cruzando por la cuesta Barriga y empiezo a sentir que al fin andaba con alguien, con el que más allá de toda la plástica, teníamos un interés místico. Nos bajamos de la citroneta y nos juramos frente a la vía láctea que el que encontrara primero al maestro le avisaba a su compañero.

EL MISTICISMO

En 1968 Sergio creyó encontrar a su maestro: Óscar Ichazo. Un boliviano que ofrecía entrenamiento espiritual y que fijó su sede en la ciudad de Arica. Óscar decía que el condicionamiento social y la formación del ego le impedían a los seres humanos conocerse a sí mismos, a los demás y al mundo. Apenas lo oyó, Larraín quedó conmocionado.

Dejó todo lo que había alcanzado en Mágnum: fama, reconocimiento, poder. Y se fue a Arica con su amigo Teco Huneeus, a ‘hacer el camino’.

-Con el Queco nos preparamos varios meses para ir a Arica. Hicimos yoga, Kung fu y fuimos a psicoterapia. Teníamos la expectativa de saltar a otro nivel de conciencia. El Queco siempre fue un místico. Era de comunión diaria. Siempre quería encontrar a Dios. Según él, con el LSD tuvo una conexión divina. Él me contó que se había prometido ‘hacer el camino’ de verdad, porque con droga era todo prestado.

En Arica, Sergio vivió en una casa de adobe llamada ‘La Escuelita’, que estaba ubicada en el Valle de Azapa y donde el grupo se reunía todos los días después de las 7 de la tarde para hacer meditación y ejercicios.

-Hacíamos mantras que son repeticiones de sonidos RHAM para encontrar el vacío de la mente. También íbamos al desierto a cargar unas piedras pesadas que tenías que tirar desde un cerro y alcanzar a agarrarlas antes que terminaran de rodar. Hacíamos gritos de animales, de leones, de búfalos para liberar la fuerza chi. Y estaba ‘el traspaso de conciencia’ donde uno mira a su compañero a los ojos. Al Queco le encanta ese ejercicio porque te chupaba la energía – cuenta Paz.

Paz Huneeus llegó con su marido a ‘Arica’ cuando el grupo llevaba un año funcionando. Allí se encontró con Larraín, el único autorizado por Ichazo a tomar apuntes de sus planteamientos. Paz trabajó con él en un reportaje gráfico que estaba preparando sobre el movimiento. Larraín estaba contento, sentía que por fin había alcanzado la iluminación sin drogas. Por eso, le escribió una carta a Claudio Naranjo que decía ‘ven, este hombre nos da en frío todo lo que siempre hemos buscado con LSD, estás invitado’.

Ichazo era un tipo que encantaba con su manera de hablar, que hipnotizaba a cualquiera. Para Sergio su palabra era ley. Tanto así que un día Ichazo dijo ‘el hombre es con mujer’ y Larraín decidió comenzar una relación amorosa con Paz.

Todo marchó bien hasta que el ex fotógrafo sintió que había llegado a un nivel de iluminación donde podía conversar de igual a igual con su maestro. La relación entra ambos se puso tensa.
-Óscar comenzó a burlarse del Queco. Le decía ‘este fanático, este católico tan curruchupa’. Le había puesto un sobrenombre ‘hermano rabanito’ para reírse y todos le decían así. Y eso él nunca lo aceptó, se moría de vergüenza. Más que mal, era un fotógrafo famoso cuando llegó allá. Pero Óscar siempre lo tomó como a todos, para él no era especial- recuerda Paz.

A Sergio lo echaron de Arica y se vino a Santiago con el hijo que había tenido con Paz, Juan. Ya se había retirado de la fotografía y ahora sólo quería pintar.

Durante la dictadura, le allanaron su casa del Arrayán y le robaron todas sus cámaras, incluida la Leica con la cual había tomado sus mejores fotos. Larraín recorrió el país entero buscando un lugar donde vivir hasta que encontró una parcela en Tulahuén, al interior de Ovalle. Desde entonces, sólo algunos de sus amigos lo ven. Teco Huneeus es uno de ellos.

-Al Queco no le gusta ser etiquetado como fotógrafo. Yo creo que él quiere liberarse de ese rótulo. Hoy, él tiene propuesta social para hacer una convivencia más sana. Eso es lo que él ejerce y le gustaría que lo vieran como tal. La fotografía fue un medio para él. Pero en realidad Queco siempre fue un místico. Bueno o malo, ese es otro cuento.