Opinión
10 de Julio de 2026
Crítica de cine / “La invitación”: Escenas de la vida en pareja
Por Cristián Briones
Olivia Wilde convierte una simple cena entre vecinos en una aguda radiografía sobre el amor, el desgaste y la adultez. Con humor incómodo y actuaciones afiladas, La Invitación recupera un tipo de comedia adulta casi desaparecida. "Es tan incómoda como graciosa, es tan identificatoria como increíble", destaca el crítico Cristián Briones.
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Quizás la mejor forma de llegar al tercer esfuerzo trás las cámaras de Olivia Wilde, es sin saber mucho más que aquello que vemos en la sinopsis: una pareja invita a cenar a sus vecinos, y durante la velada van surgiendo detalles de cómo se relaciona cada pareja. Los invitados, aparentemente, de forma más abierta que los anfitriones.
En el papel, una obra de teatro de cuatro personajes puesta en pantalla. En la forma, una revisión muy ambiciosa de material derivado de otro hollywoodense bastante más clásico. Especialmente de esas comedias para adultos con la agudeza argumental, personajes más grandes que la vida y diálogos afilados de gente como Leo McCarey, Ernst Lubitsch o Billy Wilder. Un cine que primero se apagó y luego mutó en un tono más mordaz a fines de los 60, primero de la mano de cineastas como Mike Nichols y Woody Allen y que luego brillaría en el cine internacional y revisionista de aquellos clásicos. Un tipo de películas que no ha aparecido muy frecuentemente en el cine norteamericano en los últimos 50 años. Y que Wilde ha sabido darle una perspectiva que muy pocos esperaban de ella.
No se equivoquen eso si, esta no es una comedia romántica. Como al menos otras dos películas de la misma casa matriz, A24, “El Drama“ y “Amores Materialistas“, es necesario advertir que, aunque ciertos elementos pertenecen al sub-género, la realidad de lo que vemos en pantalla no da para calificarla como tal. Y para bien. Quizás esta es mi primera loa al trabajo de Wilde en la dirección: “La Invitación” (The Invite) no es una película fácil de ver, y eso se agradece una enormidad. Porque es una película para adultos. En el sentido más frustrante de aquella expresión. Es tan incómoda como graciosa, es tan identificatoria como increíble, sus personajes son tan personas como caricaturas. Y es esa ambivalencia la que maneja la actriz y directora con un ritmo brutal, el cual pasa de las risas a la reflexión con una facilidad inusitada.
La parte más curiosa es que esta es ya la tercera versión cinematográfica de “Els Veïns de Dalt“, obra teatral de Cesc Gay que él mismo llevara a la pantalla grande con la española “Sentimental” el 2020. Luego una versión italiana y ahora “La Invitación” con un guión de Will McCormack y Rashida Jones, y aun así, Olivia Wilde consiguió que la película cuajara como un guante a la revisión de un punto de su propia vida.
El regreso después de la fallida “Don’t Worry Darling” puede ser vista como una meditabunda visita a su bullada crisis matrimonial con el comediante Jason Sudekis. Es un momento de conflicto de una pareja con otra pareja como audiencia, estos aparentemente en muchas mejores condiciones.
No es un break-up album ni nada por el estilo. No hay un enjuiciamiento o resentimiento. Llamativamente, no hay una exposición de razones ni arrojo de culpas. Hay un equilibrio entre la añoranza, la tristeza y lo exasperante que resultan ser las relaciones personales en un mundo en donde todo es desechable y la extensión del matrimonio, la monogamia, o cualquier otro elemento tradicional en la construcción de las parejas, está en tela de juicio ya no como ideología colectiva, si no como persecución personal.
Queremos ser felices, y ya casi no logramos saber el cómo llegamos de un punto a otro y qué perdimos en el camino. Wilde plantea las preguntas: ¿Qué fue lo que perdimos? ¿En qué momento dejamos de ser esas personas que se amaban el uno al otro? Y deja a la construcción de sus personajes el tener o no una respuesta. Y vaya que le cumplen.
Decir que esta es una película que deja su relato al desempeño de sus protagonistas, es quedarse un tanto corto. Que los cuatro funcionen de forma individual y colectiva es indispensable, por decir lo menos. Que Olivia Wilde lo consiga, es bastante lógico, como directora, tiene el control total de ese desarrollo, pero la naturalidad con la que se mueve Penélope Cruz es un deleite y lo estupendo que funciona Edward Norton en clave comedia, tampoco es sorpresa para nadie que lo haya visto en “Keeping the Faith” o “El club de la pelea”.
Pero la elección de Seth Rogen es simplemente un golpe de genialidad.
Rogen no es exactamente un actor de un rango muy amplio, o rango, si nos ponemos exigentes. Entre la aparición que hace de él mismo en la última temporada de “The Boys” y su personaje acá, no hay prácticamente distancia alguna. Pero la precisión del casting es impresionante. Rogen es quien debe llevar la película en todos sus tonos, desde la frustración, la incógnita, el despiste, etc. En una situación pasivo agresiva constante, Rogen es exactamente quien hace que la comedia funcione, porque siempre se siente como alguien a quien pudieras conocer, en una situación que te podría ocurrir, aunque ambas cosas serían excepcionales.
A esto se le suma que encarna a la perfección la resistencia a la adultez, que es otro de los corazones de esta historia. Lo que queremos de ser adultos no son las responsabilidades de llevar la vida adelante, son las partes buenas, las placenteras. No por nada la vida sexual de las parejas es uno de los ejes de la historia. Y Rogen hace que sea gracioso ese aspecto doloroso e incómodo, porque nos muestra el poco control que tenemos sobre la realidad. Su personaje es el catártico, y esto es todo mérito del enfoque de Wilde con los recursos que el intérprete le puede entregar a la construcción de su personaje. Es la representación la que pesa. Y la elegancia de la comedia se cimenta justamente en ello.
Y este es otro de los aspectos más llamativos del relato, lo elusivo de su fondo temático. No hay un discurso claro más allá del conflicto en sí mismo. Y hay un mérito en ello, porque queda a los sesgos de la audiencia. Los matices son la complicidad activa con el espectador. Olivia Wilde vino a dejar cuestiones en la pantalla, y quizás por ello, mi única queja es el plano de cierre, porque es una conclusión, y toda su película estuvo plagada de propuestas abiertas. En todos los sentidos posibles.
Pero es lo de menos, la directora de “Booksmart” consiguió divertir, angustiar y conmover con un tipo de cine que ya casi no se ve, con un trabajo de montaje estupendo, decorado del set que es un personaje más de la historia, la música, el uso de los planos que consigue hacer frenético aquello que debe serlo y calmar aquello que no. Una rareza de narración cargada de tintes, que nos hace creer siempre que sabemos lo que estamos pasando. Y eso casi nunca sucede. Algo así como estar en pareja.



