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Daniel Alcaíno habla sobre su nueva obra y repasa su carrera: “Soy un agradecido de Yerko, no sé quién más ha durado 25 años con su personaje”

En "Boîte Bijoux", Daniel Alcaíno encarna a Tomás Vidiella, un actor que "hizo bien el maní confitado, el maní salado, la comedia, la tragedia, las plumas", dice. La obra, que revive además al mítica "Cabaret Bijoux", ha sido un éxito, que ya suma más funciones en el Nescafé de las Artes. Alcaíno se sienta con The Clinic a hablar sobre el montaje, pero también del oficio de actor y de su propia biografía, en una carrera que ha pasado por tablas, televisión y todo tipo de escenarios. “No me cansa nada, me siento un privilegiado”, dice sobre Yerko Puchento, su personaje más famoso.

Por 2 de Mayo de 2026
Felipe Figueroa
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—¿Tienes más amigos o enemigos, considerando que eres una persona que dice muchas verdades?

—Yo creo que la gente que es mi enemigo, es porque no me conoce Ja,ja,ja. Puedo ser liviano, no tengo odios con nadie, puedo conversar con cualquier persona, tengo familia de todos los colores políticos y de todos los lados, fanáticos de allá, fanáticos de acá, los amo, los quiero, son buenas personas. Con mis parejas también, no pensamos para nada lo mismo. A veces algunos me encuentran que soy muy cabeza loca y digo muchas cosas, me trato de controlar. Ahora mismo, me estoy tratando de controlar.

Daniel Alcaíno, 54 años, nacido en lo que hoy es la comuna de Pudahuel, conocido ya por veinticinco años por su deslenguado alter ego de Yerko Puchento, está sentado en el foyer del Teatro Nescafé de las Artes, donde desde el fin de semana pasado protagoniza “Boîte Bijoux”, un homenaje teatral, con plumas y lentejuelas incluidas, a Tomás y Eliana Vidiella, hermanos que fueron un pilar de los escenarios locales.

Para ser alguien que se trata de controlar, como dice Alcaíno, habla sin detenerse: el actor es capaz de saltar en el tiempo recordando cosas que sucedieron ayer en el camarín y compararlas con las que vivió hace décadas en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Puede hablar con pasión de “Boîte Bijoux” y recitar algunas de sus escenas y luego ponerse de pie para hacer un pasaje de Moliere y luego en medio de otra pregunta, citar a Hamlet. Actúa brevemente, para ejemplificar un punto, como su personaje de “Los 80”.

No olvida textos, atesora historias, bromea constantemente. Su humor siempre tiene algo de filo.

Por eso se le pregunta por amigos o enemigos. Alcaíno sabe que el tener un personaje que tira dardos lo ha vuelto también a él, a veces, en un blanco: por sus opciones políticas, por cómo vive su vida, como todos en tiempos de redes sociales. Justamente, antes de las últimas semanas, había estado dando pocas entrevistas. Quiere hablar de teatro y poco más.

Pero cuando el teatro, y actuar, es tu obsesión, como es el caso de Alcaíno, terminas hablando de tu vida entera.

“Yo soy actor, actor, actor”, dirá, explicando que no piensa en dirigir, en escribir. Hoy está en esta obra, el año pasado en el clásico “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, además de roles en series como “42 días en la oscuridad”, o “Los mil días de Allende”. Tiene también un pequeño rol en “La casa de los espíritus” y en la próxima serie de Netflix “El hijo perfecto”.

—¿Y no te cansa la parte de Yerko, o es buen escape?

—No me cansa nada, no me cansa nada, me siento un privilegiado. Yo no sé hacer nada, ni un huevo frito. ¿Entonces qué voy a hacer si no tengo esto? No sé hacer un café, no sé hacer un pan amasado, no puedo vender pan, galletas, y no quiero tampoco. Me gusta esto, me gusta la noche. Son pequeñas tonteras con las que gozo”.

Saca de su morral un guión, subrayado entero, con anotaciones en cada margen, y cuyas hojas atestiguan lecturas y relecturas obsesivas.

“Estos textos se van hacia un cajoncito que tengo ahí, una colección de todas las obras. Y no hay nada más importante que esto”.

Una vida actoral

La carrera de Alcaíno comenzó en el teatro, con roles dramáticos; luego pasó a una prehistórica área dramática de teleseries en Mega y después todo se truncó, cuando a los 27 años tuvo cáncer. Una vez recuperado, comenzó su senda de bufón, primero como Peter Veneno y luego como Yerko Puchento. Su encantador paso como Exequiel de “Los 80”. La potencia contenida con que se convirtió en el esposo sospechoso en “42 días en la oscuridad” de Netflix.

Habla entusiasmado de este camino medio improvisado, donde ha podido trabajar en roles grandes o pequeños, pero donde suele recurrir a esa capacidad para el chiste rápido, profundamente chileno, y el histrionismo de uno que nació para contar historias.

Pero, dice Alcaíno, él es vieja escuela: cita muchas veces a sus profesores y a los viejos maestros del teatro, donde el actor era el de un oficio serio.

“Siempre cuento la anécdota de cuando me topo en Providencia con Humberto Duvauchelle, que fue mi primer profesor de teatro. Fue cuando nos suspendieron unos años al Yerko en Canal 13. Conversamos unos minutos ahí en la calle y se va yendo, él con su señora. Y siento la voz del profesor (lo imita muy serio): ‘Daniel. ¿Aún haces ese personaje?’. ‘No profe’. ‘No lo hagas más’

Obvio, era todo lo que él no me enseñó: ser disparatado, loco, que habla de farándula, de política, tonteras, en vez de tomar un texto profundo y decir ‘En un cortijo de Córdoba, entre jarales y adelfas’…. Aquí, dentro de este payaso, hay un huevón que leyó ‘El arte del verso’ de Tomás Navarro. Hacer teatro clásico, me encanta también”.

—La cosa contigo, entonces, es actuar. Como sea.

—Yo he hecho de todo. Teatro callejero. He actuado en los colegios, arriba de un pupitre haciendo “El Lazarillo de Tormes”, “El Quijote de la Mancha”, recién salido de la escuela. Actuado en empresas, en lugares con luz y sin luz.

Y también he vivido ese prejuicio como un actor que trabaja en la tele. La vida me ha permitido ir haciendo otras cosas, por ejemplo ’42 días la oscuridad’, que fue una serie que le fue muy bien, tuve por su lado una nominación a los Premios Platino, gané un premio Caleuche entregado por los actores que son los críticos más rotundos que tenemos.

—Y que era un rol muy distinto para ti, alguien muy contenido.

—Claro, entonces ahí es como: mira, parece que es actor este gallo. He hecho de todo y he vivido el prejuicio también, de que este gana millones en la tele, de las contradicciones que alguien tiene por su visión social y por cómo vive o dónde está, como debería ser. Pero la risa que me causa siempre la opinión de esa ignorancia, por algo estamos donde estamos con este país.

¿Sientes que Yerko ha sido un personaje tan marcador que te ha restado de otras cosas?

—No, todo lo contrario, yo creo que me ha puesto en vitrina para que la gente sepa quién soy, que hay un actor que hace este tipo de cosas. Y en la calle, que es lo que me importa a mí, lo paso muy bien, recibo mucho cariño.

Cuando estaba antes más top, más en el boom en Canal 13 los primeros años, era como ‘gracias por existir’, diga esto, diga esto, podíamos meter alguna cuñita de repente de algún tema. Ahora en la última temporada en “Podemos Hablar” (CHV), también, nos fuimos contra el rodeo, que no era un deporte.

Soy súper agradecido de Yerko. Llevamos 25 años con el personaje, no sé si alguien ha durado tanto, yo creo que La Cuatro Dientes, no sé qué otro personaje ha durado tanto. Y seguimos en televisión, seguimos viajando por todo Chile, no paramos durante el verano, ni enero, ni febrero, desde Iquique hasta Punta Arenas. En pub grande, en pub chico, iluminado con un tarro de leche nido o con una pantalla gigante atrás, como sea y hago de todo.

—¿Qué es lo que te gusta hoy día a ti de esta pega y a esta edad?

Mira, antes había mucho más energía, la pila estaba llena y no paraba. Y casi ni cuestionaba y ni pensaba. Iba con creatividad no más para adelante, eso está siempre. Pero después la madurez de haber vivido hoy es distinta: no es lo mismo decir un texto hoy que a los 25 años. Hay que tener cierta vida para decir algunas reflexiones.

La soledad de las plumas y las lentejuelas

—Para ser un buen payaso, se necesita todo un bagaje cultural.

Lucho Córdoba (clásico y popular actor de comedia chileno), cuando lo ninguneaban porque hacía películas facilistas, mucha comedia, mucho serrín, él decía ‘mira, para hacer actor cómico hay que tener paila y con eso se nace’. Un buen cómico siempre es un buen dramático, pero un buen dramático casi nunca es un buen cómico.

Durante la entrevista, Alcaíno vuelve una y otra vez a un diálogo que recita, encarnando a Tomás Vidiella, en “Boîte Bijoux”, cuando el actor-personaje recuerda salir de uno de sus momentos más gloriosos arriba del escenario, para darse cuenta que nadie lo espera a la salida y camina solo por la calle. “Esos cuestionamientos, esos soliloquios del actor donde uno dice, después del éxito, las plumas, las luces, el aplauso, la gente esperándote: vuelve uno a su propia soledad”, explica Alcaíno.

Alcaíno junto al elenco de “Boîte Bijoux”, la que acaba de sumar funciones en el Teatro Nescafé de las Artes.

Más adelante, el actor hace el paralelo con su propia experiencia: “Yo tuve noches espectaculares, por ejemplo, en Canal 13, con Celia Cruz al lado, con Alain Delon, con Raphael tirados para atrás. Y me iba a mi casa, un plato de tallarines al microondas. Solo. Al otro día pagar las cuentas. Cuando hice ’42 días en la oscuridad’, una serie para Netflix y que estaba súper vista. Dije, cambió mi vida. Ahora seré Ricardo Darín (carcajadas). Me llamarán de España, con cuatro series al año que haga yo creo que está bien y que el público sepa que yo soy un actor dramático y que puedo hacer cosas profundas.

(Se ríe) Nada, hay que seguir en lo mismo. Pero, claro, la madurez me entrega también un goce. Por ejemplo, en las palabras.

¿Crees entonces que esta mezcla de formatos te ha permitido una carrera bastante atípica? ¿Te estás convirtiendo en el actor que nunca pensaste que ibas a ser?

No, el que siempre quise, quizá el actor siempre quise. Yo entré a la escuela de teatro, habían 160 postulantes, 16 vacantes. Quedé, y estuve el primer año dando bote. Nos hacían leer Stanislavski, cosas difíciles.

Después el segundo año empecé a hacer teatro físico, mucho mimo, mucho zanco, muchas cosas y me gustó. Después, claro, había que vivir, me fui a vivir solo, tenía 20 años y había que hacer las cosas que demandaban en los colegios.

Y ahí nos adaptábamos, con itinerancia en comunas, en gimnasios que estaban muy a maltraer, en una estación de trenes abandonada, recuerdo. Y así. Entonces después cuando uno va a un teatro, qué rico. Ya he hecho teatro en la tele, donde hay cero concentración, donde todo es rápido, donde me cambiaban el libreto porque se caía el entrevistado. Y todos los años hago obras de teatro”.

Alcaíno dice que no busca papeles, que las cosas se van dando. Además de darle prioridad veraniega al equipo de cuatro personas con el que trabaja Yerko. “Antes hacía cuatro funciones al mes, rico, vivía bien. Ahora tengo que hacer 18 para solventar como vivía en el 2015”, explica. “No sé, estoy más cansado, estoy más viejo, los viajes cuestan más, pero el entusiasmo es tal y la adrenalina es tal, y el material para Yerko siempre es tal, que siempre es satisfactorio”.

Alcaíno cuenta que, ahora que terminó “Podemos Hablar” y él sigue contratado por Chilevisión hasta el próximo verano, irán buscando espacios: “Esta semana tuve que grabar para ‘El Club de la Comedia’, como Yerko, un monólogo de 20 minutos sobre la actualidad. Vamos a ir probando si es ahí o si me van a ocupar para actuar en humor o si me mandan al programa en la tarde o aparezco en matinal una vez a la semana. Quedé ahí con el contrato suelto, pero está bueno, es un privilegio tener contrato”.

¿Has tenido que cambiar algo de Yerko? Pensando en cómo ha cambiado el humor.

Claro. Obviamente nuestro humor estaba muy basado en que si alguien era tonto, si era gordo, si era feo. Y en esta vuelta del Yerko al programa “PH”, hace tres años”, se nos pidió ser un Yerko mucho más invitador, porque necesitábamos que la gente fuera al programa. Sí hay cosas que son súper marcadoras: si un futbolista anduvo con tantas modelos, se le dice un poquito, pero no es la onda clavarle un cuchillo que le llegue al corazón. No, es hacer un cariñito no más con una gillette. Como más piolita, más simpático, más ingenioso, más juguetón que hiriente.

Yerko nació en “Vértigo”, en una época de reality, habían cara a caras, tenías botones para eliminar gente, llegaban a una hora de la verdad donde les preguntaban si se habían drogado o habían sido infieles. Se llamaba “Vértigo”, era porque se te revolvía la guata pasar por ese callejón oscuro y si ganabas finalmente, te ibas con 30 palos en el bolsillo.

Ese formato ya no está, entonces ya no tengo por qué salir a decir: aceptaste el reto. Es una invitación distinta. Y no es que Yerko haya cambiado, sino que se adapta. Cuando hacemos nuestras funciones en teatros le pedimos al público: ¿me quieren bueno o me quieren malo?

Y empezamos a huevear con la gente, interactuar, y pasábamos de lo pesado a lo más frágil. Íbamos viendo. No era necesario ser tan pesado. Entonces vas encontrando nuevos caminos. Y llevamos ya 25 años con el personaje.

“Boîte Bijoux” era una apuesta: escrita por Rodrigo Bastidas y Magdalena Max-Neef de Teatro Aparte, presenta una especie de teatro dentro del teatro, con los Vidiella como personajes y además presentando su famosa obra de los años 70, “Cabaret Bijoux”, que en su época llenaba el extinto Teatro Hollywood. Es un adiós a dos emblemas del teatro chileno, que mezcla la historia de hermanos y tablas junto con pasajes con bailes, lentejuelas y plumas, lo que implica vestuarios, coreografías y más. El Nescafé de las Artes, además, sienta a mil personas por noche. Ha sido un éxito: no solo estrenaron a tablero vuelto, sino que han añadido más funciones.

Alcaíno conocía a Bastidas desde las teleseries de los 90 y a Max-Neef: estuvieron muy presentes cuando Alcaíno se enfermó. “Rodrigo organizó a todas las compañías que estaban en Santiago para hacer obras a beneficio. Me abrió una cuenta corriente, donde iban las platas de estos beneficios y con eso pagaba las quimioterapias”, recuerda.

“Magdalena me visitaba casi todos los días. Curarme la fiebre, las patitas, cómo iban las cosas, cómo iba todo”.

Dice que cuando le propusieron hacer de Vidiella, una especie de maestro para los creadores de la obra, le sedujo la palabra escrita, sintió placer de leer el guión. Y, como también conoció a Vidiella, podía hacer un homenaje a un actor que se fue sin hacer tanto ruido como debía, por la pandemia. La obra lo retrata con luces y sombras, con su dureza y amabilidad. “Era muy de tirarte un palo, luego cariño, palo, cariño. Entonces te educaba así. Y un viejo zorro, un hombre que hizo de todo”, dice Alcaíno.

Aunque el comediante tras Yerko dice que cree que él no se parece a Vidiella, sí hay empatía en el sentirse valorado: un hombre que brilló en el teatro comercial cuando en Chile se venía de la seriedad del teatro universitario, que hizo comedia, pero que también se preguntó cómo lo veía el resto y optó por el drama.

“Tomás tuvo ese cuestionamiento y por eso mismo después, como en los años 90, dijo quiero hacer una obra potente, quiero hacer Ibsen, quiero hacer Arthur Miller. Los títulos pilares del teatro contemporáneo psicológico. Entonces hizo bien el maní confitado, el maní salado, la comedia, la tragedia, las plumas, el transformarse, el hacer una obra de género. Tomás abarcó todos los géneros, yo creo que eso también es una característica súper importante en su vida. Y fue un apostador a nuevas visiones del teatro”, dice Alcaíno.

Volviendo al ejemplo que dabas, de salir del teatro lleno a caminar solo por la noche, como sucede en la obra: ¿cuándo vienen la caminata por la noche de Daniel Alcaíno? Cuándo dices: ¿hacia dónde voy?

Me pasa en la noche. Siempre, todos los días. Incluso mi pareja me dice bueno, ven a acostarte. Miro para el lado y si está durmiendo me levanto. Me gusta la soledad de la noche. Camino con el texto en la mano, salgo, miro la luna. Y pesco cualquier texto, y lo repito.

Se viene el día del estreno, entonces ¿por qué lo tengo que hacer mal si no estoy haciendo otra cosa? Estoy haciendo lo que me gusta, lo que quería, lo que he tenido trabajo. Yo he seguido en esto y me está llamando un director súper exitoso, que todo lo que toca lo convierte en oro. Son amigos y que me cuidaron cuando estuve enfermo y tengo una relación con ellos. Lo único que quería es hacerlo bien. Se merecen que yo les devuelva un regalo gigante: el único regalo es aprenderme esto de memoria. Bien, actuarlo bien, que la gente al salir diga mira, ese es Tomás.

No soy Kramer, pero las dos horas que estoy arriba, soy Tomás.

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