Antes de dispararle a su esposa Teresa González, Hugo Gibbs redactó dos cartas explicando la tragedia que lo agobiaba: una iba dirigida al juez y la otra a sus hijos Hugo, Nancy, Peggy y Teresa: “Queridos, he tomado una decisión muy dolorosa. Me encuentro realmente enfermo, mi cabeza es un polvorín que parece que va a estallar en cualquier momento. Creo que se debe al quiste que tengo alojado en el cerebro. Si sumamos a esto el hecho de que no puedo caminar ni cincuenta metros, sin que me duelan las piernas y me falte la respiración, estamos frente a un caso de invalidez a corto plazo, lo que me sería imposible de soportar, porque la Ita no tendría quién la atendiera”, tecleó en una antigua máquina de escribir, y luego continuó: “Espero que me comprendan y no me condenen. Me llevo a mi fiel e incondicional compañera de toda la vida. Afortunadamente, ella no se da cuenta de nada, tiene inválida su cabecita, y al igual que yo, no quiere más guerra”.

Teresa González, de 82 años, se había pasado los últimos 12 meses postrada en cama. Padecía de una grave infección urinaria y un agresivo Alzheimer, que la tenía repitiendo incoherencias todo el día. Su esposo había asumido su cuidado durante ese tiempo, le daba sus comidas, la bañaba, la peinaba, y le cambiaba los pañales. A sus 84 años, sin embargo, él también había comenzado a sentir las enfermedades sobre su cuerpo. Un envejecimiento sufrido nunca había estado en sus planes.

Gibbs continuó la carta con un detallado estado de los ahorros que ambos dejaban. Decía que por los dos debían darles $700.000 de la cuota mortuoria y que había que liquidar los días de pensiones pendientes. “Creo que alcanzará para unos funerales sencillos”, escribió antes de decir adiós: “Me despido de ustedes con un abrazo grande y recordando a todos mis nietecitos: Hugo, Sacarías, Benjamín, Leito, Sebastián, Francisco Javier, María Francisca, Panchito, Luquitas, Chechito, Dieguito, y el Mati, a los que quisimos mucho. Para todos ustedes, vaya un amor sin fronteras”.

En la madrugada del 17 de febrero de 2012, encerrado en su pieza, Hugo Gibbs firmó la carta. En un particular ritual mortuorio, la dejó sobre una mesa de arrimo junto a otros papeles importantes: los cupones de pago de las pensiones, los carné de identidad, una libreta de familia y un cheque por $660.000. Bebió un par de vasos de Jack Daniel’s con Coca Cola, y luego se recostó junto a su esposa. Desde allí, y a menos de 15 centímetros, le disparó en la cabeza y luego se suicidó. Quedaron semi abrazados.

“Debido a mi edad y a unas enfermedades que me acosan he decidido poner fin a mi vida, y como mi esposa sufre de Alzheimer muy avanzado, además de estar postrada, también se va conmigo. El revólver calibre 32 lo heredé de mi padre hace más de 50 años, y lo mantuve guardado en mi escritorio bajo llave, para que mi familia no se enterara”, confesó en la carta que le dejó al juez.

PARA TODA LA VIDA

50 días antes, Hugo y Teresa habían celebrado sus 63 años de matrimonio. Como la fecha caía justo un día antes de Año Nuevo, la familia entera festejaba las dos fiestas en una.

“Se conocían de toda una vida”, dice Peggy Gibbs al recordar el romance de sus padres. “Empezaron a pololear cuando mi mamá tenía 13 años y mi papá 15”, agrega, mostrando un retrato familiar en blanco y negro, que tiene colgado en una pared de su casa. Allí aparece Hugo, Teresa, y todos sus hijos cuando eran niños.

La historia familiar dice que ambos se conocieron cuando los padres de Hugo llegaron a vivir a la pensión de los padres de Teresa, en Independencia. Tenían 10 y 8 años respectivamente, y antes de ser pareja y casarse, también fueron amigos.
“Que yo sepa, mi padre y mi madre fueron pareja única”, explica Teresa Gibbs, mientras se empina un vaso de bebida, ante la mirada emocionada de su hermana Peggy. “Cuando se casaron, ellos se fueron a vivir a la población Juan Antonio Ríos y tres años después llegamos al departamento de República, donde murieron”, añade.

Al teléfono desde Iquique, Hugo Gibbs hijo cuenta que él llegó a ese lugar con 10 años y que su padre trabajó casi toda su vida como ayudante de contador en una empresa textil, lugar donde también se jubiló.
-Es el único trabajo que recuerdo que haya tenido. Mi madre era de las mujeres a la antigua, fue siempre dueña de casa y la verdad es que ella dedicó todo su tiempo a los hijos -dice.

Peggy reafirma la versión de su hermano. Agrega que a su padre le gustaba mucho leer diarios y hacer puzles y que su mamá estudió para ser profesora de técnicas especiales, pero que nunca pudo terminar. “En esos tiempos era mal visto que la mujer se casara y trabajara”, recuerda.
Con lo que ambos aportaban, vivieron tranquilos y se convirtieron en una familia de clase media. Los Gibbs González no tenían grandes sobresaltos económicos. Les alcanzó, por ejemplo, para comprarse el departamento de la calle República y para que sus hijos estudiaran carreras técnicas, como secretariado y mecánica. En 1984, y luego del casamiento de Peggy Gibbs, Hugo y Teresa volvieron a vivir solos, pero la familia siguió igual de achoclonada: salían de vacaciones juntos, celebraban los cumpleaños, Fiestas Patrias, Navidades y cuanto festivo hubiese. El último aniversario de matrimonio, de hecho, lo festejaron en el living del departamento, con Teresa en silla de ruedas y vestida para la ocasión. Peggy cuenta que ese día su madre se veía hermosa, pero que estaba ida: “Si bien su cuerpo estaba allí, ella no estaba con nosotros”

EL OLVIDO

Lo primero que Teresa González olvidó fue la ropa de su marido. Ocurrió a finales del verano de 2010, en Pichidangui, cuando organizó el bolso para irse de vacaciones familiares y no le llevó ninguna prenda de recambio. Sus hijos recuerdan que ella no tuvo ninguna explicación para ese primer lapsus.

A la semana siguiente de ese viaje, Teresa olvidó cómo cocinar arroz. Con los meses los platos fueron desapareciendo de su recetario mental. “Un día me llamó para preguntarme cómo se hacía un estofado, y tuve que explicarle paso a paso lo que tenía que hacer”, dice Peggy Gibbs. Luego agrega: “Mi papá tuvo que aprender a cocinar. Se hizo un cuaderno con recetas que nosotras le dimos y le compramos también un horno eléctrico para que fuera más fácil”.
Los médicos diagnosticaron rápidamente el Alzheimer que aquejaba a Teresa. Según la familia, la enfermedad se le gatilló por los remedios que tiempo atrás le habían recetado para combatir una agresiva infección urinaria, que la mantuvo hasta su muerte conectada a una sonda. Durante el 2010, de hecho, fue hospitalizada varias veces para tratar esta enfermedad y allí el Alzheimer avanzó con rapidez. Por ese tiempo le dio por pensar que el hospital era su casa y cada vez que alguien la visitaba mandaba a su esposo a poner la tetera para tomar once. “Mira, llegó este caballero nuevo al edificio”, recuerda Peggy que le decía su madre cada vez que ingresaba un paciente distinto a la sala.

Luego de su última internación, a fines de 2010, Teresa González no volvió a levantarse. Su esposo reemplazó la cama matrimonial por dos catres de una plaza y media, y la pieza se convirtió en el centro de reunión de la casa. Había una televisión, una radio casete, una mesa de arrimo, un velador, y un secretero donde Hugo guardaba los papeles importantes que había acumulado en su vida. Entre esos objetos, Teresa aguardó a que el Alzheimer devorara sus recuerdos. A veces hacía como que revolvía un puchero mientras veía televisión, y en otras ocasiones perdía la mirada en el vacío y movía las manos en el aire, con suavidad, como si pintara una tela. Cuando a mitad de tarde alguien le preguntaba por qué aún estaba acostada, ella decía que ya había hecho todas las cosas de la casa, que había barrido y cocinado, pero en realidad no había hecho nada.

Por ese tiempo, sus hijos le pagaron una nana para que se ocupara de las cosas domésticas, pero ninguno de los dos se acostumbró a ser atendidos por un extraño. Gibbs había asumido responsablemente el cuidado de su esposa, y era el único al que ella dejaba cambiarle la sonda, bañarla, trasladarla por la casa, o darle la comida. Para ayudarse, había descubierto que todas las tareas se hacían mejor sobre una silla: había comprado una silla-baño para que ella hiciera sus necesidades en la pieza, una silla de ruedas para moverla por el departamento, y puso una silla adentro de la tina para bañarla con más comodidad y sin peligro de caídas.

Hugo Gibbs hijo recuerda que su padre siempre se quejaba de que gran parte de su jubilación se le iba en el cuidado de su esposa. Su hermana Peggy dice que de los $460.000 mensuales que recibía, cerca de $70.000 los gastaba en medicinas, $60.000 en la enfermera que cuidaba las escaras, $30.000 en pañales e hipoglós, y el resto en comida. Algunas veces, cuando alcanzaba para lujos, le daba por comprar productos que ofrecían en la televisión, como un limpialfombras o un tónico para evitar la caída del cabello.

Teresa González se tomaba cinco remedios diarios. Para ordenarse con los horarios, Hugo había pegado un cartón en un muro para seguir al pie de la letra las indicaciones. Ella se atendía por Fonasa y todas las semanas iba a la Estación Médica de Barrio San Emilio, a pocas cuadras de su casa, a controlarse la infección urinaria crónica que la aquejaba. Como el Alzheimer no está incluido en el Plan Auge, la familia había optado por controles privados, porque las esperas en los hospitales a veces resultaban muy tediosas, como una vez que estuvieron desde las 9 hasta las 18 aguardando al médico.

Pese a esas preocupaciones, el deterioro de su memoria fue vertiginoso e irreversible. Su mente viajaba por distintos lugares y momentos de su vida, y cada día una parte de su historia se esfumaba, confundiéndolo todo. Al principio, inventaba cuentos inocentes, como cuando creía que su cama era una playa y que se estaba bañando con su esposo, pero a los pocos meses olvidó todo. Como si una terrible gangrena se comiese su pasado a tarascadas, a Teresa el Alzheimer le borró décadas, años, meses, semanas, días, y horas de recuerdos, hasta dejarla en el delirio.
Fue en esa peor etapa de la enfermedad, cuando ya se le había olvidado incluso ir al baño, que los hijos le propusieron a su padre internarla en un asilo de ancianos, donde él pudiese visitarla cuando quisiera. Al principio hubo acuerdo, pero a las semanas Hugo se arrepintió. “No voy a resistir tener que despedirme de tu madre todos los días”, les dijo en una reunión familiar.

EL CLUB DE LOS AMIGOS

-Todos muertos, en esta foto están todos muertos, menos yo –dice Gastón Delaveau, mientras mira una imagen en blanco y negro, donde él aparece con ocho amigos en un paseo playero. Sentado en una pequeña mesa en el living de su casa, cuenta que los ha enterrado a todos, y pasa lista con nostalgia: “Patricio Henríquez, muerto; José Briseño, muerto; Antonio Tagle, muerto; Aldo Devoto, muerto; Carlos Gibbs, muerto; Hugo Gibbs, muerto. Todos muertos”.

Delaveau tiene 86 años, pero representa 10 menos. No recuerda cuándo fue tomada la fotografía, aunque por las caras cree que fue hace como 30 años. El retrato remueve su memoria.

-Los Amigos, nuestro club se llamaba Los Amigos –dice con pausa, mientras trata de recordar más detalles para describir al grupo–. Nos juntábamos todos los viernes a jugar dominó, a comer y a tomar alguna cosita.

Hugo Gibbs era socio fundador de este club. Jugar dominó y compartir con los amigos de la vida era su pasatiempo favorito. Con ellos hablaba de noticias, contaba tallas, chascarros y mentiras, organizaba paseos, bailes, comidas, y un par de veces al año armaban viajes familiares. La mayoría de los miembros de esta particular hermandad eran falangistas, y todas las reuniones estaban llenas de ritos. Estaba prohibido, por ejemplo, apostar en el dominó o hablar de religión, y una semana antes de Navidad se realizaba la Noche de los Recuerdos, donde cada socio hablaba de lo bueno y lo malo del año, y luego se repartían regalos.

En sus inicios, el Club tuvo estatutos. Los redactó un antiguo fundador que trabajaba en una notaría. Allí se establecía que la agrupación era sin fines de lucro y que los socios tenían derechos, deberes y prohibiciones. “Se constituye un círculo social de amigos del sexo masculino, que se denominará ‘Los Amigos’”, dice el artículo primero de un roído libro artesanal escrito a máquina hace más de 40 años.
-El socio deberá estar dispuesto a acatar estos estatutos y tener un alto espíritu de cooperación y amistad. Vale decir, saber apreciar las virtudes y defectos de sus integrantes, más aún, comprenderlos –continúa el artículo.

El club llegó a tener 16 miembros y todos envejecieron jugando dominó. Hace 15 años comenzaron a morirse los primeros y la hermandad mermó en integrantes. Pese a que varias veces rearmaron el grupo, abriéndole las puertas a socios más jóvenes, pocos meses antes de la muerte de Hugo el club había quedado reducido a sólo cuatro personas: Hugo Gibbs, Hugo Gibbs hijo, Gastón Delaveau y Humberto Cevallos, que hoy es el custodio de los tesoros más preciados de la agrupación: el libro de estatutos y un álbum fotográfico con casi 100 retratos en blanco y negro de las reuniones.
-Hugo no fallaba nunca. Pese a que cuidaba mucho a la Teresita, él siempre se hacía el tiempo para jugar –recuerda Cevallos.

La preocupación por la salud de Teresita era tema recurrente en cada encuentro. Hugo les había ido informando del deterioro de la salud de su esposa, que cada vez empeoraba. Cuando jugaban en su casa, de hecho, él aprovechaba los descansos para atender las necesidades de ella.

Hasta una semana antes de su muerte, ninguno de sus amigos lo vio agobiado ni deprimido, pero Cevallos recuerda hoy un detalle que podría haber dado pistas. En una sesión de dominó en su casa, en diciembre de 2011, Hugo se quedó apreciando por varios minutos un revólver Smith & Wesson que tenía arriba del librero.

-Humberto, ¿tienes cómo conseguirte balas? –le preguntó en medio de un juego.

PREMEDITACIÓN

“11/12/2011: hoy el corazón me ha dado un segundo aviso. Dos fuertes puntadas en el pecho me indican que viene algo grande. A raíz de esto, hace días que vengo madurando una decisión que debo tomar con respecto a Tere y yo. ¿Quién podrá cuidarla como yo si quedo imposibilitado? ¿Se imaginan la tremenda carga que seríamos para ustedes?”, decía la carta que Gibbs escribió en el cuaderno de las recetas, dos meses antes de matar a su esposa y suicidarse.

Allí, donde alguna vez anotó los platos que su esposa había olvidado en el comienzo de su enfermedad, Hugo Gibbs escribió su propio calvario. Al recetario le confió que tenía miedo de morir y de dejar a su esposa sufriendo, y que tenía un plan para remediarlo. El 31 de enero del año pasado nuevamente relató sus tormentos.

-Hoy desperté con un horrible ruido en mi cabeza, y tres veces, al tratar de levantarme, sufrí síntomas de desmayo. O sea, mi cabeza ya no está funcionando normalmente… debe ser un quiste que tengo en el cerebro. Por mi edad y por mi enfermedad sin solución he decidido irme de este mundo y como mi esposa también está afectada por enfermedades sin solución he decidido llevármela conmigo.

Hugo sabía que el Alzheimer era una enfermedad familiar, que no sólo afecta a quien la padece, sino que también al entorno. Sabía, también, que una de las precauciones que debía tener un cuidador de enfermos era precisamente no enfermarse, y él se sentía viejo y agobiado. La rutina se había convertido en un problema, y hasta cierto punto cuidar de su esposa había implicado dejar de vivir su vida.

La noche del 17 de febrero de 2012 fue el momento que eligió para matar a su esposa y suicidarse. Pocos meses antes, su hijo Hugo y tres de sus nietos se habían ido a vivir al departamento para acompañarlo, pero ese día estaban invitados a un matrimonio. Gibbs aprovechó la soledad para llevar adelante su ritual de despedida. “Se ven muy lindos, dejen que les tome una foto”, le dijo a su hijo y a sus nietos al verlos enfundados en un traje de ceremonia antes de partir a la Iglesia.

No fue del único que se despidió. Cerca de las diez de la noche llamó a todas sus hijas, pero sólo se comunicó con Peggy. Ella recuerda que su padre no le dio grandes luces de que algo estuviera mal, sólo que le dijo que la extrañaba mucho y que siempre recordara el amor que sentía por ella.
No está claro a qué hora ocurrieron los disparos, pero cuando su hijo los encontró, Hugo y Teresa llevaban más de 10 horas fallecidos en la cama. Un hilo de sangre corría por sus cabezas. “El papá le disparó a la mamá y después se disparó”, recuerda Peggy que le dijo su hermano durante la mañana del 18 de febrero. La siguiente imagen que se le viene a la cabeza es la todos los hijos rezando a los pies de la cama, donde estaban los cadáveres. “Mi hermano lo retaba, le gritaba con pena: ‘¡Pero cómo papá se le ocurrió hacer esto! ¿Por qué? Usted sabía que esto no estaba bien’”. Estuvieron un par de horas sin entender nada, hasta que la PDI les leyó la carta que su padre había dejado. Eso les trajo consuelo.

Para los funerales llegó mucha gente y ambos fueron velados en la misma capilla. Hasta allá llegaron Gastón Delaveau y Humberto Cevallos. Ninguno entendía lo que había sucedido. De todas las muertes que habían enlutado al Club de Los Amigos, sin duda que la de Hugo era la más trágica. Ese día Nancy Gibbs leyó un discurso a nombre de la familia: “Para emprender este vuelo sagrado decidiste el día y la hora, junto a tu Tere querida, tu amor de tantos años, tu fiel compañera, tu mano en cada peldaño. Juntos caminaron año tras año, hasta que la fuerza, más no el cariño, fue debilitándoles la carne, hasta quedar sin aliento y querer sólo derrumbarse, queriendo incluso dormirse para siempre y no ser carga para nadie. ¿Cómo no entender entonces tan dramática partida?”.

AMOUR

Teresa Gibbs espera impaciente en una bodega donde la Fiscalía Centro Norte guarda las evidencias de los casos. Ha pasado un año y dos meses de la muerte de sus padres, y hace pocos días un funcionario le escribió para que fuera a retirar unas “especies”. Sentada allí, ansiosa, reflexiona: “Amor más grande que ese… no sé, no he visto en mi vida”, dice con nostalgia.

No hace mucho, la familia se enteró que el caso de sus padres es considerado por el Servicio Nacional de la Mujer como el femicidio número 5 de los 34 que hubo el año pasado. Teresa aclara que ninguno de los hijos cree que eso sea así. Al contrario, ella lo ve como un caso de eutanasia. Dice que su papá siempre estuvo de acuerdo con el buen morir y que constantemente les advertía que él no iba a soportar quedarse postrado o que le cambiaran pañales. “Yo sé todo lo que mi papá amaba a mi mamá”, argumenta Teresa para descartar ese delito.

A los pocos minutos un funcionario sale de la bodega con unos papeles. Son las cartas originales que Hugo Gibbs escribió a máquina para sus hijos y el juez. Teresa camina rumbo a la estación del Metro con las hojas en sus manos y repasa las líneas y la firma que su padre estampó. Dice que el documento no la emociona como antes, pero que aún hay cosas que le preocupan. “¿Qué si yo haría lo mismo? No sé, no creo que sería tan valiente como mi papá. Nosotros ya lo perdonamos, pero estamos intranquilos por su alma”, afirma con preocupación. “Hemos tratado de comunicarnos con él, y sabemos que su espíritu no está con el de mi madre”, agrega.

Antes de despedirse, Teresa Gibbs cuenta que le han dicho que la película Amour, la ganadora del Óscar al mejor filme extranjero, es igual a la historia de sus padres. Explica que ha tratado de verla varias veces, pero no ha encontrado tranquilidad para hacerlo. “Ahora que tengo las cartas quizás sea un buen momento para cerrar el ciclo”, agrega antes de subirse a un carro del Metro. Desde la puerta reflexiona: “En lo que terminó la historia de mis padres, en un papel escrito a máquina”.