Santiago a Mil 2014, Matucana 100, penúltima función de la obra “La imaginación del futuro”. Después de 30 minutos sobre el escenario, Salvador Allende está agotado, no entiende a los tecnócratas que le sugieren decir su último discurso junto a dos niños rubios y con reggaetón de fondo. Mientras el presidente duerme una siesta, el grupo rompe la ficción con “una escena de escaso vuelo artístico”, advierten, pero que hará que “el teatro sirva para algo”. Lo que viene irritará a más de algún espectador.

Un niño de once años sale de una caja. “No es cualquier niño, es un niño real, un niño pobre”, siguen. El mocoso quiere ser médico, entonces la compañía exige que cada espectador se ponga con diez lucas. Según el cálculo, al final de la temporada tendrán los 40 millones de pesos que cuesta la carrera. Un espectador se niega muerto de la risa, entonces le cae encima una cámara, se le empelota una actriz al frente y le pregunta llorando si es necesario que le haga una paja rusa para que se meta la mano al bolsillo.

Una mujer junto al hombre se levanta, empuja a la actriz y se va del teatro. Antes patea una de las cámaras de la compañía. El hombre la sigue a regañadientes. Dos mujeres rubias indefinibles entre el ABC1 y el C2 aspiracional, también desaparecen desde otro lugar de la sala. La escena continúa sobre el escenario, con la bala loca, una suerte de bufón amanerado, que le muestra al niño su futuro. Morirá baleado en una manifestación y nadie tendrá la culpa.

La inmoralidad que esas personas vieron en el cuerpo desnudo y la provocación sexual, pero que estaba bajo el escenario, antes de la obra, en el abandono de los ideales de Allende por la izquierda, en el lucro en la educación y en el crimen del estudiante Manuel Gutiérrez, es una muestra de lo que un espectador se puede encontrar al ver una obra de La Resentida.

“Ocurrió un par de veces. Lo que pasó más fue que hubo personas que se indignaron por el uso de la figura de Allende, también cuando insultamos a los fachos y cuando aparece el niño. Nos han dicho que hacemos psicomagia con el niño, que le va a ocurrir eso de verdad. Pero está bien, nos gusta”, dice Marco Layera, cerebro de La Resentida.

Los programadores franceses que estuvieron en Santiago a Mil, no demoraron en pedir la obra para el próximo Festival de Avignon, el más grande del mundo y donde solo Gemelos de La Troppa, ha representado a Chile. “A la programadora de Avignon le gustó tanto que nos abrió un cupo en la programación para estar este año. Es increíble, salimos hace 6 años de la escuela y mira donde estamos, ha sido meteórico”, sigue Layera.

Eso unido a la invitación para montar su segunda obra, “Tratando de hacer una obra que cambie el mundo”, en la Schaubühne de Berlín, teatro de vanguardia que ha sido dirigido por figuras del porte de Peter Stein, Sasha Waltz y actualmente Thomas Ostermier, le dan la razón a una compañía que porfió en la idea de que el teatro no es un lugar para autocomplacerse sino un campo de batalla donde poner en tela de juicio la realidad. Desde un principio.

JODER A LA IZQUIERDA

La Resentida nació en Valparaíso el año 2008. Layera fue también la conexión, en su vagabundeo por diferentes escuelas de teatro. Los actores fundadores fueron compañeros suyos en algún momento: Nicolás Herrera y Carolina Palacios, en La Matriz; Benjamín Westfall, en Arcis, luego de fusionarse con la escuela porteña, y Pedro Muñoz, en la escuela de Gustavo Meza. Se pusieron a ensayar en la Secretaría Juvenil de la Municipalidad de Santiago sin una idea preconcebida y estrenaron “Operación Deyse”, una obra experimental, radical y punk que derivó en “Simulacro”.

La obra fue construida como conjunto de imágenes identitarias nacidas de la frustración a las puertas del jolgorio bicentenario: un obrero que exige ganarse un Fondart para arreglarle los dientes a sus hijos, el hijo de un detenido desaparecido que no puede entrar al Estadio Nacional, un niño que tira piedras en la carretera, el vendedor peruano que muere con un TV plasma en sus manos en La Dehesa, un casting para encontrar 46 actores que interpreten a “Los héroes de Antuco” y un actor cuico que alivia sus contradicciones haciendo obras de Juan Radrigán.

“Simulacro” generó un extraño fenómeno. Los mismos actores del teatro y la televisión que eran aludidos con ferocidad en la obra, la recomendaban. Y se enfrentaron a las primeras reacciones contradictorias: desde un viejo actor viejo que les dijo “nosotros ya perdimos la batalla, pero ahora están ustedes”, hasta un grupo de actores que se fueron indignados.

Entonces Layera adelantaba su siguiente paso: “Estoy tratando de hacer una obra que cambie el mundo, quiero confrontar la visión artística con la acción subversiva, que un grupo de actores intente cambiar la sociedad a través de un montaje, lo que es imposible hoy, porque el teatro es inoficioso”.

Su siguiente montaje se llamó precisamente “Tratando de hacer una obra que cambie el mundo”. Dosificaron la fuerza, dejaron la performance y se arrojaron a una experiencia más clásica de hacer teatro para hablar de una gran ironía: un grupo de artistas de izquierda encerrados en un sótano intentan hacer una obra que revolucione las conciencias y la sociedad, mientras en la superficie la derecha ha solucionado todos los problemas sociales.

“Joder a la derecha es muy fácil, las contradicciones son muy obvias. Preferimos joder a la izquierda, provocar reflexión en el público que va al teatro, que no es de derecha. Por qué tendría que confiar en un sector que le dio la espalda a Allende. También necesitamos cuestionar lo que hacemos, pensamos permanentemente si el teatro sirve para algo”, continúa.

Con “Tratando…” se les abrieron las puertas del mundo. Estuvieron en Francia, Holanda, Polonia, Bélgica, España. Luego Layera fue invitado a dirigirla en Estonia con actores locales en un teatro de Tallin, la capital. La obra allá funcionaba al revés, pues es un país que no vivió precisamente un paraíso bajo la órbita de ex URSS.

“Pero en Europa tampoco tienen estos temas resueltos. Tienen más culpa que nosotros (por el abandono del socialismo). La gente se conmociona. En Bélgica y Francia se reían, lloraban y al final nos aplaudían de pie. Yo veo mi obra y me cago de la risa y reflexiono de manera simpática, pero no me pongo a llorar”, dice.

La gira de “Tratando…” los tuvo más afuera que en Chile durante 2012. Pero según Layera, echaban de menos algo que sí tenía “Simulacro”. “Le faltaba crueldad, incomodidad, irreverencia, peligrosidad”, dice. “La imaginación del futuro” fue pensada como una síntesis entre sus dos primeras piezas.

A esas alturas Layera había sido nominado al Altazor y Santiago a Mil había programado su segunda obra. Luego el festival de Carmen Romero les ofreció coproducir su tercer montaje, La imaginación del futuro, con 3 millones de pesos. Aceptaron. “Tienen la exclusividad para negociarla y el 20% de lo que paguen por la obra en el extranjero. Es una vitrina, te muestra, pero nunca nos han puesto en un festival, los programadores han visto la obra y nos llevan, aunque esos programadores no vendrían si no existiera Santiago a Mil. En los viajes, salen más invitaciones pero 3 millones para hacer una obra es poco”.

La Resentida es una de las pocas compañías estables de teatro y en el camino ha sumado actores como Eduardo Herrera, Carolina de la Maza, Diego Acuña, Benjamín Cortés y Pepe Soza. Compañías, digamos, que no se generan por proyecto alrededor de un director, una realidad donde la bandera la llevan las compañías de teatro de calle. “Soy un hueón de tropa, de piño”, dice el director, “me ofrecieron ir a dirigir a Bélgica, pero nos toca una gira y yo prefiero estar con mis amigos, aunque lo de Bélgica sea una gran oportunidad”.

Sobre la escena local, Layera tiene una visión crítica: “Nosotros hacemos todo lo contrario a lo que hace el teatro chileno, que lo encuentro una lata. Pronto empiezan a copiar formas, se vuelve antiguo, denso, ñoño, cobarde. A mí me gusta la crueldad, que genere risa, que haga pensar a las personas en por qué se están riendo de algo que no deben”.
No cree en maestros, sí en referentes. “Aunque no hacemos lo mismo, me gusta lo que hizo La Troppa, la trilogía testimonial de Alfredo Castro, Mauricio Celedón, lo que hizo La María en su momento con ‘La tercera obra’, el trabajo de Guillermo Calderón, lo que hace Manuela Infante y también La Patogallina. Apuesto por las nuevas generaciones, son más críticas, ya no obedecen a los profesores. Sería bonito que se empiecen a acabar las vacas sagradas en el teatro chileno”.

Tampoco le gustan las decisiones culturales que se están tomando, como la construcción de un teatro para 2 mil personas en el GAM. “Es absurdo, lo deciden personas que no tienen contacto con la realidad. Para mí es un mall de alta seguridad, que no está abierto para todos, que tiene una programación que segrega, donde no hay provocación, es esnob, parece un teatro de derecha. ¿Por qué no hacen un centro de teatro chileno, ocho salas para compañías jóvenes que tienen que montar en casas abandonadas?”.

¿La próxima obra? “Nos vamos a encerrar a trabajar 3 meses sin una idea preconcebida, necesitamos renovarnos, buscar, desordenarnos, no para que salga una obra, sino para nosotros mismos. Cuando estás seguro de las cosas no puedes hacer nada nuevo, pierdes contacto con la realidad y esto no es una fábrica de salchichas”.