“Si los proyectos que avalúan las empresas se vuelven poco rentables en Chile, por razones de aumentos impositivos, se llevarán a cabo, pero en otro país”, aseveró hace unos días el presidente de la Sofofa, Hermann von Mühlenbrock.

La advertencia fue sola una de las varias señales que han enviado los empresarios en contra de la reforma tributaria que impulsa la administración de Michelle Bachelet y que pretende recaudar 3 puntos del PIB, lo que equivale a cerca de US$ 8.200 millones, fondos que irán destinados a cambios estructurales en Educación y a mejorar la protección social.

La propuesta gubernamental consta de cuatro elementos principales: un alza gradual de los impuestos a las empresas de 20% a 25% en 2017; la eliminación del Fonde de Unidades Tributales (FUT)a partir de la operación renta 2018; una rebaja de 40 a 35% del impuesto a las personas y la derogación del DL 600 que regula la inversión extranjera.

De este paquete, heredado de la dictadura, lo que tiene más saltones a los empresarios es el chao al FUT. Según explica el economista Gonzalo Durán, de la Fundación Sol, la razón es simple: es el fin de un privilegio que permitió a la elite “un buen vivir a costa de no pagar impuestos”.

“Los empresarios tienen reticencia especialmente a la eliminación del FUT que es un dispositivos que se creó en el año 84 con el fin de que los dueños de las empresas pagaran impuesto sólo por los fondos que ellos retiraban de las empresas. Si esa plata no se sacaba, y se usaba para reinversión, ellos no tributaban. Con el tiempo se acumularon cerca de US $270 mil millones, lo que equivale casi al Producto Interno Bruto de Chile que finalmente no tributó. Los empresarios se resisten a que se les quite este privilegio porque ahora van a tener que pagar impuestos cuando generen ganancias, como corresponde, porque además se crearon una serie de mecanismos que permiten la evasión legal de impuestos”, explica Durán.

El tema, agrega el experto, es que con el FUT y otros mecanismos, se creó en dictadura “un terremoto en grado 10 del sistema tributario y ahora la patronal se ve enfrentado a un temblorcito grado cuatro con el que se resiente la tasa de ganancia y eso es lo que los complica porque se generó una cultura de acumulación por desposesión, de tener más pagando menos impuestos. El empresariado, en suma, se acostumbró al buen vivir a costa de no pagar impuestos”.

IMPUESTOS INTEGRADOS
Según cálculos de la Fundación Sol, el empresariado chileno tiene una serie de herramientas que provoca que paguen el 1.6% del total la recaudación tributaria, a pesar de que el 1% más rico del país acumula cerca del 31% de los ingresos. El 46% de la carga tributaria son aportados por el ciudadano de a pie, porque provienen del IVA que pagan todos los chilenos.

Uno de los pilares para el empresariado, y que esta reforma no toca, es la integración tributaria. En los países de la OCDE, las empresas y las personas pagan tributos por carriles separados. México y Chile son la excepción. Esto se traduce, explica Durán, en que “los impuestos que supuestamente pagan las empresas no es de beneficio fiscal, no se puede ocupar por el fisco porque opera como un adelanto de los impuestos que deben pagar los dueños de las empresas, por ejemplo, si la empresa paga $1000 de impuestos y los dueños deben pagar $200, el Estado le debería devolver a los dueños $800. Esa plata no se retorna, pero queda ahí retenida para cuando el empresario lo necesite y opera como un prepago de los impuestos de esa persona”.

Sobre la amenaza de la fuga de recursos, Durán es claro: “esa falacia es parte del lobby para que no se toquen los beneficios actuales porque en el cono sur las empresas pagan muchos más impuestos de los que se pagan en Chile”. De hecho, en Perú la tasa de impuesto a las empresas es de 30%; en Colombia 33%; en Brasil 34% y en Argentina 35%.

“Eso pagan hoy en la región, así es que las inversiones no tienen donde fugarse”, comenta.