Fotos: Alejandro Olivares

-Longovilo está casi muerto por la pura sequía -dice un campesino, mientras se baja de su pistera para conversar.

Es la segunda vez que alguien me habla de Longovilo y su salud. El primero fue un huaso que dijo que este lugar se había muerto cuando los terrenos se parcelaron, hace años. Ambos diagnósticos no difieren tanto: si Longovilo no está muerto, al menos está bastante cagado.

Longovilo es parte de San Pedro de Melipilla, una comuna del secano de la Región Metropolitana, ubicada a menos de cien kilómetros de Santiago. Conocida por las gigantescas antenas de recepción satelital que Entel instaló allí en 1968, sus cerca de 400 habitantes vienen denunciando hace tiempo que las norias se les secaron y que están sin agua. En toda la zona hay sequía, pero Longovilo es quizás el lugar más afectado. Hay vecinos que hace 15 años no ven salir una gota de sus terrenos.

Las norias, dicen, no se secaron solamente por el calor y la falta de lluvias. El causante de todas las penurias -acusan- es Agrosuper, de propiedad del empresario Gonzalo Vial Vial. A la empresa le achacan, además, que todo huela a caca de chancho.

SIN AGUA
Cada chancho reproductor de Agrosuper consume 45 litros de agua al día. Si eso se multiplica por las 22.500 que hay en Longovilo, el gasto total de agua es de un millón de litros diarios. Nada, comparado con los 2 mil litros semanales que la municipalidad de San Pedro reparte a las 59 familias de esta zona que no tienen agua, tratando de asegurar el consumo mínimo de 50 litros diarios que establece la Organización Mundial de la Salud, OMS, para los seres humanos, que son bastante menos -y menos productivos- que un cerdo reproductor de Agrosuper.

Pilar Durán es de esos vecinos que dependen del aljibe municipal desde que, hace quince años, la noria de su propiedad dejó de dar agua.

-Cuando llegó Super Pollo, ellos hicieron pozos profundos y atrajeron todas las vertientes. Se secaron todas las norias, y muchas se derrumbaron. No tengo agua ni pa’ tomar. Hoy tenía que pasar el camión y como no pasó, tengo que ir con una carretilla y unos bidones a pedir agua donde la gente que tiene -se queja.
Agrosuper se instaló en Longovilo en 1994 con planteles de cerdos reproductores. En total son cuatro granjas, con más de 22.500 cerdos. La empresa ha conseguido gran cantidad de derechos de agua para su proyecto. Bajo el terreno en el que montaron sus criaderos se encuentra el acuífero El Yali Alto. Según los registros de la Dirección General de Aguas (DGA), la empresa es dueña de aproximadamente 223 litros por segundo y de tres pozos de extracción. A eso hay que agregarle los 329 litros por segundo que tiene “Agrícola La Trinidad”, también de propiedad del grupo Vial.

Ambas empresas -junto a otras dos del sector- solicitaron en el 2005 a la DGA que calificara al acuífero como zona de protección. Según sus cálculos, la napa se había sobre explotado y el agua estaba bajando considerablemente. El caudal existente en ese año alcanzaba los 2.031 litros por segundo y la demanda era de 2.281. Para los vecinos, lo raro de esta historia es que entre las cuatro empresas que pidieron la protección, concentran más de la mitad de la demanda de agua, con 1.600 litros por segundo. Si alguien había saturado el acuífero, eran las propias empresas. Con todo, la DGA aceptó restringir los derechos de agua y desde esa fecha son contadas las excepciones en que se han otorgado derechos a los vecinos.

El detalle no es menor. La normativa no fija prioridades ni privilegios entre quienes necesitan más y menos agua. Por eso se han generado distorsiones como las que suceden en Longovilo, donde las empresas tienen agua más que suficiente para su desarrollo y la gente, muchas veces, ni siquiera para tomar.

-Acá no se puede hacer vida campesina, ni practicar el autosustento. No es comprensible que Chile, siendo una potencia alimentaria, tenga que pagar costos tan altos por querer exportar más. Alimentamos a mucha gente en el mundo, mientras nosotros nos morimos de sed -dice Teresa Armijo, miembro de la ONG Solidaridad y Desarrollo, de Melipilla.

Según datos municipales, la mayor parte de San Pedro no tiene agua potable. El 58% de los habitantes se abastece de pozos y norias y el 11% a través de ríos, esteros o vertientes. De ellos, ninguno tiene alcantarillado. Según el Censo de 2002, 1.091 casas utilizan el pozo negro o el cajón sobre acequias, y otras 136 no tienen baño.

Longovilo es parte de esta mezcla de carencias. Allí la falta de agua también ha afectado el patrimonio de las familias. Hay terrenos que superan las 100 hectáreas, pero la sequía no permite el desarrollo agrícola. Muchos están plantados con cuadras y cuadras de espinos, que asemejan el territorio a un desierto, y que proveen de leña para cocinar y vender.

Las propiedades se han devaluado. Juan Villavicencio cuenta que su padre es dueño de 120 hectáreas. Pero ese terreno, dice, no vale nada.

-Agrosuper llegó a pagar cuatro millones por hectárea. Hoy, por la falta de agua, una hectárea cuesta como un millón. Si uno vende siete hectáreas con agua, gana más plata que si mi papá quisiera vender las 120 que no tienen. Además, si alguien quisiera vender, el único que las compraría sería Agrosuper y de seguro que pagarían muy barato.

Hay algunos vecinos que sí han conseguido que Agrosuper les convide agua a través de cañerías. Luisa Vera, presidenta de la junta de vecinos de Rinconada de Longovilo, es una de ellas. Desde una de las granjas de la empresa sale una cañería de PVC de media pulgada que llega hasta el patio de su casa. La presión del agua, eso sí, es poca. Su marido, Juan Bravo, se puede demorar cerca de seis minutos en llenar un bidón de 50 litros para darle agua a las ‘bestias’, como él llama a sus caballos.

-Conocí a un jefe de Agrosuper y a su señora en la Iglesia, en catecismo. Ahí le conté mi problema con el agua y ellos me consiguieron la cañería. Antes, esto era angustiante, sobre todo en verano. A veces había que ir a buscar agua a un estero, que queda arriba en el cerro, y nos demorábamos como dos horas -cuenta Luisa Vera.

Pero Luisa es la excepción. Tan grave es la falta de agua en Longovilo que hay gente que ha muerto en su búsqueda.



MORIR POR AGUA

El 14 de enero del 2008, Humberto Díaz Huerta, de 37 años, murió luego de pasar cuatro días en coma en la Posta Central. Había llegado allí el 10 de enero, luego que un tarro cargado con piedras le cayera en la cabeza, mientras profundizaba una noria en la parcela de su padre, en Santa Rosa, al poniente de Longovilo.
El accidente le ocurrió a 26 metros bajo tierra.

Dos días antes del accidente, Díaz se había comprometido con su padre para ayudarlo a profundizar los dos pozos que tiene la familia, a ver si con eso encontraban agua. Se sentía comprometido, porque ambos eran vecinos, y su papá le convidaba agua para su casa, donde vivía con su esposa, Eva Soto y sus tres hijos.
Los vecinos recuerdan que las norias que sobrevivieron a la llegada de Agrosuper sufrieron con la sequía del 2008. La escasez de lluvias hizo descender el acuífero al punto que ni a 26 metros de profundidad era posible encontrar agua. El costo de pagar una máquina para agrandar los pozos estaba tan fuera de presupuesto, que muchas familias lo hicieron a pulso, a pura pala. Así murió Humberto. Y otros.

-En ese tiempo falleció también un niño en el sector del Yali, tenía como 16 años. Mi esposo estaba vivo todavía. Estábamos desayunando y nos enteramos. Él se preocupó por lo que pasaba por tratar de conseguir agua, pero veíamos tan lejano que a nosotros nos pudiera ocurrir algo así -recuerda Eva Soto.

Eva no se consuela con lo que le pasó a su marido. Hace muy poco dejó las pastillas para la depresión. Sus hijos todavía están con psicólogo.

-Yo me rebelé contra todo, contra Dios, que me perdone… Me enojé con todos. Uno no quiere culpar a nadie, pero esta zona antes de la llegada de Agrosuper tenía agua y ellos, con sus pozos profundos, secaron esta parte –dice.

La casa de Eva sigue sin agua. Cada ocho días, un camión aljibe municipal le trae los dos mil litros que le corresponden a su familia. Pero no le alcanza. Cuando le falta, su suegro le convida de su noria, si tiene.

-De repente me pongo a lavar y se me acaba el agua. Quedo con la ropa con detergente. Ahí tengo que esperar varias horas para que se junte agua en la noria de mi suegro. Pero hay veces en que me demoro dos días en lavar la ropa.

La ducha también es un problema. La forma más fácil de bañarse es con el ‘tarrito’ y un lavatorio. Eva tiene una ducha, pero generalmente no la ocupa, porque nunca tiene agua suficiente para que salga con presión.

Ahora, que faltan dos días para que pase el aljibe, sólo le quedan 200 litros, 25 litros diarios por persona. La mitad de lo que recomienda la OMS.

La familia de Eva también sufre otro problema causado por Agrosuper. A un kilómetro de distancia, en línea recta, están las piscinas con material fecal. En la tarde, el viento que se levanta invade los rincones de su hogar con un hedor insoportable.

PASADO A CACA

Era como un lodazal de caca y olía así. Juan Bravo, el esposo de Luisa Vera, se lo encontró en su patio, a las seis de la mañana, cuando salía a su trabajo. Ocurrió a comienzos de septiembre.

El lodazal era de feca de cerdo. Esa noche, las cañerías que pasan por fuera de la casa de Bravo y que corren a lo largo de todo el camino que une los edificios de Agrosuper, reventaron. Por ellas viaja la caca de los cerdos reproductores. A veces, la presión es tanta que simplemente el ducto revienta.

-Imagínese el olor. Levantarse en la mañana y encontrarse con ese perfume, no se soportaba. Mi hijo hizo un hoyo para sacar el agua sucia y uno de mis nietos se cayó. Después vino la gente de Agrosuper, me lavó bien el patio y me lo rellenaron con maicillo. El olor duró una semana. Un caballero me pidió disculpas, pero no es suficiente. No puede ser que de la nada se rompan las cañerías -recuerda Luisa Vera, presidenta de la junta de vecinos de Rinconada de Longovilo.

La caca, la orina y el agua del lavado viajan por estas cañerías hasta una piscina que hay a un costado de una de las granjas de cerdos. Allí llegan todos los desechos de los más de veinte mil chanchos de Longovilo. Es como una laguna de caca. La mezcla, espesa, se mueve lentamente por los gases que salen a la superficie. Burbujea.

Los gerentes de Agrosuper que hablaron para este reportaje a nombre de la empresa llaman a esta piscina por su definición técnica: “laguna de tratamiento de purines”. El sistema, dicen, no infringe la norma y que “en Noruega y Estado Unidos usan la misma tecnología”. La caca llega a una piscina central donde las bacterias, infinitas, descomponen las fecas. Luego, el agua de la mezcla pasa a una piscina de decantación y después a otra, desde donde se saca agua para el riego o la limpieza de los pabellones de los cerdos. Este proceso dura seis meses y es hediondo.

La empresa asegura que estas lagunas sólo representan el 8% del sistema de “tratamiento de purines”. En otros lugares de San Pedro de Melipilla, como en La Manga, Pocillas y Peralillo, el proceso se hace a través de una planta de tratamiento de alta tecnología, que según ellos no existe en ninguna otra parte del mundo. El tratamiento en estas plantas incluye, además, un reciclaje de agua que después es ocupada para el riego de algunas plantaciones vecinas. Esta tecnología, que acelera el tratamiento a 35 días, no se puede implementar en Longovilo porque Agrosuper dice que la cantidad de caca que se genera en esa zona es tan poca que hace imposible la instalación de una planta tan costosa. Para ese lugar aún están en busca de alguna tecnología. No hay plazos.

Agrosuper ha sido sancionado por la Conama de la Región Metropolitana en innumerables oportunidades y por distintas faltas medioambientales. En un listado que nos hizo llegar el Servicio de Evaluación Ambiental, se cuentan 10 multas que van desde 1998 al 2008, por un total de 3.300 UTM (aproximadamente 128 millones al valor actual de la UTM).

Un trabajador de Agrosuper recuerda que antes el sistema de lagunas estaba bastante más descontrolado.

-Esto no es nada; antes esta gente llegaba y botaba la mierda en cualquier lugar. Había una salida a un estero y cuando llovía harto se abrían unas llaves para que el agua no se saliera de las lagunas. Pero los de medio ambiente clausuraron todos esos escapes. Ahora Agrosuper se preocupa de que el agua no se salga -dice.

Pero el olor no se va. El tranque está a la orilla del camino y el hedor se extiende por casi una cuadra. Cada vez que alguien pasa por allí respira este concentrado de caca.

La fetidez no sólo se siente al lado de la laguna. Viaja con el viento y es perceptible a más de un kilómetro. Por ejemplo, en la casa de Pilar Durán.

-Mi familia vive toda en Santiago y siempre venían a verme porque les gusta el campo. Pero ahora dicen que prefieren quedarse en Santiago respirando esmog en vez de la hediondez de acá. Me da plancha invitar a alguien a la casa, porque van a creer que una es sucia. Como que la casa se impregna de olor a cerdo -dice.

No sólo la casa se pasa con olor a chancho. Un contratista de Agrosuper, que trabaja muy cerca de las piscinas de ‘tratamiento de purines’, dice que el olor a fecas se le pega a los trabajadores. Y van por la vida como si el trabajo los acompañara a todos lados.

-El olor se siente poco porque el organismo se acostumbra. Tengo tres hijos y están acostumbrados a que llegue pasado a caca de chancho, pero los que vienen de afuera lo encuentran terrible. Viera los cabros de adentro, ellos salen elegantes, porque se duchan pa’ entrar y pa’ salir, pero después en todas las peluquerías les cachan el olor al tiro. Le están cortando el pelo y le dicen: ‘¿Usted trabaja en Agrosuper?’. Puro olor a bosta de chancho -cuenta.

Este mismo trabajador dice que el otro problema de las piscinas es que, entre tanta caca, las moscas se dan un festín.

-La mosca ya debería estar saliendo por acá. Nos han enseñado que cada mosca pone 600 huevos y duran siete días con vida. Es la misma mosca que pone los huevos amarillos en la carne, esa azul grande. La otra vez nos daban una charla y nos decían que las moscas podían llegar de aquí a Melipilla, por eso tenemos que cuidar que las aguas no queden apozadas o no se junten fecas donde estamos regando -cuenta.

De este problema también sabe Pilar Durán:

-Viera en el verano la cantidad de moscas que andan. No me va a creer, pero yo saco paladas. Usted les echa Raid y se mueren. Andan en todos lados, en la cocina, en las cortinas, en el refrigerador. Cuando reclamaba, me decían que era mal agradecida porque al menos SuperPollo daba sustento laboral a la gente de la zona. Me gustaría que ellos vivieran al menos un mes acá.

En Agrosuper dicen que están preocupados de este problema y que sus empleados se encargan periódicamente de sacar la caca de los bordes de las piscinas, para que las moscas no pongan sus huevos. Aseguran que no se los puede culpar de que todas las moscas que vuelan son de ello.

SIN LUZ
Los problemas de Longovilo no sólo pasan por la contaminación de Agrosuper y la falta de agua. Además, hay cerca de 10 familias sin electricidad. Luisa Vera, la presidenta de la junta de vecinos, no ha tenido luz nunca.

Su casa está terminada en obra gruesa. La construyó con su familia y aún falta pintarla y ponerle el piso. Luisa, inocente, quiso que su casa tuviera instalaciones eléctricas. En el living y en las piezas están a la vista los soquetes sin ampolletas, los interruptores y los enchufes.

La carencia no tiene que ver con que la zona no esté cableada. La casa de Luisa sí podría tener luz. A 20 metros de allí, por el camino principal, pasan dos líneas de transmisión. Una, alimenta a los planteles de Agrosuper, que genera su propia energía en una planta privada. La otra, la instaló la municipalidad hace pocos meses. Luisa, sin embargo, no puede conectarse a ninguna: la de la empresa es privada y, para hacerlo a la otra, necesita 200 mil pesos para la instalación de los empalmes, dinero que no tiene.

-Estamos en otro siglo pero acá no tengo ni refrigerador y hay que comprar para el día no más. De repente, matamos unos animales y hay que comérselos al tiro. Pero habitualmente se pierde la comida, se pone de mal olor. No se puede mantener una mantequilla, las verduras no se conservan frescas, no tomamos bebidas heladas, ni podemos hacer hielo… nada que funcione con electricidad. Teníamos un televisor a batería, me duró 16 años y hace tres que se echó a perder. Se pone la pantalla en negro y no se ve nada –cuenta Luisa.

La tele, que antes era un lujo, hoy forma parte de los adornos de la casa. Era de esas antiguas, en blanco y negro, y la hacían funcionar con una batería que día por medio cargaban en las oficinas de un plantel de

Agrosuper, que queda frente a su casa. Los cuidadores le hacían la paleteada, tal como se la hacen ahora para cargar su celular.

Luisa tenía horarios para ver la TV, que sólo se prendía a la hora de las teleseries y en el de las noticias. También veía una que otra película.

-Ya ni me acuerdo cuál fue la última película que vi. A veces estábamos viendo una y se apagaba justo en al final… lo mismo pasaba con la teleserie: cuando daban el último capítulo la batería se acababa. Mis hijas, que ya tienen todas estas comodidades, vienen para acá y se aburren. La vida sin tele es aburrida –dice.
Pese a eso se las ha ingeniado. Una vecina que tiene luz -porque su marido trabaja en Agrosuper- la invita a ver la teleserie, los partidos de la selección y las noticias.

Luisa se ha acostumbrado a vivir así. A esta altura, después de 50 años sin electricidad, ha encontrado en la oscuridad otro estilo de vida. Cuenta que tiene más tiempo para conversar con su hijo y su marido, los tres en familia. También aprovechan de jugar carioca a la luz de la vela.

-A las nueve de la noche ya no hay casi nada de luz, pero en este tiempo la luna se ve linda, pa’ salir a caminar. A veces en la noche me pongo a caminar y voy de un lado a otro –cuenta.

Luisa se prepara para cocinar y prende una vela que tiene en una palmatoria. Su cocina es de barro con chilca y queda frente a su casa. Allí tiene encendido un fogón donde calienta agua en una tetera para lavarse el cuerpo por “presas”. Enciende la radio a pilas para acompañarse. Sintoniza música romántica. Con una linterna mira adentro de las ollas para saber si queda comida suficiente para mañana.

La noche en Longovilo ha llegado acompañada de otros sonidos. Suenan grillos y pájaros nocturnos. Por el camino de tierra también se cruzan los conejos y uno que otro zorro traspasando las cercas, atraído por el olor a pollo. Todo se ha ido a negro. Bueno, casi todo. En los galpones de Agrosuper, atestados de cerdos reproductores, todo el día es de día. El proceso de parido no se detiene. Cuando el sol ya no ilumina, son los focos los que alumbran esta gran maternidad de cerdos. Luego de un par de meses los lechones serán trasladados a una sala de engorda y luego se transformarán en carne. En alguna parte del mundo alguien espera por una pulpa de cerdo de Agrosuper. La gente de Longovilo sólo espera tener agua y menos contaminación.