Crédito foto: Ojo en Tinta.

Óscar Contardo creció en los ochenta en Chile. En los ochenta, en provincia -Curicó- Chile, siendo gay. Hoy, en su casa, ya no son los ochenta ni es Curicó mientras habla del impulso de hacer su nuevo libro, “Raro: una historia gay de Chile”.

Pero el país sigue siendo éste.

-Ésta es una historia que nadie contó, que no había sido registrada y estaba seguro de que el asunto iba a ser cada vez más importante, más público, menos restringido, con un interés que hace diez años no existía más allá del morbo habitual.

-Igual está el interés porque los “gay bien” lo han puesto.

-Claro. Los primeros dirigentes tenían un origen político en la Jota. Rolando Jiménez, Juan Pablo Sutherland, Marcos Ruiz habían sido militantes, tenían un origen social en la clase trabajadora. Lemebel también está en esa línea, en esa tradición. A mí me parece muy notable lo que hicieron con Pancho Casas el año 87 de crear este dúo. El año 87 que, si a los punkis los hueveaban, en la calle imagínate a estos dos vestidos con taco alto, arriba de un caballo blanco piluchos, loqueando, bailando la cueca sobre vidrio. Eran marcianos en Chile. Teniendo todo en contra. Hay mucha gente que dice que no lo admitieron en el PC por ser homosexual. Él nunca ha afirmado eso pero él ha sido más leal de lo que fueron con él.

-¿Entonces crees que no lo dejaron entrar?

-Yo creo que no. Por la historia anterior es altamente probable que no. Y Lemebel ha contribuido mucho más a esa izquierda que cien hueones militantes de tomo y lomo.

El discurso anti-gay que se ve en Raro no es el discurso de la UDI. No es el discurso de la zoofilia a lo Carlos Larraín. No es el discurso facho.

-¿Por qué?

-Ése ya lo sabemos todos. Lo que me interesaba era ver de dónde viene el argumento de Carlos Larraín cuando habla de naturaleza y qué se yo. Mostrando eso ya no es necesario mencionarlo. Ese discurso, que es un discurso que se cuela en todas partes y que ahora nos resulta insólito hace diez años no nos hubiera sorprendido tanto. Es lo mismo que con Alicia Romo, que dio una entrevista el 93 y que yo pongo en la introducción, pero el año 93 nadie se sorprendió. El año 93 el cura Berríos decía que admitir homosexuales en la iglesia era como poner el gato cuidando la carnicería.

El discurso anti-gay de Raro es el de la izquierda. Porque -dice Contardo- si en algo la UP y la dictadura pudieron igualarse, fue en cómo trataban a los gays.

-A mucha gente le ha sorprendido. A mí no. Lo que sí me sorprendió fue la violencia verbal en la Unidad Popular.

-¿De dónde viene esa violencia?

-Hay una tradición de una izquierda anticlerical, antioligárquica que usó el tema del mariconismo como ataque contra el adversario político. Eso pasa en los setenta.

Cosas que pasan en los setenta y que dice el libro: en el diario Puro Chile se escribe periodismo como éste:

“Los fines de semana es cuando se arman las orgías. Llega un montón de maricones que se bañan desnudos y luego juegan a esconderse y saltan por todos lados. Cuando se encuentran comienzan a besarse y hacerse cariño. Este no es un espectáculo para niños”.

Otras cosas que pasan en los setenta: Rolando Alarcón, cantautor, simpatizante comunista, es olvidado por la izquierda al morir por ser gay.

O Luis Corvalán cuenta en sus memorias: “Entre mis pecados tengo el haberme opuesto, en cierta ocasión, al ingreso de un valioso artista por el solo hecho de ser mariquita”, probablemente hablando de Víctor Jara, que cumplía con el estereotipo -medio afeminado, metido en el teatro- para que se rumoreara que era gay.

-Para cualquier figura política en Chile en esa época más, en esta época también, el tema de la sexualidad es un punto. Ni en la izquierda ni en la derecha hay figuras que cumplen un rol político importante que se reconozcan homosexual. Y yo sospecho, por estadística, que alguno habrá habido. ¿Me entendís? Entonces parece que las dos cosas no combinan: poder político y una condición sexual minoritaria. O sea si alguien quiere acceder a un rol político tiene que mostrar una hoja de vida heterosexual.

-Es un libro bien masculino eso sí. No se habla mucho de las lesbianas.

-Por una cosa histórica, tradicional, patriarcal, los documentos a los que uno puede tener acceso en el archivo judicial son por procesos de sodomía. No existía una penalización del lesbianismo, por lo tanto no había proceso y por lo tanto no había registro. Imaginate hasta ahora el caso de Gabriela Mistral lo siguen negando como si fuera algo malo. O sea imagínate en todos los casos anteriores.

-No hay una voz tampoco. En los gays está Simonetti…

-Es que muchas mujeres lesbianas tienen hijos. Y es una complicación, sobre todo en un país que alguien como a Karen Atala le quitaron los hijos. Una lesbiana la va a pensar dos veces antes de meterse a la política o a ser dirigente porque finalmente la señal que le está enviando el estado es: “Cuidado, te podemos quitar los hijos”.

Claro. Porque Karen Atala pudo haber sido una voz pero no.

-Con su caso es una voz. Suficiente tiene. Ha seguido una carrera profesional como jueza a contrapelo de. Porque cualquiera que esté en desacuerdo con Karen Atala lo primero que va a decir es que es lesbiana, cachai. Entonces, para una mujer, tener un espacio público como mujer en Chile ya es una complicación. Y ser una minoría es otro problema más. Eso explica que no hayan muchas dirigentas, aunque la primera agrupación gay con planteamiento político era un grupo de feministas lesbianas.

-Aunque en el libro hablas de la Concertación y de la Unidad Popular, terminas con Estay, un UDI.

-Más que con Estay, con la declaración de la Comisión de ética que sorprende porque en ese texto lo que encontramos es la edad media: la forma para justificar el insulto, justificar la discriminación no solamente en este caso si no en el de otras minorías. Por ejemplo, dicen, la palabra judío puede ser utilizada como insulto. Que me expliquen en qué contexto la palabra judío puedo entenderla como insulto. Eso es lo mismo que en el siglo doce.

-Es un final poco esperanzador ¿no?

Óscar sonríe: -Termino con eso para evidenciar la persistencia de esos discursos.