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16 de Enero de 2026

Roberto Bravo, pianista, sobre el nuevo programa de Gobierno: “No veo la palabra cultura por ningún lado”

El pianista chileno, con más de seis décadas de trayectoria musical, continúa recorriendo el país con una agenda intensa, que incluye una presentación en el ciclo "Melodías de verano" del Centro de Estudios Públicos el próximo 27 de enero. “La música es lo que tú respiras y lo que necesitas para seguir adelante”, afirma. En conversación con The Clinic, Roberto Bravo recordó sus primeros años de formación, su gusto por bandas sonoras en filmes, y sobre cómo atisba el futuro para la cultura y el arte de cara al próximo Gobierno.

Por Alejandra López Díaz
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Al momento de esta entrevista, el pianista Roberto Bravo se encuentra en Caldera, en la Región de Atacama, a solo un día de presentarse en la Plaza Estación Caldera en el marco de Congreso Futuro 2026.

Bravo menciona que tiene que estudiar unos detalles para su concierto del día siguiente: contará con obras de Víctor Jara, Astor Piazzola y música de películas, en un escenario acompañado por un mapping proyectado en el fondo. Como dato curioso del lugar donde tocará, destaca: “Es la primera estación de trenes de Sudamérica”.

El concierto es el primero de los catorce que Bravo ya tiene programados para el año. A sus 82 años, un ritmo de trabajo que no parece circunstancial, sino parte de su forma de habitar la música. Luego vendrá su presentación, el 27 de enero, en el Centro de Estudios Públicos (CEP), dentro del ciclo de música clásica “Melodías de Verano”. Allí, realizará un viaje por composiciones latinoamericanas de Chile, Argentina, México, Brasil y Cuba.

— Usted mantiene una agenda muy activa en cuanto a conciertos, desde hace varios años. ¿Con qué rasgos de su personalidad se condice esa energía y el estar siempre en movimiento?

— El contacto con la música y tocar el piano es lo que a mí me mantiene activo, como a tantos otros músicos y artistas en general. La música es lo que tú respiras y lo que necesitas para seguir para adelante. Es una motivación, un motor y la certeza de hacer lo que te hace bien.

Para uno es la autocuración. Cuando a ti te preguntan si tú meditas, le digo que no. Si voy al psicólogo, tampoco. Si rezo, tampoco. Si toco el piano, está todo ahí. Así de simple.

— Hace dos meses compartió una carta al director en El Mercurio donde se refería a la situación del Instituto Artístico de Estudios Secundarios (ISUCH) y a la cancelación de sus matrículas. ¿Cómo interpreta lo que está ocurriendo con esta institución y qué le preocupa especialmente de ese escenario?

— Bueno, es una situación que se está generalizando. Acuérdate que se está cerrando el conservatorio de la Universidad Mayor. Han habido cierres también en otras universidades, departamentos de música o de áreas que tienen que ver con música. Y eso es muy lamentable.

Hay sueños frustrados, carreras frustradas. Y no sé la situación actual del ISUCH. En su momento estaban revisando, eso yo sé. Pero hay otras situaciones, como la del conservatorio de la Universidad Mayor, que no tiene vuelta, desgraciadamente.

— ¿Cómo recuerda su etapa de formación en el ISUCH y qué huellas cree que dejó en su manera de entender la música y su oficio de pianista?

— Fue una época muy alegre de la vida. Entre los 14 y los 18 años yo estuve allí. Fue la época de los primeros concursos nacionales. Entonces, había competencia entre nosotros mismos, y nos alegrábamos mucho cuando sacábamos premio en alguna parte. Hice por lo menos cuatro concursos nacionales durante la estancia en ese instituto. Tengo compañeros y compañeras que todavía están vivos y que mantenemos una férrea amistad desde esos años.

Entonces, es una situación muy positiva que dio el instituto de nosotros poder tener tiempo para complementar los estudios humanísticos con las disciplinas distintas que teníamos en el conservatorio. Era un privilegio, en ese sentido, tener tiempo para estudiar piano, hacer armonía, teoría, clase rítmica, todo lo que era necesario para la formación completa como músico.

Y durante todo ese tiempo yo fui alumno de la Universidad de Chile, del Conservatorio de la Chile. Hasta los 20 años, que me fui a Europa y sin graduarme finalmente. Terminé los estudios, seguí inmediatamente en Polonia y ahí pasé a Rusia, de Rusia a Inglaterra, de Inglaterra a España.

— ¿Cómo se fueron dando sus estudios en Europa?

— Salieron en el camino, como consecuencia de participar en un concurso en Varsovia. El jurado de Polonia me dio una beca para que me quedara estudiando allá. Y Polonia fue el puente para ir a Rusia, por amigos que estudiaban allá y que me recomendaron seguir esa ruta, como formación pianística y humana también. 

Y de ahí se produce el cambio a Inglaterra, donde había otra profesora italiana. Y después una residencia larga en España, de casi 23 años en Barcelona, haciendo clases, compartiendo el punto geográfico de Barcelona. Allí, tú puedes ir a cualquier parte en un par de horas. Entonces había muchos conciertos europeos y, de repente, me pegaba el pique hacia Estados Unidos y Latinoamérica. Unos años muy intensos y muy felices, diría yo, en general.

“Yo toco lo que encuentro bello, lo que me mueve el corazón”

— A lo largo de su carrera ha reinterpretado e incorporado obras, mezclando la música clásica con la música popular latinoamericana. ¿Cómo nació ese interés por el cruce de lenguajes y qué busca generar en el público con esas propuestas?

— Esa es una actitud que yo he tenido desde niño. Porque yo empecé como un niño con buen oído. Reproducía música que escuchaba de mi mamá, que tocaba el piano. También de la radio, donde muchas eran melodías populares que yo tocaba por oído. Finalmente me llevaron al conservatorio con siete años, aunque antes de eso yo ya había hecho un concurso de talentos.

Y después están las etapas normales de aprendizaje a través de los conservatorios, tanto de acá como europeo, y una estancia también en Nueva York con el maestro Arrau y varias clases con él repartidas en Europa y Estados Unidos. Pero el gusto por la música popular ha estado siempre conmigo. 

Como muchas veces lo he repetido: yo toco lo que encuentro bello, lo que me mueve el corazón o me saca mariposas en la guata. Entonces no hago la distinción ahí, entre la hermosa canción o lied alemán de Schubert o Schumann, con una canción popular de Chile o Argentina o Brasil. Igualmente hermoso. 

También interpreta muchas canciones de películas, ¿ese cruce cómo nace?

— Cuando encuentro una película en la que me cautivó la banda sonora, lo primero que quiero hacer es tocarla. Primero la saco por oído y si el arreglo no es muy bueno lo mando a preparar. Por eso han nacido programas integrales de música de películas, integrales de música latinoamericana, integrales de tango, integrales de música rusa, integrales de Beethoven, de Bach, Chopin. Como por etapas.

De pronto, llegaron los temas de las películas que me empezaron a gustar y a marcar la vida, como “Cinema Paradiso”, las películas con la música de John Williams, Michel Legrand, tantos compositores hermosos de los años 40, 50, 70, 80, 90, etc. La única explicación de eso es que me gusta tocar lo que me gusta, nomás. Y lo voy incluyendo, a veces lo mezclo, haciendo un programa de Bach a Piazzolla, por ejemplo, o a veces hago algo integral, como el concierto del CEP de la próxima semana.

— ¿Qué le atrae del cine y cómo concibe el lugar de la música allí? ¿A usted le gustaría, por ejemplo, en algún momento musicalizar una película?

— Me lo han pedido antes, pero yo he sido bien claro que no tengo talento, o no he probado la composición. Alguna vez escribí una carta para una niña de la que yo estaba enamorado cuando chico. Pero la niña era muy linda, pero la música era horrorosa la que escribí. No se merecía ella una composición tan mala. 

Pero la música es el alma de la película. Hay muchas películas que han pasado sin pena ni gloria, pero la música se ha quedado. ¿No es cierto? Por la belleza, la música se quedó. Y otras películas que son impensables sin la banda sonora, como “Cinema Paradiso”, por ejemplo, o el “E.T.”, o “Harry Potter”, no sé. Maravillosa la música japonesa también, que es otra de mis favoritas, con los estudios Ghibli, “El Viaje de Chihiro”, “Mi Vecino Totoro”, “El Castillo Ambulante”. Hisaishi, maravilloso compositor. El otro Sakamoto, que también es muy hermoso, ha musicalizado muchas películas. 

Yo interpreté y estrené la banda sonora de “Rapsodia Macabra”, de Juan Cristóbal Meza, hijo de Delfina Guzmán. Me hizo un arreglo especial, igual que Luis Andrés, también me regaló su partitura, maravillosa persona. Y claro, hay todo un mundo de música que alguna gente no investiga o no vibra con eso. Pero como te decía, yo toco lo que me gusta y me siento feliz con eso. Y agradecido que haya tantas melodías hermosas, una vida no basta para tocar todo lo que uno quisiera tocar.

“No veo la palabra cultura por ningún lado”

— ¿Cómo evalúa las condiciones actuales a las que se enfrentan los músicos y artistas en Chile, especialmente en términos de apoyo institucional o políticas culturales públicas?

— Se va a poner más difícil el tema ahora. He visto con mucha preocupación que durante la campaña política de ahora, que se están hablando de los ministros nuevos y todo, no veo la palabra cultura por ninguna parte. Y eso es muy preocupante.

Es cierto que hay prioridades, no solamente nacionales, sino mundiales en este minuto. Pero cuando un país empieza a olvidar a su cultura, a sus artistas, a los niños que necesitan un violín o un pueblito que necesita fortalecer su centro cultural, se nos enseña que no estamos incluidos en el menú. 

El menú de un país no puede ceñirse solamente a cosas que son urgentes, no hay que olvidar que somos cultura, que somos identidad, que necesitamos educar a los niños con más arte, no con menos arte. Esa es la manera de combatir la droga, a través del arte, de dar más oportunidades a los niños, con un violín, con un piano, con una voz, con un coro. 

Todas esas personas y niños, tanto en el sur como en el norte de Chile, necesitan apoyo del Estado. Y si no es del Estado, de la empresa privada o ambos, que es lo ideal. Tiene que haber una responsabilidad del Estado frente al desarrollo cultural y el apoyo a nuestro talento emergente, futuro niño, futuro artista que van a participar en Chile.

Pero, vuelvo al punto inicial, de que eso no esté contemplado en los planes que está presentando el gobierno, es preocupante. Y me preocupé más todavía de que en la campaña política la única persona que sacó la voz fue Evelyn Matthei. 

— De cara al próximo gobierno, ¿qué aspectos de la cultura y las artes considera urgentes de fortalecer o replantear?

— Mira, como todo nuevo Gobierno, uno lo único que quiere es que les vaya bien. Si les va bien, le va bien a Chile. Hay que empezar por poner al país primero. Dentro de eso, de lo que se ha comentado, tanto en la campaña como ahora, no veo por ninguna parte la palabra cultura. Habrá que esperar, y de acuerdo a eso habrá que aportar en lo que se pueda, o recordar que está faltando algo importante.

Yo lo único que creo es que estamos en un stand-by en este momento. Estamos deseando lo mejor para el futuro. No solamente para Chile, preocupados por lo que pasa en el mundo, creo que a todos no duele mucho todo lo que pasa en todas partes. Me acabo de enterar que llevan 2.000 muertos en Irán. Eso es muy doloroso. Y ni hablemos de los otros territorios que están pasando por muchas penurias, tanto en nuestro territorio de Latinoamérica como en el Medio Oriente, como en países queridos como Rusia y Ucrania, que son países hermanos.

El mundo está de cabeza. Totalmente de cabeza. Hay que fortalecer todo lo que sean las expresiones que nos llevan hacia un mundo mejor, más compasivo, más respetuoso, más armónico. Y eso se logra mucho a través de la música. Fortaleciendo y creando futuros músicos. Niños con otra educación. Violín sí, una metralleta no. Nada que tenga que ver con la violencia. Nada.

Estamos viendo extremos y todos los extremos son malos. Por ambos lados. Izquierdas extremas o derechas extremas no son buenas para ninguna parte. El ser humano tiene que estar al centro de cualquier discusión. Y con mayor razón por los niños.

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