El bullicio en el barrio de Hamar-Jajab, en la capital de Somalia, es ahora mayor que hace veinte años, aunque el lugar del derribo de un helicóptero estadounidense Black Hawk recuerda aún hoy que aquel distrito fue el escenario más conocido de la llamada “Batalla de Mogadiscio”.

Derribado entre un edificio de viviendas y una mezquita por seguidores del ya difunto general somalí Mohamed Farah Aideed, el fantasma del Black Hawk (“Halcón negro”, en inglés) simboliza la fallida intervención internacional en el país africano, que aún depende de la ayuda extranjera tras más de dos décadas de conflicto.

“Vi un helicóptero en llamas cayendo. Se estrelló y hubo varias explosiones después”, relata a Efe Omar Haji Osman, un somalí de 55 años, testigo de la caída, en Hamar-Jajab, de uno de los dos aparatos siniestrados.

“Yo -rememora Osman- me encontraba a cien metros del lugar del impacto. Estaba en shock y ligeramente herido. Me vi en el suelo tumbado, rezando para que Dios me ayudara”.

Esa secuencia -narrada en un libro por el escritor Mark Bowden y llevada al cine por el director Ridley Scott en 2001- marcó el fracaso de las tropas de Estados Unidos al frente de la fuerza de paz de la ONU en Somalia (UNOSOM).

Ese contingente pretendía detener al señor de la guerra Aideed, saqueador de ayuda internacional, entre otras muchas destrezas de dudosa clasificación.

Dos años antes había caído lo más parecido a un Gobierno que Somalia ha conocido hasta 2012, el del dictador Mohamed Siad Barré.

La anarquía resultante sería frenada por la intervención extranjera, según creían las fuerzas especiales norteamericanas, pero cometieron un error de cálculo que les costó una de las mayores y más humillantes derrotas militares de su historia.

No por nada Aideed significa en somalí “el que no se queda impasible ante un insulto”, y las luchas de poder tras derrocar a Barré entre el señor de la guerra y su jefe militar, Ali Mahdi Mohamed, asolaban Mogadiscio impunemente.

“La muerte es demasiado habitual como para preocuparse por ella”, escribió entonces el periodista somalí Mohamud Afrah.

En marzo de 1992, una tregua entre Mahdi y Aideed permitió la entrada de la ONU en Somalia, pero sus cargamentos de ayuda, en palabras de un alto oficial alemán de la Cruz Roja que trabajaba sobre el terreno, eran para las milicias somalís “como un camión hasta arriba de dinero”.

La intervención extranjera cesó de manera abrupta tras las batalla del 3 y 4 de octubre de 1993, que dejó 18 soldados estadounidenses muertos (algunos de sus cuerpos fueron arrastrados por la ciudad públicamente) y 73 heridos graves, sin contar las víctimas somalís (más de 700 milicianos muertos, según Bowden).

Para el analista político Abdirahman Jama Hassan, la población local fue la gran perjudicada tras aquella refriega: “Creo que Aideed fue el culpable de la muerte de los soldados estadounidenses, pero EEUU castigó de forma colectiva al pueblo somalí”.

Una circunstancia que podría haber cambiado en la actualidad, ya que, según cuenta Hassan a Efe, “parece que Estados Unidos ha vuelto a abrir la puerta para Somalia”.

Veinte años después, la ayuda continúa llegando a Somalia, y EEUU vuelve a mantener relaciones diplomáticas con un país que trata de deshacerse de un complejo conflicto que ha ido mutando, ahora en la forma del fundamentalismo islámico del grupo Al Shabab.

Los aviones que EEUU envía al país africano son en la actualidad no tripulados (“drones”) y apoyan a las tropas de la Unión Africana en su lucha contra los integristas, además de participar en mar en operaciones contra la piratería en el océano Índico.

Al Shabab -que se unió formalmente a la red terrorista Al Qaeda en febrero de 2012- continúa la lucha de sus mentores, presentes en aquellos días funestos de octubre de 1993.

En el último mensaje grabado antes de su muerte en 2008 por misiles estadounidenses, el entonces líder de Al Shabab, Adan Hashi Ayrow, aseguró que miembros de Al Qaeda habían intervenido en la batalla contra UNOSOM.

“Derrotamos a EEUU en la guerra de 1993, en el Mercado de Bakara destruimos sus tanques, matamos a docenas de sus soldados y derribamos sus helicópteros”, afirmó Ayrow, quien vinculó los sucesos de 1993 con la guerra santa global de los radicales islámicos.

Por ella se sienten atraídos somalís de la diáspora, que viajan desde hace años al país del Cuerno de África para unirse a las filas de Al Shabab, que lucha por crear un estado de corte wahabí.

Aunque en visible reconstrucción y, sin duda, mucho más tranquila que hace dos décadas, Mogadiscio continúa siendo un lugar peligroso en busca de una anhelada normalidad, pero no olvida aquella batalla de 1993, que tuvo repercusiones internacionales inimaginables.

La ONU y EEUU habían aprendido en Somalia, de la peor de las formas posibles, una lección que les haría pensarse más de una vez si deben intervenir en circunstancias similares.

Pocos meses después de la “Batalla de Mogadiscio”, su indecisión y pasividad en Ruanda, entre abril y junio de 1994, costaron la vida a cerca de un millón de tutsi y hutu moderados.